VIVIR CON LA SUEGRA
PARTE 1
El tintineo de los cubiertos de acero inoxidable contra la loza barata de los platos resonaba como una campana de ejecución.
Marta recogió el último trozo de pan duro con un movimiento seco de la mano.
La cena de los viernes solía ser un remanso de paz en aquel piso de sesenta metros cuadrados de la periferia de Madrid.
Sin embargo, aquella noche el aire de la estancia pesaba más que un cocido madrileño en pleno mes de julio.
Javier masticaba la última croqueta congelada con una lentitud que rozaba la provocación deliberada.
Sabía perfectamente que el silencio de Marta no era fruto del cansancio acumulado tras una jornada interminable en la gestoría.
Era el silencio que precede a las grandes tormentas de granizo que destrozan las cosechas y las ilusiones.
Marta se levantó de la silla de madera contrachapada con una rigidez que recordaba a los soldados de la Guardia Real.
Apiló los dos platos llanos con un estruendo que hizo temblar las copas de vino que guardaban en el aparador heredado de sus tíos.
Javier soltó el tenedor, que chocó contra el mantel de hule con un sonido sordo y definitivo.
Ella se quedó de pie, sujetando la pila de platos contra su pecho como si fuera un escudo medieval.
Miró fijamente el cuadro descolorido de la Gran Vía que colgaba torcido en la pared del comedor.
Tomó aire con una profundidad dramática, inflando los pulmones antes de lanzar el primer proyectil verbal.
—Si nos casamos pero hay que meter a tu madre en casa, mejor lo dejamos aquí.
La frase quedó suspendida en el ambiente, flotando entre el olor a fritura y el zumbido constante del frigorífico viejo.
Javier sintió que la croqueta se le atascaba a mitad de camino del esófago.
Se pasó una mano por el flequillo, intentando ganar unos segundos de lucidez que la digestión le estaba negando de forma sistemática.
Se incorporó en la silla, estirando los hombros para intentar adoptar una postura de autoridad filial.
—A ver, Marta, por favor te lo pido, mantengamos la calma.
—Estoy completamente calmar, Javier, nunca he tenido las ideas más claras en toda mi existencia.
—Mi madre me ha criado sola desde que tenía cinco años en un piso sin ascensor de Carabanchel.
—Ya conocemos la historia del piso sin ascensor, Javier, me la sé mejor que la lista de los Reyes Godos.
—¿Ahora que por fin me desposo y tengo una estabilidad laboral la voy a dejar tirada en una residencia de la sierra?
—Nadie ha hablado de un asilo, Javier, tu madre tiene su propia vida, sus amigas del bingo y su televisión con canales de telenovelas.
—Mi madre tiene setenta y cuatro años y cada vez que cambia el tiempo le crujen las rodillas de una forma espantosa.
—A mi padre también le crujen los tobillos y no por eso se viene a vivir a nuestro sofá a opinar sobre cómo limpio las cortinas.
Marta caminó hacia la cocina con los platos en la mano, arrastrando las zapatillas por el pasillo estrecho del inmueble.
Javier la siguió de cerca, sintiéndose en desventaja táctica por estar en calcetines sobre el suelo frío de gres.
Llegaron a la encimera y ella dejó la loza con una violencia renovada en el fregadero lleno de agua con lavavajillas.
Se dio la vuelta de inmediato, clavando sus ojos oscuros en la mirada atribulada de su prometido.
—El buey suelto bien se lame, Javier, acuérdate de lo que decía mi abuela la de Ávila.
—Mi madre no es un buey, Marta, es una anciana que solo quiere pasar sus últimos años cerca de su único hijo varón.
—Vivir con la suegra solo va a traer movidas de todos los colores y acabaremos firmando el divorcio antes de pagar la primera comunión de los niños que aún no tenemos.
—Estás cayendo en los clichés más rancios de las comedias de los años ochenta, de verdad te lo digo.
—No son clichés, Javier, son las estadísticas de los juzgados de plaza de Castilla, que están llenos de parejas rotas por culpa de las madres políticas.
