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Märtha de Noruega: tuvo que huir con sus hijos para salvarlos

 Pero mientras los políticos debatían, los informes militares seguían llegando con noticias cada vez peores. Las tropas alemanas se acercaban. Hamar tampoco era segura. Fue entonces cuando llegó uno de los momentos más dramáticos de aquella jornada, un momento que en los libros de historia noruegos ocupa un lugar casi mítico.

 Un emisario alemán se presentó ante el rey Hocon con una propuesta formal de parte de Berlín. El Reich ofrecía reconocer la soberanía nominal de Noruega, permitir al rey permanecer en el trono a cambio de una sola condición. que el gobierno noruego aceptara la presencia militar alemana y nombrara al líder colaboracionista Bitkun Kisling como primer ministro.

Jocon Séptimo escuchó la propuesta, consultó con su gobierno y luego dio una respuesta que resonaría a lo largo de toda la guerra. Se negó sin ambigüedades, sin condiciones, sin puertas traseras diplomáticas. se negó y al hacerlo firmó el destino de su familia como exiliados, pero también se convirtió en el símbolo vivo de la resistencia noruega.

Marta escuchó la decisión de su suegro con una mezcla de alivio y terror que pocas personas pueden comprender a menos que hayan vivido algo similar. Alivio porque la dignidad de la nación quedaba intacta. Terror, porque esa dignidad tenía ahora un precio inmediato y concreto. El convoy tenía que seguir moviéndose hacia el norte, más al norte, lejos de todo lo que conocían.

El frío noruego de abril no es el frío decorativo de las postales, es un frío que entra en los huesos y no pide permiso. Y a través de ese frío, en camiones y trenes y automóviles que cambiaban de rutas según llegaban los informes militares, Marta avanzó con sus hijos hacia una frontera que aún no sabía que tendría que cruzar.

 Durante días, el convoy real se desplazó por el interior de Noruega, como una sombra que intentaba mantenerse un paso por delante de sus perseguidores. El itinerario cambiaba constantemente. Lo que había sido un plan se convertía en improvisación pura, guiada por los informes que llegaban de los frentes militares y por el instinto de quienes tenían la responsabilidad de mantener con vida a la familia real.

 Elverum, Niiversunt, pequeñas localidades del interior norveuego que jamás habían esperado convertirse en escenarios de la historia, vieron pasar aquel convoy con una mezcla de asombro y angustia. Los habitantes locales salían a las puertas de sus casas y observaban. Algunos ofrecían comida, otros simplemente miraban, conscientes de que algo irreversible estaba ocurriendo ante sus ojos.

En Niversund, los alemanes intentaron terminar con todo de un solo golpe. Aviones de la luz base bombardearon el pequeño pueblo en un ataque directo, cuyo objetivo era eliminar al rey, al gobierno y a la familia real en una sola operación. Las bombas cayeron sobre edificios donde horas antes había estado reunido el gabinete.

 El margen entre la vida y la muerte se midió en minutos. A veces en segundos. Marta y sus hijos se refugiaron en el bosque. No hay otra forma de decirlo. La princesa heredera de Noruega, con tres niños pequeños, se internó entre los árboles nevados mientras los aviones sobrevolaban y las explosiones sacudían el aire. Ragnil y Astrid comprendían lo suficiente como para tener miedo.

 El pequeño Haral, que aún no tenía edad para entender la guerra, lloraba sin saber por qué. Tal vez porque su madre, que siempre había sido sinónimo de calma y seguridad, apretaba su mano con una fuerza que nunca antes había sentido. Aquellas horas en el bosque representan una imagen que se graba en la memoria con una claridad casi insoportable.

Una mujer que había nacido en la comodidad de la aristocracia europea, que había crecido entre palacios y protocolos, que había sido educada para los salones y las recepciones diplomáticas, estaba ahora escondida entre pinos cubiertos de nieve, escuchando el ruido de los motores alemanes sobre su cabeza y tomando decisiones que ningún manual de etiqueta real había contemplado jamás.

Cuando los aviones se fueron y el silencio regresó, era un silencio distinto al de antes. Era el silencio de quien sabe que el peligro no ha desaparecido, sino que simplemente ha hecho una pausa. El convoy reorganizó su ruta. Había que llegar a la costa oeste. Había barcos que podían llevarlos a territorio seguro, pero el camino hasta allí era largo y los alemanes controlaban cada vez más puntos del país.

 El príncipe Olav, marido de Marta, permanecía junto a su padre, el rey, en otra parte del convoy, coordinando con los mandos militares noruegos lo que quedaba de resistencia organizada. La separación entre Marta y su marido durante aquellos días no fue permanente, pero sí lo suficientemente prolongada como para añadir otra capa de angustia a una situación que ya rozaba los límites de lo soportable.

Ella no siempre sabía dónde estaba él. Él no siempre sabía en qué condiciones estaban ella y los niños. Las comunicaciones eran precarias, intermitentes, imposibles de confiar. Y sin embargo, Marta no se detuvo, no pidió negociar, no consideró la rendición como una opción personal. Hubo testigos de aquellos días que más tarde recordarían su compostura no como frialdad, sino como una forma de valentía muy específica.

 La valentía de quien tiene miedo y actúa de todas formas porque no tiene otra elección. Porque hay tres niños que dependen de que ella no se derrumbe. A finales de abril, después de semanas de huida por el interior del país, el rey Jaacon, el gobierno noruego y la familia real llegaron finalmente a Tromso, en el extremo norte de Noruega, muy por encima del círculo polar ártico.

Allí temporalmente establecieron lo que quedaba del gobierno legítimo del país. Allí, con el mar frío y oscuro a los pies y el cielo noruego abierto sobre sus cabezas, se tomó la decisión que cambiaría el rumbo de los años siguientes. Noruega no podía sostenerse militarmente frente al poderío alemán.

 Los aliados occidentales, Francia y Gran Bretaña, que habían enviado tropas en apoyo, estaban siendo empujados hacia atrás en todos los frentes. La caída de Noruega era cuestión de días y en ese contexto la prioridad absoluta era preservar la continuidad del Estado noruego, mantener vivo al rey, mantener operativo al gobierno y hacerlo desde fuera del territorio ocupado, lo que significaba una vez más que había que huir.

 Pero esta vez no hacia el norte, esta vez hacia el otro lado del mar. El 7 de junio de 1940, el rey Jacón VI abandonó suelo noruego a bordo del crucero británico HMS de Bonshair. Con él viajaban el príncipe Olab, miembros del gobierno y parte de la familia real. El destino era Londres, donde el gobierno noruego establecería su sede en el exilio y desde donde coordinaría la resistencia contra la ocupación durante los años siguientes.

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