Nuera en Sevilla arruina la exclusiva cena de cumpleaños de su suegra revelando ante todos los invitados las deudas ocultas de la familia
Acto I: La Calma antes de la Tormenta
(Escena: Un lujoso restaurante en el centro de Sevilla, reservado en exclusiva para el 60º cumpleaños de Doña Beatriz. Mesas con manteles de hilo, velas, copas de cristal de Bohemia. El ambiente exhala opulencia. Beatriz reina en el centro de la mesa.)
Beatriz: (Alzando su copa de champán con una sonrisa radiante) ¡Ay, por favor, qué alegría veros a todos aquí! Ya sabéis que para mí, la familia y las buenas amistades lo son todo. En momentos así es cuando uno agradece haber mantenido el listón tan alto.
Sofía: ¡Estás radiante, Beatriz! De verdad, este sitio es una maravilla. Solo tú podías cerrar un local así en plena temporada alta.
Beatriz: (Con falsa modestia) Bueno, ya sabes cómo funciona esto, Sofía. Si uno quiere calidad, hay que pagarla. Los negocios de la familia van de maravilla, gracias a Dios. Mi Carlos heredó el buen ojo de su padre.
Carlos: (Un poco tenso, forzando la sonrisa) Gracias, mamá. Todo sea por verte feliz hoy.
Beatriz: (Mirando de reojo a Alicia, que está al final de la mesa en silencio) Aunque claro, siempre hay quien no termina de encajar en estos ambientes… Alicia, hija, ¿te pasa algo? Estás muy callada. ¿No te gusta el caviar?
Alicia: (Con voz tranquila pero firme) El caviar está estupendo, suegra. Gracias. Solo estaba… disfrutando de las vistas.
Beatriz: (Riéndose entre dientes, dirigiéndose a Sofía en tono condescendiente) Pobrecita, ya sabes que viene de un entorno más… humilde. A veces le cuesta asimilar este ritmo de vida. Pero bueno, hacemos lo que podemos por integrarla.
Carlos: (Susurrando a Alicia) Cariño, por favor, pon mejor cara. Es el día de mi madre. No empieces.
Alicia: (Mirando a Carlos a los ojos) Yo no he dicho nada, Carlos. Solo estoy escuchando.
Acto II: El Menosprecio Continuo
(Los camareros sirven el segundo plato. La conversación fluye entre risas falsas y presunción. Beatriz vuelve a fijar su objetivo en Alicia.)
Beatriz: Por cierto, Alicia, el vestido que llevas… ¿es de las rebajas del año pasado, verdad? Me suena haberlo visto en un escaparate de saldo.
Alicia: Es un vestido sencillo, Beatriz. Me pareció adecuado para la ocasión.
Beatriz: Claro, claro. “Sencillo”. Esa es la palabra. Es que en esta familia estamos acostumbrados a otra etiqueta, ¿entiendes? A ver si Carlos te lleva de compras por las tiendas buenas de Sevilla, las que nos gustan a nosotras. Aunque claro, con tu sueldo de la gestoría tampoco podemos pedir milagros.
Sofía: Bueno, Beatriz, la chica hace lo que puede.
Beatriz: Sí, si yo no digo lo contrario. Pero es que la categoría se tiene o no se tiene. Mira esta cena, los detalles, el champán importado… Todo esto cuesta una fortuna que solo unos pocos podemos permitirnos sin mirar la cuenta bancaria.
Carlos: Mamá, no hables de dinero en la mesa, por favor.
Beatriz: ¿Y por qué no, hijo? El dinero es el reflejo del esfuerzo y del éxito. Los que trabajamos duro y mantenemos el patrimonio limpio podemos presumir de ello. Los que no… pues se sientan a mirar.
(Alicia deja los cubiertos sobre el plato. El sonido del metal choca contra la porcelana, llamando la atención de los comensales cercanos. Alicia sonríe de una manera que Carlos nunca antes había visto. Una sonrisa fría.)
Acto III: El Giro de Guion
Alicia: Tienes toda la razón, Beatriz. El dinero es el reflejo del éxito. Y el éxito de esta familia es… verdaderamente fascinante.
Carlos: (Sintiendo un escalofrío) Alicia, cállate. Vámonos a casa si estás cansada.
Alicia: ¿Irmos? ¡Pero si la fiesta acaba de empezar! ¿No querías que me integrara, suegra? Pues quiero proponer un brindis. Un brindis muy especial.
