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CHÁVEZ vs TAYLOR | La HISTORIA detrás del NOCAUT que HIZO LLORAR a MÉXICO 

CHÁVEZ vs TAYLOR | La HISTORIA detrás del NOCAUT que HIZO LLORAR a MÉXICO

2 segundos. Eso fue lo que separó esa noche a Julio César Chávez de la derrota más dolorosa de su carrera. 2 segundos que el árbitro Richard Steel decidió antes de que sonara la campana final del duodécimo round. Dos segundos que usted si tiene más de 40 años y sigue el boxeo, probablemente recuerda mejor que muchas cosas más importantes que le pasaron ese año, porque hay momentos en el deporte que se meten en la memoria de una manera que no tiene lógica racional, que 30 años después uno puede cerrar los ojos y verlos como si estuvieran pasando

ahora mismo. La imagen borrosa de una televisión vieja, el narrador gritando, la gente de la casa o del bar poniéndose de pie sin saber bien qué estaba pasando todavía. Esos momentos no son solo deporte, son algo de la vida de uno pegado para siempre a una imagen de un ring.

 La noche del 17 de marzo de 1990 en el Thomas and Max Center de Las Vegas fue uno de esos momentos y vamos a contarla completa desde el principio porque la pelea entre Julio César Chávez y Meldrich Taylor merece más que el resumen de los dos segundos finales. Merece que usted entienda todo lo que había antes de esos 2 segundos. Todo lo que estaba en juego, todo lo que cada uno de esos dos hombres cargaba cuando subió al ring esa noche.

 Meldrick Taylor. Usted probablemente recuerda el nombre, pero quizás no todo lo que hay detrás de él. Taylor tenía 23 años esa noche. Era de Philadelphia, Pennsylvania, campeón olímpico en Los Ángeles, 1984, mismo año que Pernel Whitaker y otros que después fueron grandes del boxeo prof. profesional americano.

 Taylor ganó el oro en los 132 libras con una facilidad que los que lo vieron en aquellos juegos describían como desconcertante. Peleaba con una velocidad de manos que en el Amateur ya era difícil de procesar y con una movilidad de pies que hacía que sus rivales golpearan el aire más veces de las que golpeaban al hombre.

Cuando se hizo profesional siguió igual. ganó su primer título mundial en 1988 contra el japonés Baddy McGirt y lo defendió con una consistencia que le fue construyendo una reputación de peleador que era difícil de golpear y muy fácil de ver golpear. El estilo de Taylor era estéticamente agradable para el aficionado que sabe mirar una pelea.

Limpio, técnico, con combinaciones que llegaban y se iban antes de que el rival pudiera responder. Para el año 1990 tenía un récord de 25 victorias y cero derrotas, 25 peleas sin perder con 17 por knockout y el cinturón de campeón mundial superligero de la IBF bien puesto. El establecimiento del boxeo americano lo amaba. Era lo que querían.

Un campeón americano, técnico, mediático, con una historia de los Juegos Olímpicos que vendía sola, HBO, lo transmitía con gusto. Los periodistas escribían bien de él. Era el tipo de figura que hacía que el boxeo americano se viera a sí mismo con orgullo. Y enfrente tenían a Julio César Chávez. Si usted ya vio el video que publicamos sobre Chávez hace unas semanas, ya sabe quién era en ese momento.

 Pero déjeme refrescarle los números porque en el contexto de esta pelea los números importan mucho. Chávez llegó al Thomas and Max Center con 76 victorias y cero derrotas. 76. con el cinturón de campeón mundial superligero del CMB, con una racha de victorias que en ese momento era la más larga del boxeo mundial activo.

 El hombre llevaba una década peleando a nivel mundial sin que nadie lo derrotara. Pero en Estados Unidos, entre los medios y los promotores americanos, el relato oficial antes de esa pelea era que Taylor era el favorito, que la velocidad del americano iba a ser demasiado para el mexicano, que Chávez era muy bueno, pero que Taylor era de otro nivel técnico, que era la nueva generación contra la vieja guardia.

 Los medios americanos construyeron esa narrativa con la misma naturalidad con que la construían siempre que un boxeador americano peleaba contra uno mexicano. Y había algo de verdad en los argumentos técnicos. Taylor sí era más rápido. Taylor sí tenía una defensa más sofisticada. En términos puramente técnicos, en términos de lo que se puede medir con análisis frío, Taylor tenía ventajas reales.

 Lo que los análisis no medían, lo que no cabía en ninguna hoja de estadísticas, era lo que Chávez tenía que Taylor no tenía. Chávez tenía 76 peleas de experiencia a nivel mundial, 76 noches donde había tenido que encontrar soluciones a problemas que nadie podía anticipar de antemano. 76 campamentos de preparación donde había aprendido algo nuevo sobre sí mismo y sobre lo que podía soportar.

 Y una manera de recibir daño y seguir funcionando, que en el boxeo se llama chin, pero que en realidad es algo más complicado que la resistencia física de la mandíbula, es la capacidad de seguir pensando con claridad cuando el cuerpo está recibiendo información de que ya no puede más. Eso no se aprende en los Juegos Olímpicos, eso se aprende en las 76 peleas, Las Vegas.

 17 de marzo de 1990. El Thomas and Max Center tiene capacidad para 18,000 personas. Esa noche estaba lleno y la mayoría del público era mexicano. Habían llegado desde Los Ángeles, desde San Diego, desde Fénix, desde las ciudades del suroeste americano, donde las comunidades mexicanas eran ya en ese año grandes y visibles, aunque el mundo americano todavía no siempre quisiera verlas.

Llegaron con banderas, con camisetas de Chávez. Con esa manera particular que tiene el público mexicano cuando va a ver a uno de los suyos pelear. Esa mezcla de fiesta y de oración que no se parece a ningún otro ambiente deportivo del mundo, el público americano también estaba.

 Los aficionados de Taylor, los que habían visto sus peleas por HBO y creían que esa noche iban a ver al mejor del mundo, confirmar que era el mejor del mundo. Estaban en las gradas con esa confianza tranquila de los que creen que ya saben cómo va a terminar la noche. Dos públicos, dos certezas opuestas y en el centro del ring, dos hombres que iban a resolver la pregunta que los dos públicos ya creían tener respondida.

 La campana del primer round sonó. Y en los primeros 30 segundos quedó claro lo que iba a hacer la noche. Taylor era todo lo que decían que era. Las manos le salían con esa velocidad que el ojo casi no podía seguir. Los Jubs llegaban y se iban antes de que Chávez pudiera organizar la respuesta. Los movimientos de cabeza de Taylor eran precisos, automáticos.

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