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Casi 90 años y ASI es la Vida de Lucha villa En su Rancho

Hubo un tiempo en que Lucha Villa era imparable y esa historia comienza muy lejos de este rancho en San Luis Potosí. Comienza en un pueblo pequeño del norte de México, un lugar donde nació una niña que nadie imaginó que conquistaría al país entero. Comienza en Camargo, Chihuahua. El 30 de noviembre de 1936. Luzelena Ruiz Bejarano.

Ese era su nombre real, el nombre que aparece en su acta de nacimiento, el nombre que casi nadie recuerda porque desde muy joven fue rebautizada como Lucha Villa. Camargo es un municipio en el estado de Chihuahua, tierra árida, clima extremo, calor sofocante en verano, frío penetrante en invierno, un lugar donde la vida no es fácil, donde las familias trabajan duro solo para sobrevivir.

La familia de Lucelena era humilde, no había lujos, no había comodidades, había lo necesario para comer y poco más, pero había música. Siempre había música. Desde pequeña, Lucelena cantaba en el coro de la iglesia del pueblo. Su voz era diferente, grave, profunda, nada típica para una niña. Los adultos se volteaban a verla cuando cantaba.

Había algo especial en esa voz. Pero cantar en una iglesia de pueblo no paga las cuentas. No saca a una familia de la pobreza, no abre puertas. La vida transcurría tranquila en Camargo, sin sobresaltos, sin grandes sueños. Luz Elena crecía como cualquier otra niña de su edad. Iba a la escuela, ayudaba en la casa, cantaba los domingos en misa.

Nadie sabía que esa niña del coro terminaría compartiendo escenario con Jorge Negrete, con Pedro Infante, con José Alfredo Jiménez, con Juan Gabriel. Nadie imaginaba que su voz se escucharía en cada rincón de México, que su rostro aparecería en cientos de carteles de cine, porque en Camargo los sueños eran pequeños y las oportunidades casi inexistentes.

Pero entonces algo cambió, alguien la vio. Alguien notó que esa joven tenía algo especial. No solo la voz, también la presencia, la estatura, los rasgos finos, una belleza natural que no necesitaba adornos. Un empresario argentino llamado Luis Guillermo Dillon llegó a Chihuahua buscando talento. [música] Estaba formando un grupo de bailarinas y modelos llamado Las Dianas de Dillon.

Mujeres jóvenes, hermosas, que trabajarían en programas de televisión y eventos especiales. Dijon vio a Lucelena, quedó impresionado, le ofreció unirse al grupo. Ella aceptó sin dudarlo. Era la oportunidad de salir de Camargo, de conocer el mundo, de hacer algo más que cantar en la iglesia. Se mudó a la Ciudad de México.

Tenía poco más de 15 años. Llegó con una maleta pequeña y sueños enormes. Las dianas de Dion eran famosas en los años 50. Aparecían en televisión, modelaban, bailaban. Eran el sueño de muchas jóvenes mexicanas. Luz Elena encajó perfectamente. Era alta, esbelta, elegante. Aprendió rápido a moverse frente a las cámaras, a posar para las fotografías, a sonreír en el momento exacto.

Pero su verdadero talento no estaba en el baile ni en el modelaje, estaba en la voz. Luis Dillon quería lanzar dos voces rancheras, una masculina y una femenina. contrató a un prospecto femenino, una cantante con experiencia que debutaría en un programa especial de televisión. Llegó el día del debut. Todo estaba listo. El escenario, la orquesta, el mariachi, las cámaras, pero la cantante contratada no apareció.

Nadie sabe por qué. Tal vez se arrepintió, tal vez tuvo [música] miedo, tal vez simplemente no llegó. El programa tenía que continuar. No se podía cancelar. Dillon estaba desesperado. Necesitaba alguien que cantara, alguien que pudiera salvar la situación. Luz Elena vio su oportunidad, se acercó a Dijon, le dijo que ella podía hacerlo, que sabía cantar, que había cantado toda su vida en Camargo.

Dijon dudó. Era una modelo, una bailarina, no una cantante profesional. No tenía experiencia en escenarios grandes. No había grabado nunca, pero no había alternativa. Era ella o cancelar todo. Le dijo que sí, pero había un problema. Lucelena no tenía vestido apropiado. Las bailarinas usaban trajes modernos.

Ella necesitaba un vestido de gala, algo elegante, algo que proyectara a una cantante ranchera. tuvo que pedir prestado un vestido. Se lo pusieron deprisa, la maquillaron rápido, la subieron al escenario, las luces se encendieron, la orquesta comenzó a tocar, el mariachi afinó sus instrumentos y entonces Lucelena abrió la boca.

Lo que salió de su garganta dejó a todos paralizados. Una voz grave, potente, profunda, llena de sentimiento. Una voz que no parecía posible en el cuerpo de una joven tan delgada. El público quedó hipnotizado. Los músicos se miraron entre sí con sorpresa. Dijon supo inmediatamente que había encontrado algo especial.

Cuando terminó de cantar, el aplauso fue ensordecedor. La gente se puso de pie. Querían más. Querían saber quién era esa joven de voz increíble. Pero Lucelena Ruiz Bejrano era un hombre complicado, difícil de recordar, poco comercial. Luis Don decidió cambiarle el nombre esa misma noche. Buscaba algo mexicano, algo que sonara fuerte, algo que la gente recordara fácilmente, pensó en Pancho Villa, el revolucionario chihuahuense, una leyenda de México, alguien que representaba fuerza, valentía, carácter.

Y así nació Lucha Villa, una contracción de Pancho Villa, un nombre que sonaría en boca de millones durante las siguientes décadas. Esa noche cambió todo. Lucha Villa ya no era solo una modelo, era una cantante y no una cantante cualquiera. Era una voz que México necesitaba escuchar. Los contratos comenzaron a llegar, las presentaciones se multiplicaron, la radio empezó a tocar su música.

Su nombre apareció en carteles por toda la ciudad de México, pero Lucha necesitaba canciones, necesitaba material original, necesitaba algo que la diferenciara del resto. Y entonces conoció al hombre que cambiaría su carrera para siempre. José Alfredo Jiménez, el compositor más importante de la música ranchera mexicana.

Un hombre que había escrito para Jorge Negrete, para Pedro Infante, para Miguel Acéz Mejía, un genio de la composición que podía capturar en 3 minutos toda la esencia del alma mexicana. José Alfredo escuchó cantar a lucha por primera vez a principios de los años 60. quedó impresionado no solo por la voz, por la forma en que interpretaba, por el sentimiento que ponía en cada palabra, decidió escribir algo especialmente para ella, una canción que aprovechara esa voz grave, que explotara su capacidad para transmitir dolor, nostalgia, orgullo. La

canción se llamaba La media vuelta. Cuenta la historia de alguien que se va sin hacer ruido, alguien que no suplica, alguien que tiene dignidad suficiente para marcharse cuando ya no es querido. La letra es simple, pero demoledora. Te vas porque yo quiero que te vayas. A la hora que yo quiera te detengo.

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