Parte 1
El olor a cocido madrileño inundaba el rellano.
Era domingo.
Las dos de la tarde.
Laura respiró hondo antes de tocar el timbre.
Miró a su marido, Paco, que ya tenía la llave en la mano.
Paco sudaba.
Siempre sudaba antes de entrar en casa de su madre.
La puerta se abrió antes de que pudieran meter la llave en la cerradura.
Carmen estaba allí.
Llevaba un delantal de flores que había visto mejores épocas.
Y una cuchara de madera en la mano derecha.
Como si fuera el cetro de la reina de Castilla.
“¡Hombre, por fin!”
Exclamó Carmen, con esa voz que no necesita micrófono para llegar al cuarto piso.
“Pensaba que os habíais perdido.”
“Hola, mamá”, murmuró Paco, dándole un beso rápido en la mejilla.
Laura sonrió.
Una sonrisa ensayada en el coche durante los últimos veinte minutos.
“Hola, Carmen.”
“¿Qué tal la semana?”
“Pues aquí, hija, tirando.”
Carmen se dio la vuelta y caminó hacia el pasillo.
“Que no es poco con la que está cayendo.”
Laura y Paco entraron.
Dejaron los abrigos en el perchero de madera oscura.
Ese perchero que olía a naftalina y a laca Nelly.
El comedor estaba preparado.
La mesa, redonda, vestía un mantel de hule con estampado de limones.
En el centro, la sopera.
Echando humo.
Una trampa mortal de colesterol y amor maternal.
“Sentaos, sentaos, que los fideos se pasan.”
Carmen empezó a servir.
Platos hondos rebosantes de caldo oscuro y fideos finos.
“¿Y bien?”
Preguntó la suegra, sin mirarles, concentrada en el cazo.
“¿Qué novedades me traéis?”
Paco tragó saliva.
Miró a Laura.
Laura le devolvió la mirada.
Esa mirada que decía: “Díselo tú, que es tu madre”.
Paco miró su sopa.
Empezó a soplar, cobarde.
Laura suspiró.
Agarró su servilleta de papel.
La dobló por la mitad.
Luego por la otra mitad.
“Pues mira, Carmen…”
Empezó Laura, con un tono de voz suave.
Demasiado suave.
“Teníamos algo que contarte.”
Carmen detuvo el cazo en el aire.
Una gota de caldo cayó sobre el hule.
Sonó como una bomba en el silencio del comedor.
“¿Estás embarazada?”
Preguntó Carmen.
Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa.
“Ya era hora, hija.”
“Que a este paso se os va a pasar el arroz.”
“Y a mí se me van a secar las ganas de ser abuela.”
“No, mamá, no es eso”, interrumpió Paco, con la boca llena.
“No hables con la boca llena, Francisco.”
Le regañó su madre, sin perder la postura.
“Entonces, ¿qué es?”
“¿Os habéis comprado el coche híbrido ese del que dabais la brasa?”
“Tampoco es eso, Carmen”, dijo Laura.
Apoyó los codos en la mesa.
“Es algo sobre nosotros.”
“Sobre Paco y sobre mí.”
“Nuestra relación.”
Carmen entrecerró los ojos.
Dejó el cazo dentro de la sopera.
Se sentó muy despacio.
Se limpió las manos en el delantal.
“A ver.”
Dijo, cruzándose de brazos.
“Soltadlo ya, que me estáis poniendo nerviosa.”
“Y tengo la tensión en el límite.”
Laura miró a Paco una vez más.
Paco seguía comiendo fideos como si el mundo se fuera a acabar.
Laura respiró hondo.
“Paco y yo hemos decidido ir a terapia.”
Silencio.
Un silencio denso.
Espeso.
Como la grasa del chorizo que flotaba en el caldo.
Carmen parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
“¿A terapia?”
Preguntó, arrastrando las erres.
“¿A qué terapia?”
“¿Te duele la espalda otra vez, Francisco?”
“Te dije que esa silla del Ikea era una porquería.”
“No, mamá”, dijo Paco, levantando la vista del plato.
“No es fisioterapia.”
“Es terapia de pareja.”
Carmen se quedó petrificada.
Su cara palideció.