Beatriz: (Arrogante) Vaya, parece que el champán te ha soltado la lengua. A ver, dinos.
Alicia: (Poniéndose en pie, con paso firme y alzando su copa) Brindo por mi suegra, Doña Beatriz. Una mujer que ha logrado algo casi imposible en Sevilla: mantener una fachada de oro puro… cuando los cimientos están completamente en la quiebra.
(Un silencio sepulcral cae sobre la mesa. Sofía deja de abanicarse. Manolo mira de reojo a Carlos.)
Beatriz: (Con la cara rígida) ¿Qué sarta de tonterías estás diciendo, niñata? Te estás pasando de la raya. Carlos, saca a tu mujer de aquí ahora mismo.
Carlos: (Agarrando el brazo de Alicia) Alicia, basta, vámonos ya. Estás haciendo el ridículo.
Alicia: (Soltándose con suavidad pero con una fuerza interna descomunal) No, Carlos. El ridículo lo lleváis haciendo vosotros tres años. (Mirando a los invitados) Siento arruinaros la digestión, queridos invitados, pero creo que es justo que sepáis la verdad. Este restaurante tan exclusivo no se ha pagado con los “maravillosos negocios” de los que presume Beatriz.
Beatriz: ¡Cállate! ¡Seguridad! ¡Que echen a esta loca!
Alicia: ¿Qué seguridad, Beatriz? Si ni siquiera has podido pagar el depósito completo del catering. ¿Les contamos a todos lo de las cartas que llegan a casa todos los días?
Sofía: (Cuchicheando con Manolo) ¿Qué cartas? ¿De qué habla?
Alicia: Hablo de las notificaciones de embargo, Sofía. Sí, habéis oído bien. Doña Beatriz de la Santísima Trinidad tiene tres hipotecas sobre la casa familiar. Tres. Y la empresa de Carlos… bueno, la empresa está en concurso de acreedores desde hace seis meses.
Carlos: (Con la cabeza entre las manos) Alicia… por lo que más quieras.
Alicia: ¿Ah, ahora me pides por lo que más quiero? ¿Dónde estabas tú cuando tu madre me llamaba muerta de hambre cada domingo en los almuerzos? ¿Dónde estabas cuando me humillaba delante de tus tíos diciendo que yo no aportaba nada a este “apellido tan ilustre”?
Acto IV: La Verdad Desnuda
Beatriz: (Temblando de rabia, intentando mantener la compostura ante sus amigos) ¡Todo eso son mentiras inventadas por el rencor! ¡Mis cuentas están perfectamente! ¡Manolo, tú me conoces!
Manolo: Bueno, Beatriz… la verdad es que los pagarés que me diste el mes pasado todavía no los he podido cobrar…
Alicia: (Sacando un fajo de papeles perfectamente ordenados de su bolso de mano) Qué casualidad, Manolo. Aquí tengo los extractos bancarios que tú, Beatriz, me pediste que “revisara” en la gestoría la semana pasada, pensando que como soy una “simple empleada” no me daría cuenta de lo que significaban esos números rojos. Aquí están los avisos de desahucio. Aquí están los préstamos personales a nombre de Carlos para tapar las deudas de tus tarjetas de crédito de las tiendas de lujo de la calle Sierpes.
Sofía: (Con los ojos como platos) ¡Madre mía! ¿Pero entonces las joyas…?
Alicia: Joyas alquiladas, Sofía. Todo lo que veis en esta mesa es pura fachada. Una mentira insostenible financiada con el dinero que yo misma tuve que avalar con mis pequeños ahorros para que no os quitaran el coche el mes pasado. ¡Y encima he tenido que aguantar que se me trate como a una ciudadana de segunda!
Beatriz: (Con la voz rota, perdiendo toda la altivez) Tú… tú eres una víbora. Has planeado esto para destruirme en mi cumpleaños.
Alicia: No, Beatriz. Esto no lo he planeado yo. Lo has construido tú sola con tu soberbia. Yo solo he decidido dejar de sujetar la cuerda. Me cansé de ser la nuera silenciosa que aguantaba los desprecios para salvar un honor familiar que no existe.
Acto V: La Despedida
(Alicia deja los papeles sobre la mesa, justo al lado de la tarta de cumpleaños de Beatriz. Mira a Carlos, quien ni siquiera es capaz de levantar la mirada del suelo.)
