CHÁVEZ vs TAYLOR | La HISTORIA detrás del NOCAUT que HIZO LLORAR a MÉXICO
2 segundos. Eso fue lo que separó esa noche a Julio César Chávez de la derrota más dolorosa de su carrera. 2 segundos que el árbitro Richard Steel decidió antes de que sonara la campana final del duodécimo round. Dos segundos que usted si tiene más de 40 años y sigue el boxeo, probablemente recuerda mejor que muchas cosas más importantes que le pasaron ese año, porque hay momentos en el deporte que se meten en la memoria de una manera que no tiene lógica racional, que 30 años después uno puede cerrar los ojos y verlos como si estuvieran pasando
ahora mismo. La imagen borrosa de una televisión vieja, el narrador gritando, la gente de la casa o del bar poniéndose de pie sin saber bien qué estaba pasando todavía. Esos momentos no son solo deporte, son algo de la vida de uno pegado para siempre a una imagen de un ring.
La noche del 17 de marzo de 1990 en el Thomas and Max Center de Las Vegas fue uno de esos momentos y vamos a contarla completa desde el principio porque la pelea entre Julio César Chávez y Meldrich Taylor merece más que el resumen de los dos segundos finales. Merece que usted entienda todo lo que había antes de esos 2 segundos. Todo lo que estaba en juego, todo lo que cada uno de esos dos hombres cargaba cuando subió al ring esa noche.
Meldrick Taylor. Usted probablemente recuerda el nombre, pero quizás no todo lo que hay detrás de él. Taylor tenía 23 años esa noche. Era de Philadelphia, Pennsylvania, campeón olímpico en Los Ángeles, 1984, mismo año que Pernel Whitaker y otros que después fueron grandes del boxeo prof. profesional americano.
Taylor ganó el oro en los 132 libras con una facilidad que los que lo vieron en aquellos juegos describían como desconcertante. Peleaba con una velocidad de manos que en el Amateur ya era difícil de procesar y con una movilidad de pies que hacía que sus rivales golpearan el aire más veces de las que golpeaban al hombre.
Cuando se hizo profesional siguió igual. ganó su primer título mundial en 1988 contra el japonés Baddy McGirt y lo defendió con una consistencia que le fue construyendo una reputación de peleador que era difícil de golpear y muy fácil de ver golpear. El estilo de Taylor era estéticamente agradable para el aficionado que sabe mirar una pelea.
Limpio, técnico, con combinaciones que llegaban y se iban antes de que el rival pudiera responder. Para el año 1990 tenía un récord de 25 victorias y cero derrotas, 25 peleas sin perder con 17 por knockout y el cinturón de campeón mundial superligero de la IBF bien puesto. El establecimiento del boxeo americano lo amaba. Era lo que querían.
Un campeón americano, técnico, mediático, con una historia de los Juegos Olímpicos que vendía sola, HBO, lo transmitía con gusto. Los periodistas escribían bien de él. Era el tipo de figura que hacía que el boxeo americano se viera a sí mismo con orgullo. Y enfrente tenían a Julio César Chávez. Si usted ya vio el video que publicamos sobre Chávez hace unas semanas, ya sabe quién era en ese momento.
Pero déjeme refrescarle los números porque en el contexto de esta pelea los números importan mucho. Chávez llegó al Thomas and Max Center con 76 victorias y cero derrotas. 76. con el cinturón de campeón mundial superligero del CMB, con una racha de victorias que en ese momento era la más larga del boxeo mundial activo.
El hombre llevaba una década peleando a nivel mundial sin que nadie lo derrotara. Pero en Estados Unidos, entre los medios y los promotores americanos, el relato oficial antes de esa pelea era que Taylor era el favorito, que la velocidad del americano iba a ser demasiado para el mexicano, que Chávez era muy bueno, pero que Taylor era de otro nivel técnico, que era la nueva generación contra la vieja guardia.
Los medios americanos construyeron esa narrativa con la misma naturalidad con que la construían siempre que un boxeador americano peleaba contra uno mexicano. Y había algo de verdad en los argumentos técnicos. Taylor sí era más rápido. Taylor sí tenía una defensa más sofisticada. En términos puramente técnicos, en términos de lo que se puede medir con análisis frío, Taylor tenía ventajas reales.
Lo que los análisis no medían, lo que no cabía en ninguna hoja de estadísticas, era lo que Chávez tenía que Taylor no tenía. Chávez tenía 76 peleas de experiencia a nivel mundial, 76 noches donde había tenido que encontrar soluciones a problemas que nadie podía anticipar de antemano. 76 campamentos de preparación donde había aprendido algo nuevo sobre sí mismo y sobre lo que podía soportar.
Y una manera de recibir daño y seguir funcionando, que en el boxeo se llama chin, pero que en realidad es algo más complicado que la resistencia física de la mandíbula, es la capacidad de seguir pensando con claridad cuando el cuerpo está recibiendo información de que ya no puede más. Eso no se aprende en los Juegos Olímpicos, eso se aprende en las 76 peleas, Las Vegas.
17 de marzo de 1990. El Thomas and Max Center tiene capacidad para 18,000 personas. Esa noche estaba lleno y la mayoría del público era mexicano. Habían llegado desde Los Ángeles, desde San Diego, desde Fénix, desde las ciudades del suroeste americano, donde las comunidades mexicanas eran ya en ese año grandes y visibles, aunque el mundo americano todavía no siempre quisiera verlas.
Llegaron con banderas, con camisetas de Chávez. Con esa manera particular que tiene el público mexicano cuando va a ver a uno de los suyos pelear. Esa mezcla de fiesta y de oración que no se parece a ningún otro ambiente deportivo del mundo, el público americano también estaba.
Los aficionados de Taylor, los que habían visto sus peleas por HBO y creían que esa noche iban a ver al mejor del mundo, confirmar que era el mejor del mundo. Estaban en las gradas con esa confianza tranquila de los que creen que ya saben cómo va a terminar la noche. Dos públicos, dos certezas opuestas y en el centro del ring, dos hombres que iban a resolver la pregunta que los dos públicos ya creían tener respondida.
La campana del primer round sonó. Y en los primeros 30 segundos quedó claro lo que iba a hacer la noche. Taylor era todo lo que decían que era. Las manos le salían con esa velocidad que el ojo casi no podía seguir. Los Jubs llegaban y se iban antes de que Chávez pudiera organizar la respuesta. Los movimientos de cabeza de Taylor eran precisos, automáticos.
El resultado de miles de horas de trabajo técnico que habían convertido la defensa en algo que ya no requería pensamiento consciente, sino que simplemente pasaba. Chávez recibió golpes en ese primer round, varios, algunos limpios, y siguió caminando hacia delante. Eso es lo que hacía Chávez. caminaba hacia delante siempre con una paciencia que a veces desesperaba al público que quería ver la acción inmediata, pero que los que entendían lo que estaba pasando reconocían como la táctica de alguien que sabe que una pelea de 12 rounds se
gana o se pierde en los rounds del medio y del final, no en el primero. El segundo round fue parecido al primero. Taylor conectando con su Jab, moviéndose bien, acumulando puntos en los cartones de los jueces. Chávez aguantando, buscando el ángulo de entrada al cuerpo que todavía no encontraba, pero que sabía que estaba ahí.