—Mi madre es un ángel del cielo que te hace torrijas cada vez que viene de visita por Semana Santa.
—Tu madre me hace torrijas para recordarme de forma sutil que las mías parecen suelas de zapato mojadas en leche.
—Eso son imaginaciones tuyas producto de la susceptibilidad crónica que sufres desde que cambiamos el colchón.
—Mis torrijas están buenísimas, Javier, lo que pasa es que en tu familia tenéis el paladar deformado por el exceso de manteca.
Javier se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina, sintiendo un cansancio físico que le bajaba desde las sienes hasta los tobillos.
El debate sobre la convivencia familiar estaba tomando unos tintes de conflicto internacional que superaban sus capacidades intelectuales de un viernes por la tarde.
Sintió que la cabeza le daba vueltas y que el hemisferio derecho de su cerebro empezaba a exigir una retirada a tiempo.
Miró el reloj de pulsera que le habían regalado por su primera comunión y vio que eran las nueve y media de la noche.
—Mira, Marta, estoy sufriendo una bajada de tensión monumental por culpa de este debate crematístico y social.
—No me cambies de tema con tus dolencias imaginarias, que te conozco como si te hubiera parido yo misma.
—No es una dolencia imaginaria, te juro que veo lucecitas de colores flotando sobre el extractor de humos.
—Eso es la grasa acumulada en el filtro, que llevas tres meses prometiendo que lo vas a limpiar con el desengrasante del Mercadona.
—Necesito ejecutar una parada técnica de urgencia, Marta, mi cuerpo reclama un reseteo neuronal inmediato.
—¿Te vas a ir a dormir ahora en mitad de la discusión sobre el futuro de nuestra unidad familiar?
—No es dormir, Marta, sabes perfectamente que yo nunca duermo por las noches si antes no descanso los ojos quince minutos en el sofá.
—Lo tuyo no es descansar los ojos, Javier, lo tuyo es un simulacro de hibernación que ríete tú de los osos del Pirineo.
—Voy a realizar una siesta de energía limpia, de veinte minutos exactos, cronometrados con la alarma del móvil.
Javier dio la vuelta sobre sus talones y se encaminó hacia el salón con el paso vacilante de un náufrago del mercado laboral.
Marta se quedó en la cocina, sujetando el estropajo con una mano y mirando al techo mientras murmuraba insultos en arameo antiguo.
PARTE 2
El salón del piso era un monumento a la comodidad precaria y a las elecciones estéticas dudosas de la juventud.
Javier se acercó al sofá de tres plazas con la devoción de un monje budista que se aproxima al altar mayor de su monasterio.
Aquello no era un simple mueble de una multinacional sueca; era el centro neurálgico de su estrategia de supervivencia diaria.
Antes de tumbarse, Javier inició la liturgia obligatoria de los preparativos pre-siesta, un protocolo que no se saltaba ni en caso de incendio forestal.
Primero, se quitó el reloj de pulsera con un movimiento circular de la muñeca y lo depositó sobre la mesa baja, justo encima de una revista de coches de hace dos años.
Luego, extendió una manta de sofá de tacto polar de color azul marino, asegurándose de que no quedara ninguna arruga que pudiera perturbar la armonía de su anatomía.
Buscó en el cajón del mueble de la televisión su posesión más valiosa para los momentos de crisis existencial: un antifaz de satén negro que anulaba por completo la contaminación lumínica del vecindario.
A continuación, desbloqueó la pantalla del teléfono móvil para configurar la famosa alarma de los veinte minutos.
Abrió la aplicación del reloj con una seriedad que recordaba a los ingenieros de la NASA antes del lanzamiento de un cohete espacial.
Deslizó el dedo por la pantalla digital hasta fijar la hora exacta: las nueve y cincuenta y cinco minutos de la noche.
—Veinte minutos exactos —se dijo a sí mismo en un susurro que pretendía infundirse un valor que no tenía—. Ni un segundo más, Javier, que luego la cena se queda fría y Marta se divorcia antes de la boda.
