Control de la imagen, control de la narrativa, control de lo que los demás veían y lo que no. Eso que en el cine a veces le jugaba en contra, después se convertiría en su arma más poderosa cuando pasó a la televisión. Pero no te vayas todavía porque antes de las telenovelas o antes de Televisa, antes de que lo llamaran el señor telenovela, hubo una película que cambió su vida para siempre y una muerte que lo marcó de una manera que nunca superó.
En 1955, Ernesto Alonso protagonizó ensayo de un crimen dirigida por Luis Buñuel, el gran Buñuel, el español exiliado que estaba reinventando el cine desde México. El papel que Ernesto interpretó fue el de Archivaldo de la Cruz, un hombre de la alta sociedad obsesionado con matar mujeres que mueren antes de que él pueda hacerlo.
un aspirante a criminal que nunca logra cometer su crimen. El juez le dice al final que desear matar no es delito. Pero lo más importante de esta película no está en la pantalla, está detrás de ella. El proyecto de ensayo de un crimen fue idea de Ernesto Alonso. Él había sido alumno del dramaturgo Rodolfo Usigli, autor de la novela.
Ernesto compró los derechos. Ernesto le propuso el proyecto a Buñuel y Ernesto le pidió que incluyera a su amiga Miroslava Stern como coprotagonista. Fue él quien los juntó. Fue él quien hizo que esa película existiera. Miroslava, guarda ese nombre, porque lo que pasó con ella es algo que Ernesto Alonso cargó el resto de sus 90 años.
Miroslava Estern era una actriz checoslovaca que había sobrevivido a un campo de concentración nazi cuando era adolescente. Llegó a México en 1941 con su padre. Era hermosa, era talentosa y estaba profundamente rota por dentro. Sufría una depresión que la perseguía desde la guerra. Había perdido a su abuela en el campo de concentración.
Después perdió a su madre. a su novio. Se casó con un sobrino del presidente Obregón y se divorció rápido. Tuvo un romance con Cantinflas que terminó destruyéndola. Otro con el torero español Luis Miguel Dominguín, que la dejó más vacía que antes. Miroslava estudiaba actuación con el método de Sequisano, un profesor japonés que exigía que sus alumnos sacaran sus emociones más oscuras para actuar.
Varios de sus alumnos terminaron con depresiones severas, dos se suicidaron. Miroslava ya venía rota. El método de sano le abrió heridas que nunca cerraron. Durante el rodaje de ensayo de un crimen, Miroslava le confesó algo a Ernesto que él contó años después en varias entrevistas. le dijo que pensaba quitarse la vida, que llevaba tiempo pensándolo, que ya lo había intentado antes, pero que no lo haría durante la filmación de la película por la amistad que le tenía a él, porque él había sido el intermediario para que Buñuel la
aceptara en el papel. le debía eso. Piensa en eso un momento. O una mujer le dice a su amigo que se va a suicidar, pero que lo va a esperar, que primero van a terminar la película juntos. Y Ernesto siguió filmando. Cada día llegaba al set sabiendo lo que Miroslava le había dicho. Cada escena juntos tenía ese peso invisible.
Cada mirada de ella frente a la cámara cargaba algo que solo Ernesto entendía. El 9 de marzo de 1955, pocas semanas después de terminar el rodaje, Miroslava se quitó la vida. Tenía 29 años. Su cuerpo fue cremado. Y aquí viene el detalle que parece ficción, pero es terriblemente real. En la película Archivaldo de la Cruz, el personaje de Ernesto, crema un maniquí de cera hecho a imagen de Miroslava.
La ficción se filmó primero, la realidad la copió después. Un maniquí con la cara de Miroslava ardiendo en la pantalla o semanas antes de que el cuerpo real de Miroslava ardiera en un crematorio. Buñuel lo recordó con tristeza en su autobiografía. Llamó a la coincidencia trágicamente irónica. Ernesto no habló del tema durante años, pero la lección quedó grabada en él.
La ficción y la realidad pueden confundirse de maneras terribles y esa confusión iba a definir toda su vida, toda su carrera, toda su tragedia. A lo mejor tú también has vivido algo así. Saber que alguien cercano está sufriendo y no poder hacer nada. Cargar con una confesión que pesa más que cualquier secreto propio.
Mirarte al espejo y preguntarte si podrías haber hecho algo distinto. Mientras Ernesto Alonso construía su carrera en el cine, en su vida privada pasaba algo que nadie mencionaba, nadie preguntaba, nadie publicaba. Existía un pacto silencioso entre los periodistas de espectáculos, entre los colegas, entre toda la industria.
Ernesto tenía una pareja, se llamaba Ángel Fernández Viñas, era médico y llevaban juntos más de 20 años. No era un secreto para quienes los conocían. En las crónicas sociales de la época, el escritor Salvador Novo, el mismo homosexual, mencionaba con naturalidad que Ernesto Alonso llegaba a las fiestas acompañado de Ángel Fernández.
Los intelectuales de la Ciudad de México, escritores, pintores, cineastas, frecuentaban la casa que compartían en las lomas de Chapultepec. Las sobremesas eran largas, las conversaciones brillantes, todos sabían. Pero fuera de ese círculo, la historia oficial era otra. Ernesto Alonso era soltero, un hombre dedicado exclusivamente a su trabajo o un artista que había sacrificado la vida personal por la profesional. Y así fue como lo vivió.
Décadas enteras de una vida partida en dos. En público, el galán del cine mexicano, el hombre elegante que aparecía en las revistas junto a las grandes divas, Andrea Palma, Dolores del Río, María Félix. En privado, una pareja estable, una casa compartida, una vida doméstica con la persona que amaba.