Luego se puso roja.
Rojísima.
Como el pimentón de la Vera que le echaba al pulpo.
“¿Terapia de pareja?”
Gritó.
O casi.
“¿Psicólogos?”
“¿Vosotros?”
Se llevó la mano al pecho.
A la altura del corazón.
O del colgante de la Virgen del Rocío.
“Madre del amor hermoso.”
“Virgen santísima.”
“¿Qué he hecho yo para merecer este disgusto un domingo?”
“Carmen, por favor, no te alteres”, intentó calmarla Laura.
“¿Que no me altere?”
“¿Que no me altere, dices?”
Carmen se levantó de un salto.
La silla chirrió contra el suelo de terrazo.
“¡Me venís un domingo!”
“¡Con el cocido en la mesa!”
“¡A decirme que vais al loquero de matrimonios!”
“No es un loquero, mamá”, murmuró Paco.
“Tú cállate, Francisco, que seguro que la idea no ha sido tuya.”
Carmen señaló a Laura con un dedo acusador.
“¿Terapia de pareja?”
Repitió la frase como si fuera un insulto en arameo.
“Eso es que os vais a divorciar.”
La sentencia cayó sobre la mesa.
Definitiva.
Inapelable.
Como el mazo de un juez.
“No, Carmen, no nos vamos a divorciar”, dijo Laura, intentando mantener la calma.
“Eso decían los del cuarto izquierda.”
Replicó Carmen, caminando por el salón.
“Que si necesitaban espacio.”
“Que si iban a un mediador.”
“¿Y dónde están ahora?”
Se detuvo y les miró fijamente.
“Él viviendo en un bajo en Parla.”
“Y ella con un monitor de zumba.”
“¡Eso es lo que hacen los psicólogos!”
“¡Lavarte el cerebro y separarte!”
“Mamá, por Dios, no digas barbaridades.”
“¿Barbaridades?”
Carmen volvió a sentarse.
Agarró su vaso de agua y le dio un sorbo tembloroso.
“Lo que tenéis que hacer es aguantar.”
Dijo, golpeando la mesa con el dedo índice.
“Aguantar.”
“Como hacíamos nosotros.”
“Como ha hecho todo el mundo de toda la vida de Dios.”
“Hasta que llegaron los americanos con sus tonterías.”
“Y sus libros de autoayuda.”
Laura cerró los ojos un segundo.
Se encomendó a la paciencia.
A esa paciencia infinita que recomiendan en los podcasts de mindfulness.
“Queremos mejorar nuestra comunicación antes de que sea tarde, suegra.”
Dijo Laura.
Pronunció cada palabra con cuidado.
Como si estuviera desactivando una bomba.
Carmen soltó una carcajada.
Una carcajada seca.
Sin gracia.
“¿Mejorar la comunicación?”
“¿Qué pasa, que no habláis el mismo idioma?”
“¿Se ha vuelto Francisco a hablar en chino mandarín?”
“No es eso, Carmen.”
“Es aprender a entendernos.”
“A gestionar los conflictos.”
“A tener responsabilidad afectiva.”
Carmen arrugó la nariz.
Como si hubiera olido leche caducada.
“¿Responsabilidad qué?”
“Afectiva, mamá”, apuntó Paco.
“Francisco, te he dicho que te calles y comas.”
Carmen se giró de nuevo hacia Laura.
“Mira, niña.”
“Déjate de palabrejas modernas.”
“Que yo tengo mucha calle.”
“Y mucho matrimonio a mis espaldas.”
“Cuarenta años aguantando al difunto de mi marido.”
“Que en paz descanse el pobre.”
Se persignó rápidamente.
“Cuarenta años, se dice pronto.”
“Y no pisamos un psicólogo en la vida.”
“¿Y sabes cuál era el secreto?”
Carmen se inclinó sobre la mesa.
Bajó la voz.
Como si fuera a revelar la fórmula de la Coca-Cola.
“Aguantar y callar.”
Ese era el mantra.
El dogma de fe.
“Ese es el secreto de un matrimonio largo.”
Dijo, asintiendo para darse la razón a sí misma.
“Aguantar y callar.”
Laura suspiró.
