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OMAR ” GATO” ORTIZ : CONFESÓ LO QUE OCULTO DURANTE AÑOS

 No lo contó un periodista, no lo contó un excompañero, no lo contó alguien que lo vio desde afuera, lo contó él en sus propias palabras. En una entrevista que circula en video y que es quizás el documento más devastador que existe sobre su historia. Sus palabras exactas fueron estas. Empecé con cocaína, después con marihuana, después piedra, después cristal, tachas, ácidos, pastillas, prácticamente de todo.

 Prácticamente de todo. Esa frase no es una confesión pequeña. La radiografía completa de una adicción que no empezó en un día de crisis, empezó en un día de celebración, en una fiesta de futbolistas donde alguien ofreció algo y él no dijo que no. El mundo del fútbol profesional mexicano en esa época era un mundo de contrastes brutales.

 De lunes a sábado, disciplina, entrenamiento, física, táctica, hierba y guantes. de sábado en la noche al domingo, un universo completamente diferente donde el dinero que llegaba, la fama que empezaba a tomar forma y la ausencia de estructura fuera del campo creaban el escenario perfecto para que cierto tipo de decisiones se tomaran sin que nadie las cuestionara.

Un excpañero de Jaguares contó una historia sobre el gato que dice más que cualquier estadística de su carrera. Un día en Chiapas, después de un buen resultado del equipo, el gato salió de una juerga y terminó enfrentándose con elementos de la policía local. Siete policías, solo el gato. Y los siete policías no podían con él.

 Llamaron al gobernador, literalmente al gobernador del estado. Le dijeron, “El gato Ortiz golpeó a varios policías y no podemos detenerlo.” El gobernador respondió, “Suéltenlo, por favor.” Esa historia se contó como anécdota graciosa durante años en los camerinos del fútbol mexicano, pero no tiene nada de gracioso. Es la historia de un hombre con suficiente fuerza física, suficiente fama y suficiente ausencia de consecuencias para convencerse de que las reglas que aplican a todos los demás no aplican a él.

Y ese convencimiento, cuando se combina con el tipo de adicción que Omar mismo describió, produce una sola cosa, una caída que es cuestión de tiempo, pero todavía faltaban años para el fondo. Todavía había fútbol que jugar, todavía había una carrera que intentar salvar y todavía había decisiones que lo iban llevando paso a paso hacia el punto donde ya no había regreso posible.

  1. Omar Ortiz estaba de regreso en Rayados, su casa, el club de su ciudad, el torneo bicentenario de la Liga MX, la Copa Libertadores, un Monterrey que en esa época empezaba a construir uno de sus mejores proyectos en décadas. Y el gato, portero veterano, con experiencia en varios equipos, con paso por la selección, era parte de ese proyecto.

 Pero en un control antidopaje realizado durante la Copa Libertadores, Omar Ortiz dio positivo. Las sustancias detectadas fueron oximetolona y dromostanolona, dos anabólicos, dos esteroides. La comisión disciplinaria de la FMF no tardó en tomar una decisión. Suspensión de 2 años. Rayados rescindió su contrato. El club de su ciudad lo soltó.

Y Omar Ortiz, con 34 años, sin equipo, sin ingresos y con una suspensión que lo alejaba de las canchas durante 24 meses, tuvo que enfrentar algo para lo que los futbolistas raramente están preparados, el silencio. Hay algo que poca gente habla sobre la vida de un futbolista cuando deja de jugar o en este caso cuando le prohíben jugar.

 Durante toda su carrera activa, la vida tiene estructura. Entrenas a determinada hora, comes determinadas cosas, duermes determinadas horas. El cuerpo, la mente, el tiempo, todo está organizado alrededor del juego. Cuando eso desaparece, incluso temporalmente, muchos hombres se pierden dentro de sí mismos de maneras que no saben nombrar. Y los que ya tenían una puerta abierta hacia las adicciones no necesitan buscar mucho para encontrar qué hace el tiempo ahora.

Omar Ortiz confesó que durante ese periodo sus problemas con las sustancias se profundizaron, no porque el fútbol lo hubiera sostenido antes necesariamente, sino porque su ausencia le quitó el único contrapeso que tenía. Pero aquí aparece algo que hace la historia todavía más trágica, porque la suspensión tenía fecha de vencimiento, enero de 2012.

 Y según personas cercanas a él en esa época, Omar estaba haciendo esfuerzos reales para estar listo para volver. Había conversaciones con clubes, había la posibilidad concreta de regresar al fútbol profesional. Lo que ese regreso significaba para él no era solo dinero ni fama, era identidad. Sin el fútbol, Omar Ortiz no sabía exactamente quién era.

 Con el fútbol lo sabía perfectamente. Por lo tanto, los últimos meses de la suspensión eran, en teoría, el inicio del camino de regreso. Pero en esos mismos meses, una serie de decisiones que se habían venido acumulando durante años llegaron todas juntas al mismo punto. Y lo que se encontró en ese punto no fue el camino de regreso, fue el abismo.

Una investigación de Excelsior, publicada en enero de 2012, en los días posteriores a su arresto, reveló algo que para muchos fue sorpresivo. Omar Ortiz tenía problemas económicos graves. No de la noche a la mañana. Llevaba tiempo sin ingresos regulares desde la suspensión. Y los gastos no esperaban.

 Tenía hijos, varios, de relaciones distintas. Tenía una casa que mantener. Y cuando el dinero de su carrera se fue terminando y no entraba más, Omar intentó lo que pudo. Impartió clínicas de fútbol en una academia privada en McAllen, Texas. Eso duró un tiempo, pero después se acabó también. Según la fuente de Excelsior, que era alguien cercano a la familia, Omar estaba más calmado porque pudo pagar la casa.

 Me dijo que esperaba que se cumpliera el castigo para jugar de nueva cuenta en abril. Lo vi tranquilo. Lo vio tranquilo. Pero esa tranquilidad era la de alguien que había tomado decisiones que todavía no tenían consecuencias visibles, que había aceptado dinero de personas que te cobran de maneras que no están escritas en ningún papel.

La fuente describió algo más que es devastador en su sencillez. Tiene poco que de octubre para acá nos contaron que llamaron al gato para una comida. De ahí empezaron las preocupaciones. Solo sé que es alguien pesado del cártel del Golfo. Una comida. Todo empezó con una invitación a comer. Eso es lo que el mundo del crimen organizado sabe hacer mejor que cualquier otra cosa.

No llega con amenazas, no llega con pistolas sobre la mesa, llega con comida, con dinero en el bolsillo, con la sensación de que alguien finalmente te está viendo como importante. Y si eres un hombre que en ese momento no tiene ingresos, que tiene adicciones que alimentar, que tiene hijos que mantener y que lleva dos años sin la única identidad que conocía, la puerta que te abren en esa comida parece completamente razonable entrar, pero una puerta con el cártel del Golfo no funciona como las demás. Por las de

tu casa puedes entrar y salir cuando quieras. Por esa solo puedes entrar. Y lo que el gato Ortiz estaba a punto de descubrir es que el precio de salida era todo lo que todavía le quedaba. El papel que Omar Ortiz jugó dentro de la banda no fue el más visible. No era el que ejecutaba los secuestros, no era el que negociaba los rescates, no era el que manejaba las casas de seguridad.

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