Dos versiones del mismo hombre, una para las cámaras, otra para la vida real. El señor telenovela. La primera vez que escuchas ese nombre suena a homenaje, suena a respeto, suena a logro. Quédate hasta el final de esta historia y vas a ver que también suena a otra cosa. La amistad de Ernesto Alonso con María Félix merece un capítulo aparte.
Porque era una amistad real, profunda de décadas, pero también estaba llena de las contradicciones que definen toda esta historia. María Félix, la doña, contó una vez en televisión en el programa de Verónica Castro una anécdota sobre los primeros años de su amistad con Ernesto. Dijo que cuando eran jóvenes y no tenían dinero, Ernesto la ayudaba.
le compraba medias de seda, bufandas, cosas que ella necesitaba y que el dinero lo obtenía de una mujer estadounidense. María Félix lo dijo con la naturalidad brutal que la caracterizaba. Se prostituía. Ernesto, que estaba sentado junto a ella en el programa, no lo negó. Dijo que sí, que una americana le mandaba cosas de Estados Unidos.
Y María Félix agregó una frase que lo resume todo. Para mí es mal habido porque irme con una gente que no me da la gana es mal habido porque irme tres veces al día con uno que me gusta a es honorable. Ahí en televisión nacional los dos amigos contaron una verdad disfrazada de anécdota. Ernesto mantenía relaciones con una mujer para obtener dinero.
María lo sabía. El público se reía y nadie hacía la pregunta obvia. ¿Por qué un hombre necesitaría prostituirse con una mujer si eso fuera lo que realmente deseaba? La respuesta estaba en las lomas, en esa casa donde vivía con Ángel Fernández. Pero esa respuesta en la televisión de los años 80 no se decía. En 1959, Emilio Azcárraga Vidaurreta, el fundador de lo que se convertiría en Televisa, llamó a Ernesto Alonso.
Le hizo una propuesta que cambió el rumbo de su vida. Le dijo algo que Ernesto recordaría siempre. Como actor de cine, tal vez no puedas durar toda la vida. como productor. Sí, era una verdad práctica. El cine mexicano estaba cambiando. La época de oro se acababa. Los galanes envejecían, pero un productor podía trabajar décadas. Ernesto aceptó.
Dejó el cine de manera gradual. Su última película fue Coronación, en 1976, junto a Carmen Montejo. Después de eso, nunca volvió a pisar un set de cine. Se metió de lleno en la televisión para nunca salir. Su primera producción fue Cuidado con el ángel en 1959 con Ofelia Gilmine. Era apenas un año después de que nacieran las telenovelas en México.
El género no existía como lo conocemos hoy. Eran experimentos, pruebas de ensayo error, historias cortas transmitidas en vivo con actores que a veces se equivocaban de parlamento y nadie podía corregir porque no había edición. Ernesto entró en ese caos y le puso orden. Desde la casa del odio en 1960, su primera producción completa, el ritmo no paró.
Año tras año o telenovela tras telenovela. Pero Ernesto no hacía lo que hacían los demás productores. Los demás repetían fórmulas. Él las inventaba. La leona, la cobarde, niebla. Cada producción probaba algo nuevo, un ángulo de cámara que nadie usaba, un tipo de historia que nadie contaba, un personaje que rompía con lo esperado y había algo más que lo hacía diferente.
Ernesto Alonso no solo producía, dirigía, actuaba cuando el papel se lo exigía, adaptaba novelas clásicas con una fidelidad que los escritores originales habrían respetado. y sobre todo descubría talento. Ese era su verdadero poder, su ojo para mirar a alguien y saber que tenía algo que podía ser estrella. Jorge Rivero pasó por sus manos.
Eduardo Yáñez, su sobrino Jorge Vargas, Fabián Robles, que al recibir un premio TV y novelas años después, tal lo primero que hizo fue agradecerle a Ernesto Alonso por haberle dado su primera oportunidad. Productores que después serían nombres enormes en Televisa, aprendieron con él. Carla Estrada, la mujer que produciría las telenovelas más exitosas de los 90, fue su alumna.
Ernesto era el maestro y como todo maestro con poder, decidía quién entraba y quién se quedaba fuera. Inventó géneros que no existían en la televisión mexicana. La telenovela de época con corazón Salvaje en 1977. Una adaptación de una novela de caridad Bravo Adams que por primera vez llevó a la pantalla Chica trajes de época, Haciendas del siglo XIX, un mundo visual que la audiencia nunca había visto en televisión.
la telenovela histórica con Maximiliano y Carlota, donde contó la historia de México como nadie la había contado en ese formato, donde después vinieron senda de gloria sobre la revolución, el vuelo del águila sobre Porfirio Díaz, la antorcha encendida sobre la independencia. Eran lecciones de historia disfrazadas de melodrama.
El público aprendía sin darse cuenta. Los niños que las veían con sus madres crecieron sabiendo más historia de México por Ernesto Alonso que por sus libros de texto. Y fue él, solo él, quien convenció a María Félix de hacer la Constitución en 1970, la única telenovela que la doña filmó en toda su vida.
María Félix decía que la televisión era para gente menor, que ella era cine, que no iba a rebajarse. Nadie la pudo convencer, ni productores, ni ejecutivos, ni Azcárraga, solo Ernesto, solo su amigo de décadas, el hombre que la conocía como nadie, el que sabía guardar secretos, el que sabía su verdad y ella la de él. Y guarda esto.
Existe un contrato que Ernesto firmó en 2004, un documento que cedía 172 de sus obras a Televisa por 100 años. Todavía no hemos llegado ahí, pero cuando lleguemos vas a entender por qué todo lo que construyó durante medio siglo estuvo a punto de desaparecer. Mientras su poder en Televisa crecía hasta convertirlo en el hombre más influyente de la televisión mexicana, la vida le quitó lo que más quería.