Alicia: Carlos, los papeles del divorcio te llegarán el lunes a la oficina. Bueno, a lo que quede de ella. Quédate con tu madre, con tu apellido y con tus deudas. A mí ya no me vais a hacer sentir pequeña nunca más.
(Alicia toma su bolso, mira a los invitados con una sonrisa educada y camina hacia la salida del restaurante con paso firme, la cabeza alta y una ligereza que no sentía en años.)
Beatriz: (Gritando con voz ahogada) ¡Alicia! ¡Vuelve aquí! ¡Esto no se va a quedar así!
(Nadie responde. Los invitados se miran entre sí en un silencio incómodo y tenso. El cumpleaños exclusivo ha terminado, y la realidad de las apariencias acaba de comenzar.)
Acto VI: El eco del portazo
(Escena: El mismo restaurante lujoso, apenas un segundo después de que Alicia cruzara la puerta de salida. El silencio es tan denso que casi se puede escuchar el parpadeo de las luces de diseño. Nadie se atreve a tocar sus copas. Doña Beatriz permanece estática, con el brazo aún alzado en dirección a la puerta, como si el tiempo se hubiera congelado en el peor momento de su vida.)
Sofía: (Abanicándose con un ritmo frenético, rompiendo el hielo con voz temblorosa) Bueno… vaya tela. Madre mía. Carlos, hijo… ¿esto es una broma de mal gusto, no? Decidme que es una actuación. Una de esas cosas modernas que se llevan ahora.
Carlos: (Sin levantar la cabeza de la mesa, con la voz ahogada) Ojalá, Sofía. Ojalá fuera una broma.
Beatriz: (Recuperando el aire de golpe, con la cara encendida de pura indignación) ¡Pero bueno! ¡¿Pero qué os pasa a todos?! ¡¿Vais a creer las calumnias de esa desquiciada?! ¡Esa niña ha perdido el juicio! ¡Está loca de celos porque nunca ha podido pertenecer a nuestro mundo!
Manolo: (Mirando fijamente el fajo de papeles que Alicia ha dejado junto a la tarta) Beatriz, lo siento mucho, pero los papeles que hay ahí tienen el sello oficial de la Agencia Tributaria. Y el logotipo de mi banco también lo veo desde aquí.
Beatriz: (Intentando tapar los documentos con las manos, desesperada) ¡Manipulaciones! Hoy en día con un ordenador se hace cualquier cosa, Manolo. ¿Tú vas a dudar de mí? ¿De la familia De la Vega? ¡Por el amor de Dios, si nos conocemos desde que éramos niños!
Sofía: (Con una sonrisa que intenta ser compasiva pero esconde una voraz curiosidad) Ya, Beatriz, cielo… pero es que lo que ha dicho del concurso de acreedores de la empresa… En el club ya se comentaba algo la semana pasada. Yo le dije a todo el mundo que eran envidias, claro, pero ahora…
Beatriz: (Sintiendo que el suelo se abre bajo sus pies) ¿Qué se comentaba en el club? ¡Que me lo digan a la cara! ¡Partida de cotillas!
Carlos: (Dando un golpe seco en la mesa, levantándose por fin) ¡Basta, mamá! ¡Cállate ya por una vez! ¿No ves que todo el mundo lo sabe? ¡¿No ves que nos hemos quedado en ropa interior delante de toda Sevilla?!
Beatriz: (Atónita ante la reacción de su hijo) ¿Cómo me hablas así, Carlos? ¡Soy tu madre! ¡Todo lo que he hecho ha sido para proteger tu nombre! ¡Para que nadie te mirara por encima del hombro!
Carlos: (Con los ojos llorosos, mirando a su alrededor con una mezcla de vergüenza y rabia) ¿Proteger mi nombre? Nos has hundido, mamá. Alicia tenía razón. Cada vez que intentaba decirte que vendiéramos el chalé o que bajáramos el ritmo, me saltabas con el “orgullo familiar”. ¡Pues mira dónde está nuestro orgullo ahora! Metido en un sobre de la gestoría.
Acto VII: La huida de los invitados
(El ambiente se vuelve insoportable. Los invitados empiezan a buscar sus bolsos y chaquetas con movimientos sutiles pero decididos. Nadie quiere estar en el epicentro del desastre.)
