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El umbral de la indecisión crónica

Parte 1: El umbral de la indecisión crónica

Cuando alguien dice “me da igual”, casi nunca le da igual. Es una de esas mentiras piadosas, o quizás una emboscada dialéctica, que forma parte del patrimonio inmaterial de cualquier relación de pareja que se precie. No es una respuesta, es un campo de minas. Es el equivalente semántico a soltar el volante de un coche a cien kilómetros por hora y decirle al copiloto: “conduce tú, pero no te salgas de la carretera que yo tengo en mi cabeza y que no te voy a explicar”.

Eran las ocho y cuarto de una tarde de jueves en un piso de esos del centro de Madrid, donde los techos son muy altos, los pasillos muy largos y las facturas de la calefacción te quitan las ganas de vivir. Dani estaba apoyado en el marco de la puerta de la entrada, con las llaves del coche tintineando en la mano y el abrigo puesto. Un abrigo que, por cierto, ya le sobraba, porque Lucía todavía estaba en esa fase crítica que él llamaba “la revisión de los últimos cinco segundos”. Esa fase en la que ella se mira al espejo del recibidor, se ajusta una bufanda que ya estaba perfecta y comprueba, por decimoquinta vez, si lleva el móvil en el bolso mientras se pregunta si el color de sus botas combina con el tono de su cansancio existencial.

—Lucía, por favor, que nos cierran la cocina hasta en el sitio más cutre —dijo Dani, intentando que su voz no sonara a reproche, aunque el hambre ya empezaba a jugarle malas pasadas en el estómago.

Lucía se giró, le dedicó una mirada de esas que dicen “estoy a un comentario sarcástico de quedarme en pijama” y suspiró.

—Ya estoy, pesado. Si es que parece que vamos a una misión de la ONU en vez de a cenar algo por el barrio.

—No es una misión, es supervivencia básica. Si no como algo sólido en los próximos veinte minutos, mi cuerpo va a empezar a digerir mis propios órganos internos —replicó él, abriendo la puerta del piso y haciendo un gesto caballeroso hacia el descansillo del edificio, que olía a ese incienso barato que ponía el vecino del 3ºB—. Así que, para ir ganando tiempo mientras bajamos… ¿qué te apetece? ¿Cenamos sushi o pizza?

La pregunta era sencilla. Binaria. Una elección entre el arroz frío con pescado crudo que te deja con hambre a la hora y media, o la masa con queso que te garantiza una acidez de estómago digna de un dragón de Juego de Tronos. Dani esperaba una respuesta rápida, un veredicto que le permitiera abrir la aplicación de reservas o, al menos, enfilar la calle con un propósito.

Pero Lucía, mientras cerraba la puerta con doble vuelta y comprobaba que el pomo no se movía (otra de sus manías innegociables), soltó la bomba atómica de la convivencia:

—Me da igual.

Dani se quedó petrificado en el primer escalón. El silencio del portal se volvió denso. Sabía lo que significaba ese “me da igual”. No era una concesión de libertad, era una transferencia de responsabilidad con derecho a veto posterior. Era la forma que tenía Lucía de decirle: “elige tú, pero si eliges mal, la culpa será tuya y el mal humor será mío”.

—¿Cómo que te da igual, Lucía? —preguntó Dani, empezando a bajar las escaleras con esa parsimonia de quien sabe que está entrando en un territorio peligroso—. No te puede dar igual. El sushi y la pizza están en extremos opuestos del espectro gastronómico. Uno es salud y sofisticación, lo otro es una fiesta de carbohidratos que acaba con nosotros bebiendo bicarbonato en la cama a las dos de la mañana.

—Pues por eso mismo —dijo ella, bajando detrás de él, con el taconeo de sus botas resonando en el mármol del portal—. Me da igual porque no tengo una preferencia clara. Mi mente está en blanco. Mi estómago está en modo neutro. Toma tú la iniciativa, Dani. Sé ese hombre decidido que tanto dices que eres.

Dani respiró hondo. Intentó visualizar la victoria. Visualizó una pizza margarita, con su albahaca fresca y su masa fina, crujiente, humeante. Visualizó el primer bocado, el queso fundido…

—Vale, pizza —sentenció él, con la firmeza de un juez del Tribunal Supremo.

Llegaron al portal. Dani empujó la puerta metálica, que soltó su habitual chirrido de alma en pena, y el aire fresco de la noche madrileña les golpeó la cara. Él ya estaba pensando en el “Pizzería Da Luigi”, ese sitio donde el camarero te llama “tío” y las servilletas son de papel de lija, pero la pizza te hace ver a Dios.

Entonces, cuando ya tenían un pie en la acera y Dani estaba a punto de girar hacia la derecha, Lucía soltó el contraataque.

—Bueno… pizza otra vez no, ¿no?

Dani se detuvo en seco. Se giró lentamente, como si estuviera en una película de suspense, y la miró a los ojos. Lucía puso esa cara de inocencia que suele preceder a las grandes catástrofes.

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