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El día que un periodista francés se burló de María Félix en París – Su respuesta dejó en SHOCK

Otoño en la ciudad de la luz. Las hojas doradas cubrían los boulevares. El río Sena reflejaba un cielo gris perla y en las cafeterías de Sain Germán després los intelectuales fumaban y discutían sobre existencialismo, sobre Sartre, sobre Camus, sobre el sentido de la vida después de dos guerras mundiales.

 Pero esa noche en el Ris nadie hablaba de filosofía. Esa noche toda la atención estaba puesta en una mujer mexicana de 40 años que había llegado a conquistar Europa sin pedir permiso y lo estaba logrando. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era María Félix en 1954 y porque su presencia en París era un fenómeno que la prensa europea no sabía cómo procesar.

 María había llegado a Europa dos años antes, no como turista, no como visitante, sino como conquistadora. Tenía 40 años. estaba en la cima absoluta de su belleza y de su poder. En México ya era leyenda viva, la mujer más famosa, más temida, más deseada del país. Había hecho más de 30 películas, se había casado con Jorge Negrete, el ídolo de México.

 Y cuando él murió en diciembre de 1953, María no se encerró a llorar como esperaba el mundo. Se vistió de negro, tomó un avión y se fue a París. Porque María Félix no huía del dolor, lo enfrentaba y lo enfrentaba con estilo. En París descubrió que Europa la adoraba. Los franceses, que creían haberlo visto todo en materia de belleza y elegancia, quedaron hipnotizados.

Christian Dior la vestía personalmente en su atelier de la Avenue Montaigne. Le diseñaba piezas exclusivas que no aparecían en ningún catálogo, vestidos que solo existían para el cuerpo de María. Jivenchi la invitaba a sus desfiles y la sentaba en primera fila al lado de Audrey Burn y los fotógrafos dejaban de fotografiar a Audrey para fotografiar a María.

 Jan Cookteau, el poeta más importante de Francia, la conoció en una cena y dijo esa frase que se volvería inmortal. María, esa mujer tan hermosa que hace daño. Cocteau no exageraba. María tenía algo que iba más allá de la belleza física. tenía una presencia que alteraba el aire de cualquier habitación. Cuando ella entraba, los hombres se callaban y las mujeres se enderezaban.

No era solo su rostro, era la forma en que caminaba, la forma en que miraba, la forma en que podía hacer sentir a cualquier persona que era la más importante del mundo o la más insignificante, dependiendo de su estado de ánimo. En esos meses en París, María había vivido su romance con Susan Baulé, conocida como Fred, la carismática dueña del cabaré más exclusivo de París.

 Vivía en el hotel Georché como si fuera su palacio personal. Compraba joyas en cartier que hoy se exhiben en museos. Se codeaba con la aristocracia francesa, con artistas, con escritores, con directores de cine. Jan Renoir, el legendario director hijo del pintor impresionista, la había contratado para French Can Kan, una película que se filmaría ese mismo año y que la convertiría en la primera actriz mexicana en protagonizar una superproducción europea.

 Pero no todo era admiración. Había un sector de la prensa francesa que no soportaba a María, un grupo de periodistas y críticos culturales que veían su éxito como una afrenta personal. ¿Cómo era posible que una actriz mexicana de un país que ellos consideraban inferior estuviera conquistando los salones más exclusivos de París? ¿Cómo era posible que Dior prefiriera vestirla a ella antes que a actrices francesas consagradas? ¿Cómo se atrevía esta mujer morena, de ojos oscuros de un pueblo llamado Álamos en un estado llamado Sonora, a sentarse

en las mismas mesas que la aristocracia europea, como si fuera una igual. El líder de este grupo era Philip Arnaud, un periodista cultural del diario Lefigaró, considerado el crítico más temido de Francia. Arnaud tenía 52 años, cabello canoso peinado hacia atrás, trajes impecables de Savilou y una pluma envenenada que había destruido carreras durante tres décadas.

Era conocido como Leboucher, el carnicero, por su capacidad de despedazar reputaciones en una sola columna. ministros, actores, directores de cine, pintores, todos temblaban cuando Arnaud los mencionaba en su columna semanal del viernes. Había destruido al menos una docena de carreras importantes con sus críticas demoledoras y disfrutaba cada una.

Arnaud odiaba a María Félix por razones que iban más allá de lo profesional. En septiembre de ese año había intentado conseguir una entrevista exclusiva con ella. le envió una nota al Georchub, educada, pero con ese tono condescendiente que los intelectuales franceses perfeccionan desde la cuna. Estimada señorita Félix, me encantaría conversar con usted sobre su fascinante transición del cine mexicano al europeo.

Estoy seguro de que nuestros lectores encontrarán iluminador conocer su perspectiva desde la periferia cultural. María leyó la nota. Se la pasó a Lupita, su fiel asistente, la mujer que la acompañaría hasta el final de sus días. ¿Sabes qué significa perspectiva desde la periferia cultural?, preguntó María mientras encendía un cigarrillo francés.

Lupita negó con la cabeza. Significa que este señor piensa que México es un pueblo de indios salvajes y que yo soy una curiosidad exótica, como un mono vestido de dior. Le responde. María exhaló el humo lentamente. No, si quiere conocerme, que venga a buscarme como todos los demás. Yo no voy a él, él viene a mí.

 Arnaud interpretó el silencio como una ofensa personal. Nadie le decía que no a Philip Arnaud. nadie. A partir de ese momento, comenzó una campaña sutil, pero constante contra María en su columna. Comentarios que parecían alagos, pero eran puñaladas disfrazadas. Escribía cosas como que era interesante ver como el exotismo latinoamericano fascinaba temporalmente a la alta sociedad parisina, sugiriendo que el interés en María era pasajero, una moda, un capricho.

 En otra columna mencionó que ciertos rostros del trópico resultaban novedosos en los salones europeos, pero que la verdadera elegancia era algo que se heredaba, no que se compraba en la Avenue Montaigne. María leía cada columna, Lupita se las traducía. Aunque María hablaba francés bastante bien, quería asegurarse de no perder ningún matizo.

María no respondía, no decía nada, solo guardaba cada recorte de periódico en un sobre que mantenía en el cajón de su tocador y sonreía. Esa sonrisa que Lupita conocía bien, la sonrisa que significaba que María estaba calculando algo, preparando algo, esperando el momento perfecto. El momento llegó el 14 de noviembre.

 El hotel Ris organizaba su gala anual de las artes, un evento que reunía a lo más electo de la cultura francesa y europea. Políticos, embajadores, artistas, directores de cine, escritores, diseñadores de moda, periodistas de primer nivel, 200 Invitados Quitos Selection Autos. Era el evento del año en París, la noche donde se decidían reputaciones, donde se cerraban negocios culturales, donde se forjaban alianzas y se destruían enemistades.

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