REGALOS ÚTILES VS. ROMÁNTICOS
PARTE 1
El tintineo de las llaves de casa contra la bandeja de cerámica del recibidor rompió el tenso silencio de la mañana.
Laura se ajustó la correa de su bolso de cuero sintético negra sobre el hombro derecho con un movimiento brusco.
Tenía el abrigo ya abrochado hasta el cuello, a pesar de que la calefacción central del edificio soplaba con una generosidad casi delictiva.
En el suelo del pasillo, justo al lado del paragüero de forja, descansaba una caja de cartón rectangular a medio abrir.
Del interior de la caja asomaba un mango de baquelita negra con un diseño ergonómico de última generación industrial.
Sergio observaba la escena apoyado en el marco de la puerta del salón, con una taza de café soluble sujeta entre las manos.
Llevaba puestos unos pantalones de chándal grises que habían visto tiempos sustancialmente mejores y unos calcetines blancos desparejados.
La tensión cómica flotaba en el aire del recibidor como el polvillo de la calle que entra cuando se abren las ventanas de par en par.
Laura bajó la mirada hacia el paquete semicubierto por el papel de burbujas de Amazon y luego clavó sus ojos en Sergio.
—Que por nuestro aniversario me regales una sartén antiadherente me parece una falta de respeto monumental.
La frase salió de su boca con una nitidez absoluta, cortando el aire de la entrada como un cuchillo de carnicero bien afilado.
Sergio dio un sorbo corto a su café, intentando ganar unos segundos vitales para que su cerebro procesara la magnitud del ataque.
—¡Pero si es una pasada de sartén, Laura, por el amor de Dios!
Su voz sonó un punto más aguda de lo habitual, delatando el pánico del hombre que sabe que ha pisado una mina terrestre.
—Además, tú siempre te estás quejando en la cocina de que todo se pega en las que tenemos —añadió en su defensa.
—Es un regalo práctico, una inversión en la calidad de nuestra alimentación diaria, de verdad te lo digo.
Laura soltó una carcajada seca que no tenía ni un ápice de alegría, sino una carga irónica que asustaría a un diplomático veterano.
—Eso es un utensilio para la casa, Sergio, no un detalle personal para mí.
—Es un electrodoméstico encubierto, un objeto del comunismo doméstico que compramos para usar los dos.
—Eres un romántico de pacotilla, un tieso de los que ya no quedan en todo el código postal de este barrio.
Sergio dejó la taza de café sobre el mueble del recibidor, con cuidado de no manchar la madera que tanto costó pulir.
—Te recuerdo que esa sartén tiene tres capas de revestimiento de titanio reforzado y soporta la inducción máxima sin deformarse.
—A mí el revestimiento de titanio me importa exactamente lo mismo que la reproducción del escarabajo pelotero en África, Sergio.
—Yo esperaba unas flores, un perfume del Duty Free, o un vale para un masaje en ese balneario nuevo que han abierto junto al Retiro.
—Las flores se marchitan en tres días y el masaje te dura una hora, pero esta sartén te va a hacer unas tortillas de patatas perfectas durante la próxima década.
—¡Que yo no quiero hacer tortillas de patatas el día de mi aniversario, infeliz!
—Quiero sentir que mi pareja me ve como una mujer y no como la encargada de la sección de cocina del economato familiar.
Laura miró su reloj de pulsera con una mezcla de impaciencia laboral y frustración matrimonial acumulada.
—Me tengo que ir a currar porque el metro de la línea uno lleva un retraso que parece una broma de mal gusto.
—Pero no pienses que este pifostio se va a quedar así, porque cuando vuelva de la oficina vamos a tener un debate muy serio sobre tus prioridades.
Abrió la puerta de la calle con un giro violento de la manilla, provocando una corriente de aire frío que recorrió todo el pasillo de la vivienda.
—Disfruta de tu titanio reforzado mientras puedas, Sergio —sentenció antes de salir al rellano.
La puerta se cerró con un golpe seco que hizo vibrar el espejo del recibidor durante varios segundos.
Sergio se quedó solo en mitad de la entrada, con el eco de los tacones de Laura resonando todavía por las escaleras comunitarias.
Miró la sartén de última generación que seguía atrapada en su embalaje de cartón y suspiró con una hondura existencial.
Sintió que la cabeza le empezaba a dar vueltas por culpa de la confrontación verbal tan temprana y la falta de un desayuno sólido.