El caldo de su plato ya estaba frío.
La batalla no había hecho más que empezar.
Parte 2
La sobremesa se presentaba dura.
Carmen empezó a recoger los platos hondos.
Los apilaba haciendo más ruido del estrictamente necesario.
“Claro”, murmuraba la suegra para sí misma, pero para que la oyeran.
“Ahora resulta que hay que hablarlo todo.”
“Todo el santo día hablando.”
“Qué pesadez, por favor.”
Paco intentó ayudar a recoger la mesa.
“Quita, quita”, le apartó Carmen con un manotazo suave.
“A ver si vas a romper algo y te tienes que ir al psicólogo del trauma.”
Laura sintió una punzada en la sien.
Migraña.
Clásica migraña de domingo en casa de la suegra.
“Carmen, no es malo querer estar mejor”, dijo Laura.
Intentaba mantener el tono pedagógico.
“No estamos al borde del abismo.”
“Precisamente por eso vamos ahora.”
“Para no llegar a estar mal.”
Carmen se paró en la puerta de la cocina.
Con una torre de platos sucios en las manos.
“¿Y me quieres explicar de qué vais a hablar allí?”
Preguntó, con genuina curiosidad morbosa.
“Con un extraño.”
“Pagándole a un señor para que escuche vuestras miserias.”
“Sesenta euros la hora, mínimo.”
“Ochenta”, corrigió Paco sin pensar.
Carmen soltó los platos en la encimera.
El estruendo hizo temblar los cristales.
“¡Ochenta euros!”
“¡Ochenta euros por sentaros en un sofá de polipiel a llorar!”
Volvió al comedor, con las manos en la cabeza.
“¡Ochenta euros!”
“¡Pero si con eso hacéis la compra de la semana!”
“¡O compráis un jamón decente!”
“¿Qué os pasa en la cabeza?”
“Es una inversión, mamá”, dijo Paco, encogiéndose de hombros.
“Inversión es comprar letras del Tesoro, Francisco.”
“Esto es tirar el dinero a la basura.”
Carmen se sentó pesadamente.
Apoyó los codos en la mesa.
“A ver.”
“Explicadme.”
“¿Qué problemas tan terribles tenéis?”
“¿Acaso Francisco bebe?”
“No, mamá.”
“¿Acaso Francisco juega a las tragaperras?”
“No, Carmen.”
“¿Acaso te levanta la mano, Dios no lo quiera?”
“¡Por supuesto que no!”, exclamó Laura, escandalizada.
“Pues entonces, ¿de qué os quejáis?”
Carmen abrió los brazos, triunfal.
Como si acabara de resolver un teorema matemático irrefutable.
“No tenéis problemas.”
“Lo que tenéis es mucho tiempo libre.”
“Y muchos pájaros en la cabeza.”
Laura cogió aire.
Contó hasta tres en su mente.
“Carmen, la falta de violencia o vicios no significa que un matrimonio sea perfecto.”
“Hay cosas invisibles.”
“La carga mental.”
Carmen arqueó una ceja.
“¿La carga qué?”
“La carga mental”, repitió Laura.
“El peso de tener que organizar todo en la casa.”
“Las citas, las compras, las tareas.”
“Sentir que no somos un equipo, sino que yo soy la jefa de Paco.”
Carmen miró a Paco.
Paco miraba un mendrugo de pan con excesiva atención.
Luego Carmen miró a Laura.
Y soltó otra carcajada.
Esta vez, más fuerte.
Se tuvo que limpiar una lagrimita.
“Ay, hija.”
“Ay, de verdad.”
“Que me vas a matar de la risa.”
“¿La carga mental?”
“Eso toda la vida de Dios se ha llamado ‘llevar la casa’.”
“Y lo hemos hecho las mujeres desde que el mundo es mundo.”
“¿Te crees que el difunto de mi marido sabía dónde estaban las sartenes?”
“¡En la vida!”
“¡En cuarenta años no abrió el cajón de los cubiertos!”
“Y yo no me iba a llorarle a ningún doctor.”
“Yo le ponía el plato en la mesa.”
“Él comía.”
“Y luego se iba al bar a ver el partido.”
“Y tan felices.”
