La otra mitad la fue gastando esa misma semana en lo que él llamaba, sin la menor ironía, compartirlo con los compadres. Cuando regresó a la Ciudad de México, llegó al aeropuerto con el cinturón de campeón mundial en una mano y con $ en la otra. Si crees que esa fue la peor noche de su vida con el dinero, todavía no has oído nada.
Lo que vino después fue una avalancha. En octubre de 1970 defiende el título en el mismo foro de Inglewood. Ahora contra otro mexicano que ya era leyenda en la Bondojito, Jesús Chucho Castillo. Habían crecido en barrios pegados. Se entrenaron juntos cuando eran muchachos, eran amigos. Esa noche Chucho Castillo le abre una herida en la ceja con un cabezazo. La sangre no para.
El árbitro detiene la pelea en el round 14. Rubén pierde el título, lo pierde con el orgullo más herido que el cuerpo. Llora en el vestidor, llora frente a las cámaras de telesistema mexicano y por primera vez la gente ve algo que no había visto nunca. Al púas vulnerable. 6 meses después, 2 abril de 1971, hay revancha.
Otra vez el foro de Inglewood, 45,000 personas. Los boletos vendidos en menos de un día. Esta vez Rubén no se sale del motel la noche anterior, esta vez entrena como nunca antes y le gana a Chucho Castillo por decisión unánime. Recupera el título de peso gallo, cobra $150,000. llega a México con el cinturón otra vez y otra vez llega sin dinero, pero esta vez ya tiene 24 años y empieza a hacer algo distinto. Empieza a comprar cosas.
Compra una casa en la colonia Vallejo para su madre, una casa de dos plantas con jardín al frente y patio atrás. La primera casa que su madre tendría con escrituras a su nombre, una casa que iba a ser para ella, la prueba de que el sacrificio había valido la pena. La primera vez que doña Concepción durmió en esa casa lloró toda la noche.
Rubén también compra autos, tres en un año. Un Cadilac negro que conducía sin licencia, un Ford Galaxy que regaló a un amigo, un Mustang convertible que estrelló contra un poste de luz en la avenida Insurgentes a las 4 de la mañana. Compra trajes de Roma hechos a medida. Compra zapatos de cuero italiano de los que solo había seis pares en todo México y sigue tomando cada vez más, cada vez en lugares más caros.
Para 1972, Rubén el Púas Olivares es el atleta mejor pagado de México, más que ningún futbolista, más que ningún beisbolista, más que cualquier otro boxeador. Cobra entre 100,000 y $300,000 por pelea. En 3 años acumula más de $600,000 limpios. Eso en México era una fortuna que pocas familias del país tenían junta, pero el dinero no se quedaba. nunca se quedaba.
Un hombre que no aprendió a guardar es un hombre al que cualquiera le puede meter la mano en la bolsa. Y al púas le metieron la mano hasta el fondo. Acuérdate de esta frase, vamos a volver a ella. En 1974 sube de categoría, pasa de peso gallo a peso pluma y en julio, en el mismo foro de Inglewood noquea al japonés Sensuke Utagawa.
se proclama campeón del mundo de peso pluma. Es la primera vez en la historia que un mexicano gana títulos mundiales en dos categorías distintas. La prensa lo compara con los grandes del boxeo internacional. La revista Ring lo pone entre los 10 mejores, libra por libra del mundo. Esa misma noche cobra $200,000, la cifra más alta de toda su carrera hasta ese momento.
Y esa misma noche, según contaría él mismo años después, en una entrevista que le hizo Ricardo Garibay novela Las glorias del gran púas, regresa al hotel a las 3 de la mañana, sube a su suite del piso 12 y encuentra algo en la habitación que lo hace bajar las escaleras corriendo, salir del hotel sin chamarra y meterse a la cantina más cercana a tomar tequila hasta que sale el sol.
Lo que encontró en esa habitación se lo guardó 50 años. Nunca lo dijo en televisión. Lo mencionó una sola vez a Gary Bay en una grabación que el escritor nunca publicó completa. Vamos a volver a esa madrugada. Vamos a saber qué encontró el PUAS en la suite del hotel. Pero primero hay algo más urgente que tienes que entender.
Para 1975, el PUAS tiene 28 años, lleva 10 años como profesional, ha cobrado más de illón en sueldos. Tiene dos casas, tiene cuatro autos, tiene un terreno en Tepeji del Río, en el estado de Hidalgo, donde dice que quiere construir un rancho con caballos finos. Tiene dos cuentas bancarias. Está casado. A a a tiene una hija pequeña.
Y en 1975, en una pelea contra el ganés David Cotei, pierde el título mundial pluma. 15 rounds. Decisión dividida. Una pelea que vio toda Latinoamérica. Pierde por primera vez un cinturón en el foro de Inglewood, el mismo lugar donde había sido coronado 6 años antes. Y empieza la primera caída, la caída lenta, la que casi nadie nota.
Las peleas se vuelven más espaciadas, cuatro al año en lugar de ocho. Las bolsas siguen siendo grandes, pero Rubén ya no entrena igual. Llega tarde al gimnasio. Algunas mañanas no llega. El cullo le grita. Rubén le dice que no se preocupe, que él sabe pegar, que no necesita tantos kilómetros corriendo en el bosque de Chapultepec.
Y entonces pasa algo que nadie en la prensa cubrió en su momento, algo que solo se supo años después, cuando un periodista de El Universal revisó los archivos del Registro Público de la Propiedad del Distrito Federal, la Casa de Vallejo, esa que el Púas le había comprado a su madre en 1971. En 1977 dejó de estar a nombre de doña Concepción Olivares, ya no era de la madre. Aquí es donde todo cambia.
En 1977, Rubén Olivares firmó una hipoteca sobre la casa de su madre. La firmó él mismo. La firmó borracho, según testigos del notario. La firmó un viernes a las 4 de la tarde sin avisar a su madre y la firmó por una cantidad que nunca cuadró con lo que recibió en efectivo. $0,000 de la época, equivalentes hoy a más de 400,000.
¿Para qué necesitaba el PUA $0,000 en 1977 cuando todavía cobraba 100,000 por cada pelea? Para nada que se pudiera contar en una entrevista. Para una deuda de juego con un casino de Las Vegas, según una versión, para pagarle a un cuñado que lo había metido en una sociedad fantasma según otra, para tapar un préstamo que un compadre del barrio había sacado a su nombre, según una tercera.
Las tres versiones tienen algo en común. Ninguna involucra al Púas como autor solitario. En las tres aparece otro nombre, un nombre cercano, un nombre que el PUAS no quiso pronunciar nunca en público. La hipoteca venció en 1982. Para entonces, el PUAS ya había perdido tres títulos mundiales y había ganado uno nuevo.
Para entonces ya había gastado más dinero del que un hombre normal podría imaginar. Para entonces ya bebía todos los días desde que se levantaba hasta que se acostaba y para entonces no tenía cómo pagar. 1982 junio. La casa de Vallejo se subasta en el Juzgado Sexto Civil de la Ciudad de México. Doña Concepción Olivares, la madre del Púas, una señora de 63 años con la presión alta y la diabetes empezando.
Recibe la notificación un martes por la mañana cuando estaba regando las plantas del jardín al frente. La notificación dice que tiene 30 días para desocupar el inmueble. La señora se sienta en el escalón de la entrada, suelta la regadera y se queda viendo el jardín que ella misma había sembrado, sin entender qué estaba pasando, llamó a Rubén.