El tercer round trajo el primer momento que el público mexicano en las gradas recordaría. Chávez metió una derecha al cuerpo que Taylor no pudo evitar del todo. No fue un golpe que lo dobló ni que cambió el rumbo de la pelea en ese momento. Fue un golpe que llegó donde tenía que llegar y que acumuló algo. Ese algo que los golpes al cuerpo acumulan de manera silenciosa y que no se ve en el segundo ni en el tercero, pero que está ahí construyéndose, esperando el momento donde todo lo acumulado salga de golpe.
Taylor siguió siendo mejor en los primeros seis rounds. Los cartones de los tres jueces al final del sexto round lo tenían adelante, algunos por un margen cómodo. Los narradores de HBO hablaban de la velocidad de Taylor, de su técnica, de cómo estaba controlando la distancia y manejando al peligroso mexicano con una madurez que para un hombre de 23 años era llamativa.
Lo que los narradores de HBO no mencionaban con la misma frecuencia era que Chávez seguía caminando hacia delante, que cada round que pasaba, Taylor tenía que mover un poco más los pies para mantenerse fuera del alcance del mexicano. Que los golpes al cuerpo de Chávez, aunque no eran el tema central de la narración, seguían llegando, uno aquí, uno allá, construyendo.
El séptimo round fue donde la pelea empezó a cambiar de temperatura. Taylor siguió siendo el más rápido y el más técnico, pero algo en sus movimientos era ligeramente diferente a lo que había sido en el primero y en el segundo. Las piernas respondían igual de rápido, pero había algo en la manera en que absorbía los golpes de Chávez, que sugería que el daño acumulado estaba empezando a registrarse en algún lugar del cuerpo donde los cartones de los jueces no pueden entrar. Chávez lo sintió.
Los buenos boxeadores sienten ese momento antes de que sea visible para el público. Es algo en la manera en que el rival recibe el golpe, algo en el peso de su cuerpo cuando lo empuja contra las cuerdas, algo intangible que la experiencia de 76 peleas le había enseñado a Chávez a reconocer y cuando lo reconoció empezó a presionar más.
El octavo round fue el primero donde Chávez fue el peleador más activo. El primero donde Taylor, que había controlado la distancia con tanta elegancia en los rounds anteriores, tuvo que usar las cuerdas para recuperarse de un intercambio. Los narradores lo notaron. El tono de la transmisión empezó a cambiar, aunque todavía con cautela, todavía con el andamiaje del relato original en pie.
El noveno round fue más de lo mismo, pero más intenso. Chávez en el centro del ring, empujando, metiendo golpes al cuerpo con una frecuencia que ya era imposible ignorar. Taylor respondiendo, conectando todavía, pero con las piernas un poco más pesadas, con el movimiento de cabeza un poco menos automático que en el primero y en el segundo.
Los cartones de los jueces al final del noveno todavía tenían a Taylor adelante, algunos por bastante. La matemática del boxeo decía que con tres rounds por pelear, Taylor podía perder los tres y todavía ganar la pelea por decisión. Taylor lo sabía, su equipo en el rincón lo sabía, los narradores lo sabían. Era la situación más cómoda posible para un peleador que estaba peleando bien y ganando en los cartones, pero el décimo round trajo algo que los cartones no registraron de la manera que debieron registrarlo.
Chávez metió una combinación al cuerpo en el centro del round que hizo que Taylor se doblara apenas perceptiblemente. una fracción de segundo, lo suficiente para que los que sabían mirarlo vieran que el daño acumulado de los 10 rounds anteriores estaba llegando a un punto donde el cuerpo de Taylor empezaba a tener problemas para procesarlo todo.
Taylor aguantó, siguió peleando, conectó golpes también en ese round, pero algo había cambiado y los dos hombres en el ring lo sabían, aunque ninguno lo dijera. El undécimo round fue la guerra más intensa de la noche. Los dos hombres intercambiaron con una ferocidad que las gradas del Thomas and Max Center recibieron de pie.
Taylor conectando con sus manos rápidas, Chávez respondiendo con golpes cortos y duros que llegaban a los costados y a las costillas de Taylor con una precisión que ya no era paciencia táctica, sino urgencia. Chávez sabía que necesitaba el knockout. En los cartones estaba perdiendo. Matemáticamente, una decisión de 12 rounds con los números que existían en ese momento era una derrota para él.
El único camino era parar a Taylor antes de que sonara la campana final. Y al final del undécimo, cuando los dos hombres volvieron a sus rincones y sus equipos empezaron a trabajar con los 30 segundos que había entre rounds, la situación era esta. Taylor iba ganando en los cartones, pero su cuerpo cargaba 10 rounds y medio de golpes al cuerpo que habían ido sumando daño de manera silenciosa.
Chávez iba perdiendo en los cartones, pero su cuerpo tenía reservas que el de Taylor ya no tenía de la misma manera y quedaba un round, 3 minutos. El rincón de Taylor le dijo que tenía que sobrevivir 3 minutos, que podía moverse, que podía usar las cuerdas si hacía falta, que solo tenía que aguantar 3 minutos y la pelea era suya.
Ludva, que era parte del equipo de Taylor, le dijo algo al oído en esos 30 segundos que varios testigos del rincón recuerdan, pero sobre cuyo contenido exacto hay versiones distintas. Lo que hay certeza es que el mensaje general era ese. 3 minutos y listo. El Rincón de Chávez le dijo que necesitaba el knockout, que los puntos no alcanzaban y que la única manera de ganar era terminar la pelea antes de la campana.
Sonó el dúodécimo round. Taylor salió a sobrevivir. Chávez salió a matar. Los primeros 30 segundos del round fueron los más tensos de toda la noche. Taylor moviéndose usando la distancia, tratando de manejar al mexicano con los mismos recursos que le habían funcionado en los primeros rounds. Chávez presionando, buscando el ángulo, metiendo golpes cortos cada vez que encontraba la distancia.
Un minuto dentro del round, Chávez conectó una derecha que llegó con todo el peso del cuerpo detrás. Taylor no cayó, pero sus piernas hicieron algo que en el boxeo llaman flash knockdown, ese momento donde las rodillas se doblan apenas, una fracción, lo suficiente para que el árbitro lo vea, pero no necesariamente para que justifique un conteo completo.
Steel no lo contó. La pelea continuó, pero esa derecha había hecho algo en el cuerpo de Taylor, que el minuto y medio que quedaba del round no iba a poder reparar. Minuto y medio después, con 2 minutos y 9 segundos del dúodécimo round transcurridos, Chávez conectó otra derecha. Esta sí mandó a Taylor a la lona.