Su cuerpo, sabio y perezoso a partes iguales, comenzó a emitir señales de alerta que reclamaban una retirada táctica inmediata.
El sofá del salón, con sus cojines de chenilla desgastada, parecía llamarle desde el fondo de la estancia con la voz de una sirena del descanso.
Decidió que lo más inteligente para conservar la salud mental antes de la tormenta nocturna era ejecutar una pequeña parada técnica.
Una siesta relámpago, un descanso exprés de esos que restauran las funciones cognitivas y te devuelven la dignidad perdida.
PARTE 2
El reloj de la cocina marcaba las diez y cuarto de la mañana cuando Sergio entró en el salón con el paso vacilante de un vencido.
El ritual previo a la siesta era para él una ciencia exacta que requería una atención absoluta a los detalles logísticos.
No se trataba de tumbarse de cualquier manera sobre el sofá a dejarse arrastrar por el sueño de forma grosera y desordenada.
Eso era de aficionados, de gente sin principios que no respetaba la sagrada institución del descanso ibérico.
Primero, Sergio caminó hacia la ventana del balcón y bajó la persiana de plástico hasta dejar una rendija milimétrica de luz ambiental.
La penumbra resultante transformó el salón en un búnker de paz, aislado de los ruidos de los repartidores de Glovo de la calle.
Luego, se descalzó las zapatillas de andar por casa con un movimiento preciso del talón, dejándolas perfectamente alineadas bajo la mesa baja.
Buscó en el armario del pasillo la manta de tacto polar de color verde botella que su tía le había regalado hacía tres navidades.
Se tumbó en el sofá de tres plazas, acomodando la cabeza en el cojín que no tenía la cremallera rota para evitar marcas cutáneas molestas.
Abrió la aplicación del reloj en su teléfono móvil para programar la famosa y necesaria alarma de la siesta de energía.
—Quince minutos exactos —se autoengañó en un susurro que buscaba convencer a su propia conciencia de su alta productividad laboral.
—Un reseteo rápido de las ondas cerebrales para afrontar la búsqueda de un regalo alternativo que salve mi matrimonio —añadió para justificarse.
Deslizó el dedo por la pantalla táctil y fijó la alarma para las diez y media en punto, seleccionando un tono de arpa que pretendía ser relajante.
Para evitar que el silencio del piso le hiciera pensar de más en el precio del aceite de oliva, seleccionó un pódcast de historia antigua.
Era un episodio de dos horas y media sobre la construcción de los acueductos en la Hispania romana durante el mandato del emperador Trajano.
La voz grave, monótona y ligeramente nasal del locutor de radio empezó a sonar a través del altavoz del dispositivo digital.
Sergio se colocó el teléfono sobre el pecho, cruzó las manos encima del vientre y cerró los ojos con una sensación de victoria inminente.
El autoengaño doméstico se puso en marcha con la precisión de un reloj de cuarzo suizo de alta gama.
Se repetía mentalmente que no se iba a dormir, que solo estaba descansando la vista del brillo de las pantallas del ordenador de la oficina.
Que a las diez y media estaría en pie, con la mente clara y la energía renovada para limpiar los filtros del extractor de la cocina.
Sin embargo, el acueducto de Segovia apenas llevaba cinco minutos de explicación técnica cuando el cerebro de Sergio sufrió un apagón general de sistemas.
Los términos de ingeniería romana se mezclaron en su mente con las capas de titanio de la sartén antiadherente de la discordia.
La respiración de Sergio pasó de ser rítmica a convertirse en un silbido profundo que rozaba el ronquido leve típico de la hibernación.
El tiempo, esa variable implacable de la física moderna, se estiró en el salón de la vivienda como una masa de pan de panadería de pueblo.
Los quince minutos de la alarma zen se cumplieron con una velocidad pasmosa que el durmiente ni siquiera llegó a percibir en su letargo.
El arpa digital empezó a sonar con su melodía de bosque místico, pero Sergio extendió una mano mecánica y apagó el sonido sin abrir los ojos.
Fue un movimiento instintivo, una respuesta refleja del organismo que defiende su derecho al olvido frente a las agresiones externas.
El pódcast sobre Trajano continuó su andadura histórica, narrando las dificultades de la cimentación de los arcos sobre el terreno arenoso.
El sol de la mañana se desplazó por la fachada del edificio, proyectando hilos de luz dorada a través de las rendijas de la persiana del salón.
Sergio cambió de postura, colocándose de lado en posición fetal y aprisionando el cojín de chenilla entre su hombro y la oreja izquierda.
