Después pasó a los Fort The Juniors y más tarde al Five Points Gang, una organización adulta con base en el bajo Manhattan que constituía un escalón completamente distinto. Allí aprendió a usar un cuchillo y a manejar armas de fuego. era grande para su edad, físicamente imponente y tenía una inteligencia social que no había aprendido en ningún libro.
Sabía leer a las personas, sabía cuándo presionar y cuándo ceder. Para sostenerse, probó varios trabajos honestos. Trabajó en una confitería, en una bolera, en una fábrica de munición, en un taller de cajas de cartón. Los días de paga entregaba lo que ganaba a su madre. Esta imagen, la del hijo obediente que lleva su jornal a casa, convivía sin aparente contradicción con la del joven que pasaba las noches en los círculos de Lampa.
Capone nunca abandonó del todo ese sentido de la obligación familiar, incluso cuando su vida tomó rumbos que habrían horrorizado a sus padres. Fue precisamente en el mundo del crimen donde conoció a las dos personas que más marcarían su juventud. La primera fue Frankie Jale, gangster de origen italiano, que regentaba el Harvardin, un local en Connie Island.
que combinaba sal y casa de prostitución y que era, en palabras de quienes lo frecuentaron, un lugar donde las peleas eran rutinarias y podían terminar en muerte. Jale contrató al joven Capone como empleado del local, donde comenzó fregando platos y ascendió hasta ejercer de camarero y portero, y lo tomó bajo su tutela, enseñándole cómo funcionaba el mundo desde dentro.
La segunda persona fue Johnny Torrio, un hombre 17 años mayor que él, frío, calculador, dotado de una visión estratégica poco común en el ambiente del AMPA. Torrio se convirtió en su verdadero mentor intelectual. En el Harbardín trabajó también con May Kofflin, una joven de origen irlandés, 2 años mayor que él, dependienta de una fábrica del barrio, devota católica, de familia humilde.
Se conocieron en un baile en 1917 y se casaron en la catedral de St. Mary Star of the Sea en Brooklyn en diciembre de 1918, apenas tr semanas después de que naciera su hijo Albert, al que todos llamarían Sony. El matrimonio entre un italiano y una irlandesa era poco habitual en aquella época, cuando las dos comunidades raramente se mezclaban, pero ambas familias aceptaron la relación.
Meikapone permaneció leal a su marido hasta el final con una fidelidad que muchos han calificado de incomprensible y que otros han entendido simplemente como amor. Fue alrededor de ese periodo cuando Capone contrajo la enfermedad que décadas después acabaría destruyendo su mente, la sífilis. Él mismo recordó años más tarde haber tenido una llaga genital seguida de una erupción en manos y pies.
Síntomas típicos de la fase primaria de la infección. Los síntomas desaparecieron solos, como suele ocurrir, y Capone nunca buscó tratamiento. El error fue fatal. En una proporción significativa de casos, la bacteria no desaparece, se retira hacia los órganos internos y el sistema nervioso central, donde continúa su trabajo de destrucción de forma lenta e imperceptible durante años, a veces décadas.
El tratamiento existía en aquella época, aunque era doloroso y costoso. No buscarlo era un riesgo para él, para sus parejas y para sus hijos. Sony nació con problemas de salud que algunos médicos atribuyeron a sífilis congénita. May sufrió varios abortos y partos sin vida en los años siguientes, posiblemente como consecuencia de la misma infección.
Y así, en el umbral de los 20 años, Alfons Capone era ya muchas cosas a la vez. Hijo obediente y marido reciente, aprendiz del crimen y trabajador honesto, hombre con cicatrices en la cara que prefería fingir que eran medallas de guerra. cargaba también con una bacteria invisible que avanzaba sin prisa por su organismo. La pregunta que los historiadores se han hecho desde entonces no es por qué Capone no se vengó de Galucio aquella noche en Connie Island, sino si aquella contención revelaba madurez o simplemente cálculo frío. La respuesta,
como ocurre con casi todo en la vida de Alcapone, depende de a quién se le pregunte y qué versión se decida creer. Lo que no admite discusión es que la historia de Galucio se convirtió en una de las primeras leyendas del AMPA sobre el joven Capone. La del hombre que sabía cuándo usar la fuerza y cuándo guardarla.
Esa reputación, ganada o fabricada, le sirvió durante los años que vinieron. En Brooklyn había aprendido a pelear. En Chicago aprendería a gobernar. El 11 de mayo de 1920, a media tarde, un hombre entró en la oficina situada frente al restaurante más famoso del bajo Manhattan criminal de Chicago. Sacó una pistola del calibre 38 y disparó una sola vez.
La bala entró por la base del cráneo de Yaomo Colossimo, conocido en todo el mundo del AMPA como Big Jim, el gran Jim, el hombre que había construido el imperio del vicio en la ciudad durante dos décadas. Colósimo cayó en el vestíbulo de su propio local. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Los periódicos comenzaron a referirse al caso como un ejemplo de la amnesia característica de Chicago.
Esa enfermedad colectiva que atacaba invariablemente a quienes habían presenciado un asesinato relacionado con el AMPA. Nunca se presentaron cargos. Los rumores señalaron a Frankie Jale como el autor material y a Johnny Torrio y al joven Alcapone como instigadores. Pero lo que importa no es quién apretó el gatillo, sino lo que ocurrió después.
