En el vertiginoso mundo de la política colombiana, donde los discursos calculados y las respuestas evasivas suelen ser la norma, la irrupción de Abelardo de la Espriella ha marcado un antes y un después. Conocido cariñosamente por sus seguidores como “El Tigre”, el exabogado penalista, empresario y ahora candidato presidencial, no es un hombre que pase desapercibido. Su estilo frontal, su retórica afilada y su absoluta falta de interés por la “corrección política” lo han convertido en el foco de ataques, pero también en un fenómeno popular que, según sus propias palabras, no se veía en décadas.
Durante una reciente y reveladora entrevista, de la Espriella abordó sin tapujos las críticas más severas hacia su campaña, su visión sobre sus principales contrincantes —Iván Cepeda y Paloma Valencia—, su profunda transformación espiritual y el plan de choque con el que pretende, según él, salvar a Colombia del colapso institucional.
La política como un cuadrilátero: Resistir para vencer
Al ser cuestionado sobre el ambiente hostil de la campaña y los constantes ataques que ha recibido durante los últimos diez meses, la respuesta de Abelardo fue, fiel a su estilo, pragmática y contundente: “La política es confrontación en esencia y, por definición, polarización. A eso no hay que tenerle miedo. Es como una pelea; tú das coñazos y te dan, y al final gana el que más coñazos aguanta. Es una especie de boxeo o lucha libre”.

Lejos de mostrarse herido o victimizado por las acusaciones mediáticas y los intentos de desestabilización emocional, el candidato aseguró que todo “le resbala”. Confiesa dormir con una tranquilidad asombrosa, impulsado por el afecto que recibe en sus recorridos regionales. “Ellos sabían que yo era fuerte, pero no sabían qué tan fuerte soy en realidad… A mí me recarga el cariño de la gente, meterme en todas las regiones, montarme a la tarima y echar un discurso”, afirmó con seguridad.
Para de la Espriella, ceder ante el insulto sería una muestra de debilidad y falta de inteligencia emocional en un momento crítico donde lo que está en juego, argumenta, es la democracia, la libertad y la institucionalidad de Colombia.
El despertar espiritual y la influencia de “Beatri”
Más allá de la coraza política, la entrevista ofreció un vistazo inusual al fuero interno del candidato. Criado en un estricto racionalismo donde “no creía en nada que la razón no pudiese explicar”, de la Espriella relató el evento traumático que cambió su cosmovisión: la muerte de su tía Beatriz, a quien consideraba como una hermana.
Esa pérdida dolorosa hace cinco años lo acercó a la espiritualidad de una manera que nunca imaginó. “Recibo ese llamado de Dios, porque al final del día no es lo que uno piensa ni quiere, sino lo que Dios decide… Yo pensé que era completamente feliz, pero sí se puede ser más feliz cuando tienes a Dios en tu corazón”, confesó. Aunque se define como católico, posee una visión ecuménica de la religión, respetando los ritos cristianos, judíos e islámicos, aunque sobre este último hace una salvedad geopolítica, citando a Oriana Fallaci al considerar el fundamentalismo islámico como una amenaza para la sociedad de libertades.
Este anclaje espiritual es, según él, lo que le permite transitar la campaña sin albergar odios ni rencores contra sus adversarios.
El veredicto sobre Iván Cepeda y Paloma Valencia
Cuando la conversación giró hacia el ajedrez electoral, de la Espriella no escatimó palabras para definir a sus contendores. Sobre Iván Cepeda, representante de la izquierda radical y heredero político de Gustavo Petro, fue lapidario. Lo describió como un hombre “de los de siempre”, que ha vivido “de la teta del Estado” y que representa un peligro mayor por su disciplina y rigor doctrinario.
“Cepeda es la segunda generación de comunistas; es más complicado que Petro porque es un hombre disciplinado, serio, no tiene los devaneos ni las locuras de Petro. Pretende implantar un modelo que no ha funcionado en Venezuela, que no ha funcionado en Nicaragua y que ha sido un desastre en Cuba”, sentenció el candidato.

Por otro lado, al referirse a la senadora Paloma Valencia (Centro Democrático), mostró un evidente respeto por su patriotismo y valentía, pero trazó una clara línea divisoria respecto a la emoción política. Reconoció que no debatiría destructivamente con ella al considerarla una aliada natural, pero afirmó que su propuesta no le “mueve la aguja” en términos de movilización popular. “La política es emoción. Y Paloma no me genera esa emoción… No me mueve”, puntualizó.
La sombra de la abogacía y la prensa “arrogante”
Uno de los flancos más atacados de su trayectoria ha sido su pasado como abogado penalista. Sin embargo, defiende su historial con un orgullo inquebrantable, asegurando no tener ni una sola sanción disciplinaria en más de dos décadas de ejercicio. Ante la etiqueta de ser “abogado de mafiosos”, desmitificó la narrativa aclarando que solo asumió dos casos de narcotráfico al inicio de su carrera, un ambiente que le desagradó profundamente y que abandonó de inmediato.
Abelardo entiende el derecho penal como una vocación necesaria para el sostenimiento de la justicia y la defensa técnica, un derecho constitucional inalienable. “Si lo único que tienen para atacarme a mí es mi ejercicio como abogado, no tienen nada. Grandes abogados a lo largo de la historia le han aportado mucho a la sociedad”, reflexionó.
La tensión aumentó al hablar sobre su relación con la prensa colombiana. Aunque fue abogado de periodistas y medios de comunicación, de la Espriella no dudó en calificar al gremio de “arrogante”. Rechaza la premisa de que los periodistas sean incuestionables y defiende su derecho a utilizar los mecanismos democráticos —acciones civiles y penales— contra quienes, a su juicio, lo han difamado escudándose en el activismo. “Yo no voy a censurar a nadie. Lo que pido es que digan la verdad. No es mucho pedir”, argumentó, dejando claro que bajo su gobierno no habrá persecución a la libertad de prensa, pero tampoco tolerancia a las injurias sistémicas.
“Bandido que no se someta, lo doy de baja”
Si hay un pilar que define la propuesta presidencial de Abelardo de la Espriella, es su postura innegociable frente a la criminalidad. Con una retórica que evoca las épocas más duras de la seguridad democrática —declarando su admiración por Álvaro Gómez Hurtado y su compromiso de no reformar la Constitución para atornillarse en el poder—, el candidato promete un Estado implacable.
“Aquí los enemigos son los bandidos. Bandido que no se someta, lo voy a dar de baja sin asco. Y el que se someta, lo voy a mandar para una cárcel de verdad… Aquí no tiene que tener miedo nadie, sino los delincuentes”, advirtió con firmeza. Su promesa de utilizar el peso del Estado y desplegar el Ejército ante cualquier intento de bloqueos violentos o vandalismo a la infraestructura nacional resonó como un mensaje directo a los promotores de la protesta violenta.
El nacimiento del “Tigre” y la apuesta por la primera vuelta
El apodo de “El Tigre” no fue producto de una sala de redacción o una agencia de marketing; nació del fervor popular en las redes sociales, meses antes de que la candidatura fuera oficial. Para de la Espriella, este fenómeno es la prueba irrefutable de que su campaña no es tradicional.
“Esto no es una candidatura, esto es un movimiento popular. Un movimiento popular tú no lo enfrentas con una candidatura como la de Paloma o la de los otros. Tú tienes que enfrentar un movimiento popular (refiriéndose al petrismo) con otro movimiento popular, que es el caso mío”, explicó el candidato.