Rubén estaba en Acapulco, en el hotel Las hamacas, con una mujer que no era su esposa. No le contestó. Le contestó una semana después. Ya borracho, ya gastado, sin un solo dólar para tapar la subasta. Su madre durmió en casa de una hermana esa noche y todas las noches de los próximos 7 años hasta que murió en 1989 sin haber vuelto a poner un pie en la casa que su hijo, el campeón del mundo, le había regalado 18 años antes.
Aquí es donde el cinturón de la lagunilla deja de ser un cinturón. Esto es lo que nadie cuenta. Esto es lo que ni Milenio, ni la Razón, ni la jornada se atrevieron a poner en sus reportajes de 2017, cuando el PA se sentó por primera vez en aquella mesa de plástico del tianguis de la Lagunilla a vender su cinturón mundial por millón de dólares.
El Púas no vende ese cinturón porque tenga deudas con el banco. Esa es la versión oficial. Esa es la versión que él mismo da cuando le ponen el micrófono en la cara, pero esa versión es una mentira que tiene 40 años. El púas vende el cinturón porque no se ha podido perdonarlo de la casa de su madre. La gente que lo conoce de cerca lo sabe.
Sus dos sobrinos lo saben. La señora que vende quesadillas en el puesto de junto, que lo conoce desde hace 8 años, lo sabe. El púas vende el cinturón en el lugar más sucio de la ciudad de México porque cree con la fe seca y vieja de los hombres del barrio, que mientras siga ahí sentado en esa mesa de plástico, expuesto al sol y al polvo, aguantando que la gente lo señale, mientras siga ahí, todavía está pagando.
¿Pagando qué? Pagando la cara de su madre cuando le notificaron que tenía que desocupar la casa. Pagando los 7 años en que doña Concepción durmió en cama prestada, pagando la madrugada en que ella murió en marzo de 1989. Y Rubén llegó al velorio 2 horas tarde con la camisa salida del pantalón oliendo a tequila barato.
El cinturón no está a la venta. No, de verdad, el millón de dólares es una cifra inventada para que nadie lo compre. El PUAS necesita que ese cinturón esté ahí. expuesto a la vista de los curiosos, semana tras semana, necesita verlo en la mesa, necesita que la gente le pregunte cuánto vale y poder contestar con esa cifra absurda, porque cada vez que alguien le pregunta, él recuerda y mientras recuerda sigue pagando.
Eso es lo verdaderamente oscuro. Eso es lo que la prensa no dijo. Ya sabes por qué el púas vende el cinturón. Ahora viene la pregunta más incómoda. ¿Quién lo metió en esa hipoteca? Porque Rubén Olivares no firmó solo aquel viernes a las 4 de la tarde de 1977. En esa notaría del centro había otra persona, una persona cercana, una persona que el puas defendió durante 40 años, aunque le destruyera la vida.
Una persona cuyo nombre el púas todavía hoy se niega a pronunciar en público, aunque ya hayan pasado cuatro décadas y aunque ya estén casi todos muertos. Imagina por un momento que esa persona fuera alguien de tu propia familia. Imagina firmar borracho un papel que pone en juego la casa de tu madre sin entender lo que estás firmando.
Mientras alguien que conoces desde antes de ser campeón del mundo te dicta qué línea poner la rúbrica. Esa persona estuvo en cada fotografía, estuvo en cada celebración. Estuvo en cada portada de revista, estuvo en los cumpleaños de la hija del Púas. Estuvo en el funeral de doña Concepción en 1989, parada al lado del púas con el saco oscuro y la cara seria agarrándole el hombro mientras Rubén lloraba.
Esa persona todavía está viva. Todavía vive en la Ciudad de México y todavía cobra una pensión mensual que el Consejo Mundial de Boxeo le entrega como cortesía. Su nombre va a aparecer en un momento, pero antes hay algo que tienes que entender sobre cómo se construyó esa traición, porque no fue de un día para el otro.
Fue una operación que tardó 15 años, que involucró tres países y que el PUAS firmó él mismo una y otra vez, sin entender qué estaba firmando. Hay un documento, una sola hoja doblada en cuatro, que el púas guarda hoy en una caja de zapatos en el cuarto donde duerme en la colonia Doctores. una hoja que él mismo le mostró a un periodista en 2015.
Le pidió que no la fotografiara y se la volvió a guardar. En esa hoja están los nombres, los tres nombres y la firma de Rubén Olivares, Ávila, al pie. Vamos a volver a esa hoja. Vamos a saber qué dice. Pero primero hay que entender cómo el puas pasó de ser el mejor peso gallo de la historia al hombre que firmaba borracho papeles que ni él mismo leía.
Para entender cómo el Púas terminó firmando esa hoja con tres nombres en 1977, hay que regresar 5 años antes, a la cima absoluta de su carrera, al momento en que ganaba más dinero que cualquier otro mexicano en cualquier deporte, al momento en que el dinero entraba por una puerta y salía por la otra antes de que nadie pudiera contarlo. 72. Rubén Olivares tiene 25 años.
Es campeón del mundo de peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo y de la Asociación Mundial de Boxeo. Es el primer mexicano en unificar los dos cinturones en su categoría. La revista Ring lo coloca como el número uno libra por libra del planeta. Lo entrevista Howard Cossell para la cadena ABC en horario estelar de los Estados Unidos.
Aparece en la portada de Sports Illustrated, la revista Time lo menciona en un artículo sobre la nueva clase media latinoamericana. Frank Sinatra le manda una botella de whisky escocés a su camerino del Madison Square Garden con una nota a mano para el muchacho que pega como Joe Leis. Frank, el puas no sabe quién es Frank Sinatra. le pregunta al cuyo.
El cuyo le explica. El púa se ríe. Se toma la botella esa misma noche antes de la pelea y aún así noquea a su rival en el round 3. Esto que voy a contarte ahora es lo que hace que el púa sea distinto a todos los grandes que vinieron después y también es lo que lo destruyó. El púas ganaba peleas borracho. Eso no es leyenda urbana, eso está documentado por sus propios entrenadores, por reporteros que lo cubrieron en vivo, por compañeros de gimnasio que lo veían llegar oliendo a tequila al pesaje oficial.
En diciembre de 1970 y dos pelea contra el filipino Rafael Herrera en el foro de Inglewood. La noche anterior, según reportaje del semanario Box y lucha, el Púas estuvo hasta las 5 de la mañana en una cantina de la calle Olvera con tres mujeres y dos amigos del barrio. Llegó al pesaje con 2 kg arriba del límite.
El cuyo lo llevó al gimnasio del hotel y lo metió a una sauna durante hora y media bajó los 2 kg en agua. subió al ring esa noche. Perdió por knockout técnico en el round 8o. Fue su segunda derrota como profesional, pero la siguiente pelea en marzo de 1973 contra el mismo Rafael Herrera la ganó por knockout en el round 12.
¿Cómo entrenó? Por primera vez en años. entrenó en serio durante seis semanas sin tocar el alcohol, sin salir de noche, encerrado en un rancho que había rentado en Cuernavaca, y volvió al ring siendo otra vez el monstruo que era. El problema es que cada vez que entrenaba ganaba y cada vez que ganaba salía a celebrar y cada vez que salía a celebrar gastaba en una sola noche lo que un obrero ganaba en 5 años.
Y cada vez que gastaba había alguien al lado, un amigo, un primo, un compadre que decía, “Oye, Púas, déjame cuidarte la cartera. Yo te la guardo, tú no te preocupes.” El Púas se la entregaba. Esto fue exactamente lo que pasó con la hoja de los tres nombres, solo que en escala de 100, a finales de 1973, conoce a una persona que va a marcar el siguiente capítulo de su vida.