En los años 70, Ángel Fernández murió más de 20 años juntos. Hay que detenerse aquí porque la historia de Ernesto Alonso y Ángel Fernández no es una nota al pie, no es un dato curioso, es la columna vertebral de toda esta historia. Todo lo que Ernesto construyó, las telenovelas, el poder, la imagen pública, la máscara perfecta, giraba alrededor de un hecho central que amaba a un hombre en un país y en una industria donde eso no se podía decir.
Ángel Fernández Viñas era médico, un hombre culto, discreto, que no tenía nada que ver con el mundo del espectáculo. Le conocieron antes de que Ernesto fuera famoso, antes de las telenovelas, antes de todo. Construyeron una vida juntos en las lomas de Chapultepec, una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México.
Una casa grande, libros en los estantes, cuadros en las paredes, una mesa donde se sentaban escritores, intelectuales, artistas. Salvador Novo iba a cenar. Los amigos del mundo cultural llegaban para sobremesas que duraban horas. Adoptaron dos hijos juntos, Guadalupe y Juan Diego. Los criaron como propios. Les dieron un hogar, una educación, un apellido.
Pero legalmente la adopción no era como tal. La ley mexicana no permitía que dos hombres adoptaran juntos. Ernesto lo registró como suyos y Ángel fue de hecho, pero no de derecho, el otro padre. Piensa en lo que eso significaba en el México de los años 50 y 60. Dos hombres criando hijos, viviendo juntos, manteniendo una vida doméstica completa.
Mientras afuera, en las revistas, en la televisión, en las entrevistas, Ernesto Alonso aparecía como el soltero elegante, el hombre casado con su trabajo, el genio que no tenía tiempo para el amor. La realidad era exactamente la opuesta. Tenía amor, tenía familia. tenía todo lo que sus telenovelas prometían al público, pero no podía mostrarlo, no podía mencionarlo, no podía ni insinuarlo, porque si lo hacía todo se derrumbaba.
La carrera, el poder, la imagen, todo. Y esto hay que decirlo claro. No estamos hablando de un hombre que eligió la discreción porque le gustaba la privacidad. Estamos hablando de un hombre que fue obligado a mentir sobre quién era durante 50 años, porque la industria que él construyó se lo exigía. La misma industria que le pagaba millones por escribir historias de amor le prohibía vivir la suya.
El hombre que cada semana le decía a México, “El amor verdadero existe”, no podía decir en voz alta a quién amaba él. Eso no es discreción, eso es una jaula. Y la peor parte es que todos sabían. Los escritores que iban a cenar a su casa sabían, los actores que él formaba sabían, los ejecutivos de Televisa sabían.
Salvador Nobo lo mencionaba en sus crónicas, pero había un pacto, un acuerdo tácito que decía, “Mientras sigas produciendo éxitos, nadie dice nada. A tu trabajo vale más que tu verdad. Tu talento compra tu silencio. Ángel Fernández murió después de más de dos décadas juntos. Ernesto perdió a su compañero de vida y no pudo hacer duelo en público.
No pudo decir, “Perdí amor de mi vida.” No pudo recibir las condolencias que recibe cualquier viudo o viuda. Tuvo que cargar esa pérdida en silencio, como había cargado toda su vida, en silencio. Y al día siguiente tuvo que volver a los foros de Televisa y seguir produciendo historias de amor para otros. A lo mejor tú también sabes lo que es perder a alguien importante y no poder decirlo.
Guardar el dolor porque las circunstancias no te permiten mostrarlo. Sonreír al día siguiente como si nada hubiera pasado. Llegar al trabajo y seguir funcionando mientras por dentro todo está roto. Después de la muerte de Ángel Fernández, Ernesto vendió la casa de las lomas. No podía vivir entre esas paredes que habían contenido su vida juntos.
Cada habitación era un recordatorio. Cada rincón tenía una historia. Se mudó a un departamento de lujo en Polanco, en un edificio elegante. Octavo piso. Su vecino, dos pisos abajo, era Enrique Álvarez Félix, el hijo de María Félix. Quique, como le decían sus amigos, otro hombre que vivía su verdad en privado, otro hijo de esa industria que lo aceptaba todo, siempre y cuando nadie abriera la boca.
Dos hombres en el mismo edificio, dos pisos de distancia, dos vidas construidas sobre el mismo silencio, los dos amigos de toda la vida, los dos rodeados de mujeres famosas que los querían y los protegían. Los dos solos cuando cerraban la puerta de su departamento. Recuerda ese departamento de Polanco o va a aparecer otra vez en esta historia décadas después de una manera que nadie esperaba.
Y entonces llegó 1983 y con ese año llegó la obra maestra, el momento más alto de la carrera de Ernesto Alonso. La telenovela que rompió todos los esquemas y que México no ha olvidado en cuatro décadas. El maleficio. El 7 de febrero de 1983, Televisa estrenó algo que nunca se había visto en la televisión mexicana. Una telenovela sobre brujería, sobre ocultismo, sobre un hombre que había vendido su alma a una entidad demoníaca a cambio de poder y fortuna, escrita por Fernanda Villeli, dirigida por Raúl Araza y producida y protagonizada por el
mismo hombre, Ernesto Alonso. A los 66 años con el pelo completamente blanco, la mirada de hielo, Ernesto interpretó a Enrique de Martino o un millonario que había hecho un pacto con una entidad llamada Bael, un hombre que controlaba todo a su alrededor, que decidía el destino de los demás con una frialdad calculada, que vivía detrás de una máscara impecable, que en público era un caballero respetable y en privado servía a fuerzas que nadie podía ver.
