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El oscuro secreto de Leo Dan que Raúl Velasco descubrió en vivo.

Una tarde de domingo en Televisa, Raúl Velasco le hizo a Leodán la única pregunta que el cantante llevaba 30 años evitando. Lean sonrió. Después dejó de sonreír. Se quedó en silencio y ese silencio dijo más que toda su carrera. Porque durante 15 años el galán que tu mamá escuchaba en la cocina cruzaba la puerta de una casa siniestra en la colonia Roma.

Lo que pasaba dentro es de lo más oscuro de la farándula latina. Allí, una vieja vestida de negro abría cuerpos con un cuchillo de carnicero sin anestesia. Allí entraba la esposa del presidente de México por la puerta de servicio sin guardaespaldas, escondiéndose de su propio marido. Allí, un científico de la UNAM grababa cada operación con una cámara escondida.

Años después se esfumó del mapa y nunca apareció. Y sabes qué hacía Leodán en medio de todo eso? Algo escalofriante, algo que él mismo confesó en un libro pequeño que se publicó en 1987. Después de aquello no volvió a hablar nunca más. Hasta que 11 días antes de morir, ya consumido por dentro, dejó una confesión que destruye la imagen del galán que tu generación adoró.

Pasé tres semanas con archivos de Televisa, entrevistas inéditas y ese mismo libro. que la industria del bolero mandó retirar de circulación a los 6 meses de publicarse. Porque después de escuchar esto, Mary, es mi amor, ya no vuelve a sonar igual. Antes de entender qué pasó en aquella sala, hay algo que tienes que saber sobre Leo Dan, algo que empezó muchos años antes en un pueblo de Argentina donde nadie miraba, en una casa de adobe donde un niño descubrió que sus manos tenían algo raro, algo que él mismo no entendía. El 22 de marzo de 1942,

en una estación de tren perdida en la provincia de Santiago del Estero, nació Leopoldo Dante Tévez. El pueblo se llamaba Atamisky, 200 casas, una iglesia, un almacén. Lo demás era monte y polvo. La gente vivía de la tierra y del rezo. Cuando alguien se enfermaba grave, no había médico, había curandera, había rezador.

Había gente del pueblo que sabía hierbas y oraciones que se pasaban de madre a hija desde antes de que llegaran los españoles. La familia Tévez sembraba zapayos, criaba cabras y chanchos. El padre trabajaba la tierra de sol a sol y volvía a la casa con las manos partidas. La madre rezaba el rosario cada noche junto a una imagen de la Virgen del Valle.

Leopoldo era el menor de cinco hermanos, el más callado, el que se sentaba en el patio a mirar las estrellas mientras los otros corrían. A los sinos 5 años aprendió a tocar la armónica que había sido del abuelo. A los seis, la guitarra criolla. A los siete, la familia se mudó a un caserío todavía más pobre llamado Puerta de los Cerros.

La nueva casa era una sola habitación con piso de tierra. Las cabras dormían a unos metros de la cama. El agua se sacaba de un algive a 200 m. Allí Leopoldo se escondía detrás del corral, tocaba el instrumento entre las cabras. Componía sus primeras canciones para una tía enferma que estaba en cama. La tía vivía con la familia desde antes de que Leopoldo naciera.

La habían recogido cuando en viudó muy joven. Dormía en una pieza chica al fondo de la casa. Esa pieza es importante porque lo que pasó allí es la primera pieza del rompecabezas que va a unir todo lo que vamos a contar esta noche. La tía estaba muriendo de algo que el médico del pueblo no supo nombrar. Le subía la fiebre por las noches. Deliraba.

llamaba a su marido muerto. La familia ya había aceptado lo que iba a pasar. Habían empezado a guardar dinero para el cajón. Una tarde de marzo, Leopoldo, que tendría 8 años, entró al cuarto donde ella dormía. La luz entraba por una rendija en la persiana. La tía respiraba con dificultad. tenía la frente brillante de sudor.

El niño se acercó a la cama, le tocó la frente con la palma de la mano. Solo eso, una palma de niño contra una frente de mujer adulta. sintió algo, algo que después intentó explicar muchas veces y nunca pudo. Un calor que le subía por el brazo, una sensación que él describiría décadas después como un escalofrío al revés, como si la fiebre de la tía pasara a su cuerpo, como si algo se fuera de aquella mujer y entrara en él.

La tía abrió los ojos esa noche por primera vez en una semana. La fiebre bajó, pidió agua, pidió una sopa. El médico vino al día siguiente desde Miru, el pueblo grande. Examinó a la tía, le tomó el pulso, le miró la lengua, le revisó las pupilas y dijo en voz baja que era inexplicable, que él tenía a esa mujer desauciada hacía dos semanas, que no entendía cómo había mejorado de un día para el otro.

La tía vivió 4 años más. murió en 1954 de otra cosa, sin volver a a tener fiebres altas. Lo que pasó esa tarde en el cuarto del fondo, la madre de Leopoldo lo guardó como un secreto. Le dijo al niño que no contara nada, que la gente del pueblo iba a empezar a hablar, que iban a venir a pedirle cosas, que su don, si era un don, mejor lo dejara descansar.

Leopoldo guardó eso en un rincón de la cabeza. Se olvidó. siguió cantando, pero las manos no olvidan lo que hacen y 30 años después esas mismas manos lo iban a meter en la sala más oscura de la ciudad de México. A los 16 años, Leopoldo formó su primera banda, los Troveros. Tocaban en bodas y bautizos por el monte santiagueño.

Cobraban con comida y con un litro de vino para el padre. A los 18 fundó otra banda más moderna llamada Los demonios del ritmo. Le decía a su madre que iba a ser iba a ser cantante. La madre se reía y le decía que terminara la escuela primero, que de cantante nadie come. A los 20 agarró sus dos camisas, su guitarra y un boleto de tren.

Llegó a Buenos Aires en 1962 con 200 pesos en el bolsillo. durmió las primeras dos semanas en una pensión de Constitución. Comía pan con grasa una vez al día. Hizo audiciones en cinco discográficas, cuatro lo rechazaron. La quinta CBS lo escuchó 2 minutos y le hizo firmar un contrato esa misma tarde. En menos de un año lanzó una canción llamada Celia.

Vendió 100,000 copias en dos meses. La radio la pasaba cada 15 minutos. Leopoldo Dante Téz, el chico de Atamiski, se convirtió en Leo Dan. El nombre lo armó con las primeras letras de sus dos nombres de pila. Leo de Leopoldo, Dan de Dante. Le pareció que sonaba elegante, internacional, fácil de recordar. El éxito fue rápido y brutal.

A los 22 años llenaba teatros de Buenos Aires, Montevideo, Asunción. A los 23 tenía programa propio en Canal 9 de Argentina. Se llamaba Bajo el signo de Leo. Las fanáticas le rompían la ropa al salir del estudio. La policía tuvo que escoltarlo en varios shows. Una noche en Rosario, la cola para entrar al teatro tenía siete cuadras y la prensa habló de disturbios.

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