Su papel era anterior a todo eso. Era el que elegía quién. Las autoridades de Nuevo León describieron su función. Así. El gato aprovechaba la confianza y la amistad que ciertas familias le brindaban por ser un exfutbolista conocido. Se movía en círculos donde había dinero, fiestas, reuniones de negocios, eventos sociales a los que lo invitaban por su nombre, por su pasado en la Liga MX, por la cercanía que la gente siente hacia alguien que vio en televisión defendiendo una portería.
Y en esas reuniones el gato observaba, evaluaba cuánto dinero tiene esta familia, cuáles son sus hábitos, a qué horas salen, tienen seguridad, por dónde se mueven. Después pasaba esa información a la banda y por cada secuestro que se concretaba recibía 100,000 pesos. 100,000 pesos por señalar a un ser humano para que lo privaran de su libertad.
1 pesos por usar la confianza que alguien te dio como arma contra ellos. Eso era lo que hacía el gato Ortiz mientras esperaba que terminara su suspensión y poder volver al fútbol. Pero hay algo en este cuadro que es necesario detenerse a entender. Porque hay una pregunta que muchas personas se hacen y que no tiene una respuesta simple.
¿Era una persona mala que usó el fútbol como fachada? ¿O era una persona que en un momento determinado con los recursos correctos o incorrectos a la mano tomó decisiones que lo llevaron a un lugar del que no pudo salir? Sus propias palabras en diferentes entrevistas desde el penal sugieren una respuesta que es incómoda precisamente porque no es simple.
La gente con la que me están involucrando son personas con las que yo convivía desde hace muchos años y nunca les hubiera hecho ningún daño. Eso dijo sobre las víctimas y también dijo esto. Uno siempre busca un refugio y yo encontré el refugio equivocado. El refugio equivocado. Esta frase cabe en cuatro palabras, lo que muchos libros sobre adicción y vulnerabilidad no logran explicar en cientos de páginas.
Un hombre sin sustento, sin estructura, con una adicción que lo consumía, con una identidad rota y alguien que llegó a ofrecerle un refugio, aunque ese refugio fuera lo peor que le pudo haber pasado. 7 de octubre de 2011, Monterrey. Gloria Trevi estaba en medio de su tour internacional Gloria, dos fechas en Monterrey, el 7 y el 8 de octubre.
Esa tarde ella y su esposo Armando Gómez habían estado juntos en el soundcheck del auditorio Banamex. Todo se veía normal. Gloria y Armando estaban juntos como siempre, platicaban y sonreían. Dijo una fuente al periódico Reforma. Después del ensayo llegó una invitación. Unos amigos de Armando, conocidos de la familia, los invitaron a cenar en su casa en la colonia Las Brisas, al sur de Monterrey. Gloria Trevi no fue.
Era cautelosa con los lugares que frecuentaba. Tenía el concierto al día siguiente. Decidió quedarse en el hotel Holiday in Ctermex a descansar. Armando aceptó la invitación. esa decisión. Ella en el hotel, él en la cena. Es uno de esos momentos que cuando miras hacia atrás te congelas porque entiendes exactamente cuánto dependió de algo tan pequeño.
Porque el objetivo original del secuestro no era Armando Gómez, era Gloria Trevi. Pero como ella era extremadamente cautelosa con sus salidas, el plan falló en ese punto. Por lo tanto, recalibraron. Si ella no viene, nos llevamos al esposo. La cena terminó tarde. Alrededor de la 1:30 de la madrugada del viernes 7 de octubre, Armando Gómez salía de la casa donde había cenado en la colonia Las Brisas.

Iba de regreso con gloria. No llegó. Su propia declaración, que primer impacto obtuvo años después, describe el momento con una precisión que hiela la sangre. Se nos cerró un automóvil tipo Stratus color blanco, del cual descendieron dos sujetos del sexo masculino encapuchados. Uno de ellos se dirigió a la puerta del conductor y el otro se dirigió conmigo ordenándome que bajara del vehículo.