“Pero Carmen, eso no es felicidad”, protestó Laura.
“Eso es resignación.”
“¡Es aguantar!”
“¡Exacto!”
Gritó Carmen, golpeando la mesa.
“¡Aguantar!”
“¡Lo que yo te he dicho!”
“¡El secreto del éxito!”
Se levantó para ir a la cocina a por el segundo plato.
La carne asada.
Mientras cortaba el asado, seguía hablando a voces desde allí.
“La juventud de hoy en día sois de cristal.”
“De cristal fino.”
“A la mínima que os roza el aire, os rompéis.”
“Que si mi marido no baja la basura.”
“Que si no me escucha cuando hablo del trabajo.”
“¡Pues claro que no te escucha!”
“¡Es un hombre!”
Apareció por la puerta con la bandeja de carne.
Humeante.
Rodeada de patatas panaderas.
“Los hombres tienen lo que tienen en la cabeza.”
“Fútbol, coches, y comer.”
“No le pidas peras al olmo.”
Laura miró la carne asada.
Se le había cerrado el estómago por completo.
“No estoy de acuerdo, suegra.”
“Paco es un hombre adulto.”
“Capaz de comunicarse.”
“Capaz de empatizar.”
“Solo necesitamos herramientas.”
“Herramientas”, bufó Carmen, sirviendo la carne.
“Herramientas necesita el fontanero.”
“Vosotros necesitáis un par de bofetadas de realidad.”
Paco intentó intervenir.
“Mamá, a veces Laura tiene razón.”
“Yo me aíslo.”
“Me encierro en mis cosas.”
“Y no hablamos.”
Carmen dejó las pinzas de servir de golpe.
Miró a su hijo con decepción.
Como si acabara de confesar que era hincha del equipo contrario.
“Francisco, por favor.”
“No te me pongas blandengue ahora.”
“Que tú eres igual que tu padre.”
“Igualito.”
“Cuando él se enfadaba, se iba a la terraza.”
“A fumar Ducados.”
“Se pasaba ahí dos horas.”
“Sin decir ni pío.”
“¿Y qué hacía yo?”
“¿Ir al psicólogo a decirle que mi marido no me expresaba sus emociones?”
“¡Venga ya!”
“Yo me ponía a limpiar los azulejos.”
“O a planchar.”
“Y cuando se le pasaba la tontería, entraba y me decía: ‘¿Qué hay para cenar?'”
“Y punto.”
“Crisis matrimonial resuelta.”
Laura no podía creer lo que estaba oyendo.
“¿Y te parecía bien vivir así?”
Preguntó Laura, genuinamente asombrada.
“¿Sin hablar de lo que os dolía?”
Carmen se sentó otra vez.
Empezó a cortar su filete con movimientos bruscos.
“No se trata de que me pareciera bien o mal.”
“Se trata de que es lo que hay.”
“La vida no es una película de Antena 3 un domingo por la tarde.”
“No hay violines sonando.”
“Hay facturas, hay niños, hay suegros, hay hipotecas.”
Señaló a Laura con el tenedor.
“Si te pones a analizar cada cosita que te molesta de tu marido…”
“No duráis ni dos telediarios.”
“Por eso hay que aguantar.”
“Y callar.”
“Y mirar para otro lado cuando la cosa se pone fea.”
“Eso es la madurez, niña.”
Laura negó con la cabeza lentamente.
“No.”
“Eso es barrer la suciedad debajo de la alfombra.”
“Y al final, tropiezas con la montaña de polvo.”
Carmen soltó una carcajada irónica.
“Ay, qué poética me ha salido la nuera.”
“La montaña de polvo, dice.”
“Pues fíjate, mi alfombra estaba inmaculada.”
“Y mi matrimonio duró hasta que Dios se lo llevó.”
“¿Y fuisteis felices?”
La pregunta de Laura salió sola.
Sin filtros.
Directa al centro de flotación.
El comedor quedó en un silencio sepulcral.
Solo se oía el zumbido de la nevera vieja en la cocina.
Carmen dejó de masticar.
Tragó despacio.
Miró a Laura fijamente.
Sus ojos oscuros ya no tenían burla.