Si te parece que suena familiar, no eres la única que lo nota. Jacqueline Andere interpretó a Beatriz, la viuda que se casa con De Martino sin saber quién es realmente. Humberto Zurita era Jorge, el hijo perverso. Sergio Goiri, Sergio Jiménez, Carmen Montejo, Norma Herrera, Erika Buenfil, Rebeca Jones y Eduardo Yáñez en uno de sus primeros papeles importantes.
un elenco que por sí solo habría llenado cualquier producción. Pero lo que hizo que el maleficio fuera diferente no fueron los actores, fue la audacia. Los efectos especiales eran primitivos. Jacqueline Ander recordó después que había mucha improvisación, un perro que aparecía y desaparecía, un candelabro que se movía solo con un hilo transparente, el cuadro de Bael en la oficina de Enrique de Martino que brillaba cuando el demonio hablaba.
Eran trucos básicos, pero funcionaban porque la historia era tan poderosa que el público perdonaba todo lo demás. 314 episodios, más de un año en pantalla, rating altísimo. México entero pegado al televisor noche tras noche para ver si Beatriz sobrevivía, si el demonio ganaba, si Enrique de Martino caía.
¿Cuántas personas en la sala veían a Enrique de Martino cada noche y no sabían que estaban viendo un espejo, un hombre poder respetable, que controlaba a todos, que vivía una doble vida, que guardaba en una oficina cerrada con llave el secreto que sostenía todo su mundo. Fuera de cámaras, la gente empezó a temerle a Ernesto Alonso, no al actor, al hombre real.
Había personas que se persignaban cuando lo veían caminar por la calle, que le tenían miedo, que creían que era la encarnación del el poder de la ficción confundiéndose otra vez con la realidad, igual que con Miroslava 30 años antes, igual que siempre. A lo mejor tú también recuerdas esa sensación, ver a alguien en la televisión tantas veces que empiezas a creer que el personaje y la persona son lo mismo, que la máscara es la cara, pero no te vayas todavía porque lo que pasó con Eduardo Yáñez detrás de cámaras durante esos años es
una historia que nadie contó completa mientras Ernesto vivió. Si Eduardo Yáñez era un joven que trabajaba en bares y discotecas de la zona rosa en la ciudad de México, Ernesto Alonso lo encontró ahí, lo vio, le dijo que quería lanzarlo a las telenovelas, que tenía potencial, que podía ser estrella. Eduardo aceptó.
¿Quién no habría aceptado? El señor telenovela te dice que quiere hacerte famoso. Dices que sí. Ernesto lo metió en el maleficio, le fue dando papeles en sus producciones, lo fue posicionando como galán, lo convirtió en actor de televisión, le enseñó el oficio. Los rumores empezaron casi de inmediato. Se decía que la relación entre ellos iba más allá de lo profesional, que vivieron juntos durante aproximadamente cuatro años, que la relación terminó mal, que Eduardo podía volverse agresivo, que Alfredo Palacios, amigo cercano de
Ernesto, a tuvo que intervenir en más de una ocasión para protegerlo. Ninguno de los dos confirmó nada en público mientras Ernesto vivió. Eduardo Yáñez dijo después en una entrevista para el programa de primera mano que siempre consideró a Ernesto como un padre, que le debía todo, que no estaría donde estaba sin su ayuda, que lo que Ernesto le heredó fue lo más valioso que pudo recibir.
Eligió cada palabra con cuidado. dijo lo suficiente para que se entendiera el cariño, no lo suficiente para que se confirmara nada más. Pero lo que sí es un hecho documentado es que cuando la relación personal entre ellos se rompió, Ernesto vetó a Eduardo de Televisa y Eduardo tuvo que irse al extranjero a buscar trabajo.
El hombre que creaba estrellas también las podía apagar. Con la misma mano que lanzaba carreras las cortaba. Tal vez tú también conoces a alguien así, alguien que tiene el poder de darte todo y quitártelo todo, que te abre la puerta del mundo y después te la cierra en la cara. esa dependencia que se siente como gratitud, pero que a veces es otra cosa.
Después del maleficio, Ernesto Alonso siguió produciendo sin pausa de pura sangre, tú o nadie, bodas de odio, senda de gloria, el vuelo del águila, la antorcha encendida. Cada año una telenovela nueva. Cada año un éxito. Seis premios TBI y novelas. Una estrella en el paseo de las luminarias y en 2006, a sus 89 años, el Ariel de Oro por toda su trayectoria en el cine.
Formó a productores como Carla Estrada. Era el maestro al que todos acudían. El patriarca de los foros, el hombre cuya palabra era la última, el señor telenovela. Pero mientras el público veía a un genio incansable, adentro, la soledad lo consumía lentamente. Sus dos hijos adoptivos, Guadalupe y Juan Diego, crecieron con las consecuencias de una vida construida sobre silencios.
Lupita, la hija, murió joven, atropellada en la ciudad de México. Dejó un hijo pequeño que pasó a vivir con su abuelo Ernesto y con Teresa Anaya, la esposa de su hermano Juan Diego. Juan Diego se casó con Teresa Anaya. Tuvieron dos hijas, se divorciaron. Y aquí es donde la historia da un giro que ni el propio Ernesto Alonso habría escrito mejor en sus guiones.
Un giro que parece melodrama, pero que es la vida real. Cuando Juan Diego y Teresa se separaron, Ernesto tomó una decisión que su propia audiencia habría encontrado cruel en una telenovela. Rompió relaciones con su propio hijo adoptivo, el hijo que había criado con Ángel Fernández o el hijo que era lo más cercano que tuvo a una familia después de perder al hombre que amaba y se quedó con su nuera.
¿Por qué? Nadie lo sabe con certeza. Lo que se sabe es que Teresa Anaya se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a Ernesto en sus últimos años. lo acompañaba a todos lados, manejaba su agenda, supervisaba su medicación, estaba con él en las mañanas y en las noches. Y Ernesto, que a esas alturas ya tenía más de 80 años y una salud que se deterioraba, necesitaba a alguien así, alguien que estuviera presente, alguien que no se fuera.