En ese momento vi la oportunidad de escapar y traté de correr, pero me detuve al escuchar disparos de arma de fuego. Armando Gómez fue privado de su libertad, 72 horas en cautiverio, mientras Gloria Trevi daba sus conciertos. Piensa en eso un momento. Gloria Trevi, parada en ese escenario cantando para miles de personas mientras su esposo estaba secuestrado.
Y los secuestradores le pedían 50,000 por su vida, 3 millones de pesos. El caso se manejó de manera hermética. Gloria Trevi llegó a desmentir públicamente que algo hubiera pasado. Actuó sus conciertos, negoció en silencio y la mañana del lunes 10 de octubre de 2011, Armando Gómez fue liberado. liberado con vida tr días después, pero la investigación que arrancó ese lunes no iba a detenerse y los nombres que empezaron a aparecer en esa investigación iban a sacudir al fútbol mexicano de una manera que nadie anticipaba, ninguno más que uno. El 7 de enero de
2012, la Procuraduría General de Justicia de Nuevo León convocó a una conferencia de prensa, detenciones en una banda de secuestradores vinculada al cártel del Golfo. Los camarógrafos llegaron, los reporteros llegaron. La cobertura iba a ser rutinaria hasta que salió el primero de los detenidos, Omar Ortiz, el gato, portero de Rayados, portero de la selección mexicana, esposado.
Hubo un silencio en esa sala que los que estuvieron ahí recuerdan como algo que no se olvida. No fue la reacción que normalmente se tiene ante el arresto de un delincuente. Fue la reacción de personas que están procesando algo que no encaja con ninguna categoría que conocen. El gato Ortiz, el portero. En los camerinos de la Liga MX esa mañana la noticia corrió como un virus.
excompañeros que no lo podían creer, directivos que salieron a decir que se trataba de un deportista tranquilo que se preparaba fuerte, gente del fútbol completamente desconcertada. Y en el fondo de todo ese desconcierte había una pregunta que nadie formulaba en voz alta, pero que todos tenían en la cabeza.
¿Cómo llegaste hasta aquí? Omar Ortiz fue declarado formalmente preso el 26 de enero de 2012 y algo más que vale la pena que dimensiones. Lo arrestaron el 7 de enero. Su suspensión por dopaje vencía en abril de 2012. 3 meses. Le faltaban 3 meses para poder volver legalmente a las canchas. 3 meses. Y en esos tr meses, en lugar de esperar, en lugar de aguantar, tomó las decisiones que lo llevarían a los siguientes 75 años de su vida.
Esos es lo que dos secuestros a 100,000 pesos cada uno compraron. 3 meses de espera que no pudo sostener. Hay algo que el cártel del Golfo entiende mejor que cualquier institución deportiva, cualquier sindicato de jugadores y cualquier federación de fútbol en México. Entiende la vulnerabilidad, no como concepto abstracto, como herramienta de trabajo.
Las organizaciones criminales tienen una habilidad que pocas estructuras legales pueden igualar. Identifican a personas que están en el punto exacto donde la necesidad supera al miedo. Un futbolista suspendido, sin ingresos regulares, con adicciones activas, con hijos que mantener, con una identidad destruida y otra que todavía no existe.
Eso no es un hombre que hay que convencer con amenazas. Eso es un hombre que solo necesita que alguien le abra una puerta y le diga que al otro lado hay lo que necesita. Los 200,000 pesos que recibió Omar Ortiz no eran un pago, eran un anzuelo. Una vez que aceptas el primero, ya no puedes devolver el dinero y decir que fue un error. Ya sabes demasiado.
Ya eres parte de algo que no te va a soltar fácilmente. Y si intentas salirte, las consecuencias no son un contrato roto o una multa, son de otro tipo. La banda a la que estaba vinculado Omar operaba en la zona sur de Monterrey y la región citrícola de Nuevo León. Junto a él estaban César Acosta, Luis Alberto Tames, Héctor Eduardo Treviño y en un nivel superior de la organización, la persona que sería identificada después como uno de los cerebros de la operación, Juanita Sánchez Quintanilla.
