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El perfume de la traición y el ritual de la “caña” sagrada

Parte 1: El perfume de la traición y el ritual de la “caña” sagrada

Cuando tu pareja siempre elige a sus amigos, tú ya sabes en qué puesto estás. No hace falta que te lo digan con un gráfico de barras ni que te lo envíen por burofax; se nota en el aire, en el olor a colonia barata de esa que se echan los tíos para parecer que no se han esforzado mucho, y en la velocidad con la que se calzan las zapatillas. Hay un tipo de silencio en un salón de Madrid un viernes por la noche que es capaz de decirte más verdades que un confesor borracho. Es un silencio espeso, cargado de reproches que flotan sobre el sofá de Ikea y que huelen a pizza recalentada para uno.

Eran las nueve y cuarto. En la calle, el barrio de Arganzuela empezaba a bullir con esa energía eléctrica de los viernes, donde la gente camina como si le fuera la vida en llegar a la primera caña. En el piso de Paula y Mateo, sin embargo, la energía era más bien estática, de esa que te da un calambre si rozas el brazo del otro por error. Paula estaba sentada en el extremo del sofá, con las piernas recogidas y un libro que llevaba media hora en la misma página. Mateo, por su parte, estaba frente al espejo del recibidor, dándose esos toques finales en el pelo que solo se dan los hombres cuando creen que su libertad está en juego.

—¿Otra vez sales con tus colegas? —preguntó Paula sin levantar la vista del libro. Su voz tenía ese tono neutro, casi quirúrgico, que precede a las grandes catástrofes domésticas.

Mateo se quedó congelado con la mano a medio camino de la nuca. Miró su reflejo, suspiró y se giró lentamente, intentando poner esa cara de “no estoy haciendo nada malo” que nunca engaña a nadie.

—Es solo un rato, Paula. De verdad. Han quedado en el bar de siempre para ver qué hacemos mañana con lo de la mudanza de Javi. Es un tema logístico, casi profesional, diría yo.

—Logístico. Claro —replicó ella, dejando finalmente el libro sobre la mesa de centro con un golpe seco que hizo vibrar el mando de la tele—. Javi lleva mudándose desde que terminó la carrera, y sospecho que su estrategia logística consiste básicamente en ver cuántas rondas de Mahou sois capaces de aguantar antes de que alguien mencione una caja de cartón. Mateo, por favor. No me vendas la moto, que ya no me queda sitio en el garaje para tanto vehículo imaginario.

Mateo dio un par de pasos hacia el salón, frotándose las manos. Estaba en esa fase de la noche en la que un hombre intenta negociar con el terrorista emocional que lleva dentro de casa.

—Venga, no te pongas así. Es viernes. Ha sido una semana de perros en la oficina, mi jefe me tiene frito con el informe de auditoría y necesito desconectar un poco. Solo va a ser una cerveza rápida. Entrar, saludar, arreglar el mundo y volver. Para cuando tú hayas terminado de ver el capítulo de la serie esa de los médicos que se lían entre ellos, yo ya estoy aquí con un kebab y una sonrisa.

—Llevas tres viernes de “un rato”, Mateo. Tres —dijo Paula, incorporándose y clavándole la mirada—. El primer viernes fue porque Nacho había cortado con su novia, la decimocuarta vez, y había que evitar que se tirara al Manzanares, que por otro lado apenas tiene agua para cubrirle los tobillos. El segundo viernes fue “la previa” del partido de fútbol que nunca jugasteis porque os levantasteis con resaca. Y hoy… hoy es la logística de Javi. ¿No te das cuenta del patrón? Es un algoritmo, Mateo. Un algoritmo en el que yo soy el error de sistema.

—No es un algoritmo, es la vida —respondió él, empezando a ponerse la chaqueta con una urgencia que lo delataba—. También necesito mi espacio, Paula. No podemos estar pegados como si fuéramos un mueble de dos piezas. Es sano que cada uno vea a su gente, que respiremos aire que no sea el de este salón, por mucho que hayamos puesto el ambientador ese de frutos rojos que te gusta.

—¡Tu espacio! —exclamó Paula, soltando una carcajada amarga—. Me encanta cuando usáis la palabra “espacio” como si fuerais astronautas de la NASA en una misión crítica. Tu espacio mide exactamente lo mismo que la barra del bar de abajo. Y mi espacio, curiosamente, parece que siempre tiene que ser este sofá, esperándote para ver si hoy el “un rato” termina a las doce o a las tres de la mañana cuando entras tropezando con el paragüero.

Mateo miró el reloj. Sus amigos ya estarían por la segunda ronda. Javi habría enviado ya el tercer “tío, ¿dónde estás?” al grupo de WhatsApp “Los Troncos”, un nombre que a Paula siempre le había parecido una descripción botánica bastante acertada de la inteligencia colectiva del grupo.

—Mira, no quiero discutir —dijo Mateo, buscando las llaves con desesperación—. De verdad que no. Me voy porque he dado mi palabra. Si no voy, parece que me tienes aquí secuestrado. Los tíos se ríen, Paula. Dicen que si tengo que pedir permiso para respirar. Es una cuestión de dignidad masculina.

—Dignidad masculina —repitió ella, levantándose del sofá y acercándose a él—. Qué concepto tan fascinante. ¿Sabes qué es lo que realmente le falta a tu dignidad? Un poco de memoria. ¿Te acuerdas de que habíamos quedado en mirar hoteles para las vacaciones? ¿Te acuerdas de que dijimos de ir a cenar al sitio ese nuevo de comida fusión que abrieron en la esquina porque queríamos “hacer algo diferente”?

Mateo se quedó mudo. Se le había olvidado por completo. Su mente, configurada para detectar ofertas de dos por uno en jarras de cerveza, había borrado cualquier rastro de compromiso romántico para la noche del viernes.

—Bueno… eso podemos hacerlo mañana —aventuró, con la esperanza de un náufrago—. Mañana por la mañana, desayunamos tarde, nos vamos a dar un paseo por El Retiro y lo miramos con calma. Te lo prometo.

—Mañana por la mañana estarás en coma inducido por la cebada, Mateo. O tendrás el humor de un gremlin mojado. No mientas —Paula se cruzó de brazos, bloqueándole sutilmente el paso hacia la puerta—. Perfecto, vete. Vete a buscar tu espacio sideral. Yo necesito una pareja, no un compañero de piso intermitente que viene a dormir cuando se cierran los grifos de la ciudad.

El aire en el recibidor se podía cortar con un cuchillo de sierra. Mateo sintió ese peso en el estómago, el peso de saber que tienes razón desde tu punto de vista, pero que estás perdiendo la guerra por goleada. Sin embargo, el “llamado de la selva” (o del grupo de WhatsApp) era más fuerte.

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