Tenían algo más pesado.
Algo antiguo.
“Mira, bonita.”
Empezó Carmen, con un tono peligrosamente bajo.
“La felicidad es para los cuentos.”
“Aquí venimos a sacar la familia adelante.”
“Y yo la saqué.”
“A mi hijo no le faltó un plato de comida.”
“Ni ropa limpia.”
“Ni estudios.”
“Eso es el éxito.”
“Lo demás son cuentos chinos que os meten en la cabeza los de las terapias.”
“Para sacaros los ochenta euros.”
Parte 3
El segundo plato pasó sin apenas cruce de palabras.
Solo el sonido de los cubiertos contra la loza de Duralex.
Paco devoró su carne asada mirando un punto fijo en la pared.
Concretamente a un cuadro de unos ciervos bebiendo en un río.
Probablemente deseaba ser uno de esos ciervos.
O el río.
Cualquier cosa antes que estar en ese comedor.
Laura apenas picoteó las patatas.
La tensión se podía cortar con un cuchillo jamonero.
Cuando terminaron, Carmen se levantó de un salto.
Con esa agilidad pasmosa de las señoras enfadadas.
“Voy a por el postre.”
“Y el café.”
“A ver si con la cafeína se os pasa la tontería esta.”
Se fue a la cocina.
Laura aprovechó para darle una patada a Paco por debajo de la mesa.
“¡Ay!”
Se quejó Paco.
“¿Qué te pasa?”
“¿A mí?” Susurró Laura, apretando los dientes.
“¿Qué me pasa a mí?”
“¡Que no me defiendes!”
“¡Le estás dando la razón con tu silencio!”
“¡No le estoy dando la razón!”, susurró Paco, asustado.
“Pero ya sabes cómo es.”
“No te metas en charcos.”
“Déjala hablar.”
“No es dejarla hablar, Paco.”
“Es que entienda que nuestro matrimonio no va a ser como el suyo.”
“Yo no quiero estar casada con un fantasma.”
“Ni quiero ser una mártir que limpia azulejos por despecho.”
Desde la cocina llegó la voz de Carmen.
“¡Os estoy oyendo!”
“¡Que esta casa tiene las paredes de papel de fumar!”
Apareció con una bandeja metálica.
En ella, un flan de huevo que temblaba más que Paco.
Tres tazas de café desparejadas.
Y una botella de anís de la Mono.
“El flan lo he hecho yo”, anunció Carmen, triunfal.
“Con huevos de campo.”
“No de esos tristes del Mercadona.”
Sirvió el café.
Con pulso firme.
Puso la botella de anís en el centro de la mesa con un golpe seco.
“Unas gotitas, para la digestión.”
“Y para asimilar las noticias.”
Se sentó y sirvió un buen chorro en su taza.
Removió el café con lentitud.
Clin, clin, clin.
La cucharilla contra la porcelana.
“A ver, que yo me aclare.”
Empezó de nuevo Carmen, con tono de entrevistadora de la tele.
“Decís que vais para prevenir.”
“¿Prevenir el qué?”
“¿El desgaste?”, sugirió Laura.
“El desgaste”, repitió Carmen, saboreando la palabra.
“Como las ruedas del coche.”
“Exacto.”
“Y si vais a prevenir…”
“Significa que ahora mismo estáis bien.”
“¿No?”
Laura y Paco asintieron.
A la vez.
Como dos escolares pillados en falta.
“Entonces…”
Carmen sonrió.
Una sonrisa afilada.
“Si estáis bien, y vais al médico de los locos…”
“¿No será que vais a buscar problemas donde no los hay?”
“¿No será que el psicólogo ese os va a empezar a rascar…”
“…y va a sacar mierda que ni sabíais que teníais?”
Laura frunció el ceño.
“No es buscar mierda, Carmen.”
“Es… hacer limpieza.”
“¡Limpieza!”, exclamó Carmen.
“La limpieza se hace en casa.”
“Con lejía Conejo.”
“No abriendo las tripas de la relación delante de un desconocido.”
“Os voy a decir lo que va a pasar.”
Carmen se apoyó en la mesa, profética.
“Vais a ir.”
“Os vais a sentar.”