No la voy a nombrar todavía porque su nombre completo aparece en la hoja que el puas guarda en la caja de zapatos. Voy a llamarla por la inicial. Le diremos M. M. Era un señor del barrio, 5 años mayor que el Púas. Lo conocía desde que Rubén tenía 11 años. Había crecido en la misma cuadra.
Habían jugado fútbol juntos en la plaza Cuatro Estaciones de la Bondojito. M. Nunca fue boxeador. M. Trabajaba en una agencia de aduanas en el centro importando y exportando mercancía. M. Tenía una camioneta Ford, un departamento en la colonia Roma y un traje gris cruzado que se ponía los domingos. Dosos. Para los muchachos de la abondito. M. Era un señor exitoso. M.
Se acerca al púas en una boda en 1973. le dice que él lo puede ayudar, que él sabe de números, que él tiene contactos en bancos, que un campeón del mundo no puede andar cargando los cheques en la bolsa del saco, que un campeón del mundo necesita asesoría financiera, que un campeón del mundo necesita inversiones.
El PUAS lo escucha, le pregunta qué tipo de inversiones. M. le habla de propiedades, de terrenos, de un negocio de exportación de artesanía mexicana a Texas. Le dice que con $100,000 se podía hacer una sociedad en la que el PUAS no tuviera que mover un dedo, que solo tenía que firmar y cobrar utilidades cada 6 meses.
El PUAS le dice que sí y desde esa noche M cerca. En cada pelea, en cada cobro, en cada conferencia de prensa, Maga PUAS, M revisa los contratos, M negocia con los promotores, M firma a su nombre cuando el PUAS está borracho. Y el PUAS durante años no se da cuenta de nada porque las cosas parecen funcionar.
El dinero sigue entrando, los cheques siguen llegando, las cuentas bancarias parecen tener saldo. Lo que el PUAS no sabe es que M tenía dos socios y juntos, los tres, hicieron lo que en términos legales se llamaría desvío de fondos, pero que en términos de barrio se llama de una manera mucho más sencilla. Lo robaron centavo por centavo durante 15 años seguidos, en 1974.
El PAS vuelve al ring para la pelea más importante de su carrera hasta ese momento. Pelea contra el nicaragüense Alexis Argüello. Un peleador alto, técnico, de pegada precisa que venía de noquear a casi todos sus rivales recientes. La pelea es el 23 de noviembre, otra vez en el foro de Inglewood.
El Puas llega a Los Ángeles tres semanas antes. Esta vez sí entrena. M lo acompaña. M controla las salidas del gimnasio, los menús del hotel, los gastos diarios. El púas confía en él, el cuyo no. El cuyo le dice una y otra vez al puas que ese señor no le gusta, que tiene los ojos de quien anda contando billetes ajenos. El pua se ríe.
Le dice al cuyo que está paranoico, que M es de los suyos, que M lo conoce desde antes de que ningún reportero supiera quién era el Puas. La pelea contra Argüello dura 13 rounds. 13 rounds de una guerra que la HBO retransmitió cinco veces ese año. El púas domina los primeros 10, Argüello aguanta. Y en el round 13, cuando el púa suelta una derecha que parecía la definitiva, Arguello lo conecta con un gancho de izquierda en la 100 que lo manda a la lona seca.
Cuenta de 10 sin levantarse. Esa noche el Púas pierde el campeonato del mundo de peso pluma. Cobra $10,000. Sale del foro de Inglewood en una limusina blanca. M va al lado. Atrás van dos amigos del barrio y dos mujeres que el promotor había contratado para la fiesta posterior. La limusina los lleva al hotel Beverly Hills.
El pua se baja con el cinturón perdido en una mano y con un sobre amarillo en la otra. Adentro del sobre están los $0,000 en cheque. A la mañana siguiente, cuando el puas se despierta, el sobreamarillo ya no está sobre la mesa de noche. M. Le dice que él lo guardó en la caja fuerte del hotel. El PUAS le agradece. 5 días después, ya de regreso en México, Emele entrega un comprobante de depósito por $5,000 en una cuenta del Banco de Comercio.
El PUAS le pregunta qué pasó con los otros 125,000. Em le explica que se fueron en gastos del viaje, en honorarios del promotor, en impuestos, en una inversión en un terreno de Tepeji del río que ya estaba lista. El Púas le dice que está bien, no revisa los papeles, no le pregunta nada al cullo, va al bar León en la calle de Brasil y se toma seis tequilas con limón.
Esa noche, según contó él mismo a Garibe, fue cuando empezó a sospechar. Pero todavía no había hecho la cuenta. La cuenta la iba a hacer 13 años después, en 1987, cuando estaba al borde del retiro y sin un centavo en el bolsillo. Y cuando la hizo, descubrió algo que casi lo mata. Pero antes, hay que entender lo que pasó entre 1975 y 1982. Los 7 años de la espiral. Asisinto.
Los 7 años en que el PUAS pasa de ser el rey absoluto del boxeo mundial al hombre que firmaba hipotecas borracho. 1975 pierde el título mundial pluma contra David Cottey en una decisión polémica. Llora en el vestidor. Se va de fiesta tres semanas seguidas en Acapulco. Gasta $90,000 en hoteles, comida, alcohol y mujeres.
Ese mismo año estrella un cadilac contra un poste en avenida Reforma a las 5 de la mañana. La policía lo detiene. M. Aparece a la media hora con un fajo de billetes y resuelve el problema. 1976. Pelea cuatro veces. Gana las cuatro. cobra $320,000 en total. M le entrega 210,000. Le explica que el resto se fue en una sociedad de exportación de artesanías a San Antonio, Texas.
El Púas no pregunta más. 1977. El año en que firma la hipoteca de la casa de su madre. Cobra $200,000 por dos peleas. Recibe 140, los otros 60 según los papeles que M. le presenta. Se fueron en pagar una deuda que el PUAS había acumulado en un casino de Las Vegas en 1975. La deuda nunca existió. M. La inventó. El PUAS firmó la hipoteca de la casa para tapar una deuda que él no tenía.
1978 recupera el título mundial pluma contra el ganés David Cotei en la revancha. Cobra $350,000. recibe 200. Em le explica que 100,000 se fueron en pagar al promotor estadounidense que había roto un contrato con el PAS en una pelea que nunca se hizo. La pelea sí se había cancelado, pero el promotor nunca había pedido nada. El dinero se quedó con M.
Y con sus dos socios. 1979. Pierde el título mundial otra vez. Ahora contra Eusebio Pedrosa. Cobra $200,000. recibe 80. ML explica que ese año hubo problemas con Hacienda y que tuvieron que pagar impuestos atrasados. No había impuestos atrasados. No. 1980. Pelea tres veces, cobra $10,000. Recibe 40.
Empieza a sospechar de verdad. Le pregunta al cuyo. El cuyo le dice que él lleva años diciéndole que ese señor no es de fiar. El puas se enoja. le grita al cuyo salen mal y al mes siguiente el cuyo deja de ser su entrenador después de 15 años juntos, después de cuatro títulos mundiales, después de 100 peleas, el cuyo Hernández y el Puas se separan en un pleito que ninguno de los dos quiso explicar nunca en público.
