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TRAICIÓN EN BARCELONA: Su TRISTEZA incurable ocultaba la PEOR de las MENTIRAS, un HIJO SECRETO que dejó a sus propios padres LLORANDO sin consuelo ALGUNO

TRAICIÓN EN BARCELONA: Su TRISTEZA incurable ocultaba la PEOR de las MENTIRAS, un HIJO SECRETO que dejó a sus propios padres LLORANDO sin consuelo ALGUNO

PARTE 1

El reloj de cuco de la cocina, un trasto espantoso que Paco había comprado en un mercadillo de las Glòries hace quince años y que sonaba como si a un pájaro lo estuvieran estrangulando, marcó las dos de la tarde. Carmen le dio la vuelta a la tortilla de patatas con la precisión de un cirujano cardiovascular y soltó un suspiro que hizo temblar la campana extractora. Era domingo en el barrio de Gràcia, en Barcelona. Por la ventana abierta se colaba el bullicio de los turistas, el tintineo de las copas de las terrazas cercanas y ese calor húmedo y pegajoso de finales de septiembre que te deja el pelo como un estropajo. Pero dentro de aquel piso de la calle Verdi, el clima era puramente siberiano.

—Paco, te juro por la memoria de mi madre que a esta niña le pasa algo —dijo Carmen, secándose las manos en el delantal de flores que ya pedía la jubilación a gritos.

Paco, atrincherado en la mesa del comedor detrás de las páginas salmón de La Vanguardia, emitió un gruñido inarticulado. Era su táctica de supervivencia número uno: si no la miraba, la tormenta pasaba de largo. Pero Carmen no era una llovizna; era un huracán de categoría cinco cuando se le metía una idea en la cabeza.

—¿Me estás escuchando, Francisco? —insistió ella, asomando la cabeza por la puerta de la cocina con la espumadera en la mano, empuñándola como si fuera la espada de Excalibur—. Que te digo que Laura está rara. Rara no, lo siguiente. Lleva meses, ¡qué digo meses!, años, arrastrando los pies como si llevara grilletes. Tiene una tristeza encima que no se la quita ni un viaje al Caribe con todos los gastos pagados.

Paco bajó el periódico lentamente, sabiendo que la paz dominical había llegado a su fin. Se ajustó las gafas de cerca, esas que siempre llevaba en la punta de la nariz y que le daban un aire de búho cansado.

—Mujer, la niña trabaja mucho. Está de contable en esa empresa de la Zona Franca, que se pasa el día mirando números en un ordenador. Eso deprime a cualquiera. Además, tiene treinta y cuatro años, a esa edad uno ya empieza a darse cuenta de que la vida no es un anuncio de compresas. Deja a la chiquilla en paz.

—¡Qué va a ser el trabajo! —exclamó Carmen, indignada, avanzando hacia el comedor y dejando un rastro de olor a cebolla frita—. Paco, que soy su madre. Yo la parí, yo sé cuándo mi hija tiene gases y cuándo tiene un disgusto. Y esto es un disgusto de los gordos. Es una tristeza… incurable. Tiene la mirada perdida, los ojos como si hubiera estado pelando cebollas desde el martes, y cada vez que le pregunto por qué suspira, me cambia de tema. El otro día la pillé mirando por la ventana de su antiguo cuarto, llorando a moco tendido, y cuando me vio, fingió que le había entrado polvo. ¡Polvo! En mi casa, que le paso el plumero hasta a los gotelé.

Paco suspiró y dobló el periódico. Sabía que cuando Carmen invocaba la limpieza de la casa, la cosa iba en serio.

—A ver, Carmela. ¿Tú qué crees que es? ¿Un novio? ¿La han dejado? Porque si algún desgraciado le ha hecho daño a mi niña, bajo ahora mismo, cojo el metro, me planto en su casa y le arranco la cabeza de cuajo. —Paco se envalentonó un poco, levantando la barbilla, aunque lo más peligroso que había hecho en los últimos diez años había sido discutir con el presidente de la comunidad por el arreglo del ascensor.

—No seas peliculero, Paco, que tú te ahogas subiendo la compra —replicó Carmen, sentándose en la silla de enfrente con pesadez—. No es un hombre. O bueno, igual sí, pero no de la manera normal. Es un secreto. Tiene un secreto escondido bajo llave. Y te digo otra cosa, hoy viene a comer. Y hoy, por mis santas narices, que me entero de qué le quita el sueño a mi hija.

A las dos y media en punto sonó el timbre. No fue un timbrazo largo y alegre, sino uno corto, débil, casi pidiendo perdón por sonar. Carmen corrió a la puerta, alisándose el delantal y componiendo una sonrisa forzada que parecía más una mueca de dolor.

Ahí estaba Laura. Llevaba una gabardina beige a pesar de que en la calle hacía temperatura para ir en manga corta, el pelo recogido en un moño deshecho y unas ojeras que le llegaban al código postal de al lado. Estaba más delgada, con las mejillas hundidas y una palidez que a Carmen le removió las entrañas.

—¡Hola, cariño! —exclamó Carmen, dándole un beso sonoro en cada mejilla que resonó en todo el rellano—. Pasa, pasa, que he hecho tortilla, de las que a ti te gustan, con la cebolla bien pochadita.

—Hola, mamá. Hola, papá —dijo Laura con un hilo de voz, dejando el bolso en el perchero como si pesara cien kilos. Se acercó a su padre y le dio un beso en la coronilla.

—¡Hombre, la alegría de la huerta! —bromeó Paco, intentando aligerar el ambiente, pero ganándose una mirada asesina de Carmen desde la cocina que lo petrificó en el sitio—. Siéntate, hija, que tu madre ha hecho comida para alimentar a un regimiento de infantería.

La comida fue un ejercicio de tensión digno de un thriller psicológico. Laura apenas pinchaba la tortilla, separando los trozos en el plato como si estuviera resolviendo un puzle. Carmen la observaba con ojos de halcón peregrino, analizando cada parpadeo, cada suspiro, mientras masticaba un trozo de pan de forma agresiva.

—¿Y el trabajo, hija? ¿Qué tal por la oficina? —preguntó Paco, rompiendo el silencio sepulcral que solo era interrumpido por el sonido de los cubiertos chocando contra la loza.

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