“Él os va a preguntar por vuestra infancia.”
“Le echaréis la culpa a vuestros padres.”
Me miró fijamente a mí, y luego a Paco.
“Porque claro, la culpa siempre la tenemos las madres.”
“Eso por descontado.”
“Luego os hará hacer listas de lo que os molesta del otro.”
“Y tú, Francisco, te darás cuenta de que no aguantas cuando Laura se muerde las uñas.”
“Y tú, Laura, te darás cuenta de que odias cómo respira Francisco cuando duerme.”
“Y saldréis de allí odiándoos.”
“Habréis pagado ochenta euros.”
“Por daros cuenta de que os caéis mal.”
Tomó un sorbo de café con anís.
“Y todo por no querer aguantar.”
“Por no querer callar un poquito.”
Laura se frotó las sienes.
El discurso de Carmen tenía una lógica perversa.
Esa lógica aplastante de las madres españolas.
Una mezcla de pesimismo cósmico y practicidad extrema.
“Carmen, el objetivo de la terapia es justo lo contrario.”
“Es aprender a querernos mejor.”
“A no acumular resentimiento.”
“Yo no quiero llegar a los sesenta años odiando en secreto a mi marido.”
Carmen dio un respingo.
“¿Me estás llamando resentida?”
“¿A mí?”
“Yo no he dicho eso.”
“Lo has insinuado.”
Carmen se llevó la mano al pecho otra vez.
“Yo he amado a mi marido.”
“Con devoción.”
“Hasta el último día.”
“Que me diera la tabarra con el fútbol no significa que le odiara.”
“Significa que los matrimonios son un toma y daca.”
“Un día tragas tú.”
“Otro día traga él.”
“Y la mayoría de los días, tragamos las mujeres.”
“Es ley de vida.”
Se levantó bruscamente y fue hacia el mueble del salón.
Ese mueble enorme de madera de caoba que ocupaba toda la pared.
Lleno de vasos de cristal de bohemia que nunca se usaban.
Y de marcos de plata con fotos de bautizos y comuniones.
Abrió un cajón.
Sacó un álbum pesado, forrado en terciopelo azul.
“Mirad.”
Volvió a la mesa y plantó el álbum en medio.
Apartando el flan.
Lo abrió por la mitad.
“La boda de tus tíos.”
Señaló una foto amarillenta.
Allí estaban, un montón de gente sudorosa en un salón de banquetes de los años ochenta.
“Mira a tu tía Pepi.”
“Sonriendo de oreja a oreja.”
“¿Sabes qué había pasado esa misma mañana?”
Laura y Paco negaron con la cabeza, hipnotizados.
“Que tu tío Antonio había perdido los billetes de la luna de miel jugando a las cartas.”
“¡En el bar del pueblo!”
Laura abrió la boca, escandalizada.
“¿En serio?”
“En serio”, afirmó Carmen, asintiendo con fuerza.
“¿Y qué hizo Pepi?”
“¿Se fue a un terapeuta a gestionar sus emociones?”
“¿Habló de su responsabilidad afectiva?”
“¡No!”
“Lloró en el baño con su madre.”
“Se arregló el rímel.”
“Salió.”
“Se casó.”
“Y en el banquete bailó ‘Paquito el Chocolatero’ como si no hubiera un mañana.”
“Eso es clase.”
“Eso es saber estar.”
“Y estuvieron casados cuarenta y cinco años.”
“Hasta que a Antonio le dio el infarto.”
“¿Y fueron felices?”, insistió Laura, incapaz de dejarlo estar.
Carmen pasó la página del álbum con desdén.
“Tuvieron sus más y sus menos.”
“Como todo hijo de vecino.”
“Pero no hicieron el ridículo yendo a contarle a un perito de cabezas que Antonio era un ludópata.”
“Lo lavaron en casa.”
“Con lejía y jabón Lagarto.”
Laura miró la foto de la tía Pepi.
La sonrisa parecía un poco rígida.
Los ojos, un poco vidriosos.
O tal vez era la calidad del revelado de la época.
“Carmen, los tiempos cambian”, intentó razonar Laura.
“Hoy en día sabemos que callarse las cosas hace enfermar el cuerpo.”
