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El cadáver del entusiasmo y el microclima de la cocina

Parte 1: El cadáver del entusiasmo y el microclima de la cocina

Olvidar un cumpleaños no es despiste, es información. No es una de esas nubes pasajeras que te nublan la vista cuando buscas las llaves de casa o el mando de la tele; es, más bien, una radiografía en alta definición de las prioridades de una persona. Lucía lo sabía mientras permanecía sentada frente a la pequeña mesa de la cocina, una superficie de madera laminada que había visto mejores tiempos y que ahora sostenía la única prueba del crimen: un sobao pasiego con una vela azul, de esas que vienen en paquetes de veinte y que nunca se terminan, plantada en el centro como una bandera en un territorio conquistado por la desidia.

Eran las doce y cinco de la noche. Técnicamente, ya no era martes, sino miércoles, pero en el universo paralelo de las decepciones conyugales, el tiempo se había detenido justo en el cambio de dígito. Lucía miraba la llama, una pequeña lengua de fuego que oscilaba con la corriente que entraba por la rendija de la ventana. Aquella vela era el último soldado de una guerra que ella ya había dado por perdida hacía unas dieciséis horas, concretamente cuando despertó y no recibió ni un beso, ni un susurro, ni siquiera un gruñido que contuviera la palabra “felicidades”.

Entonces escuchó los pasos. Carlos entró en la cocina arrastrando las pantuflas, esas que tenían un agujero en el dedo gordo y que ella le había dicho que tirara mil veces. Entró con la guardia baja, rascándose la nuca y con el pelo revuelto, con ese aire de quien solo busca un vaso de agua antes de volver a sumergirse en el sueño profundo de los inocentes. O de los culpables que no saben que lo son.

Se detuvo frente a la nevera, abrió la puerta y la luz blanca y clínica del electrodoméstico lo iluminó como si fuera el sospechoso de un interrogatorio policial. No vio a Lucía de inmediato. Estaba demasiado ocupado examinando un bote de yogur griego caducado.

—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Lucía. Su voz no era un grito, era algo peor. Era un susurro gélido, de esos que te hacen revisar si te has dejado la calefacción apagada en pleno enero madrileño.

Carlos dio un pequeño salto, golpeando el bote de yogur contra la balda de la nevera. Se giró lentamente, todavía con los ojos achinados por el sueño.

—Joder, Lucía, qué susto. Casi me da un parraque. ¿Qué haces aquí a oscuras? Pareces la niña de The Ring, pero con pijama de franela.

—Te he hecho una pregunta, Carlos. ¿Sabes qué día es hoy?

Carlos parpadeó. Su cerebro, que a esas horas solía funcionar con la velocidad de un módem de los años noventa, empezó a procesar la información. Miró a Lucía, luego miró el sobao con la vela, y finalmente miró el reloj del horno que parpadeaba con un “00:06”.

—Hoy… —dijo, estirando la vocal como si eso fuera a comprarle tiempo en la bolsa de valores de la memoria—. Pues hoy es martes. Bueno, técnicamente ya es miércoles, pero vamos, que venimos del martes. Un martes de traca, por cierto. Menudo lío en la oficina con el informe de ventas, te lo he contado antes, ¿no?

Lucía no parpadeó. La vela seguía ardiendo, consumiendo la cera azul que empezaba a gotear sobre el sobao.

—También mi cumpleaños —soltó ella, sin anestesia.

El silencio que siguió a esa frase fue de los que pesan. Se podía escuchar hasta el zumbido de la nevera, que en ese momento parecía estar burlándose de Carlos con un ronroneo eléctrico. Él se quedó con la boca abierta, el yogur griego todavía en la mano, mientras una gota de sudor frío le recorría la espalda. En su mente, empezó una búsqueda frenética, una especie de Google interno donde los términos de búsqueda eran “Cumpleaños Lucía”, “Fechas importantes”, “Cómo no morir esta noche”. Pero los resultados estaban vacíos. Su calendario mental se había quedado en blanco, como si alguien hubiera pasado una goma de borrar por encima del diecinueve de mayo.

—¡Hostia! —exclamó finalmente, dejando el yogur sobre la encimera con una torpeza digna de estudio—. ¡No me jodas! No, no, espera… ¡Si lo sabía! ¡Si estaba esperando el momento!

Lucía soltó una carcajada seca, de esas que no indican alegría, sino que son el preludio de un huracán de categoría cinco. Se levantó de la silla, el movimiento lento y deliberado, como el de una pantera que sabe que su presa no tiene escapatoria entre la tostadora y la cafetera de cápsulas.

—¿El momento? —preguntó ella, acercándose a él—. ¿Qué momento, Carlos? ¿El momento en que me levanté y me preguntaste si quedaba leche? ¿El momento en que te mandé un WhatsApp al mediodía para ver si cenábamos fuera y me contestaste con un pulgar arriba sin mencionar absolutamente nada? ¿O quizás el momento en que hemos estado viendo el telediario sentados en el sofá como dos desconocidos que comparten una suscripción a Netflix?

Carlos empezó a gesticular de manera errática. Sus manos se movían por el aire intentando atrapar una excusa que tuviera un mínimo de credibilidad, pero solo encontraba aire cargado con el olor a cera quemada.

—No, escúchame, de verdad… Lo que pasa es que… ¡es una sorpresa! —soltó, y nada más decirlo supo que se acababa de meter en un jardín del que no iba a salir vivo—. Yo quería… yo quería decírtelo justo ahora. Sí, eso es. Estaba esperando a que se hiciera medianoche para… para cerrar el día con el gran colofón. Es que tú eres muy de “empezar el día con alegría”, pero yo quería innovar. Quería un cumpleaños de veinticuatro horas de tensión para terminar con un clímax emocional.

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