La tía, la tía era la exsuegra de Poncho de Nigris. Eso es lo que volvió este caso. Un laberinto de conexiones entre el mundo del espectáculo, el fútbol y el crimen organizado que los medios de comunicación tardaron años en desenredar completamente. Fue la tía quien orquestó el secuestro de Armando Gómez. Fue la tía quien convocó la cena en las brisas, donde todo empezó.
Y fue la tía quien terminó condenada también. Pero aquí llega el dato que cuando lo escuchas necesitas procesarlo un momento. La tía ya está libre, cumplió su condena. Está afuera. El gato Ortiz sigue adentro con 75 años sin reducción posible. Y el hombre que lideraba directamente la banda, donde él operaba como cazador de víctimas, también ya está libre.
¿Cómo es eso posible? La respuesta tiene que ver con los matices del sistema judicial, con las jerarquías del delito, con quién tenía mejores abogados y quién pudo negociar qué. Pero hay una manera más simple de decirlo. Los que más pusieron salieron primero. El que menos puso se queda más tiempo.
75 años para el hombre que señalaba a las víctimas, mientras los que la secuestraban ya pasean por las calles. Aquí hay algo que la mayoría de las personas que saben la historia del Gato Ortiz no conocen. No es que lo arrestaron y lo condenaron. Lo arrestaron en 2012 y la condena llegó en 2019. 7 años. 7 años en prisión preventiva, sin sentencia, sin saber cuánto tiempo total vas a pasar ahí, sin poder hacer planes, sin saber si saldrás en un año, en cinco, en 20.
Solo el tiempo del penal, que es un tiempo diferente al de afuera. En 2015, un periodista que visitó el cerezo de Cadereita describió la vida de Omar con una precisión que ningún reportaje de farándula puede igualar. Dentro de la cárcel no solamente la libertad se limita, la comunicación se restringe y el tiempo se detiene.
También el olvido es protagonista. No hay relojes ni variedad, todo es monotonía. Una pequeña televisión con tres o cuatro canales disponibles y una cancha de fútbol donde un tiro desviado termina con la vida del balón encajado en el filoso alambrado. Y también escribió esto. Sus amigos le dieron la espalda, sus excompañeros también, sus hermanos también, su esposa también.
Únicamente sus hijos, su madre y un amigo no futbolista le visitan periódicamente los fines de semana. Sus amigos, sus excompañeros, sus hermanos, su esposa, todos. El fútbol que te hace famoso también te hace visible cuando caes y esa visibilidad tiene una sola dirección, hacia adentro y hacia abajo, porque nadie quiere que lo asocien con el portero que cazaba víctimas para el cártel del Golfo.
Por lo tanto, el abandono fue sistemático, rápido y devastadoramente completo. En esos 7 años, Omar Ortiz descubrió algo sobre la naturaleza humana. que a los 50 años, desde la comodidad de tu casa, quizás ya intuyes, pero que él aprendió de la manera más dura. Cuando tienes éxito, la gente se acerca. Cuando caes, la gente se aleja.

Y cuando caes de la manera en que él cayó, ni siquiera se alejan en silencio. Se alejan asegurándose de que todos los vean alejarse. Marzo de 2017. 5 años después de su arresto, el gato Ortiz todavía no tenía sentencia. Y en el penal de Cadereita, esa noche de marzo, estalló un motín. Cuatro muertos, 29 heridos y entre los heridos Omar Ortiz.
No se sabe exactamente qué le pasó en esa noche. Los detalles de lo que ocurre dentro de un motín en un penal mexicano no siempre llegan completos a los medios. Lo que sí se sabe es lo que el propio gato dijo sobre esa noche. Y lo que dijo no tiene nada que ver con el miedo que esperarías. Lo que dijo fue que esa noche fue el punto de inflexión de su vida dentro del penal, que esa noche, en medio de la violencia y el caos y los muertos y los heridos, algo dentro de él encontró un anclaje que no había tenido en años.
encontró la religión no como un recurso desesperado, no como una estrategia para reducir condena o mejorar su situación dentro del penal, sino como la primera cosa en mucho tiempo que le daba una razón para estar presente en su propio día. Desde esa noche, el Gato Ortiz se convirtió en pastor dentro del cerezo de Cadereita.