Para completar el ritual de autoengaño, seleccionó en su reproductor de audio un pódcast sobre la intendencia militar en la batalla de las Navas de Tolosa.
Siempre sostenía ante quien quisiera escucharle que las voces monótonas de los historiadores de radio ejercían un efecto balsámico sobre sus neurotransmisores, manteniéndolo en un estado de sueño superficial y sumamente reparador.
Se colocó los auriculares inalámbricos con una precisión milimétrica, ajustó el antifaz sobre el puente de su nariz y se dejó caer sobre los cojines con un suspiro que sonó a liberación celestial.
Marta entró en el salón justo en el momento en que la mandíbula de Javier se relajaba de forma definitiva.
Se quedó de pie junto al mueble del aparador, con los brazos cruzados y la mirada cargada de un desprecio soberano.
Observó el despliegue tecnológico de su prometido con una mezcla de fascinación antropológica y rabia contenida.
—Ahí lo tenemos —dijo Marta en voz alta, sin importarle lo más mínimo romper el silencio místico de la estancia—. El gran ejecutivo del sector servicios, derribado por una croqueta y una mención a su querida madre.
Javier no emitió ninguna respuesta verbal, pues ya se encontraba navegando por las llanuras de Jaén junto a las tropas del rey Alfonso VIII en el año 1212.
Su respiración comenzó a ralentizarse, adoptando ese ritmo pesado y rítmico que delataba el fraude absoluto de la siesta de energía.
Marta se acercó a la mesa baja y cogió el móvil de Javier, comprobando que la alarma de los veinte minutos parpadeaba con una inocencia enternecedora en la pantalla de bloqueo.
—Veinte minutos, dice el tío —murmuró ella con una sonrisa cínica—. Este no se despierta ni aunque los tambores de las Navas de Tolosa entren por el pasillo tocando el pasodoble de los toros.
Se sentó en el sillón individual que quedaba frente al sofá, decidida a contemplar el espectáculo de la decadencia temporal de su pareja.
El pódcast seguía sonando de forma amortiguada a través de los auriculares de Javier, emitiendo pequeños zumbidos históricos que se mezclaban con el ruido del tráfico de la autopista cercana.
Fuera, en la calle, el camión de la basura inició su ruta nocturna con ese chirrido metálico tan característico de los polígonos residenciales de la periferia.
Una moto de reparto a domicilio aceleró en el semáforo de la esquina, provocando una vibración leve en los cristales de la ventana del salón.
Marta miró el reloj de la pared, un modelo de plástico que imitaba a las estaciones de tren antiguas, y vio que la aguja de los minutos avanzaba sin piedad hacia las diez de la noche.
El tiempo en el salón parecía haber entrado en una dimensión elástica donde los minutos de Javier se estiraban como el chicle de fresa ácida que compraban de niños en el quiosco.
PARTE 3
La noche madrileña se consolidó al otro lado de las persianas de plástico que Javier había bajado a mitad de altura para simular un ambiente de búnker antiatómico.
Marta seguía en el sillón, con el teléfono de Javier entre las manos, observando cómo la alarma de los veinte minutos se activaba de pronto con un sonido de campanas zen que pretendía ser sutil.
El teléfono vibró sobre la mesa de madera baja, desplazándose un par de milímetros hacia el borde de la revista de coches.
Javier ni se inmutó.
Emitió un leve silbido por la nariz, un ronquido de baja frecuencia que indicaba que el tratado de paz con el rey de Navarra en su sueño estaba yendo sobre ruedas.
Marta apagó la alarma de un manotazo digital con una frialdad que asustaría a un verdugo de la época de la Inquisición.
—Vamos a ver cuánto dura de verdad el reseteo de las células hepáticas de este fenómeno —susurró ella para sí misma.
El minutero del reloj de la estación continuó su andadura implacable, marcando las diez y cuarto, luego las diez y media, y finalmente las once de la noche.
Durante esa hora de silencio sepulcral, Marta tuvo tiempo de repasar mentalmente toda la distribución espacial del piso de su suegra en Carabanchel.