Juan Diego, su hijo, no estaba. Quizás hubo una pelea, quizás hubo negligencia, quizás Ernesto sintió que su hijo no lo cuidaba como debía. Lo que es un hecho es que cuando llegó el momento de decidir, Ernesto eligió a la mujer que lo atendía sobre la sangre que llevaba su nombre, aunque esa sangre no era sangre de verdad, porque era adoptado.
Aunque ese nombre no era el nombre real, porque el apellido verdadero de Ernesto era Ramírez. No, Alonso. Teresa Anaya se convirtió en todo para Ernesto Alonso. La gente de la industria creía que era su hija biológica. La llamaban Tere Alonso. Ella lo acompañaba a los premios, a las grabaciones, a los eventos. Trabajaba con él en Televisa como productora.
Aprendió el oficio a su lado y Ernesto la nombró su heredera universal. A ella, no a Juan Diego, no a las nietas, no a nadie más, todo para Teresa. Juan Diego declaró después a la prensa que estaba conforme con la decisión de su padre. Dijo que su exmujer se había dedicado a cuidar a Ernesto durante más de 20 años y que lo entendía. Palabras medidas a palabras de alguien que sabe que no tiene caso pelear con una decisión. ya tomada.
Pero Juan Diego murió poco después que su padre, sin reconciliación, sin herencia, sin la despedida que toda familia merece, sin que Ernesto le dijera las últimas palabras que un padre le dice a un hijo. Piensa en eso un momento. un hombre que escribió 157 historias de familias que construía lazos entre personajes con una precisión quirúrgica que entendía como nadie la mecánica del perdón, la traición, la reconciliación, el reencuentro, que hacía llorar a millones con escenas donde un padre abraza a su hijo después
de años de silencio y que en su propia vida eligió a su nu era sobre su hijo y nunca le dio marcha atrás a esa decisión. Nunca hasta la muerte. El señor telenovela, cada vez que lo escuchas pesa un poco más. El 8 de abril de 2002 murió María Félix, la doña, la mujer más grande del cine mexicano.
Y Ernesto Alonso, su amigo de más de 60 años, el hombre que hablaba con ella por teléfono todos los días, estuvo ahí. Estuvo en Bellas Artes cuando la velaron, estuvo cuando cerraron el ataúd y entonces lo acusaron de haberla matado. Benjamín Félix Huereña, hermano menor de María Félix, presentó una demanda a través de sus abogados, José Alcocer y Patricio Ofarril.
Pidieron que se exhumara el cuerpo. Dijeron que había irregularidades en la muerte, que Ernesto había mandado cerrar el ataúd sin dejar que nadie viera el cuerpo, que quizás la había ayudado a morir. La Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal aprobó la exhumación. Ernesto Alonso a los 85 años tuvo que dar una rueda de prensa.
Fue en el hotel presidente intercontinental. Lo acompañaron Silvia Pinal y Ana Gabriel, que se negaron a hacer declaraciones. Los periodistas se amontonaban, los fotógrafos se empujaban, los camarógrafos peleaban por el mejor ángulo. Exactamente el tipo de escena que Ernesto Alonso habría montado en una telenovela.
Pero esta vez él no era el productor, era el acusado. Respondió con la calma que lo caracterizó toda su vida. Esa calma que era su escudo. Esa calma que a veces parecía frialdad, pero que en realidad era supervivencia. Contó paso a paso lo que pasó el día que murió María Félix. Estaba con ella. Habían hablado por teléfono como todos los días.
Fue a bellas artes cuando la velaron y cuando llegó el momento de decidir si el ataúd se quedaba abierto o cerrado, consultó con Eugenia, la hermana de María y con la actriz Estela Moctezuma. “Le dijimos que era conveniente que lo dejáramos cerrado,”, explicó Ernesto a López Dóriga. “Porque a María no le hubiera gustado que la vieran muerta, fundamentalmente por respeto a ella.
dijo que no cerró el ataúd propias manos, que estaba atrás de la sala, que Eugenia besó a María por última vez y dejó un retrato de su madre junto al cuerpo y que después él se fue a la cocina. Yo no cerré, estaba atrás, no supe quién tenía la llave. A mí me heredó su amistad, dijo después, mirando directo a la cámara.
¿Qué más puedo pedir? Una amistad tan grande como la que tuvimos para mí vale mucho más que el dinero. Piensa en la escena completa. Un hombre de 85 años sentado en un salón de hotel lleno de periodistas que lo tratan como sospechoso. Eh, sus únicas aliadas son dos amigas que se niegan a hablar. Los flashes de las cámaras lo ciegan, las preguntas son agresivas y él contesta con la misma contención de siempre, sin levantar la voz, sin perder la compostura, sin mostrar lo que eso le estaba costando por dentro. La acusación
fue retirada. La exhumación no reveló nada, no había evidencia de nada, pero el daño estaba hecho. El hombre que había narrado la vida de México durante 40 años, el hombre que llevaba medio siglo controlando cada imagen que salía de sus foros, ahora era protagonista de su propia historia de sospecha y no podía controlarla, no podía editar la escena, no podía cortar la toma y repetirla.
La realidad no funciona así. Le impactó tanto que cuando empezó a sentir que su propia muerte se acercaba o le dijo a su amiga Tina Galindo una sola cosa. Yo no quiero eso. Yo no quiero circo. Yo no quiero circo. Guarda esa frase porque cada vez que la escuches va a pesar más. Ahora llegamos al documento, al papel que cambió todo.
El 10 de agosto de 2004, Ernesto Alonso tenía 87 años. Televisa le puso un contrato enfrente, un documento de cesión de derechos patrimoniales. Le pedían que firmara la cesión de 172 de sus obras: Telenovelas, películas, adaptaciones, guiones, a la empresa. No por 15 años, que es el máximo que permite la Ley Federal del Derecho de Autor en México, por 100 años.