Cada día predica la palabra a los otros internos y lo hace con una convicción que las personas que lo han entrevistado desde el penal describen como difícil de ver y no tomar en serio. No es el teatro de alguien que quiere parecer rehabilitado. Es algo más profundo, más raro, más perturbador de cierta manera.
8 de enero de 2019. 7 años después de su arresto, Omar Ortiz recibió por fin su sentencia. 75 años. El juez lo declaró culpable de secuestro agravado. El cargo de secuestro agravado en Nuevo León, bajo el Código Penal reformado en octubre de 2010 establece que la pena máxima efectiva que puede cumplirse es 60 años.
Por lo tanto, en términos prácticos, Omar Ortiz tiene que cumplir 60 años de cárcel. Entró en 2012. Con buena conducta y los años ya cumplidos, la aritmética lleva a un número que no tiene nada de abstracto cuando lo piensas en términos humanos. 2072. Si cumple la condena completa, Omar Ortiz saldría del penal de Cadereita en el año 2072.
Tendría 96 años. Sus hijos serían ancianos. Sus nietos tendrían más edad de la que él tenía cuando defendía la portería de Jaguares. Cuando conoció la sentencia, Omar Ortiz dijo algo que se convirtió en una de las frases más repetidas de esta historia. Mucha gente me dice que estoy loco. Me dieron 75 años, pero pienso que tengo un gran abogado que es Jesucristo.
Él me ha dicho que me va a sacar y yo le creo. Hay tres maneras de recibir esa declaración. La primera es como la declaración de alguien que perdió el contacto con la realidad. La segunda es como la estrategia consciente de un hombre que decidió que creer la única manera de sobrevivir lo que le queda por delante.
La tercera y la más incómoda es como la declaración más honesta que puede hacer un ser humano que acepta completamente que lo que viene no depende de él. ¿Cuál de las tres es la correcta? Es algo que cada quien decide por sí mismo. Pero lo que no está en discusión es esto. Los que tomaron más decisiones que él dentro de la banda ya están libres.
Y él lava ropa ajena en un penal de Nuevo León, esperando que Jesucristo le mande el amparo. Nueve hijos, tres matrimonios, tres nietos. Cuando se le pregunta a Omar Ortiz por lo que más le duele de donde está, no habla de la condena, no habla de la injusticia del sistema, no habla de los que ya están libres mientras él sigue adentro.
Habla de sus hijos, sus palabras exactas. Para ellos es un gusto verme. Pero yo les pido perdón por lo que les hago pasar. no merecen pasar por eso. Que me perdonen por no estar esos 12 años con ellos en muchas etapas que han vivido. 12 años de etapas. Primeras comuniones, graduaciones, cumpleaños, enfermedades, conversaciones de madrugada que los hijos solo tienen con sus padres.
Todas esas cosas que un padre que está presente da por sentadas sin saber que son irreemplazables. El gato no estuvo, no porque no quisiera, porque eligió un camino que lo sacó de todos esos momentos de manera permanente. Y hay algo más que dijo sobre sus hijos, que es quizás el detalle más concreto del daño colateral de su historia.
El simple hecho de que tu papá sea mencionado, que tus amistades en la escuela o los que te rodean sepan que llegaste a este lugar, eres lastimado. Sus hijos van a la escuela y en esa escuela hay otros niños que saben quién es su papá. Y esos niños, como todos los niños, no tienen filtro. A la primera persona que lastimé fue a mi familia. Las sigo lastimando.
Yo les pido perdón. Esa línea, esa sola línea resume la destrucción más grande de toda esta historia. No los 75 años, no el dinero perdido, no la carrera destruida. El daño que se pasa de generación en generación, silencioso, sin que ninguna cámara lo documente, es el verdadero precio de lo que hizo Omar Ortiz.