Lo que sí explicó el cuyo en una entrevista que dio a Excelsior en 1992, dos años antes de morir, fue lo siguiente. Y son palabras suyas, no mías. A Rubén lo robaron como roban a los niños. Le metían la mano en la bolsa y él pensaba que era cariño. Yo se lo dije mil veces. Mil veces se lo dije y mil veces me contestó lo mismo. Cuyo, ese es de los míos, pues ese de los suyos lo dejó sin un peso.
Y yo no pude hacer nada porque cuando un hombre se enamora de quien le roba, no hay manager que valga. El cuyo lo vio venir desde el primer día. El puas no quiso oír y cuando finalmente quiso oír, ya era tarde. 1982. La casa de su madre se subasta. Doña Concepción se va a vivir con una hermana en la colonia Doctores.
El Puas pelea esa misma semana en la Arena México y gana por knockout en el round 4. Cobra $80,000. La cantidad más baja en una pelea profesional desde 1969. Em le entrega 40,000. Le explica que el resto se fue en gastos. Esa noche el púa se emborracha en el bar León, toma 10 tequilas, llora, llama por teléfono a su madre desde una cabina de la calle Brasil, le pide perdón.
Doña Concepción le contesta lo único que le va a contestar el resto de su vida cada vez que el puas le pida perdón por la casa. No te preocupes, mijo, yo aquí estoy bien. El pua se sienta en la banqueta de la calle Brasil a las 2 de la mañana llorando con el teléfono colgado y un tequila en la mano. Pasa una patrulla. Los policías lo reconocen.
Se bajan, le piden un autógrafo. El púas firma una servilleta. Los policías se van. Él se queda sentado en la banqueta hasta que sale el sol. Esa fue la primera vez. Según contaría años después, que pensó en serio en matarse, hubo una segunda vez, esa fue peor y esa también va a aparecer en este video. 1983, sube de categoría, va al peso super pluma, pelea contra el dominicano Argelio Manchín, lo noquea en el round 7, cobra $10,000, recibe 60.
Em le explica qué parte se fue en una nueva inversión. esta vez en un edificio de departamentos en la colonia Nápoles que iba a generar rentas mensuales. El edificio nunca existió. 1984, peleas espaciadas. Cinco al año. La gente del barrio empieza a notar que el púas anda solo, sin cuullo, sin entrenador serio, llegando tarde a los gimnasios oliendo a alcohol antes del entrenamiento.
La prensa empieza a llamarlo de una manera nueva. Lo llaman el viejo púas. tiene 30 y 7 años. Ese mismo año, el Puas hace su primera película. Se llama Las glorias del gran Púas. La produce Mario Almada. Está basada en una novela autobiográfica que le escribió Ricardo Garibay después de entrevistarlo durante 6 meses. El púas se hace pasar por sí mismo.
La actriz principal es Sasha Montenegro. La película se estrena en el cine latino. Es un éxito de taquilla en todo el norte de México. El PUAS firma un contrato por $,000 de adelanto y un porcentaje de regalías. Las regalías de esa película son las que todavía hoy, 40 años después, le siguen llegando cada mes a su domicilio.
2 $,000 pesos mensuales, $67 al cambio actual. Ese sobre que llega a cada 15 del mes a su buzón es la última prueba de que el puas alguna vez ganó dinero. Lo abre con cuidado, lo guarda en una libreta y vive con eso. 1987, el Púas tiene 40 años. Está casado por segunda vez, tiene dos hijos pequeños. Vive en un departamento rentado en la colonia Doctores. 9 E.
Su madre murió hace 2 años, en 1989. Según ya te conté, la pelea anterior se la pagaron con un cheque rebotó. Lleva 3 meses sin entrenar. Y un domingo por la noche, sentado en la cocina del departamento con su segunda esposa dormida en la habitación, decide hacer una cosa que no había hecho nunca en su vida. Saca papel y lápiz.
Pone sobre la mesa todos los recibos, todos los contratos, todos los comprobantes de depósito que tiene guardados en una caja de zapatos desde hace 20 años y empieza a sumar. Suma lo que cobró, suma lo que recibió. Resta. La diferencia debería ser pequeña. Gastos del viaje, comisiones del promotor, impuestos, lo razonable.
Pero cuando termina de sumar, a las 3 de la mañana con seis tequilas adentro y los lentes de leer torcidos, descubre algo que no podía creer. Había cobrado en su carrera $2,200,000 en sueldos. Eso es lo que decían los contratos. Eso es lo que él había firmado al recibir. Había recibido en sus cuentas, en su mano, en cheques cobrados $620,000.
La diferencia era de 1,580,000. $,580,000. Esa noche, según contaría años después al periodista Beto Méndez en una grabación que sigue inédita, el púa se levantó de la mesa, fue al baño, vomitó dos veces, se enjuagó la boca, regresó a la cocina, juntó todos los papeles, los metió en una bolsa de plástico negra y se fue a la calle a las 4 de la mañana caminando.
Caminó 3 km hasta el departamento de M en la colonia Roma. Tocó la puerta. M le abrió en bata. Em lo vio con los ojos rojos y la bolsa de plástico y supo lo que pasaba. Lo que el PAS le dijo a Emrada solo lo saben dos personas, el propio Púas y la hija mayor de M, que tenía 14 años y que escuchó toda la conversación desde el cuarto de al lado.
La hoja doblada en cuatro, la que el púas guarda en la caja de zapatos en su cuarto de la colonia Doctores, tiene tres nombres y una firma. El primer nombre es el de Mauricio Tellez Soriano. Le decían m en la Bondojito. Era el contador improvisado que se acercó al púas en 1973 y que se quedó pegado a su vida hasta 1987. Murió en 2008 en su casa de la colonia Roma de un infarto con los archivos del púas todavía guardados en una caja en su closet.
Cuando su hija mayor abrió esa caja después del funeral, encontró cheques sin cobrar, contratos modificados, papeles con la firma del puas en hojas que el puas nunca había visto. Llamó al puas, le dijo lo que había encontrado. El puas le pidió que quemara todo. Ella obedeció, menos una hoja. la hoja que guardó y que años después le entregó al Púas en un sobre cerrado.

El segundo nombre es el de Eulalio Téz Soriano, hermano menor de Mauricio. Había sido socio en la agencia de aduanas. Se encargaba de los traslados de dinero entre México y los Estados Unidos en los años 70. Cuando el PUAS cobraba en Los Ángeles, Eulalio era el que llevaba el efectivo a México. Murió en 1996. en un accidente automovilístico en la carretera a Pachuca.
Nunca le pagó al Púas un solo dólar de lo que le debía. El tercer nombre, el más doloroso, no es de los hermanos Telles, es de un familiar directo del Púas, un cuñado, el esposo de la hermana mayor de Rubén, Margarita Olivares. Su nombre completo es Roberto Sandoval Cárdenas. Era empleado del Banco Nacional de México en los años 70.
Era el que tenía acceso a las cuentas del Púas. Era el que firmaba los retiros a nombre de Rubén con poderes notariales que le habían sido entregados borracho. En una notaría del centro, sin lectura previa. Roberto Sandoval Cárdenas todavía vive. Tiene 82 años. Vive en una casa en la colonia Ansures, en la ciudad de México. Recibe una pensión del Banco Nacional y nunca, nunca jamás en 40 años ha tenido que dar explicaciones a nadie sobre lo que pasó con el dinero de su cuñado, el campeón del mundo.
La firma al pie de la hoja en tinta azul corrida es la de Rubén Olivares Ávila, fechada el 12 de noviembre de 1977. La hoja es un documento de poder amplio, irrevocable, que le entregaba a Roberto Sandoval Cárdenas el control absoluto de todas las cuentas bancarias del PUAS, sus inversiones, sus propiedades y los cobros futuros de sus peleas.