La siesta de energía se había transformado oficialmente en un coma inducido por la rutina y la comodidad de los viernes por la mañana.
PARTE 3
Las horas pasaron sobre el piso de la periferia con la misma discreción con la que avanza el segundero de un reloj de cocina.
El locutor del pódcast ya había terminado con los acueductos y ahora desgranaba la caída del comercio del trigo en el bajo imperio romano.
El teléfono de Sergio se había quedado sin batería hacía un buen rato, apagándose con un parpadeo rojo que nadie vio en la penumbra.
Eran exactamente las tres y cuarto de la tarde cuando el ruido de una llave girando en la cerradura de la puerta principal rompió la paz.
Laura entró en la vivienda con el rostro serio y una bolsa de papel de una tienda de cosmética de Chueca colgando de la mano izquierda.
Había pedido salir una hora antes de su turno de la tarde porque la migraña del recibidor no la había dejado concentrarse en las hojas de cálculo.
Caminó por el pasillo en silencio, dejando los zapatos de tacón junto a la entrada para no hacer ruido en la tarima flotante.
Cuando se asomó al marco del salón, la estampa que se encontró ante sus ojos congeló la poca paciencia que le quedaba en el cuerpo.
Sergio seguía empotrado en el sofá de tres plazas, con la manta polar verde subida hasta la altura de la barbilla precaria.
El antifaz de gel que solían guardar en la nevera para las inflamaciones oculares le tapaba la mitad de la frente de manera ridícula.
Tenía la boca entreabierta, emitiendo un sonido rítmico que recordaba al motor de un Seat Ibiza viejo intentando arrancar en una mañana de invierno.
Laura se cruzó de brazos, contemplando el espectáculo de la autogestión del tiempo de su pareja con una mirada de absoluto desprecio.
—Vaya tela con el guerrero del titanio —murmuró entre dientes con un tono de voz que habría bajado la temperatura de un invernadero.
Caminó hacia la mesa baja del televisor con la parsimonia de un felino que estudia a su presa antes de propinarle el zarpazo definitivo.
Se fijó en la mejilla derecha de Sergio, que quedaba al descubierto debido al desplazamiento del cojín de chenilla desgastada.
La costura del tejido le había dejado un mapa de relieves geométricos en la piel que parecía el plano de carreteras de la provincia de Soria.
Laura dejó la bolsa de papel sobre la mesa de centro con un golpe seco que hizo que el mando a distancia del tivú saltara un par de milímetros.
Sergio dio un respingo sordo bajo la manta polar, interrumpiendo su concierto nasal de forma abrupta pero sin abrir los ojos del todo.
—Laura… el pegamento de inducción… hay que revisar la garantía del fabricante… —balbuceó entre sueños con una incoherencia espantosa.
—¿Qué garantía ni qué fabricante, Sergio? Levántate ahora mismo del sofá antes de que cometa un delito de lesiones —le espetó ella.
Caminó hacia la ventana del balcón y agarró la cinta de la persiana con las dos manos, dispuesta a ejecutar la maniobra de iluminación forzada.
Pegó un tirón violento hacia abajo, haciendo que las lamas de plástico subieran con un estruendo metálico que resonó en todo el patio de luces.
La luz cegadora del sol de las tres de la tarde inundó el salón de golpe, hiriendo las pupilas desprotegidas del durmiente profesional.
Sergio emitió un alarido de dolor físico, tapándose la cara con las manos como si fuera un vampiro sorprendido por el amanecer en Transilvania.
Se encogió sobre el sofá, buscando el refugio de la manta verde, pero Laura ya le había quitado el cobertor de un manotazo coreográfico.
PARTE 4
Sergio se incorporó como pudo en el borde del sofá, parpadeando con una violencia que rozaba el colapso de sus músculos faciales.
Tenía la visión doble y el hemisferio izquierdo de su cerebro seguía convencido de que vivía en la Hispania romana del siglo segundo.
Se frotó el pómulo derecho con los dedos, descubriendo con horror las marcas tridimensionales que la costura del cojín le había impreso en la cara.
—¿Qué… qué hora es? —consiguió articular con una voz que sonaba a lamento de ultratumba en una película de bajo presupuesto.
—Son las tres y media de la tarde de un viernes laborable, Sergio, esa es la hora de la cruda y triste realidad —respondió Laura de pie.
—No puede ser, si yo había puesto el temporizador de la alarma zen en exactamente quince minutos para no perder el ritmo del día.