Las palabras exactas del contrato decían perpetua y por siempre. 172 obras que se vendían en más de 50 idiomas, que se transmitían en decenas de países, que generaban regalías cada vez que alguien, en cualquier parte del mundo. Aprendía un televisor y veía una telenovela de Ernesto Alonso. El precio que le ofrecieron 10,500,000 pesos por toda una vida de trabajo, por medio siglo de creación, por el legado completo del hombre que inventó la telenovela mexicana tal como la conocemos.

Ernesto afirmó. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que el hombre que controlaba cada detalle de sus producciones, que supervisaba cada línea de diálogo, que nunca dejaba nada al azar, firmara algo así? A los 87 años, después de toda una vida trabajando para Televisa, después de llamar a esa empresa su casa durante medio siglo, Ernesto Alonso confió.
confió en que lo iban a tratar bien, que le iban a pagar, que le iban a respetar lo que era suyo. Y Televisa le cobró esa confianza porque nunca le pagaron los 10,500,000 pesos, ni ese año, ni el siguiente, ni nunca. La Soem, la Sociedad General de Escritores de México, confirmó después algo aún peor.
Televisa no le había pagado a Ernesto Alonso ni un solo peso en regalías desde 1998, 6 años antes de ese contrato, 6 años sin pagarle un centavo por obras que seguían generando dinero en todo el mundo. y encima le pidieron que firmara un papel renunciando a todo por 100 años. A lo mejor tú también conoces a alguien así, alguien que dio su vida entera a una empresa, que se desvivió, que llegó primero y se fue último durante décadas.
Y al final descubrió que para esa empresa era un nombre en un contrato, un recurso, un activo que explotar hasta que se agotara. El martes 7 de agosto de 2007, colonia Polanco, Ciudad de México. Octavo piso de un edificio elegante. Son las 3 de la madrugada. Afuera la ciudad duerme. Adentro Ernesto Alonso lleva días en cama.
La neumonía lo ha ido apagando lentamente. Ya no se levanta, ya casi no habla. Respiración débil, ojos cerrados. Un sacerdote le ha dado las últimas palabras. Los familiares le han hablado al oído como él pidió. 3:30 de la madrugada. El parte médico registra la hora. Nombre: Ernesto Ramírez Alonso. Edad, 90 años.
Causa de muerte, neumonía, lugar. Sud domicilio. El hombre que produjo 157 telenovelas. Deja de respirar en el mismo departamento donde vivió sus últimos 30 años. Sin cámaras, sin público, sin aplausos, solo, en silencio, como quería. Horas antes, Tina Galindo, productora de teatro, y su amiga más cercana, había estado con él hasta las 10 de la noche.
Estuve con él todavía a las 10 de la noche, contó después. El sacerdote incluso nos pidió que familiares y amigos le dedicáramos algunas palabras de despedida. A la mañana siguiente, Tina Galindo apareció en Primero Noticias con Carlos Loret de Mola. Contenía las lágrimas, pero cumplía la misión que Ernesto le había encargado.
“No se va a un hombre porque queda todo lo que hizo,” dijo. Se va un amigo excepcional, una persona que ayudó a tantos actores y a tantas actrices, a quien nunca le vi una actitud de prepotencia. Era sencillo. Qué tristeza tener que decir que sí se nos fue. Y agregó algo que Ernesto le había pedido. Me dejó esta tarea y la hago con gusto.
Cumplo con lo que me pidió, que cuando se fuera ayudara a Tere, que hablara con los medios. Y entonces dejó claro lo que más le importaba al productor. Le impactó mucho cuando murió María Félix. llegó de Bellas Artes muy angustiado. Él me dijo, “Yo no quiero eso. Yo no quiero circo. Yo no quiero circo.
Ya es la cuarta vez que la escuchas. Ya pesa diferente. Lo velaron en el panteón francés de la Piedad. A mediodía, misa de cuerpo presente. Arnulfo Ramírez Alonso, su último hermano vivo, tuvo una charla privada con él antes de morir y lo despidió en vida. dejó un legado importante, dijo Arnulfo a la prensa.
Yo viví muchos momentos felices junto a él. Era un hombre con mucho sentido del amor. No quiso revelar las últimas palabras de Ernesto. Dijo que la agonía fue muy seria. A las 7 de la tarde cremaron sus restos. Con un sol a plomo y una golpiza que un grupo de personas le propinó por error a un fotógrafo, se incineró el cuerpo de Ernesto Alonso.
Al día siguiente, o Televisa lo homenajeó en sus instalaciones de San Ángel. La empresa que le debía millones en regalías le dedicó unas palabras bonitas junto a los foros que él pisó durante más de 40 años. José Bastón, vicepresidente corporativo, dijo, “Fue uno de los creadores del género, una persona extremadamente querida por nosotros, admirada y respetada.
” Angélica María llegó con los ojos hinchados. Eduardo Yáñez declaró a la prensa, “Siempre lo consideré un padre. Siento una mezcla de tristeza y alegría. Son incontables los actores que le deben su primera oportunidad. Silvia Pinal, que trabajó con Ernesto desde la obra de teatro La Sed, dijo, “Es difícil que la parte histórica vuelva a tocarse como lo hizo Ernesto.
Yo no quiero circo.” La primera vez que la escuchaste sonaba como una preferencia personal. Ahora pesa distinto. Es la frase de un hombre que vivió 90 años protegiendo una imagen, que construyó un mundo de ficción donde todo se decía en voz alta, mientras en su mundo real todo se susurraba, y que al final quería irse sin que nadie lo mirara demasiado de cerca, sin que nadie hurgara, sin que nadie preguntara lo que no debía preguntar.