Manolo: (Levantándose y abrochándose la chaqueta) Bueno… yo creo que lo mejor es que os dejemos un espacio para hablar en familia. Estas cosas son muy delicadas y… en fin, que se solucione todo de la mejor manera.
Beatriz: (Tratando de agarrar el brazo de Manolo) Manolo, por favor, siéntate. Traen el postre ahora mismo. No me dejes así. Si es por el pagaré, mañana mismo te hago una transferencia, te lo juro por mi madre.
Manolo: (Retirando el brazo con una cortesía fría) No te preocupes por eso ahora, Beatriz. Ya hablaremos en la oficina el lunes. Con los abogados delante, mejor. Buenas noches.
Sofía: (Levantándose también, con prisa evidente) Sí, yo también me voy, que mañana tengo que madrugar para lo del voluntariado de la hermandad. Beatriz… lo siento muchísimo. Qué disgusto para tu cumpleaños, de verdad. Si necesitas algo… bueno, ya nos llamamos.
Beatriz: ¡Sofía! ¡Tú no! ¡Tú eres mi mejor amiga!
Sofía: (Ya alejándose hacia la salida, susurrando a otra invitada) Vaya espectáculo, hija. Qué necesidad había de pasar por esto. Y yo que le compré un broche de plata… a saber si no lo empeña mañana.
(En menos de tres minutos, el gran salón reservado queda completamente vacío. Solo quedan Beatriz, Carlos, una decena de platos a medio terminar, la tarta intacta y las velas consumiéndose lentamente. Los camareros observan desde la barra con una mezcla de asombro y lástima.)
Acto VIII: La culpa rebota en las paredes
(Beatriz se deforma en la silla. Toda la altivez y la postura rígida que ha mantenido durante años se desmoronan en un segundo. Carlos camina de un lado a otro del salón, tirándose del pelo.)
Beatriz: (Con la voz temblorosa, casi infantil) ¿Has visto cómo son? ¿Has visto la falsedad de esa gente? Mañana mismo media Sevilla va a estar hablando de esto. ¡Mi reputación… destruida por esa muerta de hambre!
Carlos: ¡Deja de llamarla así! ¡Alicia no es ninguna muerta de hambre! Alicia es la única persona que ha puesto dinero real en esta casa en los últimos dos años. ¿Te acuerdas de la reforma de la cocina que le dijiste a tus amigas que costó una fortuna? ¡La pagó ella con la herencia de su abuelo! ¡Y tú ni le diste las gracias!
Beatriz: ¡Faltaría más! Vivía bajo mi techo, en una casa que ha pertenecido a los De la Vega durante tres generaciones. Lo mínimo que podía hacer era colaborar.
Carlos: ¡Esa casa ya no es nuestra, mamá! ¿Es que no te enteras? El banco la va a sacar a subasta en dos meses porque no hemos pagado las últimas cinco cuotas. ¡Cinco!
Beatriz: (Desviando la mirada, obstinada) Habríamos conseguido el dinero. Tu tío me prometió un préstamo.
Carlos: ¡Mi tío cambió de número de teléfono hace tres semanas para que dejes de pedirle dinero! Estamos solos, mamá. Solos y arruinados. Y lo peor de todo… es que he perdido a la única mujer que me quería de verdad. Por tu culpa. Por mi culpa, por ser un cobarde y no frenarte a tiempo.
Beatriz: (Llorando con lágrimas de rabia) ¿Ah, ahora la culpa es mía? ¿Quién te compró los trajes a medida para que parecieras un gran ejecutivo? ¿Quién insistió en que os fuerais de luna de miel a Bali aunque no tuviéramos ni para la gasolina del coche? ¡Yo lo hice todo por ti! ¡Para que tuvieras la vida que te mereces!
Carlos: ¡Yo no quería ir a Bali, mamá! ¡Yo quería quedarme en un hostal en la playa y estar tranquilo! ¡Tú me obligaste a pedir ese crédito! (Se sienta en una silla, derrotado) Todo ha sido una mentira. Mi matrimonio, mi empresa, mi vida entera. Todo es un decorado de cartón piedra.
Acto IX: Una noche de insomnio
(Escena: El salón de la casa familiar, unas horas más tarde. La casa es impresionante, con techos altos y molduras señoriales, pero está fría y desangelada. Las cajas con notificaciones judiciales se acumulan en un rincón del despacho. Carlos entra arrastrando los pies. No hay rastro de Alicia; el armario del dormitorio común está medio vacío.)