Taylor cayó, se levantó antes de que Steel terminara el conteo y miró al árbitro. Lo que Steel vio en ese momento es lo que el boxeo discutió durante años después. Taylor estaba de pie. Taylor dijo que podía seguir, pero los ojos de Taylor, según Steel, no decían lo mismo que su boca. Había algo en la mirada del americano que le dijo al árbitro que el hombre que tenía enfrente ya no estaba en condiciones de protegerse de lo que venía. Steel paró la pelea.
2 minutos y 9 segundos del dúodécimo round. 2 segundos antes de que sonara la campana final. El Thomas and Mac Center explotó de una manera que los que estuvieron ahí dicen que no olvidaron nunca. El sector mexicano de las gradas, que había estado de pie durante buena parte del round final, rugió con una intensidad que se escuchó fuera del edificio, las banderas mexicanas agitándose, hombres abrazándose con hombres que no conocían de antes, pero que en ese momento eran hermanos de algo que no necesitaba explicación. Y en el rincón americano,
Meldrick Taylor lloraba. Lloraba con esa rabia que tienen los que sienten que les quitaron algo que era suyo, que los números decían que era suyo, que la matemática de los cartones decía que era suyo y que en los últimos 2 segundos del dúodécimo round se había ido de las manos de una manera que nadie en su equipo había anticipado del todo.
Lua, reclamó al árbitro. El equipo de Taylor reclamó. Los medios americanos al día siguiente tuvieron opiniones divididas. Algunos dijeron que Steel había tomado la decisión correcta, que Taylor no estaba en condiciones de continuar y que parar la pelea fue lo más responsable. Otros dijeron que Taylor había aguantado el conteo y que tenía derecho a que sonara la campana, que 2 segundos son 2 segundos y que en 2 segundos puede no pasar nada.
La discusión lleva más de 30 años viva y usted puede encontrar gente que la sigue dando con la misma intensidad de 1990. Chávez nunca entró en esa discusión. En las declaraciones que dio esa noche y en los días siguientes fue consistente en una cosa. Dijo que la pelea la había ganado en el ring, que los golpes al cuerpo habían hecho su trabajo durante 12 rounds y que cuando llegó el dúo décimo, Taylor ya no tenía los mismos recursos con los que había empezado, que el knockout era el resultado de lo que había construido durante Once Rounds y
no de 2 segundos de suerte. Tenía razón. Los que analizaron la pelea con frialdad, los que revisaron las imágenes frame por frame en los días y semanas siguientes, llegaron a la misma conclusión. Taylor estaba ganando en los cartones, pero su cuerpo en el duodécimo round ya no era el mismo que en el primero.
El daño acumulado era real y visible para quien sabía dónde mirar. La caída en el duodécimo round no fue un accidente. Fue el resultado de on rounds de trabajo sistemático al cuerpo que habían ido minando la capacidad de Taylor de absorber más. Chávez construyó esa victoria como se construye una casa cimiento por cimiento, sin prisa y sin pausa, con la convicción de que si hacía el trabajo que había que hacer, el resultado llegaría.
Eso es lo que México vio esa noche y eso es por lo que esa noche se quedó en la memoria de la manera que se quedó. Pero hay algo más en esta historia que va más allá de los 12 rounds y los 2 segundos. Algo que tiene que ver con lo que esa noche representó para la gente que estaba en las gradas del Thomas and Max Center y para los millones que la vieron por televisión desde sus casas en México y en los barrios mexicanos de Estados Unidos.
Para entenderlo, hay que entender qué era Las Vegas para un mexicano en 1990. Las Vegas en 1990 era la ciudad del dinero americano, la ciudad donde los grandes negocios del entretenimiento se cerraban, donde los artistas más famosos del mundo iban a actuar en los hoteles, donde los boxeadores más importantes del mundo peleaban por los títulos que importaban.
era en muchos sentidos el centro visible del poder americano en su versión más espectacular. Y Las Vegas en 1990 era también una ciudad donde miles de mexicanos trabajaban en los hoteles, en las cocinas, en la construcción, en todos los oficios que hacen funcionar a una ciudad, pero que raramente se ven desde el casino o desde el teatro.
Eran invisibles en el sentido en que son invisibles los que hacen el trabajo que otros no quieren hacer. Estaban ahí, pero el relato de la ciudad no los incluía. Cuando Chávez peleaba en Las Vegas, esa gente existía. Llenaban las gradas con sus colores y con su idioma, y con un ruido que era diferente al ruido americano del boxeo, más intenso, más personal, con esa manera mexicana de gritar en las peleas que mezcla el análisis táctico con la oración y con el orgullo, y con algo que no tiene nombre preciso, pero que cualquiera que lo haya
escuchado reconoce. Y cuando Chávez ganaba en Las Vegas, algo pasaba en esas gradas que iba más allá del resultado deportivo. Pasaba algo que tenía que ver con la afirmación de que estaban ahí, de que existían, de que el hombre que estaba en el ring peleando con los colores de México en el corazón de la ciudad americana más espectacular, no había pedido permiso para estar ahí y estaba ganando de todas formas.
Eso es lo que los dos segundos del dúo décimo round cargaban esa noche. Eso es lo que rugió en las gradas del Thomas and Mac cuando Steel paró la pelea. No solo la victoria de un boxeador, la afirmación de una presencia que llevaba años siendo invisible en esa ciudad. Hay una cosa que muy poca gente sabe sobre lo que pasó en Las Vegas esa noche fuera de la arena, en los barrios mexicanos de Los Ángeles, donde vivían en ese año más de un millón de personas de origen mexicano, muchas de ellas sin documentos, la mayoría trabajando en
empleos que el resto de la ciudad necesitaba pero no quería ver. La pelea se había visto en las televisiones de las casas y en los bares de la comunidad. Y cuando Steel paró la pelea, la gente salió a la calle. No era una celebración organizada, nadie la había convocado. La gente simplemente salió porque la casa se quedó pequeña para lo que sentían.
En las calles del este de Los Ángeles, en los barrios de Boil Heights y de East La y de Huntington Park, había gente que festejaba con bocinas de carro y con gritos y con banderas mexicanas sacadas de donde fuera que estuvieran guardadas. La misma escena en partes de Chicago, de Houston, de San Antonio, de todas las ciudades donde había comunidades mexicanas grandes que esa noche habían estado con los ojos pegados a la pantalla.
Eso no aparece en las crónicas deportivas de la pelea. Los periodistas americanos que cubrieron el evento estaban en Las Vegas y escribieron sobre el boxeo. Pero lo que pasó en los barrios mexicanos de Estados Unidos esa noche fue algo que los periódicos americanos no cubrieron. y que México apenas alcanzó a ver desde la distancia.
Esa gente no festejaba los 12 rounds, ni la técnica de los golpes al cuerpo, ni las estadísticas del combate. Festejaba algo que se parecía más a una confirmación, a la demostración de que el mundo podía ser justo por una noche, de que un hombre de Culiacán podía entrar al corazón de Las Vegas y ganar en su idioma con su bandera sin pedir permiso.
