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El teorema de la Plaza de Olavide y el banco de la tortura

Parte 1: El teorema de la Plaza de Olavide y el banco de la tortura

Decir «no quiero etiquetas» después de tres meses es querer las ventajas de un contrato indefinido con la libertad de un periodo de prueba eterno. Es, básicamente, querer el buffet libre sin pagar el cubierto. Carmen lo sabía. Lo sabía con esa certeza dolorosa que te da el haber pasado ya de los treinta y haber acumulado suficientes desengaños amorosos como para escribir una enciclopedia en fascículos. Estaba sentada en un banco de piedra en la Plaza de Olavide, en pleno corazón de Chamberí, un lugar que normalmente le encantaba por su aire castizo y sus terrazas llenas de gente bebiendo cañas y comiendo bravas, pero que esa tarde de mayo se le antojaba como el escenario de una ejecución pública. Su propia ejecución emocional.

El banco de piedra estaba frío, a pesar de que el sol de Madrid ya empezaba a apretar con esa mala leche característica de la primavera mesetaria. Carmen se removió incómoda. Llevaba unos vaqueros demasiado ajustados para una conversación de tal calibre y unos botines que le estaban empezando a pasar factura en los juanetes. A su lado, Santi parecía estar en otro planeta. Santi era el tipo de hombre que siempre parece haber acabado de salir de una ducha reparadora, con el pelo estratégicamente despeinado y una sonrisa de «aquí no pasa nada» que a Carmen, en ese preciso instante, le daban ganas de borrar con una lija del número cuatro.

Hacía exactamente tres meses y cuatro días que se habían conocido en un local de Malasaña, entre gintonics con demasiada botánica y música indie de esa que suena igual en todas partes. Desde entonces, habían compartido domingos de resaca y churros, series de Netflix que solo se ven en pareja (el compromiso moderno por excelencia), cenas en sitios donde te sirven la comida sobre una pizarra y, sobre todo, muchas noches en casa de ella. Porque, claro, la casa de Carmen tenía aire acondicionado y la de Santi era un cuarto sin ascensor en Lavapiés que en agosto se convertía en una sucursal del infierno.

Carmen miró a un grupo de palomas que se peleaban por un trozo de corteza de pizza reseca. Se sintió un poco como esa corteza: algo que estaba ahí, disponible, pero que nadie terminaba de valorar del todo.

—Santi —empezó ella, con una voz que intentaba sonar casual pero que traía el peso de un camión de mudanzas—, tenemos que hablar de lo nuestro.

Santi no se inmutó. Estaba observando a un niño que intentaba, sin éxito, hacer que un patinete eléctrico fuera en línea recta.

—¿De lo nuestro? —repitió Santi, como si estuviera analizando un concepto de física cuántica—. Qué bien suena eso, Carmen. «Lo nuestro». Es una expresión muy potente, muy orgánica.

—No te pongas filosófico, que nos conocemos —le cortó ella, cruzando los brazos sobre el pecho—. Llevamos tres meses. Tres meses de «lo nuestro». He conocido a tus amigos, los de la facultad, esos que hablan solo de criptomonedas y de lo mucho que echan de menos el Erasmus. Tú has dormido en mi casa más veces que yo este mes. Te has dejado un cepillo de dientes en mi baño, Santi. Un cepillo de dientes de bambú, que además es ecológico y me costó cuatro euros en la tienda esa de productos sostenibles porque el tuyo de plástico te parecía «agresivo para las encías».

Santi suspiró. Un suspiro de esos largos, de los que anuncian que viene una perorata sobre la libertad individual y las construcciones sociales.

—Entonces, ¿qué somos, Carmen? ¿Es eso lo que quieres saber? ¿Necesitas ponerle un nombre, una caja, un envoltorio de celofán con un lazo rojo?

Carmen sintió un pinchazo en la sien. Esa era la señal. El inicio del protocolo de evasión.

—Pues sí, Santi. Somos personas, no amebas. Y las personas suelen tener nombres para las cosas. Si voy a la frutería y pido «algo redondo y rojo», el frutero me puede dar un tomate o una manzana de Blancanieves. Quiero saber si estoy comprando tomates o manzanas.

—Vaya —dijo Santi, girándose por fin hacia ella con esa mirada de cachorro apaleado que tan bien sabía ensayar—. No sé, Carmen. Sabes que no me gustan las etiquetas. Me parecen limitantes. Es como si, al decir «somos novios», de repente el aire se volviera más denso. Las etiquetas son para la ropa del Zara, para saber cuánto cuesta y de qué material está hecha. Nosotros somos algo más… fluido. Algo que no se puede encerrar en un diccionario.

Carmen cerró los ojos un segundo. Madrid seguía rugiendo a su alrededor. El tráfico de la calle Santa Engracia, el murmullo de las terrazas, el grito de una madre que le decía a su hijo que no se metiera el dedo en la nariz. Todo era real, tangible, etiquetado. Menos su relación.

—Pero sí te gustan los planes, ¿verdad? —replicó Carmen, abriendo los ojos y clavándolos en los de él—. Te gusta que planeemos el viaje a la sierra del fin de semana que viene. Te gustan los besos cuando nos despedimos en el metro, esos que duran tres estaciones y hacen que la gente nos mire con envidia. Y te gusta dormir en mi casa, en mi colchón de viscoelástica, y despertarte con el olor al café que yo preparo mientras tú sigues roncando como un oso pardo con apnea.

—Eso fluye, Carmen. Eso es lo bonito —insistió Santi, intentando cogerle la mano, pero ella la retiró con la velocidad de una cobra—. Es la conexión. Es el aquí y el ahora. Si le ponemos una etiqueta, empezamos a esperar cosas. Empezamos con las expectativas, con las obligaciones, con el «tienes que llamarme a tal hora» o el «por qué no has venido a la cena de mi tía abuela». Y yo creo que lo nuestro es demasiado puro para mancharlo con responsabilidades contractuales.

Carmen soltó una carcajada amarga. Se sintió como si estuviera en un sketch de humor, pero sin la parte de la risa.

—¿Puro? ¿Mancharlo con responsabilidades? Santi, que me has pedido que te lave la sudadera gris porque en tu casa la lavadora hace un ruido que parece que va a despegar hacia Marte. Eso no es fluido, eso es colada. Lo único que fluye aquí es mi paciencia, y te aviso que el caudal está bajando de forma alarmante, como el Tajo a su paso por Aranjuez en pleno agosto.

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