Omar Ortiz no tiene una sola versión de su historia, tiene varias y dependiendo del momento en que te las dio y con quién hablaba, algunas contradicen a otras y eso, lejos de hacerlo menos creíble, lo hace más humano, porque nadie tiene una sola versión de la peor parte de su vida. Por un lado, ha dicho que fue torturado durante su detención.
Al final me hicieron firmar unas hojas amenazado. Me dijeron que firmara. No sé qué firmé. Solamente sé que decían que yo había participado en secuestros. Y también ha dicho esto, las víctimas nunca me reconocieron como secuestrador, me señalaron como su conocido. Esas declaraciones abrieron una grieta legal en el caso que vale la pena mencionar, porque en 2025 uno de sus coacusados, Héctor Eduardo Treviño, fue absuelto por un tribunal federal que determinó que las pruebas en su contra eran insuficientes y que hubo irregularidades
procesales en la forma en que se obtuvieron las declaraciones. El propio magistrado señaló deficiente actuación de la fiscalía, malas prácticas, afán de buscar culpables, pésimas prácticas para obtener declaraciones en situaciones ilegales. Eso no exonera al gato Ortiz, pero introduce una pregunta que el sistema judicial no ha respondido completamente.
¿Qué parte de lo que está en ese expediente es lo que realmente pasó? ¿Y qué parte es lo que la fiscalía necesitaba que pareciera que pasó? Omar insiste en que su papel fue diferente al que se documentó, que conocía a las personas, que convivía con ellas, que nunca hubiera querido hacerles daño, pero también acepta algo que hace esa defensa difícil de sostener completamente, que recibió ese dinero, que convivía con personas de la banda, que usaba sus conexiones sociales para moverse en los círculos ¿Dónde estaban las víctimas?
¿Dónde termina la complicidad involuntaria? ¿Y dónde empieza la participación consciente? Es una pregunta que un juez ya respondió con 75 años. Pero es una pregunta que la historia de Omar Ortiz deja abierta de una manera que no es fácil cerrar. Y quizás esa apertura es parte de lo que hace que esta historia sea tan difícil de olvidar.
Hoy dentro del penal de Cadereita, Omar Ortiz tiene dos tareas. La primera es la que le asignaron. La lavandería del cerezo, lavarropa, la del penal, la de los internos que la necesitan, la de las áreas administrativas. La segunda tarea es la que él mismo eligió y que según sus propias palabras es por la que lo dejaría todo.
Predicar la palabra cada día con los otros internos en las horas que la rutina del penal permite. Las personas que lo han entrevistado en el penal en los últimos años, y hay varias, porque su historia sigue generando interés, describen a alguien que ya no es el mismo hombre que fue detenido en 2012. No lo dicen como elogio, necesariamente, lo dicen como observación.
El gato que llegó a Cadereita era un hombre en caída. El que encontraron 10 años después era algo distinto, no menos complicado, no sin sombras, pero distinto. Soy feliz en este lugar. Mucha gente no lo ha entendido. Muchos familiares míos tampoco entienden cómo una persona puede ser feliz en este lugar.
Pero yo te voy a hablar de lo que el Señor me ha enseñado. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Esa frase es la que divide a todos los que siguen la historia del gato Ortiz. Hay quienes la escuchan y sienten alivio, que al menos encontró algo, que al menos tiene un motivo para levantarse cada mañana dentro de un lugar diseñado para hacerte creer que no tienes ninguno.
Ya no hay quienes la escuchan y sienten incomodidad porque hay tres víctimas que fueron privadas de su libertad. Una de ellas era menor de edad y el hombre que la señaló para que eso ocurriera dice que es feliz. Las dos reacciones son legítimas y la tensión entre ambas es exactamente lo que hace que esta no sea una historia con un final limpio, porque las historias limpias son para las películas.
Esto es México y esto es real. El fútbol mexicano produce ídolos a un ritmo que ningún otro deporte en este país puede igualar. Y los ídolos en este país tienen una característica particular. Se fabrican rápido y se olvidan todavía más rápido. Hay algo que ningún contrato de fútbol incluye. Ningún gente negocia. Ninguna academia de formación enseña.
