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El último amanecer de Yeison Jiménez: Entre besos premonitorios, un pastel de chocolate interrumpido y el violín que llora hacia el cielo

La mañana del 28 de marzo de 2026 comenzó con una luz extraña en el hogar de Yeison Jiménez. No era la luz vibrante que suele acompañar el éxito de uno de los artistas más queridos de Colombia, sino una claridad tenue, casi mística, que parecía susurrar una despedida. Sonia, su esposa y compañera de vida, relató recientemente en un programa especial de “Expediente Final” que aquel amanecer fue radicalmente distinto a los cientos de días marcados por el afán de las giras, el sonido incesante de los teléfonos y la presión de una agenda que no daba tregua.

En la intimidad de su habitación, el tiempo pareció detenerse. Yeison, el hombre que solía vivir a mil por hora, se levantó con una dulzura que Sonia describió como “aterradora” por lo inusual. En lugar de saltar de la cama para cumplir con sus compromisos, se quedó allí, buscando refugio en los brazos de su esposa. Con una ternura casi infantil, le reclamó por qué no lo había despertado a punta de besos y abrazos. Ese gesto, que en cualquier otra pareja sería cotidiano, en la vida de un artista de su calibre fue una señal de alarma silenciosa. Sonia sintió que algo en el aire estaba cambiando; él se veía en paz, disfrutando cada minuto como si supiera que el reloj de arena estaba dejando caer su último grano.

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