Eso vale más que cualquier cinturón. La reacción del mundo del boxeo americano a la derrota de Taylor fue, como ya dijimos, dividida. Algunos reconocieron la victoria de Chávez sin calificativos. Otros encontraron en los dos segundos la excusa para no reconocerla del todo. El relato de que a Taylor le habían robado ganó terreno en los medios americanos con una velocidad que decía más sobre cómo esos medios querían ver el resultado que sobre lo que había pasado en el ring.
Emanuel Stewart, que era uno de los entrenadores más respetados del boxeo americano de esa época, dijo en una entrevista varios años después que la decisión de Steel había sido la correcta. que Taylor en ese momento no estaba en condiciones de protegerse y que parar la pelea era lo responsable. Stewart conocía el boxeo desde adentro y sus palabras tenían peso, pero el relato del robo ya estaba instalado y tenía una vida propia que los argumentos técnicos no podían desmontar completamente.
Eso también es parte de la historia. La manera en que la misma pelea puede ser vista de maneras completamente diferentes, dependiendo de quién la está viendo y qué quiere ver. Para el México que estaba en las gradas y el que estaba en los barrios de Los Ángeles, la victoria era limpia, era merecida, era el resultado de 12 rounds de trabajo honesto.
Para el establishment americano del boxeo siempre había una nota al pie, siempre había un asterisco que quitaba un poco de brillo. Chávez siguió ganando con y sin asteriscos. Siguió cruzando la frontera y ganando en Las Vegas y en Nueva York y en San Antonio. Siguió llenando arenas con público mexicano. Siguió respondiendo a los que ponían asteriscos con más victorias.
Y la pelea con Taylor siguió siendo la más recordada de su carrera. No la más técnica, ni la más dominante, la más recordada, porque tenía esos 2 segundos que concentraban todo lo que Chávez representaba para su generación. La pelea tuvo revancha. 5 años después, en septiembre de 1994, los dos se volvieron a ver. Las circunstancias habían cambiado para los dos.
Chávez había perdido su primera pelea profesional contra Frankie Randall en enero de ese año, aunque después se probó que Randal había dado positivo en doping y la victoria fue revertida. Taylor había tenido sus propios problemas con algunas derrotas que habían complicado el relato del gran campeón que los medios habían construido alrededor de él.
La revancha fue en Las Vegas también y fue diferente a la primera en muchos aspectos técnicos con los dos hombres en momentos distintos de sus carreras con motivaciones distintas. Chávez ganó por decisión, pero esa segunda pelea no tiene el peso de la primera. Las segundas peleas raramente tienen el peso de las primeras, cuando la primera fue lo que fue.
La historia ya estaba escrita y la segunda pelea fue un epílogo que confirmó lo que la primera había dicho, pero que no añadió nada esencialmente nuevo a la narrativa. La narrativa de la primera pelea era suficiente para toda una vida. Hay algo que los analistas del boxeo señalan cuando hablan de la pelea Chávez Taylor y que tiene que ver con la táctica de Chávez más que con el drama final.
Señalan que esa noche Chávez mostró algo que muy pocos peleadores de su generación podían mostrar, la capacidad de pelear una pelea que estaba perdiendo y seguir construyendo en lugar de desesperarse. Muchos peleadores que se ven atrás en los cartones en el sexto round empiezan a cambiar de plan de manera brusca.
Atacan más de lo que conviene, arriesgan más de lo que deberían, se exponen buscando el knockout con tanta urgencia que terminan recibiendo más daño del que habrían recibido si hubieran seguido con el plan original. Chávez no lo hizo. Siguió con el trabajo al cuerpo, siguió presionando con paciencia, siguió construyendo el daño acumulado round a round con la misma metodología que había traído desde el campamento de preparación.
Y cuando llegó el duodécimo round, el daño que había construido en Once Rounds fue el que hizo posible lo que pasó. Eso es lo que Ramón Félix le había enseñado, que el boxeo se gana con el plan, no con la improvisación. Que cuando el plan funciona, hay que confiar en él, aunque los cartones digan que no está funcionando, que el daño al cuerpo es real, aunque no aparezca en los puntos de los jueces.
Y Chávez confió. Esa confianza en un plan que los cartones contradecían es quizás la imagen más honesta de lo que fue Julio César Chávez como peleador, un hombre que sabía lo que estaba haciendo, aunque el mundo a su alrededor dijera que lo estaba haciendo mal. Un hombre que confió en su trabajo, aunque la evidencia visible dijera que iba perdiendo y el dúodécimo round le dio la razón.
Hay una última cosa sobre esta pelea que quiero contarle y que tiene que ver con Meldrick Taylor, porque la historia de esa noche tiene dos lados y el lado de Taylor merece respeto. Taylor peleó esa noche de una manera que objetivamente fue brillante durante on rounds y medio. Era más rápido que Chávez. Era más técnico en términos del jab y del movimiento.
Ganaba los rounds en los cartones porque estaba haciendo cosas que merecían ganar los rounds en los cartones. Lo que no pudo hacer, y esto hay que decirlo con claridad, fue sostener ese nivel durante los 12 rounds completos contra un hombre que llevaba 76 peleas, aprendiendo exactamente cómo desgastar a los rivales que eran más rápidos que él.
Taylor llegó al duodécimo round con el cuerpo comprometido de una manera que no era su culpa táctica, sino el resultado de on rounds de un mexicano golpeando el mismo lugar una y otra vez con paciencia de piedra. Después de esa pelea, la carrera de Taylor tuvo altas y bajas. Ganó algunos títulos más. Perdió también, tuvo problemas fuera del ring que complicaron su carrera.
Y hay quienes en el mundo del boxeo dicen que nunca fue del todo el mismo después de esa noche, que algo en el dúodécimo round de la pelea con Chávez dejó una marca que no fue solamente física. Eso puede ser cierto o puede ser una narrativa que la gente construye después para darle coherencia a una carrera que tuvo sus propios altibajos por razones que no tienen que ver todas con Chávez.
Las narrativas postwentación en el boxeo y hay que tener cuidado con ellas. Lo que sí es cierto es que Taylor fue un gran peleador esa noche, que mereció ganar en los cartones y que perdió de todas formas porque el hombre que tenía enfrente era una de las presencias más formidables que el boxeo mundial había producido en décadas.
Perder contra eso no es deshonra, es circunstancia. Usted y yo llevamos esta historia guardada desde hace 35 años. La cargamos en ese lugar donde uno guarda las cosas que le importan, aunque no pueda explicar del todo por qué le importan tanto. Los 2 segundos del duodécimo round, el rugido de las gradas, la imagen de Chávez con los brazos arriba y la bandera mexicana en algún lugar de las gradas agitándose.
es nuestro de usted y de mí y de todos los que esa noche estaban del lado mexicano de la historia y seguirá siendo nuestro aunque pasen otros 35 años. Si quieres seguir con estas historias, el video anterior que publicamos es el de Marco Antonio Barrera. El hombre que en 2001 hizo algo parecido a lo que Chávez hizo esa noche de 1990, entró a una arena en territorio extranjero con el mundo diciendo que no podía ganar y ganó.
