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El fantasma en la mesa del rincón

Parte 1: El fantasma en la mesa del rincón

Ese “es solo un amigo” empieza a preocupar cuando sabe más de ti que tu pareja. Es una máxima no escrita en los manuales de supervivencia de cualquier relación moderna, una señal de alarma que suele sonar con el tono de una notificación de WhatsApp a las once de la noche. No es un estruendo, es un goteo constante, una erosión sutil que va desgastando los cimientos de la exclusividad emocional hasta que un día te despiertas y te das cuenta de que hay un tercer inquilino invisible en tu cama, en tu cocina y, lo que es peor, en los planes de tu próxima revisión médica.

Eran las seis de la tarde de un jueves de esos que en Madrid se sienten como un ensayo general del fin del mundo. El calor todavía apretaba en las calles de Malasaña, y el “Café de la Luz” estaba hasta los topes de gente con portátiles, turistas buscando el espíritu de la Movida y parejas que, a diferencia de David y Elena, parecían tener algo de lo que hablar que no fuera un tercero. David estaba sentado frente a su café con leche —templado, como a él le gustaba, aunque el camarero siempre parecía olvidarlo— mientras observaba a Elena. Ella estaba inmersa en su teléfono, con esa media sonrisa que solo aparece cuando alguien te cuenta un chiste privado o cuando recibes una validación externa que no esperabas.

David llevaba cinco minutos intentando captar su atención para contarle una anécdota irrelevante sobre un cliente que se había quejado de que el logo de su empresa no era “lo suficientemente azul”, pero Elena estaba en otro planeta. Un planeta llamado Pablo.

—¿Te pasa algo en la cara? —preguntó David, finalmente, dejando la taza con un golpe seco sobre la mesa de madera desgastada.

Elena levantó la vista, parpadeando como si acabara de aterrizar de un vuelo transoceánico.

—¿Eh? No, nada. Es Pablo, que me estaba mandando un meme de un perro que se parece a mi jefe. Es clavado, de verdad, tiene hasta la misma expresión de estar oliendo algo podrido constantemente.

David forzó una sonrisa. Pablo. El omnipresente Pablo. Ese espécimen de “amigo de toda la vida” que David conocía solo de pasada, pero que parecía tener un pase VIP para cada rincón de la vida de su novia.

—Ah, Pablo. Qué tío —dijo David, con un rastro de sarcasmo que Elena, convenientemente, decidió ignorar—. Oye, por cierto, mañana por la mañana he pensado que podríamos ir a desayunar a ese sitio nuevo de la calle Pez antes de que entre a la oficina. Me han dicho que tienen unos cruasanes que te cambian la religión.

Elena arrugó el gesto, una expresión de duda que David ya conocía demasiado bien.

—Ay, mañana no puedo, David. Tengo médico a las nueve y media. La revisión esa de los lunares que te dije.

David se quedó congelado, con la mano en el aire, a medio camino de coger un sobre de azúcar.

—¿Médico? ¿Mañana? —David frunció el ceño—. No me habías dicho nada. Pensaba que la revisión era el mes que viene.

—¿No? —Elena volvió a mirar su móvil, tecleando algo rápido—. Pues juraría que te lo comenté. Bueno, da igual, el caso es que es mañana.

En ese momento, el teléfono de Elena, que estaba bocabajo sobre la mesa, vibró. David no pudo evitarlo. La pantalla se iluminó y, antes de que ella lo cogiera, leyó el inicio de la notificación: “Pablo: Suerte mañana con el dermatólogo, dile que el del hombro es nuevo, no se le vaya a pasar…”

El café con leche, de repente, le supo a ceniza. Sintió ese pinchazo en el estómago, esa mezcla de ridículo e indignación que surge cuando descubres que eres el último mono en una jerarquía de información que tú creías encabezar.

—¿Por qué Pablo sabe que mañana tienes médico y yo no? —soltó David, sin anestesia. Su voz sonó más aguda de lo que pretendía, perdiendo toda la autoridad que intentaba proyectar.

Elena dejó el móvil sobre la mesa, esta vez bocarriba, con una naturalidad que a David le resultó insultante.

—¿Cómo que por qué lo sabe? Se lo comenté sin más, David. El otro día estábamos hablando de movidas de salud y salió el tema. No es ningún secreto de Estado.

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