Carlos: (Hablando solo, mirando el espacio vacío en el armario) Se ha llevado lo justo. Ni una joya de las que le regalaste, mamá. Se ha llevado sus libros, sus vestidos de diario y las fotos de su perro. No quiere nada que huela a nosotros.
Beatriz: (Entrando al cuarto con una bata de seda desgastada, con ojeras profundas) Pues mejor. Así no tendremos que litigar por los bienes. Que se vaya con lo puesto. Mañana hablaré con el abogado de la familia…
Carlos: (Soltando una carcajada amarga) ¿Qué abogado, mamá? ¿Don Alfonso? Te recuerdo que nos mandó un correo el martes diciendo que si no le pagábamos los honorarios atrasados de los últimos dos años, dejaba de representarnos. No tenemos abogado. No tenemos nada.
Beatriz: (Sentándose en el borde de la cama) Hay que pedir un rescate. El negocio de la exportación de aceitunas tiene que dar algo…
Carlos: El negocio de las aceitunas cerró en enero, mamá. ¿De verdad vives en un mundo tan paralelo? Lo único que hacíamos era traspasar dinero de una tarjeta a otra para pagar los intereses de la anterior. Se acabó el juego. La rueda se ha parado.
Beatriz: (Mirándose las manos, por primera vez mostrando un destello de miedo real) ¿Y qué vamos a hacer ahora, Carlos? ¿Qué va a pasar cuando mañana vaya a la compra? ¿Cuándo me miren en la plaza?
Carlos: Lo que tendrías que haber hecho hace mucho tiempo: asumir la realidad. Yo mañana voy a buscar a Alicia. Voy a pedirle perdón de rodillas si hace falta.
Beatriz: ¡Ni se te ocurra! ¡Un De la Vega no se arrodilla ante nadie, y menos ante una empleada de gestoría que nos ha humillado públicamente! Tienes que mantener la dignidad.
Carlos: (Mirando a su madre con una mezcla de desprecio y lástima) Tu dignidad nos ha dejado en la calle, mamá. Disfrútala a solas.
Acto X: El reencuentro en la realidad
(Escena: Al día siguiente, por la tarde. Un modesto piso en un barrio obrero de Sevilla. Se escucha el sonido del tráfico de fondo. Alicia está terminando de colocar unas cajas de cartón en el salón de la casa de su hermana. Alguien llama a la puerta con insistencia. Alicia abre y se encuentra a Carlos, desarreglado, con la corbata floja y los ojos hinchados.)
Alicia: (Sin dejarlo entrar, apoyada en el marco de la puerta) Hola, Carlos. Sabía que vendrías.
Carlos: (Con la voz rota) Alicia… por favor. Déjame hablar contigo cinco minutos. Solo cinco minutos.
Alicia: No tenemos nada de qué hablar, Carlos. Lo que tenía que decir lo dije anoche delante de todos tus invitados especiales. Creo que fui bastante clara.
Carlos: Fuiste implacable, Alicia. Me destruiste. Destruiste a mi madre.
Alicia: No, Carlos. No te confundas. Yo no os destruí. Yo solo encendí la luz de la habitación para que todos vieran las cucarachas que ya estaban allí. Vosotros os destruisteis solos gastando lo que no teníais y tratando a los demás como si fueran basura.
Carlos: (Llorando abiertamente) Tienes razón. Tienes toda la razón del mundo. He sido un cobarde. Sé que mi madre ha sido insoportable contigo, sé que te ha hecho de menos cada día, y odio no haber tenido los pantalones para plantarle cara y decirles: “Esta es mi mujer y la respetáis”.
Alicia: (Con un suspiro cansado, pero sin perder la firmeza) El problema, Carlos, es que no solo no la frenaste, sino que te convertiste en su cómplice. Me pedías que me callara “por la paz familiar”. Me pedías que aguantara sus comentarios pasivo-agresivos sobre mi ropa, mi familia, mi trabajo… Mientras tanto, utilizabas mi sueldo para pagar los plazos de un coche de lujo que solo servía para que tu madre fuera los domingos a aparentar al centro.
Carlos: Lo hice por desesperación, Alicia. Pensaba que si la empresa remontaba, te lo devolvería todo con creces. Te lo juro por lo más sagrado.