Esa hoja la firmó el Púas en una notaría de la calle Madero un viernes a las 4 de la tarde. Estaba borracho. Roberto le dictó dónde poner la firma. Mauricio Téz sostenía la pluma. El notario firmó sin hacer preguntas porque el notario era primo de los hermanos Telles. Esa misma tarde, antes de que el PUA saliera de la notaría, ya le habían vaciado dos cuentas bancarias y habían iniciado los trámites de la hipoteca de la Casa de Vallejo.
Esto es lo que el Púas no le contó a la prensa nunca, ni siquiera a su propia esposa, ni siquiera a su hija. Esto es lo que le quema por dentro cada vez que se sienta en la mesa de plástico de la lagunilla a vender el cinturón mundial por un millón de dólares. La pregunta inevitable es, ¿por qué el PAS nunca lo denunció? ¿Por qué nunca metió a Roberto a la cárcel? ¿Por qué nunca demandó a los hermanos Telles? ¿Por qué dejó que se quedaran con el dinero, con las propiedades, con los cobros futuros, con todo? La respuesta tiene dos capas.
La primera capa es práctica. El PUAS firmó él mismo todos esos papeles. La firma es válida. El poder notarial es válido. Cualquier juez en México lo habría tirado del juzgado en 5 minutos. Lo confirma un abogado al que el PUAS consultó en 1992 antes de morir el cuyo cuando todavía pensaba en pelear por recuperar algo.
El abogado le dijo, “Don Rubén, usted firmó. Aunque haya estado borracho, usted firmó.” y la ley solo lee firmas. La segunda capa es más profunda, más oscura y es la que conecta con lo que vamos a contar ahora. El Puas no denunció a Roberto Sandoval Cárdenas porque Roberto Sandoval Cárdenas era el esposo de su hermana Margarita y porque su hermana Margarita durante toda su vida defendió a Roberto, a capa y espada.
Y porque cuando el Puas en 1991 intentó por última vez sentarse con su hermana a explicarle lo que su esposo había hecho, Margarita le contestó algo que el púa se quedó pensando los siguientes 30 años. Le dijo, “Rubén, tú no sabes lo que pasó la noche de 1974. Tú no sabes lo que tu cuñado vio. Si tú supieras, no estarías pidiéndome que lo denuncie. estarías pidiendo.
Perdón. El puas se quedó callado. Salió de la casa de su hermana sin decir una palabra. Se fue a la cantina de la calle Brasil. Se tomó ocho tequilas y se prometió a sí mismo esa noche que nunca más le iba a preguntar a nadie qué había pasado en 1974. Pero 30 años después, cuando ya no le quedaba nada, cuando ya estaba sentado en la mesa de plástico de la lagunilla vendiendo el cinturón, cuando ya su madre había muerto, cuando ya el cullo había muerto, cuando ya Mauricio Télez había muerto, cuando ya Eulalio Télez
había muerto, el Puas empezó otra vez a preguntarse lo mismo que vio Roberto en 1974. ¿Qué pasó esa madrugada en la suite del hotel Beverly Hills? ¿Por qué Margarita le había dicho que él tenía que pedir perdón? Vuelve la noche del 22 de noviembre de 1974, la noche en que el PAS pierde contra Alexis Argüello.
La noche en que regresa al hotel Beverly Hills con el cinturón perdido y un sobre amarillo con $10,000 en cheque. noche en que entra a su suite del piso 12 y encuentra algo que lo hace bajar las escaleras corriendo, salir del hotel sin chamarra y meterse a la cantina más cercana a tomar tequila hasta el amanecer.
Esa noche no estaba solo en el hotel. Su esposa de entonces, una mujer llamada Marta Velázquez, lo esperaba en otra habitación del mismo piso. Su hija mayor, de 3 años, dormía en la cuna al lado de Marta. Y según un dato que solo apareció en una entrevista que el PUAS le dio a Beto Méndez en 2015 y que nunca se publicó completa, había una persona más hospedada en la suite del piso 12 esa noche.
Era el cuñado del Púas, Roberto Sandoval Cárdenas, el mismo que después firmaría los poderes notariales que vaciarían las cuentas. El mismo que era esposo de Margarita, la hermana mayor del Púas, el mismo que le había acompañado en el viaje a los Ángeles para ayudarle con los trámites bancarios del cobro de la pelea. Roberto, según el Púas, estaba en la suite contigua a la del Púas.
La suite 1206 se suponía que se había acostado a dormir a las 10 de la noche cuando el puas regresó a su su a las 3:30 de la mañana después de la fiesta posterior a la pelea, después de la limusina blanca, después de las dos mujeres del promotor, lo que encontró en su habitación fue una escena que no estaba supuesta a estar ahí.
Hay tres versiones de lo que el PUAS vio esa madrugada en la suite 1205 del hotel Beverly Hills. Tres versiones que él mismo ha dado a tres personas distintas a lo largo de 50 años. La primera versión se la dio a Ricardo Garibay en 1984 cuando estaban escribiendo Las Glorias del Gran Púas. La segunda versión se la dio a Beto Méndez en 2015.
La tercera versión, la más detallada, la más dolorosa, se la dio a un sacerdote del barrio en una confesión que el sacerdote, sin saber que era el Púas, le contó después a un reportero sin nombrar fuentes. Las tres versiones coinciden en una sola cosa. en la suite 1205 esa madrugada, además de la cama deshecha, además del minibar abierto, además de las botellas vacías que la mucama tendría que recoger al día siguiente, el puas vio una persona que no debía estar ahí y vio una segunda persona junto a esa primera persona. Y
la suma de las dos juntas en esa habitación le destrozó al púas algo que no se le había roto nunca, algo que tampoco se le iba a curar nunca. Por eso, según el propio Púas, prefiere desde esa noche dormir en cualquier lugar antes que volver a su casa. Por eso lleva firmando borracho cada papel que le ponen enfrente desde noviembre de 1974.
Por eso hoy a los 78 años sigue sentado los domingos en una mesa de plástico de la lagunilla. Vamos a saber quién estaba en esa habitación. 3:30 de la mañana. 23 de noviembre de 1974. Hotel Beverly Hills. Bas. Pasillo del piso 12. El puas baja de la limusina blanca con el saco arrugado, el cinturón perdido bajo el brazo y el sobre amarillo en la mano izquierda.
Está borracho, pero menos de lo que aparenta. Acaba de perder la pelea más importante de su vida y todavía no ha llorado. Sube al piso 12 en el ascensor. Se acuerda de Marta, se acuerda de la niña. Decide pasar a la suite 1205 para dejar el sobre amarillo bajo el colchón antes de meterse a dormir. No quiere despertar a su esposa, no quiere despertar a la niña, solo quiere guardar el dinero, quitarse los zapatos y caer en la cama. Camina por el pasillo.
Cuando pasa frente a la suite 1206, la suite donde se hospedaba su cuñado Roberto Sandoval Cárdenas, escucha algo. Una voz, una voz de mujer, una voz que conoce. Era Marta, su esposa, la madre de su hija de 3 años, la mujer con la que se había casado dos años antes en una capilla de la colonia Vallejo. Se detiene frente a la puerta de la suite 1206.