Recordó el olor a alcanfor del pasillo, las figuras de porcelana de pastores de Extremadura que poblaban las estanterías del comedor y el tapete de ganchillo que cubría el televisor de tubo que la mujer se negaba a jubilar.
Pensó en la posibilidad de compartir el cuarto de baño de sesenta centímetros con una señora que guardaba los rulos en una bolsa de plástico de Galerías Preciados.
Sintió una punzada de pánico existencial al imaginar las cenas del futuro, con su suegra corrigiendo el punto de sal de los macarrones y recordándole a Javier que de pequeño tenía los bronquios muy delicados.
Miró de nuevo al sofá, donde Javier había cambiado de postura, colocándose de lado con las manos entrelazadas entre los muslos, en esa posición fetal que adoptan los hombres cuando sueñan que vuelven al útero materno para no pagar el impuesto de bienes inmuebles.
El antifaz negro se le había desplazado ligeramente hacia la ceja izquierda, revelando un ojo cerrado a cal y canto y una pestaña que vibraba con el ritmo de la respiración profunda.
Marta se levantó del sillón, sintiendo que las piernas se le habían quedado dormidas por culpa de la inactividad contemplativa.
Caminó hacia la ventana del salón y levantó la persiana del todo con un golpe seco que produjo un estruendo metálico en todo el patio de luces del edificio.
Alguien en el tercero izquierda cerró una ventana de aluminio de inmediato, molesto por la intrusión acústica en mitad de la película de la televisión de pago.
Marta miró hacia el cielo de Madrid, que lucía ese tono grisáceo y anaranjado provocado por las luces de las farolas de vapor de sodio y la contaminación flotante.
—Una siesta de energía —dijo ella con un tono de voz que pretendía despertar a los muertos del cementerio de la Almudena—. Una parada técnica para limpiar las arterias del conocimiento.
Se dio la vuelta y se aproximó al sofá con paso firme, dispuesta a ejecutar la maniobra de despertar forzado más radical de la historia de la convivencia democrática.
Agarró el borde de la manta polar azul marino con las dos manos, tensando el tejido como si fuera a iniciar un truco de magia con un mantel lleno de vasos de cristal.
Pegó un tirón violento hacia arriba, despojando a Javier de su cobertura térmica de un solo golpe coreográfico.
La manta voló por el aire del salón y aterrizó sobre la mesa baja, cubriendo por completo la revista de coches y el reloj de la primera comunión.
Javier emitió un gemido lastimero, encogiéndose sobre sí mismo de forma automática para retener el calor corporal que se le escapaba por las costuras del chándal gris.
—Marta… el puente de barcas de Sevilla… los almohades están cruzando el río… —balbuceó él entre dientes, completamente atrapado en los entresijos de la historia medieval de España.
PARTE 4
Javier abrió el ojo derecho, el único que quedaba libre del yugo del antifaz desplazado, y se encontró con el rostro de Marta a escasos diez centímetros de su nariz.
La expresión de su prometida era una mezcla de sargento de la Legión Extranjera y funcionaria de la oficina de empleo en un día de huelga general.
Javier parpadeó con violencia, intentando enfocar las facciones de Marta a través de la densa bruma que las tres horas de sueño profundo habían dejado en su corteza cerebral.
Se retiró el antifaz con un movimiento torpe de la mano, sintiendo que la goma elástica le daba un latigazo doloroso en la oreja derecha.
—¿Qué… qué ha pasado con la intendencia militar de las tropas cristianas? —preguntó con una voz que parecía haber sido filtrada por un tubo de escape oxidado.
—Las tropas cristianas ya están en los cuarteles de invierno desde hace tres horas, Javier —respondió Marta con una calma glacial que presagiaba el desastre absoluto.
Javier buscó desesperadamente con la mirada el reloj de la mesa baja, pero solo encontró la superficie azul de la manta polar que lo cubría todo.
—¿Qué hora es, Marta? Dime la verdad, por favor te lo pido, no juegues con mi salud cronológica.