Alicia: El dinero me da igual, Carlos. Lo que me duele es que me vaciaste emocionalmente. Me hiciste dudar de mi propio valor. Llegué a pensar que de verdad yo era inferior por no tener un apellido compuesto o por no haber ido a un colegio de pago. ¿Sabes lo destructivo que es eso?
Carlos: (Intentando cogerle las manos, pero ella se aparta) Lo sé, lo sé y me muero de vergüenza. Pero mírame ahora. Estoy limpio. Ya no hay fachada. Lo he perdido todo. Mi madre está en casa destrozada, la empresa está cerrada y yo… yo solo te tengo a ti. Por favor, vuelve conmigo. Empecemos de cero. En un piso como este, donde tú quieras. Trabajando los dos. Pero no me dejes solo en este pozo.
Alicia: (Mirándolo con una profunda tristeza pero con una determinación inquebrantable) Carlos… eres un niño grande que busca una nueva cuidadora porque la anterior se ha quedado sin dinero. No quieres empezar de cero conmigo; quieres que yo te ayude a cargar con el peso de tus errores porque tu madre ya no puede hacerlo.
Carlos: No es verdad, Alicia. Yo te amo.
Alicia: Si me amaras, me habrías defendido cuando tu madre insinuó en Navidad que mi madre no sabía comportarse en una mesa. Si me amaras, no habrías firmado esos préstamos a mis espaldas usando nuestra cuenta común. El amor no es esto, Carlos. El amor es respeto, y en tu casa esa palabra no existe.
Acto XI: La última lección
Carlos: (Desesperado) ¿Entonces qué se supone que debo hacer ahora? ¿Qué hago con mi vida? ¿Qué hago con mi madre?
Alicia: Hazte cargo de tus actos, Carlos. Madura. Ve a la oficina el lunes, habla con los acreedores, asume la quiebra y ayuda a tu madre a empaquetar las cosas para cuando llegue el desahucio. Búscate un trabajo normal, de los que se pagan por horas, y empieza a saber lo que cuesta ganarse la vida de verdad sin un apellido que te respalde.
Carlos: (Bajando la cabeza, dándose cuenta de que no hay vuelta atrás) No vas a volver, ¿verdad?
Alicia: El lunes tendrás los papeles del divorcio en tu correo, como te dije. No te voy a pedir nada de la empresa porque sé que solo hay deudas, pero sí quiero que me devuelvas el dinero de la herencia de mi abuelo en cuanto puedas. No por el valor material, sino por dignidad. Mi dignidad, la que vosotros intentasteis pisotear.
Carlos: (Con la voz apenas audible) Lo haré. Te lo prometo.
Alicia: Adiós, Carlos. Suerte. La vas a necesitar.
(Alicia cierra la puerta despacio. No hay ira en su gesto, solo una inmensa paz. Se apoya contra la madera durante unos segundos, respira hondo y vuelve a su caja de cartón. Al otro lado, se escuchan los pasos lentos de Carlos alejándose por el pasillo común, camino de una realidad de la que ya no puede escapar.)
Acto XII: El nuevo amanecer de las apariencias
(Escena: Dos meses después. Un pequeño piso de alquiler en la periferia de Sevilla. El mobiliario es escaso y barato. Doña Beatriz está sentada en un sofá de skay, mirando por la ventana hacia un patio de luces común. Ya no lleva ropa de seda; viste un chándal sencillo y tiene el pelo recogido sin peinar.)
Beatriz: (Con tono quejumbroso) Carlos, hijo, el vecino de arriba ha vuelto a poner la televisión a todo volumen. Esto es insoportable. En nuestra antigua calle estas cosas no pasaban. La gente tenía otra educación.
Carlos: (Entrando al salón con un uniforme de repartidor de paquetería, visiblemente cansado y sudado) En nuestra antigua calle la gente tenía dinero, mamá. Aquí la gente trabaja. Y el vecino tiene derecho a ver la televisión en su casa.
Beatriz: (Mirando el uniforme de su hijo con una mueca de desagrado) Me muero de la pena cada vez que te veo salir con esos trapos, hijo. Tú, que estabas destinado a dirigir los grandes proyectos de la ciudad. Si tus abuelos levantaran la cabeza…
Carlos: (Dejando las llaves sobre la mesa con un golpe seco) Si mis abuelos levantaran la cabeza, se avergonzarían de ver cómo gastaste todo el patrimonio en aparentar algo que no éramos. Gracias a este trabajo podemos pagar el alquiler de este piso y la comida, mamá. Así que un respeto.