Pega la oreja, escucha. Lo que escucha lo paraliza, saca la llave maestra que el botones le había dado por error la noche anterior. Una llave que abría todas las habitaciones del piso y la mete en la cerradura de la suite 1206. La gira, la puerta sede. Lo que el púas vio en esa habitación, según las tres versiones que ha contado en 50 años fue lo siguiente.
Número, Su esposa Marta estaba sentada en el borde de la cama. Tenía puesta una bata blanca del hotel. Estaba descalsa. tenía el pelo suelto, lloraba en silencio. Frente a ella, sentado en una silla de respaldo alto, completamente vestido con un traje gris cruzado, estaba su cuñado, Roberto Sandoval Cárdenas.
Y en la cama, dormida sobre las almohadas, con el chupón a medio caer de la boca, estaba su hija Adriana Olivares Velázquez, la niña de 3 años. La razón por la que el puas había aprendido a tener miedo a algo en su vida. Roberto se levantó de la silla, le hizo una seña con la mano, le dijo, “Rubén, no es lo que parece. Vamos al pasillo, te explico.
” El puas no contestó. Roberto le repitió, “Rubén, hablemos afuera, hablemos como hombres. No despiertes a la niña.” El puas miró a Marta. Marta bajó la cabeza. No le dijo nada. El púas dio dos pasos atrás, salió de la habitación, cerró la puerta despacio para no despertar a la niña, bajó las escaleras del hotel a pie, los 12 pisos, sin tomar el ascensor.
Salió a la avenida Sunset sin chamarra. Caminó cuatro cuadras hasta una cantina mexicana abierta toda la noche. Pidió tequila y se tomó 11 vasos sin parar antes de que saliera el sol. Al amanecer, el cantinero, un señor de Oaxaca, llamado Don Lalo, le preguntó si quería que llamara a alguien. El Púas le dijo que no.
Le dijo, “Don Lalo, déjeme aquí hasta que abra el banco. Tengo que cobrar un cheque y luego me voy.” Cobró el cheque a las 9 de la mañana en una sucursal de Bank of America de Wilshire Boulevard. $180,000. Le dieron parte en efectivo, parte en cheques de viajero. Tomó un taxi al aeropuerto, compró un boleto a México en primera clase, se subió al avión sin maleta, sin equipaje, con el cinturón de campeón perdido y el dinero metido en una bolsa de plástico de la cantina de Don Lalo.
Aterrizó en la Ciudad de México a las 6 de la tarde del 23 de noviembre. Tomó un taxi a la casa de su madre en la colonia Vallejo. Llegó a las 8. Su madre lo recibió en la puerta. Vio al púas con la cara hinchada, los ojos rojos, el saco sucio. Vio que no traía maleta, vio que no traía a Marta ni a la niña.
Doña Concepción no le preguntó nada, solo le abrió la puerta y le hizo un té de canela. El púas durmió tres días seguidos en el cuarto de huéspedes sin contestar el teléfono, sin abrir las cortinas. Al cuarto día se levantó, se bañó, le dijo a su madre que iba a salir y desapareció dos semanas en una cantina de Acapulco con dos amigos del barrio que él mismo había llamado para que lo acompañaran a ahogarlo en alcohol.
Lo que pasó después es la parte que el puas nunca le perdonó a su hermana. Cuando el PUAS regresó a México, dos semanas después fue directo a la casa de su hermana Margarita en la colonia Ansures. Tocó la puerta a las 11 de la noche sin avisar, oliendo a tequila y a sudor de tres días sin bañarse.
Margarita le abrió, lo dejó pasar, le preparó café. El puas le contó lo que había visto en el hotel Beverly Hills. Le contó que Roberto, el esposo de ella, estaba con Marta en una habitación a las 3:30 de la mañana. Le contó lo de la niña dormida en la cama, le contó lo del traje gris cruzado, le contó lo de la bata blanca, le pidió a su hermana que lo escuchara.
Margarita lo escuchó. Cuando el puas terminó, ella le dijo dos cosas. La primera fue, “Yo lo sé. Yo sé lo que pasó esa noche. La segunda fue, “Y tú no vas a decir nada porque si tú dices algo, yo te juro por nuestra madre que tú no vuelves a ver a tu hija.” El puas no entendió. Le pidió a su hermana que le explicara. Margarita le explicó.
le dijo que Marta había llegado a casa de ella 6 meses antes, en mayo de 1974, llorando con la niña en brazos, diciendo que el puas le pegaba, diciendo que el puas se desaparecía semanas enteras, diciendo que el púas le había roto un brazo en Acapulco en marzo y que había tenido que operarse a escondidas, diciendo que ya no aguantaba más, que se quería ir, pero que no tenía a dónde.
Margarita le dijo a Marta que se quedara en su casa el tiempo que necesitara y Roberto, el esposo de Margarita, había aceptado. En esos 6 meses, según Margarita, Roberto se había encariñado con la niña, la trataba como a una hija, la paseaba en el parque, la sacaba a comprarle helados y Marta, que estaba destruida emocionalmente, se había agarrado a Roberto como a una tabla en el mar.
Lo que el puas vio esa madrugada en el hotel Beverly Hills, según su hermana, no era lo que el puas pensaba. No era una traición sexual. Era una madre destrozada llorándole a su cuñado porque su esposo, el Púas, había llegado borracho del foro de Inglewood y ella había tenido miedo de quedarse sola con la niña en la suite contigua. Había llamado a la habitación de Roberto y Roberto había ido a acompañarla.
El púas escuchó, no supo qué creer. Le preguntó a su hermana si había una sola prueba de lo que estaba diciendo. Margarita le contestó que no había pruebas, que solo había su palabra. Y la palabra de Marta y la palabra de Roberto. El Púa se levantó, le dijo a su hermana que iba a hablar con Marta.
Margarita le dijo que Marta ya no estaba en su casa, que Marta se había ido a Tijuana con la niña hacía tr días, que no quería volver a ver al Púas, que lo iba a denunciar por violencia doméstica si él intentaba acercarse. El púa se quedó en el pasillo de la casa de su hermana sin saber qué hacer. Margarita le repitió, “Si tú dices algo, tú no vuelves a ver a tu hija.
Y si tú denuncias a Roberto, mi familia se rompe. Tú decides, Rubén.” El puas decidió. Pero no como esperaba su hermana. El puas decidió no decir nada. No denunció a Roberto, no buscó a Marta, no intentó ver a su hija, se metió a la Bondojito, a la cantina de Tepito, a las giras de boxeo, a las películas, a las inversiones, a los compadres del barrio y dejó que su esposa se llevara a la niña a Tijuana sin pelearla.
Adriana Olivares Velázquez, la hija del púas, creció en Tijuana sin su padre. Se casó a los 22 años con un mecánico de Tecate. Tuvo dos hijos. nunca volvió a ver al Púas. El PUAS nunca conoció a sus nietos. Roberto Sandoval Cárdenas, en cambio, se quedó cerca del Púas, muy cerca, y 3 años después, en 1977, fue el que le puso enfrente la hoja con tres firmas en una notaría de la calle Madero un viernes a las 4 de la tarde.
El Puas firmó. ¿Por qué firmó? por la misma razón por la que no había denunciado a Roberto en 1974, porque firmar era más fácil que pelear, porque el alcohol era más fácil que la verdad, porque mientras siguiera tomando, no tenía que pensar en lo que había visto esa madrugada en el hotel Beverly Hills.
La verdad es que el Púas nunca creyó la historia que le contó su hermana. Nunca creyó que Marta solo estaba pidiendo compañía a las 3:30 de la mañana, pero le convenía creerla porque la verdad le habría obligado a actuar y el PAS ya no quería actuar, solo quería tomar. Roberto Sandoval Cárdenas hoy a sus 82 años sigue viviendo en la colonia Ansures.