—Son las doce menos diez de la noche de un viernes de Pasión, Javier, esa es la verdad cruda y parlamentaria.
Javier se incorporó de golpe en el sofá, sintiendo un latigazo en las vértebras lumbares que le recordó de forma instantánea que ya no tenía veinte años ni la agilidad de los soldados de Alfonso VIII.
Se frotó las mejillas con las dos manos, descubriendo con horror que la costura del cojín de Tarifa le había dejado un relieve geométrico en el pómulo que parecía el plano de urbanismo de la ciudad de Benidorm.
—No puede ser, si yo había puesto la alarma de los veinte minutos con el sonido de las campanas zen del bosque de bambú.
—La alarma ha sonado a su hora reglamentaria, Javier, pero tú has decidido que el budismo no iba contigo esta noche y has seguido durmiendo como un ministro en el banco azul.
—Esto es un boicot biológico en toda regla, Marta, tú has debido de apagar el teléfono para perjudicar mi reputación de hombre de acción.
—Yo no he apagado nada, te he dejado ahí tirado para comprobar científicamente si existía algún límite físico para tu capacidad de autoengaño doméstico.
Javier se levantó del sofá con cuidado, arrastrando los pies hasta el centro del salón, sintiendo que las piernas le pesaban como si llevara puestas las botas de la mili de su padre.
Se volvió hacia ella, intentando recuperar el hilo de la conversación de la cocina sobre el futuro residencial de su madre.
—Bueno, Marta… admito que el descanso se ha extendido un poco más de los parámetros recomendados por los expertos en salud laboral.
—¿Un poco más, Javier? Te has metido tres horas de sueño profundo entre pecho y espalda en mitad de una discusión sobre si metemos a tu madre en el cuarto de invitados.
—Mi madre… mi madre es una señora muy limpia, Marta, de verdad te lo digo, apenas gasta agua caliente y cocina unos guisos de legumbres que nos ahorrarían un dineral en el presupuesto mensual del supermercado.
Marta se acercó a él y le puso un dedo en el pecho, justo en el centro de la camiseta de algodón que lucía una mancha imperceptible de aceite de la croqueta.
—Escúchame bien, Javier, porque esto va a misa de doce sin necesidad de confesión previa.
—Te escucho, Marta, soy todo oídos y toda atención ciudadana.
—Tu madre se queda en Carabanchel con sus amigas del bingo y su tele de tubo, o tú te vuelves con ella el lunes por la mañana con tus bolsas de basura llenas de ropa deportiva.
—Eso es un ultimátum inconstitucional que atenta contra los derechos de la familia tradicional mediterránea, Marta.
—Lámalo como quieras, Javier, pero el buey suelto bien se lame y yo no pienso compartir el mando a distancia del televisor con una señora que cree que las series de la tarde son documentales de la vida real.
Javier miró el suelo de tarima, comprendiendo que la batalla de las Navas de Tolosa doméstica estaba completamente perdida por falta de fuerzas de reserva en el flanco izquierdo.
Se acercó a la mesa baja, retiró la manta polar y recuperó su reloj de la primera comunión, ajustándoselo en la muñeca con una resignación que rozaba la poesía existencial.
Marta se dio la vuelta y se encaminó hacia el dormitorio con el paso firme de quien ha ganado una moción de censura en el parlamento sin necesidad de pactar con los partidos de la oposición.
Javier se quedó solo en mitad del salón iluminado por la lámpara de pie, mirando el sofá vacío que parecía burlarse de su debilidad física y moral.
Se rascó la marca del cojín en la cara, sintiendo que el frío de la noche madrileña empezaba a colarse por los bordes de la persiana mal bajada.
Se hizo a sí mismo la gran pregunta que todo ciudadano español de mediana edad se formula en la intimidad del salón de su casa cuando la realidad material destruye sus fantasías de descanso relámpago.
En esta vida de estrés, de hipotecas a tipo variable y de suegras que crujen por las rodillas, ¿es obligatorio independizarse totalmente de los padres al casarse?