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El olor a cocido madrileño inundaba el rellano. Era domingo. Las dos de la tarde.

Parte 1

El olor a cocido madrileño inundaba el rellano.

Era domingo.

Las dos de la tarde.

Laura respiró hondo antes de tocar el timbre.

Miró a su marido, Paco, que ya tenía la llave en la mano.

Paco sudaba.

Siempre sudaba antes de entrar en casa de su madre.

La puerta se abrió antes de que pudieran meter la llave en la cerradura.

Carmen estaba allí.

Llevaba un delantal de flores que había visto mejores épocas.

Y una cuchara de madera en la mano derecha.

Como si fuera el cetro de la reina de Castilla.

“¡Hombre, por fin!”

Exclamó Carmen, con esa voz que no necesita micrófono para llegar al cuarto piso.

“Pensaba que os habíais perdido.”

“Hola, mamá”, murmuró Paco, dándole un beso rápido en la mejilla.

Laura sonrió.

Una sonrisa ensayada en el coche durante los últimos veinte minutos.

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