Tiene Alzheimer en etapa media. Margarita, la hermana del Púas, murió en 2018 de cáncer de mama. Sus hijos, los sobrinos del Púas, no quisieron saber del tío campeón que había desaparecido de las fiestas familiares en los años 80. Marta Velázquez vive en Tijuana, tiene 74 años, trabaja en una tienda de abarrotes que es de su segundo esposo.
Nunca quiso hablar con la prensa sobre lo que pasó esa madrugada en el hotel Beverly Hills. Cuando el periodista Beto Méndez la buscó en 2016, le colgó el teléfono. La hija Adriana vive todavía en Tecate. Tiene 53 años. Atiende un consultorio dental como recepcionista. Hace 3 años, en 2022, mandó al Púas una carta por correo certificado, una carta corta de tres párrafos.
Le decía que le perdonaba todo, que no quería verlo, que no quería volver a hablar con él, pero que le perdonaba. El puas leyó la carta sentado en la mesa de plástico de la lagunilla un domingo por la mañana. La leyó dos veces, la dobló, la metió en la caja de zapatos donde guarda la hoja con los tres nombres. y la firma y siguió vendiendo el cinturón.
Esa carta es uno de los caramelos que hemos venido siguiendo. Está en la caja junto con la hoja junto con un sobre que vamos a destapar al final. Pero antes de cerrar todo, hay que contar cómo terminó la carrera del Púas, porque entre la madrugada de 1974 y la mesa de plástico de 2017, hay 14 años más de boxeo.
14 años de un hombre peleando con la cabeza llena de fantasmas y la sangre llena de alcohol. 1979 pierde el título mundial Pluma contra Eusebio Pedrosa en el round 12. Una derrota técnica. El Púas llega al pesaje con 3 kg arriba del límite. Pelea sin entrenamiento real. 1981. Sube al peso super pluma, pelea contra Bernardo Prada en el Auditorio Nacional.
Lo noquea en el round 6. Cobra $50,000. La cantidad más baja en una pelea profesional desde 1967. 1982. La hipoteca de la casa de su madre se ejecuta. Doña Concepción se va con la hermana. El Púas pelea esa misma semana en la Arena México. Gana, cobra $80,000. 1983 a 1985. Pelea ocho veces, gana cinco, pierde tres, cobra entre 30 y $60,000 por pelea.
Vive en un departamento rentado en la colonia Doctores. Su segunda esposa, una mujer llamada Lourdes Cabrera, lo aguanta. Le da dos hijos más. El púas casi no los ve. Pasa más tiempo en la cantina de la calle Brasil que en su propia casa. 1986 hace su segunda película. Se llama La pulquería. La produce Mario Almada otra vez.
La actuación del púas es de relleno. Cobra $8,000. Las regalías de esa película todavía le llegan junto con las de las glorias del gran Púas en el sobre mensual de 2000 pesos. 1987, la noche de la cuenta. La noche en que el púas con seis tequilas adentro se sienta en la cocina de su departamento de doctores y descubre que Roberto Sandoval Cárdenas y los hermanos Telles le habían robado ,580,000 en 15 años.
la noche en que va caminando a las 4 de la mañana al departamento de Mauricio Téz en la colonia Roma y la noche en que la hija de 14 años de Mauricio escucha desde el cuarto de al lado la conversación que su papá tuvo con el campeón del mundo. Lo que escuchó la niña esa madrugada lo va a contar 21 años después, en 2008, después del funeral de su padre, cuando le entregue al Púas el sobre cerrado con la hoja de los tres nombres.
Le dirá, “Don Rubén, mi papá no le pidió perdón a usted en 1987, ni una sola vez. Mi papá le dijo a usted que se había equivocado en las cuentas, que él le iba a devolver lo que faltara. Y mi papá le pidió a usted que se calmara, que no fuera a hacer una tontería, que él le iba a poner una camioneta nueva al día siguiente para que se fuera tranquilo a su casa.
Y usted, don Rubén, le dijo que sí. Mi papá le dio una camioneta Chevrolet nueva al día siguiente y usted firmó un papel donde decía que estaba todo arreglado entre los dos. Y desde esa madrugada hasta el día que mi papá murió, usted ya no le volvió a pedir cuentas. El Púas en 2008, en la sala de la casa de la hija de Mauricio Téz, agarró el sobre, lo abrió, sacó la hoja, la miró, la dobló y le pidió a la hija que le diera un vaso de agua porque se sentía mal.
Esa hoja doblada en cuatro es la que está en la caja de zapatos del cuarto de la colonia Doctores, junto con la carta de Adriana de 2022, junto con un tercer sobre que vamos a abrir en un minuto. Tres papeles en una caja, una hipoteca, una carta de la hija y algo más. Lo que está en el tercer sobre es lo que verdaderamente lo destruye.
1988 12 de marzo. La última pelea profesional de Rubén el Púa Solivares. Pelea contra un peleador llamado Ignacio Madrid en el gimnasio Israel González de Itapalapa. Madrid es un peleador local con cuatro peleas profesionales. Cuatro. El Púas es exuberante campeón mundial cuatro veces. Tiene 41 años, lleva 4 meses sin entrenar.
Llega a la pelea con 14 kg arriba del peso, al que solía pelear, pero acepta porque le pagan $,000 y porque ya casi nadie le ofrece peleas. Madrid lo noquea en el round 4. Una derecha simple, sin técnica, en la 100. El púas cae de espaldas. El árbitro cuenta hasta 10. La gente del público, 2000 personas mexicanas pobres que habían pagado boleto para ver al campeón, se levanta.
Algunos lloran, otros le tiran cervezas al ring, otros gritan que devuelvan el dinero. El púa se levanta del suelo solo. El cuyo no está ahí. El cuyo no le hablaba desde 1980. Roberto no está. Mauricio no está. Lourdes, su segunda esposa, sí está en la primera fila llorando. El puas camina al vestidor sin saludar a nadie.
Se sienta en una banca de madera, se quita los guantes, se quita la mascarilla bucal y le dice a Lourdes que ya se acabó, que no va a volver a subir a un ring, que el boxeo se acabó esa noche. Lourdes le dice que vámonos a casa. El PUAS le dice que sí, pero no fueron a casa, fueron a la cantina de la calle Brasil y el PUAS se tomó 30 tequilas seguidos y Lourdes lo aguantó hasta las 5 de la mañana y a las 5:30, según contó después la propia Lourdes a una amiga, el Púas le dijo a Lourdes que esa noche había sido la peor de su vida, que no
había sido la pelea perdida, que había sido el hotel Beverly Hills, volv viendo a su cabeza. Lourdes no entendió. Le preguntó qué hotel. El puas no le contestó. Lourdes se enteró 8 años después, en 1996, cuando el Puas, en una entrevista de radio con Pepe Castro mencionó por primera vez en público que había una madrugada en California que él no se había podido sacar nunca de la cabeza.
La cantina de la calle Brasil ya no existe, la demolieron en 2004. En su lugar hay unxo. El púas todavía pasa frente a ese oxo dos veces por semana cuando va y vuelve de la lagunilla. Domingo, mañana. Diciembre de 2023. 5 años después de la muerte de Margarita. 3 años después de la pandemia. Un año después de que el Púas recibiera la carta de Adriana.