—Tu alarma zen ha debido de sonar cuando el rey de Roma era un niño pequeño, porque llevas aquí tirado más de cinco horas seguidas.
—Esto es una trampa de la física, Laura, yo solo estaba descansando la vista de las radiaciones del monitor de la oficina.
—A mí no me hables de las radiaciones de la oficina mientras tengas esa cara de haber estado invernando en una cueva del Pirineo con los osos.
Javier miró la caja de la sartén antiadherente que seguía en el pasillo, visible desde su posición incómoda en el borde del sofá del salón.
Intentó recuperar el hilo de la dignidad perdida recurriendo de nuevo a la lógica del regalo útil que había desencadenado la crisis de la mañana.
—Laura, de verdad, si analizamos el coste por uso de esa sartén de titanio verás que es el regalo más inteligente que te han hecho nunca.
—¿Inteligente para quién, Sergio? ¿Para tu estómago cuando te prepare las cenas de los domingos mientras tú estás inconsciente aquí?
—Es que la vida en pareja requiere una infraestructura material sólida antes de poder dedicarse a los lujos de la poesía romántica.
—La infraestructura material se compra con la cuenta común de los gastos del mes, Sergio, no se envuelve en papel de regalo por el aniversario.
Laura caminó hacia el recibidor, cogió la sartén por el mango de baquelita y regresó al salón sosteniéndola como si fuera un cetro real.
—Mira esto, Sergio, míralo bien con esos ojos de duendecillo del sofá que tienes ahora mismo por culpa de tu siesta eterna.
—¿Tú ves romanticismo aquí? ¿Tú ves pasión conyugal en una base difusora de calor de alta eficiencia energética?
—Veo… veo una tortilla de patatas con cebolla que no se va a pegar nunca en el fondo, Laura, y eso en la España de hoy es un milagro.
Laura soltó una carcajada que esta vez sí tenía un deje de ternura oculta tras la capa de indignación administrativa de la jornada.
Dejó la sartén sobre la mesa baja, justo al lado de la bolsa de papel de Chueca que había traído de su incursión urbana de la tarde.
—Eres un caso perdido, Sergio, un romántico de pacotilla que confunde el amor con el catálogo de electrodomésticos de El Corte Inglés.
—Pero como sé que en el fondo eres un pedazo de pan que no sabe comprar regalos, he tenido que solucionar el pifostio yo misma.
Señaló la bolsa de papel, de cuyo interior asomaba el frasco de un perfume caro que Sergio nunca habría sabido seleccionar por su cuenta.
—Te ha costado setenta y cinco euros que ya he cargado a tu tarjeta de crédito personal, para que aprendas lo que es un detalle romántico.
Sergio miró la bolsa de la perfumería y luego miró la sartén de titanio reforzado que descansaba sobre la mesa baja del salón de su casa.
Sintió que la circulación sanguínea regresaba por fin a sus extremidades inferiores y que la marca del cojín en su pómulo empezaba a desinflamarse.
Se levantó del sofá con cuidado de no perder el equilibrio y se acercó a Laura para darle un beso en la mejilla libre de tensiones conyugales.
—Es un gran perfume, Laura, estoy seguro de que tiene unas notas olfativas de última generación que se adaptan a tu pH de manera ideal.
—Cállate la boca, Sergio, no arregles la jugada con tus tecnicismos de oficina que me vuelve a subir la migraña de la mañana.
—Vete a la cocina y prepara algo de comer con tu famosa sartén nueva, que la discusión de los mil quinientos euros de antes me ha dejado con un hambre canina.
Sergio sonrió, agarró el mango de baquelita de su obra de arte de la metalurgia doméstica y se encaminó hacia la cocina con paso firme.
Mientras encendía el fuego de la vitrocerámica vieja y buscaba el aceite de oliva de oferta en la despensa, miró de reojo el salón iluminado.
Se hizo a sí mismo la gran pregunta existencial que la sociología de las parejas modernas todavía no había conseguido resolver en los hogares de todo el país.
En este mundo de prisas, de regalos de última hora que se compran por internet y de tensiones sobre el presupuesto familiar del mes, ¿regalar electrodomésticos u objetos del hogar por el aniversario es práctico hoặc egoísta?
Y sobre todo, se preguntó con una curiosidad científica insaciable si existía algún ser humano en todo el territorio nacional capaz de dormir una siesta corta sin destruir los cimientos del espacio-tiempo de la tarde entera.