Pero la muerte de Ernesto Alonso no fue el final de la historia, fue apenas el comienzo de otra. Teresa Anaya, la nuera convertida en hija, la heredera universal, fue a Televisa a cobrar el seguro de vida y la indemnización por muerte que Ernesto tenía como ejecutivo de la empresa. Y ahí le mostraron el contrato de 2004, el de las 172 obras por 100 años.
Teresa pidió que le pagaran los 10,500,000 pesos que nunca le dieron a Ernesto. Televisa le dijo que no, que no le iban a pagar ni ahora ni nunca. No, Teresa contrató al abogado Raúl Ávila Fernández. Ávila revisó el contrato línea por línea y encontró lo que él llamó violaciones terribles a la Ley Federal del Derecho de Autor.
Un contrato a perpetuidad viola la ley. El artículo 29 de esa ley dice claramente que no se pueden ceder derechos patrimoniales por más de 15 años. Televisa pedía 100. La cesión de derechos morales viola la ley. Los derechos morales son intransferibles. Todo en ese documento estaba diseñado para que Televisa se quedara con la obra completa de Ernesto Alonso para siempre, sin plazo real, sin derecho a reclamo, sin salida.
Pero la historia se pone peor. Cuando Teresa pidió que le pagaran, Televisa contestó que ya habían pagado regalías a la Soem, la Sociedad General de Escritores de México, y que la Sohem era la que tenía que pagarle a ella. Entonces el abogado contactó a la Soghem y la Soghem respondió con un documento que lo cambió todo.
Confirmó que Televisa no les había pagado absolutamente nada. por las obras de Ernesto Alonso desde 1998, 9 años. Desde 1998 hasta la muerte de Ernesto en 2007. 9 años en los que sus telenovelas se seguían transmitiendo, se seguían vendiendo en el extranjero, se seguían doblando a docenas de idiomas, se seguían generando regalías que alguien cobraba.
Pero ese alguien no era Ernesto Alonso. Con ese documento en la mano, Teresa presentó una segunda demanda, esta vez pidiendo el pago de todas las regalías atrasadas. El 21 de abril de 2009, ambas demandas se acumularon en un solo juicio y el 13 de junio de 2012, el juez Felipe Consuelo Soto del juzgado 1º de distrito en materia civil emitió una sentencia que sacudió a la industria del entretenimiento en México.
declaró la nulidad absoluta del contrato. Total, completa, retroactiva. Televisa perdió los derechos sobre las 172 obras. El juez ordenó que todos los derechos volvieran a la sucesión de Ernesto Alonso, que el Instituto Nacional del Derecho de Autor expidiera nuevos certificados aclarando que el autor es Ernesto Alonso y que la titularidad corresponde a su heredera.
y condenó a Televisa a pagar una indemnización por daño material y moral, equivalente al 40% de todas las regalías que habían generado esas 172 obras durante los años que estuvieron ilegalmente en sus manos. Televisa apeló. El abogado de Teresa fue claro. Televisa tiene temor de perder este catálogo porque sabe cuál es su valor, pero la familia que Ernesto dejó atrás también se rompió y esta vez fue en público.
La hija mayor de Teresa Anaya, la nieta adoptiva de Ernesto Alonso, se enfrentó a su propia madre en una pelea que los medios cubrieron con morbo y detalle. Acusó a Teresa de haberse apoderado del dinero y las propiedades del abuelo sin repartir nada, de haber manipulado a Ernesto en sus últimos años, de haber alejado a la familia para quedarse sola con el control.
Escribió un libro con la periodista Claudia de Icaza titulado Ernesto Alonso, El señor telenovela. Ese libro fue una bomba, no solo por las acusaciones contra Teresa, fue el primer lugar donde se habló abiertamente con nombres y detalles de la homosexualidad de Ernesto Alonso, de su relación con Ángel Fernández, de los hijos que adoptaron juntos, de la vida que compartieron en las lomas.
La nieta habló con la periodista y contó lo que la industria entera había callado durante medio siglo. Teresa respondió que el distanciamiento con su hija no era nuevo, que venía de años atrás, que no había nada de qué pelear porque el testamento era claro. El libro no tuvo éxito comercial.
Desapareció del mercado rápido, pero la verdad estaba afuera. Ya la había dicho alguien de la familia y una vez que la verdad sale no vuelve a entrar. Claudia de Icaza, la periodista que escribió el libro, era la misma que años después tendría un pleito público con Luis Miguel por la biografía que escribió de él.
Una mujer que sabía dónde estaban los secretos y cómo sacarlos a la luz. Lo que escribió sobre Ernesto Alonso nadie lo ha desmentido. En 2021, Teresa Anaya demandó a Eduardo Yáñez. El motivo era el departamento de Polanco, aquel departamento donde Ernesto vivió sus últimos 30 años, donde murió aquella madrugada de agosto de 2007.
Eduardo Yáñez vivía ahí. Decía que la propiedad era de su madre, que había fallecido recientemente. Teresa decía que ese departamento pertenecía a Ernesto Alonso, que estaba registrado a su nombre y que como heredera universal era legalmente suyo. Los documentos se hicieron públicos en programas de espectáculos.
La demanda existía. Teresa la había presentado, pero no habían podido notificar a Eduardo porque no lo encontraban en el domicilio. El mismo domicilio que era el objeto de la pelea, el mismo departamento donde Ernesto se mudó después de la muerte de Ángel Fernández. Uni el mismo donde fue vecino de Enrique Álvarez Félix, el mismo donde se refugió del mundo durante tres décadas.
convertido ahora en el centro de una demanda legal entre la mujer que lo cuidó hasta la muerte y el hombre al que muchos consideraron su última pareja. Las dos personas que dijeron quererlo más que nadie, peleando por las paredes donde él vivió y murió. A lo mejor tú también has visto eso. Familias que se destrozan por propiedades cuando alguien muere.