Las historias se repiten porque los hombres que las protagonizan vienen del mismo lugar, del mismo código, de la misma manera de entender lo que se debe y lo que se puede. Se lo dejo en la pantalla. Pero antes de que se vaya, quiero contarle algo que quedó fuera de la historia de esa noche y que para mí es igual de importante que los 12 rounds.
Quiero contarle lo que era Meldrick Taylor antes de que existiera la pelea con Chávez, porque si uno no sabe quién era Taylor, no puede entender del todo el peso de lo que pasó en el Thomas and Max Center. Y si no puede entender el peso de lo que pasó, los 2 segundos son solo 2 segundos en lugar de lo que realmente son.
Meldrick Taylor creció en el norte de Philadelphia, un barrio donde en los años 70 y 80 la pobreza tenía una temperatura específica, una manera de estar presente en cada esquina, en cada casa, en cada decisión que tomaba una familia que trataba de salir adelante con lo que tenía. Taylor aprendió a boxear en el gym de Joe Fracier. Sí, el mismo Joe Fracier que venció a Mohamedad Ali.
Ese gimnasio era una institución en la comunidad negra de Philadelphia, un lugar donde chicos del barrio encontraban una estructura y una dirección que afuera del gimnasio no siempre existía. Taylor tenía algo especial que el entrenamiento de Freer pulió hasta convertirlo en una herramienta de precisión. Esa velocidad de manos que hemos mencionado varias veces no era solo velocidad bruta, era velocidad con dirección, con propósito, con la combinación técnica que hace que los golpes no solo lleguen rápido, sino que lleguen donde tienen que llegar y se
vayan antes de que el rival pueda responder. En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, 1984, ganó el oro con actuaciones que los especialistas en boxeo amaterbían como casi perfectas. peleó cinco combates en el torneo y en ninguno de los cinco dio al rival la oportunidad de hacerle daño real. Era el tipo de boxeador que los Jurados Olímpicos aman porque hace que el boxeo se vea limpio, técnico, casi coreografiado en su precisión.
Cuando se hizo profesional con Lu Duva como entrenador y Dan Duva como promotor, el equipo que lo rodeaba era de los mejores que existían en el boxeo americano de esa época. Los Duva conocían el negocio, sabían cómo construir una carrera, cómo elegir los rivales en el momento correcto, cómo preparar a un peleador para que cuando llegara la pelea grande llegara listo.
Taylor llegó listo a la mayoría de sus peleas importantes. Ganó su primer título mundial en 1988 con una actuación dominante. defendió el cinturón con autoridad y para 1990 tenía una reputación que los medios americanos habían construido con cuidado y que era genuinamente merecida. era uno de los mejores peleadores libra por libra del mundo activo en ese momento.
Todo eso es verdad y todo eso hace más grande lo que pasó el 17 de marzo de 1990, porque demuestra que Chávez no venció a un peleador de segunda, venció al mejor que el boxeo americano tenía disponible en esa categoría en ese momento. Hay otra cosa sobre Taylor que importa para entender la noche del Thomas and Max Center.
Taylor era conocido en el boxeo por su chin, ese término que los peleadores usan para describir la capacidad de aguantar golpes sin caer. A lo largo de toda su carrera Amateur y en sus años de profesional antes de la pelea con Chávez, Taylor había recibido golpes buenos y había aguantado. Había estado en situaciones difíciles en el ring y había salido adelante.
Su mandíbula era considerada una de sus fortalezas. Por eso la caída en el duodécimo round no fue una casualidad de una mala noche, fue el resultado de que Chávez encontró la manera de superar esa fortaleza específica de Taylor. La manera fue el trabajo al cuerpo. 12 rounds golpeando al cuerpo con una consistencia que ningún chin del mundo puede manejar indefinidamente.
El daño al cuerpo no lo absorbe la mandíbula, lo absorbe todo. los pulmones que trabajan con más dificultad para llenarse de aire, los músculos del torso que empiezan a protestar, las piernas que reciben señales del cuerpo de que hay algo mal y que tardan un poco más en responder.
Eso fue lo que pasó en el dúo décimo round. El chin de Taylor no era el problema. El problema era que el resto del cuerpo ya no podía sostener al Chin. Chávez sabía eso. Había peleado contra hombres con Chin durante 10 años y había aprendido cómo manejarlos. El camino hacia un hombre con chin no es a través del chin, es alrededor de él.
Eso también forma parte del legado técnico de esa pelea, que Chávez demostró una manera de resolver un problema que no tiene solución directa. El problema era que Taylor podía aguantar sus mejores golpes a la cabeza. La solución fue no atacar donde el rival era fuerte, sino donde era vulnerable. Y el cuerpo de cualquier peleador, sin importar que tan resistente sea su mandíbula, es vulnerable a 12 rounds de trabajo sistemático.
Ahora bien, hay una pregunta que usted seguramente se está haciendo desde hace un rato y que merece una respuesta directa. ¿Tenía razón Steel al parar la pelea? Mi respuesta, después de haber visto esa pelea muchas veces y de haber leído todo lo que se ha escrito sobre ella, es sí, Steel tenía razón. Taylor estaba de pie.
Taylor dijo que podía continuar. Taylor había aguantado el conteo. Todo eso es verdad, pero un árbitro de boxeo tiene la responsabilidad de proteger a los peleadores de ellos mismos. Un peleador que acaba de caer en el último round de una pelea de 12 rounds, con todo el daño acumulado de 11 rounds y medio, que tiene 2 segundos para demostrar que puede seguir, va a decir que puede seguir siempre, porque eso es lo que hacen los peleadores, porque el orgullo y la adrenalina y la incapacidad de rendirse son parte de lo que los hace
peleadores. Lo que Steel vio en los ojos de Taylor en ese momento fue algo que el propio Taylor no podía ver desde adentro. vio que el hombre que tenía enfrente ya no era el mismo que había empezado la pelea, que el daño que llevaba encima era suficiente para que los 2 segundos que faltaban para la campana pudieran ser peligrosos de una manera que no merecía el riesgo.
Steel tomó la decisión más difícil que puede tomar un árbitro, parar una pelea que el peleador que detiene quiere seguir y la tomó en menos de un segundo con 12,000 personas mirando y con las carreras de dos hombres dependiendo de lo que hiciera. Esa decisión ha sido cuestionada durante 35 años y va a seguir siendo cuestionada.
