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REVISAR EL MÓVIL

REVISAR EL MÓVIL

PARTE 1

El aire acondicionado del dormitorio principal emitía un zumbido sordo que recordaba al motor cansado de un camión de reparto.

Manuel permanecía completamente horizontal sobre la cama de matrimonio, sepultado bajo una colcha de verano de color gris que ya había perdido su prestancia original.

Tenía el cuerpo laxo, los ojos entornados y el teléfono móvil sostenido a escasos centímetros de la punta de su nariz.

Faltaban pocos minutos para las cuatro de la tarde, la hora oficial en la que todo ciudadano de la periferia de Madrid se debate entre la productividad doméstica y el colapso absoluto.

Manuel se encontraba inmerso en la fase más crítica de lo que él siempre denominaba su protocolo de desactivación cognitiva.

Para él, la siesta no era un simple capricho de fin de semana, sino una prescripción médica no escrita que requería un ambiente litúrgico.

Había bajado la persiana de plástico de la ventana hasta dejar exactamente tres rendijas de luz para no perder la noción del espacio exterior.

Había encendido el pequeño ventilador de torre que compraron en las rebajas para que distribuyera el aire frío de manera uniforme por la estancia.

Incluso se había colocado un cojín ortopédico de espuma viscoelástica entre las rodillas para alinear la columna según las recomendaciones de un fisioterapeuta de TikTok.

Todo estaba milimétricamente preparado para ejecutar una siesta de energía limpia de exactamente quince minutos.

Sin embargo, el destino de un hombre casado siempre está sujeto a las auditorías imprevistas de la convivencia diaria.

Carmen entró en el dormitorio sin hacer el menor ruido, arrastrando sus zapatillas de felpa rosa sobre el suelo de tarima flotante.

Se detuvo justo al borde del colchón, observando a su marido con una mezcla de sospecha acumulada y frialdad administrativa.

Manuel ni siquiera la vio venir porque estaba demasiado concentrado intentando borrar el historial de búsquedas de su navegador de internet.

Carmen extendió el brazo derecho con la velocidad fulgurante de un felino que caza una presa en mitad de la maleza.

Le arrebató el dispositivo móvil de las manos antes de que los dedos de Manuel pudieran presionar el botón de bloqueo lateral.

Manuel dio un respingo sobre la almohada, perdiendo el cojín de las rodillas y sintiendo un súbito latigazo de adrenalina en las sienes.

Se incorporó como pudo sobre los codos, parpadeando con violencia ante la figura de su esposa que se alzaba como un juez del tribunal supremo.

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