Gente que parecía quererse y que de pronto se convierte en enemiga por una casa, por un terreno, por las cosas que el muerto ya no puede defender. El último capítulo de esta historia ocurrió en noviembre de 2023. Televisa produjo un remake del maleficio con Fernando Colunga como el nuevo Enrique de Martino.
Y para presentarlo al público y a la prensa y en el exconvento de San Hipólito usaron inteligencia artificial para recrear la imagen y la voz de Ernesto Alonso. Un hombre muerto desde hacía 16 años apareció en una pantalla para decir palabras que nunca dijo en vida. Su imagen generada por computadora se dirigió a los presentes.
Buenas noches a todos, bienvenidos. La lucha contra el mal, el débil derrotando al fuerte, así como la luz triunfando sobre la oscuridad, han sido el origen de muchos relatos. Hoy les vamos a presentar una historia en donde el amor es una fuerza poderosa. Y no terminó ahí, en la nueva versión de la telenovela.
El demonio Bael ya no es un cuadro. Bael tiene la cara de Ernesto Alonso. La imagen del productor muerto es literalmente el demonio de la nueva telenovela, el fantasma digital de Ernesto Alonso apareciendo capítulo tras capítulo como el ente maligno que controla todo desde las sombras. Lo usaron como producto, lo convirtieron en mercancía sin su consentimiento, sin preguntarle a nadie si eso habría querido.
La misma empresa que intentó quedarse con sus 172 obras sin pagarle, que no le dio un peso en regalías durante 9 años, que le hizo firmar un contrato ilegal 3 años antes de morir, ahora usaba su cara generada por computadora para vender una telenovela nueva y las redes sociales se llenaron de burlas. Si lo viera, se vuelve a morir”, decía la gente, porque la imagen de inteligencia artificial no se parecía del todo a él.
Era una versión extraña, digital, vacía, un fantasma de baja resolución del hombre que una vez fue la persona más poderosa de la televisión mexicana. El productor José Alberto Castro, responsable del remake, dijo que era un homenaje, que se usaría con respeto, que Ernesto Alonso seguiría apareciendo a lo largo de la nueva telenovela gracias a la tecnología y que había que entender cómo usar la inteligencia artificial.
Pero nadie le preguntó a Ernesto Alonso si quería ser un homenaje. Nadie le preguntó si quería que su cara fuera Bael. Nadie le preguntó nada porque los muertos no responden y los contratos, aunque sean ilegales, dejan marcas que duran más que las sentencias judiciales. Yo no quiero circo. Ernesto Alonso escribió 157 telenovelas.
En todas había un villano que pagaba por lo que hizo. En todas traición que se descubría. En todas había un secreto que terminaba saliendo a la luz y en todas al final llegaba la justicia. Pero la historia más cruel no la escribió él, la vivió. Fue el hombre que enseñó a México a llorar frente al televisor, pero que nunca pudo llorar sus propias pérdidas en público.
El que formó a generaciones de actores, pero que perdió la relación con su propio hijo, el que convirtió a Televisa en una potencia global de telenovelas y que a cambio recibió un contrato ilegal y 9 años sin cobrar un peso. El señor telenovela. La primera vez que lo escuchaste sonaba a título de honor. Ahora ya sabes lo que pesa. es el nombre de un hombre que vivió atrapado entre la ficción que creaba y la realidad que no podía vivir, que escribió cientos de historias donde el amor triunfaba, donde los secretos se revelaban, donde la justicia llegaba al
final del último capítulo y que en su propia vida no tuvo nada de eso. Hoy sus restos descansan en el panteón francés de la Piedad, un lugar donde están enterradas muchas figuras de la cultura mexicana, no lejos de donde cremaron a Miroslava, la actriz que le dijo que se iba a suicidar, pero que lo esperaría a que terminaran la película.
La mujer, cuyo cuerpo ardió igual que el maniquí que hicieron con su cara. Teresa Anaya sigue siendo su heredera universal. Las 172 obras le pertenecen a ella. Televisa perdió los derechos. Y en un juzgado del Distrito Federal hay una sentencia que dice que el contrato que le pusieron a firmar a Ernesto Alonso era ilegal, que violaba la ley, que nunca debió existir, pero Ernesto ya no estaba vivo para escucharlo.
Cada noche en alguna parte del mundo, alguien prende la televisión y ve una telenovela que él produjo. No sabe quién era Ernesto Alonso. no sabe que amó a un hombre durante más de 20 años en un país que no lo permitía. No sabe que firmó un papel que le quitaba todo. No sabe que una computadora le puso palabras en la boca 16 años después de muerto.
Solo ve la historia, siente la emoción, llora, se queda hasta el final, exactamente como Ernesto Alonso lo habría querido. Que vieras la ficción, no al hombre detrás de ella. Si quieres que más personas conozcan esta historia, suscríbete a Hijos del Poder y comparte este vídeo. Y si te quedaste pensando en Ernesto Alonso y en el maleficio, hay algo que necesitas saber.
¿Recuerdas a Humberto Zurita, el actor que interpretó a Jorge de Martino, el hijo de Ernesto? En esa telenovela. Zurita creció profesionalmente al lado de Ernesto Alonso. Se casó con Christian Bach. Y durante años, México los vio como la pareja perfecta. Pero cuando Cristian Bach enfermó, Humberto Zurita le mintió al mundo entero sobre lo que estaba pasando.
Lo que hizo mientras ella estaba enferma es algo que nadie se esperaba. Y lo que le ocultó a todos, incluso a ella, cambió la forma en que México entero lo ve hoy. Esa historia la tienes aquí.