Eso es parte de lo que hace grande a la pelea, que no tiene una respuesta final y definitiva que cierre el debate, que cada generación que la descubre tiene que procesarla por sí misma y llegar a sus propias conclusiones. Lo que sí tiene una respuesta final y definitiva es quién ganó esa noche. Julio César Chávez ganó esa noche.
ganó con 76 peleas de paciencia acumulada, con 11 rounds de trabajo al cuerpo que nadie en las gradas y ningún juez en sus cartones estaba registrando de la manera que merecían ser registrados, con la convicción de que un plan que funciona en el campamento de preparación funciona también en el ring, aunque el primer round, el tercero, el sexto digan que no está funcionando.
y ganó con esos dos segundos que Las Vegas, la ciudad donde los mexicanos servían la comida y limpiaban los cuartos, vio explotar en una celebración que nadie había convocado, pero que estaba lista para explotar desde hace mucho tiempo. Esa es la historia de esa noche completa con sus dos lados, con sus argumentos técnicos y con sus implicaciones que van más allá del deporte.
Y si usted la lleva guardada desde 1990, como la llevo yo, espero que este video le haya dado algo más que la ya conocía, algo sobre lo que había antes de los 2 segundos, sobre lo que Taylor era y sobre lo que Chávez construyó durante Once Rounds para que esos 2 segundos fueran posibles. El video que publicamos antes de este es el de Marco Antonio Barrera, el hombre que aprendió de Chávez que Las Vegas podía ser territorio mexicano y que lo demostró él mismo 11 años después contra Naseme Hamed. Las historias se encadenan. Los
maestros y los que aprenden de los maestros y los que después enseñan lo que aprendieron. Así funciona el boxeo mexicano y así va a seguir funcionando. Se lo dejo en pantalla, pero todavía hay una parte de la historia de esa noche que no le conté, una parte que tiene que ver con lo que pasó antes de que los dos hombres entraran al ring con el campamento de preparación de Chávez y con lo que los que estuvieron ahí vieron que los que solamente vieron la pelea por televisión nunca pudieron ver.
Los campamentos de preparación de Chávez en esa época eran famosos entre los que trabajaban en el boxeo mexicano. Ramón Félix, que todavía vivía entonces y que seguía siendo el entrenador principal de Chávez, tenía una manera de preparar a sus peleadores que combinaba el trabajo físico más duro con algo que muy pocos entrenadores hacían de manera sistemática, el análisis del rival.
Para la pelea con Taylor, Félix y Chávez pasaron semanas estudiando las peleas anteriores del americano, no para admirarlas, que también eran admirables, sino para buscar lo que toda buena pelea tiene si uno sabe dónde mirar. las grietas, las pequeñas inconsistencias que un peleador tiene y que normalmente no importan, porque los rivales no tienen la paciencia ni el talento para explotarlas durante 12 rounds.
La grieta que Félix encontró en Taylor, la que definió el plan de preparación y de pelea, era una que el propio Taylor probablemente no era consciente de tener. Cuando Taylor recibía golpes al cuerpo en secuencia, su respuesta natural era bajar los codos para protegerse. Eso es automático en cualquier peleador.
El instinto de protección del cuerpo es más rápido que el pensamiento consciente. Lo que Félix notó era que Taylor tardaba un instante más de lo normal en restablecer la guardia alta después de bajar los codos. Un instante medido en fracciones de segundo que en el boxeo Amateur, donde los rounds son cortos y los rivales no tienen tiempo de explotar ese instante, no importaba.
Pero en 12 rounds de boxeo profesional contra un peleador que había hecho de los golpes al cuerpo su especialidad, ese instante se multiplicaba por cientos de repeticiones. El plan de Chávez para la pelea con Taylor fue en esencia ese golpear al cuerpo hasta que los codos de Taylor estuvieran tan comprometidos en proteger el torso que los instantes de guardia baja se volvieran más frecuentes y más largos.
y en esos instantes meter los golpes a la cabeza que cerraran el trabajo. Ese plan requería una paciencia que muy pocos peleadores tienen. Requería aceptar perder rounds en los cartones mientras el trabajo al cuerpo hacía su efecto invisible. Requería confiar en que el resultado del trabajo que se estaba haciendo llegaría aunque no fuera visible de inmediato.
Chávez tuvo esa paciencia. Félix se la había enseñado durante años de trabajo juntos y en el Thomas and Max Center con la presión de 18,000 personas y con los cartones diciendo que iba perdiendo, Chávez mantuvo el plan. Ese es el detalle técnico que más me gusta de esa pelea, cuando la veo con los ojos de alguien que entiende el boxeo.
No los dos segundos finales, aunque esos sean los que todo el mundo recuerda, sino los 11 rounds anteriores, donde Chávez ejecutó un plan que estaba perdiendo en los cartones, pero ganando en el cuerpo de Taylor. Eso requiere una inteligencia táctica que va mucho más allá del talento físico y requiere un entrenador que haya visto esa grieta antes de que existiera la pelea y haya construido 12 semanas de trabajo para explotarla.
Félix murió en 1990, el mismo año que esa pelea. Murió unos meses después de que Chávez ganara el cinturón de Taylor. No llegó a ver todas las consecuencias de lo que habían construido juntos durante 10 años. Pero lo que construyeron juntos estaba presente en cada golpe al cuerpo que Chávez metió esa noche en Las Vegas.
Hay algo que los grandes entrenadores hacen que va más allá de enseñar técnica. Enseñan a pensar, enseñan a ver una pelea antes de que empiece y a tener la disciplina de ejecutar el plan, aunque el resultado inmediato diga que el plan está fallando. Félix le enseñó eso a Chávez y Chávez lo usó esa noche de una manera que demostró que el aprendizaje había llegado hasta el fondo.
Cuando Félix murió, Chávez perdió algo que nunca recuperó del todo. Lo contamos en el video anterior dedicado a Chávez, pero vale la pena decirlo aquí también porque la pelea con Taylor fue en algunos aspectos la culminación del trabajo de Félix, el momento donde todo lo que le había enseñado se expresó de manera más perfecta y más completa.
noche en Las Vegas, cuando Steel paró la pelea y Chávez levantó los brazos, era también el resultado de 10 años de trabajo de un hombre de Culiacán y su entrenador que probablemente nunca imaginaron cuando empezaron en ese gimnasio maloliente que iban a terminar en el Thomas and Max Center de Las Vegas con 18,000 mexicanos rugiendo en las gradas.
Así funciona el boxeo cuando funciona bien, cuando los dos hombres que están en el ring tienen detrás de ellos años de trabajo honesto y personas que creyeron en ellos cuando no era obvio que había razón para creer. Chávez tenía eso. Taylor también lo tenía, hay que decirlo. Los dos llegaron a esa pelea con años de trabajo honesto detrás.
Los dos merecían la pelea que tuvieron y los dos merecen el respeto de quien la cuenta. Pero uno ganó y el otro perdió. Y el que ganó ganó porque tenía on rounds de trabajo al cuerpo que los cartones no habían visto y que el cuerpo de Taylor sí había sentido. Y porque cuando llegó el momento en el dúo décimo round, ese trabajo cobró lo que tenía que cobrar.