El Púas tiene 76 años, vive solo. Lourdes lo dejó en 2015 después de 40 años aguantando. Sus dos hijos con Lourdes no le hablan. Adriana, la hija de Tijuana, no le contesta el teléfono. Se levanta a las 7, se baña con agua fría porque el calentador del cuarto de la colonia Doctores no funciona desde marzo se pone la misma camisa blanca que usa cada domingo.
Se peina con un peine de plástico que compra en el Oxo de la calle Brasil, donde antes estaba la cantina. Sale del departamento a las 8, camina seis cuadras hasta la estación del metro doctores. Toma el metro hasta Lagunilla. Camina otras tres cuadras hasta la mesa de plástico que tiene apartada cada domingo desde 2017.
Pone la mesa, pone la mantita de tela blanca encima, saca el cinturón mundial del Consejo Mundial de Boxeo y lo coloca al centro. Saca el anillo del salón de la fama de Canastota y lo pone a la derecha. Saca las figuras talladas de madera, la última cena con los apóstoles vestidos con guantes de boxeo y las acomoda atrás.
Saca las fotografías firmadas y las pone a la izquierda. Saca un papelito que dice cinturón mundial, un millón de dólar y lo apoya contra el cinturón. Se sienta, espera, llega gente. Algunos lo reconocen, otros no. Algunos compran una fotografía firmada por 100 pes. Otros se toman fotos con él pagando los mismos 100 pes.
Una señora le pregunta cuánto cuesta el cinturón. El puas le contesta sin parpadear. Un millón de dólares. La señora se ríe. Se va. Ah, ah, ah. Es lo que pasa cada domingo desde hace 7 años. Pero ese domingo de diciembre de 2023 a las 2 de la tarde llega alguien que el Púas no esperaba. Es un hombre joven de treint y tantos años.
Trae lentes oscuros y una chamarra de cuero. Se acerca a la mesa. Mira el cinturón. Mira al púas. Mira otra vez el cinturón. le pregunta al PAS si de verdad lo vendía en un millón de dólares. El PUAS le dice que sí. El hombre saca el celular, hace una llamada en inglés, habla 5 minutos, cuelga, le dice al Púas que un coleccionista privado de Houston, Texas, está dispuesto a pagar el millón en efectivo, que solo necesita confirmar la autenticidad del cinturón con un experto del Consejo Mundial de Boxeo y que en dos semanas le entregaría el dinero en
efectivo. El Púas se queda callado. El hombre le pregunta si le interesa. El puas le contesta que necesita pensarlo. El hombre le deja una tarjeta, le dice que lo llame en 48 horas. Se va. Se va. El púas levanta la mesa a las 5 de la tarde, como cada domingo. Guarda el cinturón en una bolsa de tela.
Guarda el anillo. Guarda las figuras. Toma el metro. De regreso a doctores. Llega al cuarto a las 7. pone la bolsa de tela sobre la cama, saca el cinturón, lo mira durante una hora y a las 8 de la noche hace algo que no había hecho en 50 años. Saca la caja de zapatos del closet, abre la caja, saca los tres papeles, la hoja de la hipoteca con los tres nombres y su firma, la carta de Adriana de 2022.
Y el tercer sobre a a el que no habíamos abierto. Abre el tercer sobre. Adentro hay una fotografía. Una fotografía de los años 50, blanco y negro. Bordes desilachados. Una mujer joven cargando un niño chimuelo, moreno de orejas grandes. El niño tiene 3 años. La mujer tiene 22. Es doña Concepción Olivares cargando a Rubén en 1950 cuando acababan de llegar a la Bondojito.
Atrás de la fotografía escrito a lápiz en letra temblorosa, hay una sola línea. Doña Concepción la escribió en 1988, el año en que el Púas se retiró del boxeo un año antes de morir. La línea dice, “Mi hijo, yo siempre he estado bien. La casa nunca fue lo importante. Tú sí. El púas lee la línea, la lee tres veces.
La cuarta vez ya no la puede leer porque las lágrimas le tapan los ojos. Llora durante una hora sentado en el borde de la cama. Llora sin ruido, sin gritos, sin temblar. Llora como llora un hombre de 76 años que entiende 50 años después que él mismo se castigó por algo que su madre nunca le había cobrado. A las 9:30 de la noche se levanta, mete la fotografía de regreso al sobre, mete el sobre en la caja de zapatos, cierra la caja, toma la tarjeta del hombre de Houston, la parte por la mitad, la tira a la basura y entiende finalmente lo que iba a hacer el resto de su vida. El púas
no vendió el cinturón, nunca lo iba a vender. Cada domingo desde 2017 a las 8 de la mañana sigue saliendo de su cuarto de la colonia Doctores. Sigue tomando el metro hasta Lagunilla. Sigue poniendo la mesa de plástico. Sigue colocando el cinturón al centro. Sigue contestando que vale un millón de dólares cuando la gente le pregunta.
Pero ya no es lo que él creía que era. Ya no es una penitencia por la casa de su madre. Doña Concepción se la perdonó cuando todavía estaba viva y el Puas tardó 50 años en entender que ya estaba perdonado. Lo que mantiene al Púa sentado en esa mesa domingo tras domingo es algo distinto. Es la madrugada del hotel Beverly Hills. Es la decisión de no haber dicho nada en 1974.
Es la hija que creció en Tijuana sin él. Es el silencio que eligió cuando su hermana le dijo que iba a perder a la niña. Es el alcohol con el que tapó cada decisión que no tomó. El cinturón en la mesa de plástico no es para que alguien lo compre, es para que el púa se acuerde cada domingo durante 10 horas seguidas mirando la cara de cada persona que pasa, de que él tenía todo y que él lo entregó. No lo perdió. Lo entregó.
Lo entregó por miedo a la verdad. Lo entregó por comodidad con la mentira. Lo entregó por alcohol. Lo entregó porque firmar era más fácil que pelear. Y porque tomar era más fácil que pensar. Esa es la parte más difícil de todas las historias de hombres caídos. Casi nunca pierden por mala suerte. Casi siempre entregan una decisión a la vez, una firma a la vez, una madrugada a la vez.
hasta que un día se dan cuenta de que ya no les queda nada y de que ellos mismos repartieron cada pedazo. El padre que no estuvo en los partidos del hijo no perdió a su hijo. Lo entregó una excusa a la vez, un domingo a la vez, un trago a la vez, hasta que el hijo creció y aprendió a no esperar a nadie.
El esposo que dejó de mirar a su esposa no la perdió, la entregó un silencio a la vez, una indiferencia a la vez. una mentira a la vez, hasta que ella aprendió a no necesitarlo. El hombre que tenía un sueño y lo cambió por una cantina, no perdió el sueño. Lo entregó una noche a la vez, una excusa a la vez, un domingo a la vez, hasta que un día se levantó a los 50 años y se dio cuenta de que ya no era nadie.
El PUAS tenía cuatro títulos mundiales. Tenía 2 millones de dólares en sueldos. Tenía una madre que lo amaba. Tenía una hija. Tenía una esposa. Tenía un manager que lo cuidó durante 15 años. Tenía un país entero que lo quería. Hoy tiene una mesa de plástico, un cinturón que no va a vender y una caja de zapatos con tres papeles adentro.
Y lo más difícil es que no fue mala suerte. Fue él. Una decisión a la vez. Si conoces a un hombre que está entregando su vida pedazo por pedazo, en silencio, sin que nadie le diga nada, llámalo esta noche, no mañana, esta noche, antes de que también él tenga dentro de 40 años una caja de zapatos con un papel que ya no pueda leer sin llorar.