Beatriz: (Suspirando, con los ojos llenos de amargura) Ayer me crucé con Sofía en el centro. Iba con su hija. Me vio perfectamente, Carlos. Pasó a mi lado y aceleró el paso, haciendo como que miraba un escaparate de zapatos. ¡A mí! ¡Que le organicé la pedida de mano a su hija en mi propio jardín! Qué mala es la envidia de la gente…
Carlos: (Sentándose a la mesa y abriendo un bote de comida precocinada) No es envidia, mamá. Es que ya no les sirves para tus fiestas ni para salir en las fotos de la sección de sociedad del periódico. Para ellos ya no existes. Eramos parte de su club mientras pagábamos las rondas. Ahora que no hay dinero, somos invisibles.
Beatriz: (Con un destello de la antigua soberbia en los ojos) Pues yo no me pienso rendir. En cuanto salgamos de este bache, volveremos a comprar una casa buena. Hablaré con unos conocidos de Madrid, seguro que hay algún negocio en el que podamos invertir…
Carlos: (Mirando a su madre con firmeza) No hay ningún bache, mamá. Esta es nuestra vida ahora. Acostúmbrate. No va a haber más casas grandes, ni más cenas exclusivas, ni más champán importado. Esta es la realidad. Y si no te gusta, puedes buscarte un trabajo tú también para ayudar con las facturas.
(Beatriz se queda callada, mirando sus uñas, que ya no lucen la manicura perfecta de antes. El silencio vuelve a inundar la sala, pero esta vez no es el silencio tenso del restaurante, sino el silencio plano y gris de la cruda realidad.)
Acto XIII: La libertad de empezar de cero
(Escena: Al mismo tiempo, en una cafetería luminosa del centro de Sevilla. Alicia está sentada junto a una ventana, tomando un café con leche y leyendo un libro. Lleva un vestido sencillo pero colorido, y su rostro refleja una tranquilidad absoluta. El teléfono suena; es un mensaje de su abogado confirmando que los papeles del divorcio ya han sido firmados por ambas partes.)
Alicia: (Sonriendo para sí misma, guardando el teléfono en el bolso) Por fin. Libre.
(Su hermana entra en la cafetería y se sienta enfrente de ella, sonriendo.)
Hermana: ¡Hola, guapísima! Vaya cara de felicidad que tienes hoy. ¿Buenas noticias?
Alicia: Las mejores. Ya oficialmente soltera. Se acabó el apellido De la Vega, se acabaron los almuerzos de etiqueta y se acabaron las deudas ajenas. Hoy empiezo a ahorrar para mí.
Hermana: Te lo mereces tanto, Alicia… No sabes lo orgullosa que estoy de ti. Lo que hiciste en esa cena… hay que tener mucho valor. Toda Sevilla estuvo hablando de eso durante semanas, pero al final todo el mundo ha visto quién era quién.
Alicia: Al principio sentí un poco de culpa, no te lo voy a negar. Pensaba si no me habría pasado de la raya. Pero luego me acuerdo de las noches que pasé llorando en el baño de esa casa, escuchando cómo me criticaban en el salón, y se me pasa. La verdad duele una vez; la mentira duele todos los días.
Hermana: ¿Y has sabido algo de ellos?
Alicia: Carlos me ingresó ayer la primera parte de lo que me debía. Cumplió su palabra, al menos en eso. Sé que están viviendo en un piso modesto y que él está trabajando duro. Espero de corazón que le vaya bien y que aprenda la lección. De Beatriz… prefiero no saber nada. Su castigo no es haber perdido el dinero; su castigo es tener que vivir una vida normal sin que nadie la mire.
Hermana: Pues que les vaya bien a los dos en su nueva vida. ¿Y a ti? ¿Qué te depara el futuro?
Alicia: (Mirando por la ventana hacia las calles de Sevilla, inundadas por el sol de la tarde) Mi futuro es mío, por primera vez en la vida. Sin fachadas, sin deudas y sin tener que pedir perdón por ser quien soy. ¿Brindamos por eso?
Hermana: (Alzando su taza de café) ¡Por la libertad, hermana!
(Las dos sonríen y brindan. Las apariencias se han desvanecido, pero la vida real, la auténtica y sincera, acaba de comenzar para Alicia.)