“Da ansiedad.”
“Da depresión.”
Carmen resopló.
Cerró el álbum de golpe.
Levantó una nube de polvo que hizo estornudar a Paco.
“Ansiedad.”
“Depresión.”
“Palabrotas modernas.”
“Antes también había ansiedad.”
“Se llamaba ‘tener los nervios agarrados al estómago’.”
“¿Y sabes cómo se curaba?”
“¿Cómo?”
“Haciendo croquetas.”
Laura parpadeó.
“¿Croquetas?”
“Croquetas”, confirmó Carmen.
“Cuando a mí me entraban los nervios.”
“Cuando me daban ganas de estrangular a tu suegro.”
“Me iba a la cocina.”
“Picaba el jamón muy fino.”
“Hacía la bechamel.”
“Y daba vueltas a la sartén.”
“Vueltas y vueltas.”
“Hasta que se me pasaba la mala leche.”
“Y de paso, cenábamos caliente.”
“Eso es terapia.”
“Y gratis.”
Parte 4
El aroma a café anizado se había instalado definitivamente en el comedor.
La tensión había bajado un milímetro.
O quizás era el cansancio de la batalla.
Paco, por fin, se animó a meter la cuchara en el flan.
Lo hizo con sumo cuidado.
Como desactivando un explosivo.
“Mamá, las croquetas están muy ricas.”
Dijo Paco.
Con voz temblorosa.
“Pero Laura no sabe hacer croquetas.”
Laura le clavó una mirada asesina.
“¡Paco!”
“¿Qué?” se defendió él. “¡Si es verdad! Las compras congeladas.”
Carmen levantó las manos al cielo.
Buscando la paciencia infinita.
“Madre mía del amor hermoso.”
“No sabe hacer croquetas.”
“Y se quiere gastar ochenta euros en un señor con gafas.”
“Para que le diga cómo hablar con su marido.”
“El mundo se va al garete.”
“Se va directamente al garete.”
Laura soltó el aire por la nariz.
Ignoró a Paco.
Centró su atención en Carmen.
“A ver, Carmen.”
“Intentemos entenderlo de otra manera.”
“¿Tú llevas el coche al taller solo cuando echa humo negro por el capó?”
Carmen entrecerró los ojos, sospechando la trampa.
“Yo no conduzco.”
“Ya lo sabes.”
“Iba andando a todas partes.”
“Vale”, concedió Laura, frustrada.
“¿Llamas al fontanero solo cuando la casa está inundada?”
“Claro.”
Respondió Carmen con seguridad.
“Si no está inundada, le pongo un cubo debajo a la gotera.”
“Y a correr.”
“Que los fontaneros cobran el desplazamiento a precio de oro.”
Laura dejó caer la cabeza entre las manos.
La metáfora había fracasado estrepitosamente.
La lógica de Carmen era impenetrable.
Un búnker de sentido común ibérico a prueba de bombas.
“Vale.”
“Me rindo.”
Dijo Laura, levantando la vista.
“Pero que sepas, Carmen, que vamos a ir de todos modos.”
“Es una decisión tomada.”
“Queremos prevenir.”
“Queremos tener una base sólida.”
“Queremos aprender a discutir sin hacernos daño.”
Carmen se quedó mirando su taza vacía.
Su rostro se endureció por un segundo.
Luego, suspiró.
Un suspiro largo.
Cargado de años, de cocidos y de croquetas terapéuticas.
“Haced lo que os dé la real gana.”
Dijo por fin.
Sin gritar.
“Ya sois mayorcitos.”
“Y el dinero es vuestro.”
“Aunque luego no vengáis pidiendo para la entrada de un piso más grande.”
“Porque os habréis fundido los ahorros en contarle vuestras penas a un desconocido.”
“No pediremos nada, mamá”, intervino Paco, envalentonado por el postre.
“Nosotros nos apañamos.”
Carmen le lanzó una mirada que congelaría el infierno.
“Tú cállate, que todavía estoy esperando que arregles el enchufe del pasillo.”
“Desde las Navidades pasadas.”
Paco tragó en seco y volvió al flan.
Carmen miró a Laura.
