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CUENTAS SEPARADAS

CUENTAS SEPARADAS

PARTE 1

El silencio del salón solo se veía interrumpido por el zumbido casi imperceptible del frigorífico desde la cocina lejana.

Carlos miraba la pantalla de su teléfono con la intensidad de un cirujano en mitad de una operación a corazón abierto.

Tenía el cuerpo sepultado en el sofá de tres plazas tapizado en un tono gris marengo que ya empezaba a acusar el paso de los años y el peso de las inercias cotidianas.

Eran exactamente las cuatro y media de una tarde de sábado calurosa, ese momento exacto del día en que el destino de un hombre de mediana edad se debate entre la productividad y el abandono absoluto.

Carlos se había repetido a sí mismo una mentira reconfortante que ya formaba parte del patrimonio inmaterial de su madurez.

Se había dicho que solo iba a cerrar los ojos durante quince minutos exactos para ejecutar una siesta de energía limpia.

Una de esas siestas exprés que, según un artículo de una revista de salud que leyó en diagonal mientras esperaba en el dentista, reinician las conexiones neuronales y te devuelven al mundo con la vitalidad de un atleta olímpico.

Para llevar a cabo semejante hazaña de la ingeniería biológica, Carlos había iniciado un ritual litúrgico de una complejidad asombrosa.

Primero, se había descalzado con una lentitud ceremonial, dejando los zapatos perfectamente alineados junto a la mesa baja del televisor para no tentar al desorden.

Luego, había seleccionado un pódcast sobre los entresijos de la caída del Imperio Romano, argumentando ante su propio intelecto que la cadencia monótona del locutor era el pasaporte ideal para un sueño superficial y reparador.

Incluso había configurado el temporizador de apagado de la aplicación de audio en exactamente veinte minutos para evitar caer en las garras del sueño profundo.

Por último, se había colocado sobre los ojos un cojín pequeño que Marta había comprado en un mercadillo de artesanía en Tarifa, asegurando que el aroma a lavanda que desprendía el tejido tenía propiedades sedantes casi medicinales.

Todo estaba calculado al milímetro para el éxito de la operación de descanso.

Sin embargo, el autoengaño es una fuerza de la naturaleza mucho más poderosa que cualquier temporizador digital de última generación.

Marta lo observaba desde el otro extremo del sofá con una mezcla de escepticismo crónico y resignación acumulada durante más de una década de convivencia.

Ella sabía perfectamente, por pura experiencia acumulada en el frente doméstico, que la siesta de quince minutos de Carlos era una quimera tan irreal como la posibilidad de que bajara el precio del alquiler en el centro de Madrid.

Había visto cómo el cuerpo de su marido se iba relajando milímetro a milímetro hasta adoptar la consistencia de un saco de patatas templado.

El pódcast sobre el emperador rómulo augústulo seguía sonando en el ambiente, pero Carlos ya no estaba en el siglo quinto, sino en un vacío existencial donde el tiempo dejaba de existir.

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