Es lo que le pasa a un futbolista cuando el fútbol termina, no cuando se retira con honor y un homenaje en el estadio, sino cuando termina de manera abrupta, sin cierre, sin preparación, como le pasó al gato Ortiz. Nadie te prepara para el silencio que viene después, para el día en que tu teléfono deja de sonar con proposiciones de clubes.
Para el momento en que te das cuenta de que toda tu vida construiste una identidad alrededor de algo que ya no puedes hacer y que sin esa identidad no sabes exactamente quién eres. Ese vacío de identidad es el que el cártel del Golfo leyó en el Gato Ortiz. No lo leyeron en un expediente, no lo analizaron en una junta, lo oliieron. La manera en que las organizaciones que viven del crimen aprenden a oler a quien necesita algo que no puede conseguir de manera legal.
Y en ese punto, la historia del gato Ortiz deja de ser la historia de un hombre que tomó malas decisiones. se convierte en la historia de un sistema, el fútbol, la sociedad, la cultura que toma jóvenes con talento, los exprime durante años y cuando ya no sirven, los suelta sin ninguna red, sin herramientas para lo que viene después, sin nadie que los ayude a entender quiénes son cuando los guantes se cuelgan.
¿Cuántos gatos ortiza hay en este momento en México? ¿Cuántos jugadores que terminaron su carrera sin preparación para lo que viene después? ¿Cuántos que están en ese momento exacto de vulnerabilidad donde la puerta equivocada parece la única que está abierta? Esa pregunta no tiene una respuesta cómoda, pero es la pregunta que la historia del gato Ortiz obliga a hacerse.
Hay un detalle de la vida actual del gato Ortiz dentro del penal, que parece pequeño, pero que dice más que cualquier análisis. Los exjugadores que todavía tienen conexiones en el mundo del fútbol a veces le mandan regalos, no directamente, a través de intermediarios, una playera de un jugador del América, los guantes del portero del Monterrey, una camiseta de Chivas.
¿Qué hace Omar con esos artículos? ¿Los vende? ¿Le busca algún interno que la quiera? acuerdan un precio y ese dinero es con lo que solventan sus gastos dentro del penal. El portero que usó sus conexiones sociales para señalar víctimas, ahora usa las mismas redes en sentido inverso para sobrevivir. Sus excompañeros más conocidos que lo visitan, Oscar Dout, Melvin Brown, Esdras Rangel, lo hacen porque decidieron que el pasado no cancela completamente a la persona.
Los demás no van y Omar no los culpa. Hoy voy a entenderles. No tengo nada que reclamarles ni reprocharles, nada. Esa ausencia de amargura hacia quienes lo abandonaron es quizás lo más difícil de leer en toda su historia, porque puede ser genuina o puede ser la cosa más profundamente solitaria que existe. Haber aceptado tan completamente el abandono que ya no duele.
Las dos posibilidades son perturbadoras por razones distintas. Lo que sí es claro es que hay una persona que nunca lo abandonó, su madre, como lo hacen las madres mexicanas que han visto a sus hijos caer de maneras que ninguna madre merece presenciar. Sin abandonarlos, sin rendirse, sin dejar de ir a visitarlos al lugar donde el mundo decidió guardarlos.
La madre del gato Ortiz sigue yendo al penal de Cadereita a ver a su hijo, el portero que fue, el hombre que es, los dos al mismo tiempo, porque no se puede separar una cosa de la otra cuando es tu hijo. Hay preguntas sobre el caso del Gato Ortiz, que el expediente judicial no responde y que probablemente nunca respondan de manera oficial.
La primera, ¿quién más sabía? Si el papel del gato era asistir a reuniones sociales, observar a potenciales víctimas y pasar información, eso implica que había un flujo de información constante entre él y la banda. llamadas, mensajes, encuentros en el mundo del fútbol, donde todos se conocen y donde las redes sociales entre jugadores, directivos, empresarios y gente de dinero son densas y constantes.