“Pero te digo una cosa, niña.”
“Dime.”
“Si vais al psicólogo ese…”
“Sí.”
“Y empezáis a escarbar…”
“Y os dais cuenta de que no os soportáis…”
“Y la cosa acaba en divorcio…”
Carmen hizo una pausa dramática.
Se inclinó hacia adelante.
“No me traigáis aquí los tuppers vacíos para que os los llene.”
“Porque la cocina se cierra.”
Laura no pudo evitar sonreír un poco.
Una sonrisa amarga.
Pero sonrisa al fin y al cabo.
“Prometido, suegra.”
“Si nos divorciamos, no te pediremos croquetas.”
“Más os vale.”
Gruñó Carmen.
Se recostó en la silla.
Se cruzó de brazos.
“Prevenir.”
Murmuró para sí misma.
“Terapia de pareja para prevenir.”
“Qué inventos.”
“¿Qué será lo próximo?”
“¿Llevar al perro al psiquiatra porque ladra mucho?”
“Ya hay psiquiatras para perros, mamá”, murmuró Paco.
Carmen cerró los ojos.
“Cállate, Francisco.”
“No me des más disgustos por hoy.”
“Que me va a dar una subida de azúcar con tanta tontería.”
El reloj de pared dio las cuatro.
Cuatro campanadas lúgubres.
La sobremesa llegaba a su fin.
La batalla campal terminaba en un empate técnico.
Laura y Paco habían defendido su territorio.
Carmen mantenía sus murallas intactas.
Ambas partes sabían que no se habían convencido mutuamente.
Pero al menos, la sangre no había llegado al río.
Ni al caldo del cocido.
Laura se levantó a ayudar a recoger la mesa.
Esta vez, Carmen la dejó.
En silencio, fueron llevando las tazas y los platos a la cocina.
El ritual de limpieza posterior al festín.
El sonido del agua corriendo en el fregadero.
El olor a Mistol.
Mientras fregaba, Laura pensaba en la pregunta fundamental.
El verdadero “Chốt” de la tarde.
¿Terapia de pareja para prevenir o solo cuando hay crisis?
En su mundo, en el de Laura, la prevención era inteligencia.
Era amor propio y respeto por la relación.
Era no dejar que la herida se infectara antes de curarla.
Pero en el mundo de Carmen…
En ese mundo de posguerra emocional…
Prevenir era llamar al mal tiempo.
Era abrir la Caja de Pandora por aburrimiento.
Era no saber aguantar el peso natural de la vida.
“¿Estará seca la vajilla?”, preguntó Carmen, interrumpiendo sus pensamientos.
“Sí, ya la seco yo”, dijo Laura, cogiendo un trapo de algodón.
Secó un vaso con cuidado.
Miró a su suegra.
Carmen fregaba una cacerola con una fuerza desproporcionada.
Con la mirada fija en el estropajo de nanas.
Quizás, pensó Laura, Carmen tenía razón en una cosa.
A veces, escarbar duele.
Y no todo el mundo está preparado para ver lo que hay debajo de la alfombra.
A veces, las croquetas son el único salvavidas que uno sabe usar.
Pero Laura no quería sobrevivir.
Quería vivir.
Quería un matrimonio que respirara, no que aguantara la respiración.
“Carmen”, dijo Laura, en voz muy baja.
La suegra no la miró.
“¿Qué?”
“Gracias por el cocido.”
“Estaba buenísimo.”
Carmen se encogió de hombros.
Sin soltar el estropajo.
“Para eso estamos las madres.”
“Para dar de comer.”
“Y para tragar.”
Hubo un pequeño silencio en la cocina.
Solo el sonido del agua y el roce metálico del estropajo.
“El domingo que viene haré paella”, sentenció Carmen de pronto.
Laura sonrió.
Era la forma que tenía Carmen de firmar la paz.
O, al menos, la tregua semanal.
“Allí estaremos”, respondió Laura.
Y mientras colocaba el vaso seco en el armario, supo una cosa con certeza.
El martes a las siete tenían cita con el terapeuta.
Para prevenir.
Y para que, dentro de treinta años, ella no tuviera que fregar ollas con rabia los domingos por la tarde.