Eso no es suerte, eso es boxeo en su forma más pura. Usted que llegó hasta acá lo sabe. Lo lleva en el pecho desde 1990, aunque quizás no haya podido explicarlo con estas palabras hasta ahora. Lo que sintió esa noche cuando Steel levantó la mano de Chávez y las gradas del Thomas and Max Center rugieron era exactamente esto, la confirmación de que el trabajo honesto tiene recompensa, de que la paciencia de Once Rounds vale más que la velocidad de los primeros seis, de que un hombre de Culiacán con 76 peleas encima puede entrar al corazón de Las
Vegas y ganar, aunque los cartones digan que va perdiendo. Eso nos lo dio Chávez esa noche y se lo agradecemos desde entonces. Hay una última parte de esta historia que quiero contarle antes de cerrar, una parte que tiene que ver con el árbitro Richard Steel y con lo que le pasó después de esa noche.
Steel fue hasta la pelea Chávez Taylor uno de los árbitros más respetados del boxeo mundial. Había dirigido peleas grandes, había tomado decisiones difíciles y su reputación en el mundo del boxeo era la de un hombre que ponía la seguridad de los peleadores por encima de cualquier otra consideración.
Después de la pelea con Taylor, esa reputación sufrió un daño que tardó años en repararse. Los medios americanos, que habían construido el relato de Taylor como el gran campeón americano que iba a confirmar su grandeza esa noche, trataron la decisión de Steel como un error. Algunos lo hicieron con argumentos técnicos genuinos sobre si Taylor estaba en condiciones de continuar.
Otros lo hicieron con la urgencia de los que necesitaban una explicación para un resultado que no querían aceptar. Steel mantuvo su decisión en todo momento. En las entrevistas que dio en los días siguientes, en las que dio años después, siempre dijo lo mismo, que lo que vio en los ojos de Taylor en ese momento era suficiente para parar la pelea.
Que un árbitro tiene el deber de proteger a los peleadores incluso cuando los peleadores no quieren ser protegidos. que si hubiera dejado continuar la pelea y Taylor hubiera recibido más daño en esos 2 segundos, nadie habría recordado que Taylor iba ganando en los cartones. Habrían recordado que el árbitro no paró la pelea a tiempo.
Esa lógica es irrefutable. Y con el tiempo, a medida que los análisis de la pelea se fueron acumulando y que los que habían estado en el ring esa noche fueron hablando con más distancia de los hechos, el consenso fue virando hacia la posición de Steel. En 2007,17 años después de la pelea, la revista Ring Magazine, que es la publicación de boxeo más antigua de Estados Unidos, incluyó la pelea Chávez Taylor en su lista de las mejores peleas de la historia del boxeo moderno y en el análisis que acompañó la inclusión, la decisión de Steel fue presentada como
correcta. 17 años para que el mundo americano del boxeo llegara a esa conclusión. 17 años de discusión. que en México nunca existió porque en México la conclusión era clara desde la noche misma. Esa diferencia de perspectiva también es parte de la historia. Los que vieron la pelea desde las gradas del Thomas and Max Center, los que la vieron desde los bares del este de Los Ángeles, nunca tuvieron la menor duda sobre quién había ganado y por qué.
Chávez había ganado porque había construido la victoria durante on rounds de trabajo que los cartones no registraban, pero que el cuerpo de Taylor sí sentía. Que Steel parara la pelea antes de la campana fue la constatación de algo que ya estaba decidido desde varios rounds antes, aunque los cartones dijeran otra cosa para el mundo del boxeo americano.
En cambio, el proceso de llegar a esa misma conclusión requirió años de análisis y de distancia. requirió que el calor del momento se enfriara y que los argumentos técnicos pudieran separarse de las preferencias sobre el resultado. Eso no es un juicio sobre la honestidad intelectual de los periodistas americanos que cubrieron la pelea.
Es simplemente la descripción de cómo funciona la percepción cuando uno tiene un interés en el resultado. Los medios americanos tenían construida una narrativa sobre Taylor. la pelea destruyó esa narrativa. Y cuando las narrativas se destruyen, el instinto natural es buscar la explicación que las restaure o que al menos las complique lo suficiente para que la destrucción no sea tan.
Con los años esa explicación no se pudo sostener. Los hechos eran los hechos y los hechos decían que Chávez había ganado la pelea en el ring, no que Stile se la había regalado. Los hechos siempre terminan imponiéndose sobre las narrativas, en el boxeo y en todo lo demás. Es una de las pocas cosas en las que uno puede confiar de manera consistente.
Y esa es la última enseñanza de la noche del 17 de marzo de 1990 en el Thomas and Max Center de Las Vegas, que los hechos se imponen, que 12 rounds de trabajo honesto terminan imponiéndose sobre los cartones que dicen que vas perdiendo. Un hombre de Culiacán con 76 peleas encima y un plan construido por Ramón Félix puede entrar al corazón de Las Vegas y ganar aunque todo el mundo diga que no puede.
Y que 2 segundos antes de la campana final del dúodécimo round, el mundo del boxeo supo lo que la gente en las gradas del Thomas and Mac ya sabía desde varios rounds antes, que esa noche era de México. Ahora quiero hablarle de algo que ocurrió después de esa noche y que muy poca gente conecta con la pelea del Thomas and Max Center, pero que en mi opinión tiene una relación directa.
En los meses que siguieron a la victoria sobre Taylor, algo cambió en el mundo del boxeo americano en relación con Chávez. El cambio fue sutil, pero real. Los promotores que antes lo trataban como un producto regional, como el peleador mexicano que llenaba las arenas con su público, pero que no era de los que definían la conversación central del boxeo americano, empezaron a tratarlo diferente.
No fue un cambio de corazón, ni fue generosidad. Fue reconocimiento de un hecho económico que la pelea con Taylor había hecho imposible de ignorar. Chávez vendía no solo al público mexicano en Las Vegas, sino a las televisoras americanas que habían visto los ratings de la pelea con Taylor y que habían entendido que había un mercado que ellos no habían sabido ver.
La comunidad mexicana en Estados Unidos, que en 1990 era ya la minoría de crecimiento más rápido del país, era también una comunidad que veía boxeo con una intensidad que ningún análisis demográfico había cuantificado bien hasta ese momento. Y Chávez era la razón por la que esa comunidad pagaba por la televisión de pago, compraba boletos, llenaba las arenas.
HBO empezó a transmitir sus peleas con más regularidad después de Taylor. Bobarum, que era el promotor americano más importante de la época junto con Don King, volvió a acercarse a Chávez con una propuesta diferente a las anteriores. Esta vez la propuesta era mejor porque el poder de negociación de Chávez era mayor.
La victoria sobre Taylor no solo fue deportiva, fue también la demostración de que un boxeador mexicano que se negaba a americanizarse, que peleaba en español y ganaba en Las Vegas, podía ser un negocio tan grande o más grande que los campeones americanos que el establishment del boxeo había construido con cuidado durante años.