¿Fue Omar Ortiz el único punto de intersección entre ese mundo y el de la banda? La respuesta que da el expediente es sí. Él era el único. Pero esa respuesta, en el contexto de cómo operan este tipo de organizaciones en el noreste de México genera más preguntas de las que cierra. La segunda pregunta, ¿dónde está el dinero? 200,000 pesos en total, 100.
000 por secuestro. Para un hombre con los gastos de Omar Ortiz en ese momento, eso no es una fortuna. Es lo que necesitabas para pagar deudas, sostener a los hijos, alimentar la adicción durante unos meses. Pero si esos fueron los únicos dos secuestros en los que participó, el balance entre lo que recibió y lo que le costó es el más desequilibrado de toda la historia.
200,000 pesos a cambio de 75 años. La tercera pregunta, ¿fue realmente libre de elegir un hombre con adicción activa, sin ingresos, con deudas, con la presión de sostener a hijos de múltiples relaciones? Con la identidad completamente destruida después del dopaje y la suspensión. ¿Cuánta libertad real de elección tiene ese hombre cuando alguien con poder y dinero le abre una puerta? Esa pregunta no exonera a nadie, pero sí obliga a ampliar el ángulo desde el que se mira esta historia, porque la versión fácil, futbolista
corrupto que eligió el crimen es cómoda, nos deja del lado correcto sin tener que preguntarnos nada incómodo. La versión completa es más difícil. implica hablar de sistemas que abandonan a las personas en sus momentos más vulnerables, de un fútbol que no tiene ningún protocolo real para lo que le pasa a un jugador cuando termina su carrera de manera abrupta.
De una sociedad donde el crimen organizado tiene las herramientas más sofisticadas para identificar y reclutar exactamente a las personas que el sistema oficial abandonó. La historia del Gato Ortiz es incómoda porque no tiene un solo villano, tiene varios y algunos de ellos tienen logotipos de clubes de fútbol.
Hay algo que ningún artículo sobre el gato Ortiz menciona, pero que cuando lo entiendes cambia la manera en que ves toda la historia. Omar Ortiz tiene 49 años. cuando tenía 35, exactamente la edad en que muchos hombres en México empiezan a sentir que ya encontraron su lugar en el mundo. Él empezaba a cumplir una condena de 75 años. Y hay algo más.
El fútbol mexicano hoy tiene en activo a jugadores que conocieron al gato Ortiz, que jugaron con él, que se entrenaron con él, que estuvieron en esas fiestas, en esas reuniones, que hoy tienen carreras, contratos, familias y que cuando ven su nombre en alguna nota vieja en internet sienten algo que no es exactamente culpa, pero que tampoco es exactamente alivio.
Porque la historia del gato Ortiz no le pasó a alguien de otro planeta, le pasó a alguien que estuvo exactamente donde muchos otros estuvieron y que tomó decisiones distintas o que las circunstancias le ofrecieron puertas distintas o las dos cosas al mismo tiempo. La última vez que Omar Ortiz habló en cámara desde Cadereita, le preguntaron si tenía algo que decirle a sus hijos.
dijo esto, si tuviera la oportunidad de hablar con ellos y pedirles perdón, lo haría. Solo quiero que sepan que los quiero, que no merecen lo que les hago pasar y que si Dios quiere, algún día los voy a abrazar. 75 años, nueve hijos, 200,000 pesos, 8 días. Esos son los números de la historia del gato Ortiz.
Pero los números nunca cuentan una historia completa. Los números cuentan lo que pasó, lo que pasó antes, lo que pasa dentro y lo que pasa después. Eso es lo que este documental intentó mostrar. Y si esta historia te movió algo, si te quedaste pensando en alguno de esos números, en alguna de esas frases, en alguna de esas preguntas que no tienen respuesta limpia, suscríbete porque hay más historias como esta.
Historias de hombres que llegaron al punto más alto del deporte mexicano y que cayeron de maneras que nadie vio venir, cada una con sus propios números. Cada una con sus propias puertas que se abrieron en el momento equivocado. La próxima ya está lista.