Eso cambió el boxeo mexicano de manera permanente, no de manera inmediata, no de un día para otro. Pero la semilla que plantó la victoria de Chávez sobre Taylor fue la que germinaría años después en la manera en que el boxeo mexicano se relaciona con el mercado americano, en la manera en que los promotores americanos buscan activamente a los peleadores mexicanos porque saben que vienen con su propio público en la manera en que Las Vegas, que en 1990 todavía trataba al público mexicano como un accidente bienvenido, construyó décadas después toda una
industria alrededor de ese público. Canelo Álvarez, que es hoy el boxeador más taquillero del mundo en Las Vegas, es en muchos sentidos el heredero de lo que Chávez demostró esa noche, que el público mexicano en Estados Unidos es un mercado real, leal, dispuesto a pagar por ver a uno de los suyos ganar.
Esa demostración la hizo Chávez en los años 80 y 90 y la pelea con Taylor fue el momento donde se hizo más visible y más imposible de ignorar. Chávez nunca habló de esto en esos términos. No era el tipo de hombre que articulaba su carrera en términos de mercado ni de impacto cultural.
Peleaba porque sabía pelear, ganaba porque había trabajado para ganar. Y si el resultado de ese trabajo era que Las Vegas tuviera que reconocer que el público mexicano existía, eso era consecuencia de lo que hacía en el ring, no estrategia calculada, eso lo hace todavía más extraordinario. El impacto que tuvo, lo tuvo sin buscarlo, lo tuvo siendo él mismo, con una consistencia que duró más de una década.
Y la noche del Thomas and Max Center fue donde ese impacto se cristalizó de la manera más clara y más definitiva. 18,000 personas, la mayoría mexicanas, en Las Vegas rugiendo por un hombre de Culiacán que había pasado Once rounds, golpeando al cuerpo de un americano que iba ganando en los cartones y que en el duodécimo round se cayó porque los on rounds de golpes al cuerpo habían hecho exactamente lo que tenían que hacer.
esa imagen, ese rugido, esas banderas mexicanas en Las Vegas, eso es lo que los 2 segundos del dúo round concentraban. Todo lo que los mexicanos en Estados Unidos llevaban años sin poder decir en voz alta, Chávez lo dijo en el ring esa anoche con la única herramienta que tenía y la única que necesitaba, sus manos.
Y el mundo del boxeo, que tardó 17 años en reconocer formalmente que la decisión de Steel había sido correcta, tardó mucho menos en reconocer algo más simple y más concreto, que Julio César Chávez había ganado esa pelea. Lo demás, los análisis y las perspectivas y lo que la victoria significó más allá del deporte es lo que hemos estado contando en este video.
la parte que los libros de historia del boxeo no siempre incluyen, porque los libros de historia del boxeo miden con cinturones y con récords. Pero los que estuvimos del lado mexicano de esa noche medimos con otras cosas, con el rugido de las gradas cuando Steel levantó la mano de Chávez, con los hombres que lloraban en los bares del este de Los Ángeles, con la imagen de las banderas mexicanas en el desierto de Nevada y con los dos segundos que llevan 35 años.
Siendo los dos segundos más importantes de la historia del boxeo mexicano moderno. Hay una cosa más que quiero decirle antes de cerrar y que tiene que ver con usted directamente. Si usted tiene más de 40 años y creció en México o en un hogar mexicano en Estados Unidos, esa noche de marzo de 1990 es parte de su historia personal, aunque quizás no la haya pensado en esos términos.
es parte de la historia de la gente que lo rodeaba cuando era joven, de las conversaciones que se tuvieron al día siguiente en la escuela, en el trabajo, en la familia, del orgullo que se sentía cuando alguien preguntaba por el boxeo y uno podía decir que Chávez había ganado de esa manera. Esos momentos forman parte de quiénes somos, de una manera que no siempre está articulada, pero que está ahí, en los recuerdos de dónde estábamos y con quién estábamos cuando pasó algo que importó en la manera en que el deporte se convierte en memoria compartida entre
personas que de otra manera no tendrían nada en común, excepto que esa noche estaban mirando la misma televisión con la misma esperanza. Chávez nos dio muchas de esas noches. La del Thomas and Mac Center fue la más grande, la que concentró todo lo que él era y todo lo que representaba en 2 segundos que el árbitro Richard Steel decidió antes de que sonara la campana.
Eso no se improvisa, eso se construye con 76 peleas de paciencia, con 11 rounds de trabajo al cuerpo que los cartones no ven, pero el cuerpo del rival siente, con la convicción de que el plan funciona, aunque el primer round, el tercero, el sexto digan que no está funcionando. Y con el amor de un país que llenó las gradas de Las Vegas y que esa noche por 2 segundos sintió que el mundo era justo, guárdela usted también.
Vale la pena guardarla. Y si quieres seguir con estas historias de los grandes del boxeo mexicano, el video de Marco Antonio Barrera lo tiene esperando. El hombre que 11 años después de esa noche en el Thomas and Mac Center fue al MGM Grand con el mundo diciéndole que iba a perder y les respondió de la misma manera que Chávez les respondió siempre con las manos y con la paciencia de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
Aunque los cartones digan otra cosa. La historia se repite porque los hombres que la protagonizan vienen del mismo lugar, del mismo código, de la misma certeza de que el trabajo honesto termina cobrando lo que tiene que cobrar. Se lo dejo en la pantalla. Una última cosa, el boxeo mexicano no produce lo que produce por accidente. Produce lo que produce porque hay una cadena que va de los gimnasios de barrio a las Arenas de Las Vegas.
Una cadena donde cada eslabón carga con lo que aprendió del anterior y lo transmite al siguiente. Félix le enseñó a Chávez. Chávez le enseñó a una generación de mexicanos que Las Vegas podía ser suya y esa generación le enseñó a la siguiente que el orgullo que se siente cuando uno de los suyos gana en territorio extranjero es uno de los orgullos que más duran y más valen.
Chávez fue el eslabón más visible de esa cadena en su tiempo. Esos 2 segundos del Thomas andan Mac son el momento donde esa cadena brilló más fuerte. Guárdelos bien, que son suyos. Así es el boxeo mexicano. Así fue siempre. Y esa noche del 17 de marzo de 1990 en Las Vegas es la prueba más clara que existe de que cuando un mexicano entra a un ring con 76 peleas de trabajo encima y un plan construido con honestidad y paciencia, los 2 segundos antes de la campana final pueden cambiar todo.
pueden cambiar el resultado de la pelea, pueden cambiar la manera en que un país se ve a sí mismo por una noche y pueden quedarse en la memoria de generaciones enteras que los llevan guardados como si fueran suyos. Porque son suyos. Son de todos los que estuvieron ahí y de todos los que llegaron después y aprendieron la historia y la hicieron parte de lo que son. Yeah.