Torrio heredó la organización entera, ascendió a Capone como su hombre de confianza y ambos se encontraron de repente con las puertas abiertas de par en par ante la mayor oportunidad económica que el crimen organizado había visto jamás en suelo americano. Para entender por qué aquella oportunidad era tan descomunal, hay que entender qué era Chicago en los años inmediatamente anteriores a la prohibición y qué era Big Jim Colossimo en ese Chicago.
Colossimo había llegado a los Estados Unidos desde Calabria a finales del siglo XIX y había ascendido desde el oficio de Barrendero hasta convertirse en el señor indiscutido del vicio en la ciudad. Su negocio principal era la prostitución. controlaba cientos de burdeles en el distrito de los Borbones del Southside, conocido como el Levi, y lo hacía con el respaldo explícito de dos concejales corruptos, John Kofflin y Michael Kena, que le otorgaron el cargo de capitán de presinto del primer distrito a cambio de dinero y lealtad
política. Esa alianza le proporcionaba protección policial y una apariencia de legitimidad que pocos hombres de su condición podían aspirar a tener. El restaurante de Colosimo en Guabash Avenue era lugar de moda en Chicago. Los cantantes de ópera, los jugadores de béisbol, los boxeadores campeones y los políticos más influyentes de la ciudad comían allí.
Big Jim lucía trajes de lino blanco y un bolsillo lleno de diamantes con los que jugaba distraídamente mientras conversaba. Era en todos los sentidos el primer gangster de la era moderna, un hombre que había entendido que el crimen no necesitaba esconderse si sabía comprar a las personas adecuadas. Fue Colosimo quien llamó a Johnny Torrio desde Nueva York para que lo ayudase a deshacerse de los extorsionistas de la mano negra que amenazaban su negocio.
Y fue Torrio quien una vez resuelto ese problema, comenzó a ver con claridad que su protector y tío político se había quedado pequeño para los tiempos que se avecinaban. Colosimo era un hombre del siglo XIX, satisfecho con lo que tenía, reacio a arriesgar. Cuando el Congreso aprobó la 18ava enmienda de la Constitución y la ley Wolsteed entró en vigor el 16 de enero de 1920, prohibiendo la fabricación, venta y transporte de alcohol en todo el territorio nacional, Torrio vio inmediatamente lo que eso significaba.
Una de las industrias más grandes del país acababa de ser declarada ilegal. La demanda no iba a desaparecer, solo había que crear la oferta. Colosimo no quiso saber nada. Estaba enamorado de una joven cantante llamada Dale Winter. Había roto con la mujer de Torrio en una ruptura que algunos consideraron un insulto personal y parecía más interesado en disfrutar de su fortuna que en arriesgarse en un negocio nuevo.
Para Torrio, esa actitud equivalía a firmar su propia sentencia. Alcapone tenía 20 años cuando llegó a Chicago. Torrio lo había llamado desde Brooklyn a través de Frankie Jale y el joven aceptó sin dudarlo. En Brooklyn había problemas, circulaban rumores que lo vinculaban a un homicidio, aunque nunca se formalizaron cargos.
Chicago era un comienzo nuevo. Llegó primero solo y comenzó a enviar dinero a su familia en Brooklyn hasta que pudo traerlos a todos. Su padre Gabriel murió en 1920, poco después del traslado, y Capone asumió sin titubear el papel de cabeza de familia, instalando a su madre, sus hermanos y su mujer en una casa del southside.
Torrio lo colocó inicialmente como portero en el Ford US, un local del southside que combinaba bar, casino y burdel y que servía como cuartel general de la organización. Era un empleo humilde para alguien con las ambiciones de Capone. Pero Torrio tenía un método. Observaba a sus hombres antes de confiarles responsabilidades mayores.
Y lo que observó en Capone fue exactamente lo que buscaba. La diferencia entre Torrio y Capone como hombres no podía ser mayor. Torrio era frío, metódico, paciente, alguien que prefería el acuerdo a la violencia siempre que fuera posible. Capone era impulsivo, carismático, magnético, capaz de ganarse a cualquiera en una conversación y de pasar a la acción con una rapidez que desconcertaba a sus rivales.
Pero el joven de Brooklyn tenía también algo que Torrio valoraba por encima de todo, lealtad. Capone era leal con una intensidad que rozaba lo incondicional y en el mundo en el que ambos operaban, eso valía más que cualquier otra cualidad. Con Colósimo muerto y la prohibición en marcha, Torrio y Capone comenzaron a construir lo que sería el mayor negocio ilegal de la historia de los Estados Unidos hasta ese momento. La lógica era sencilla.
Producir cerveza costaba en torno a $ por barril. Venderla en el mercado negro rendía $55 o más. El margen era extraordinario y la demanda era ilimitada. Chicago era además un lugar especialmente propicio para este negocio. Era una ciudad de bebedores empedernidos con un consumo de licores fuertes tres veces superior a la media nacional.
tenía acceso a los grandes lagos, al centro de la industria ferroviaria del país y a una flota de camiones ideal para el transporte y tenía un nivel de corrupción sin parangón en el país. La policía, los jueces, los alcaldes, los concejales estaban disponibles para quien pagara el precio adecuado. Torrio y Capone empezaron a adquirir cervecerías que habían tenido que cerrar con la prohibición.
Sus instalaciones, sus empleados y su maquinaria seguían allí. Solo había que reactivarlos de forma clandestina. Tejeron una red de productores, transportistas y distribuidores que abastecía bares clandestinos, los llamados garitos clandestinos que proliferaban por toda la ciudad. Había en Chicago, según algunas estimaciones, más de 10,000 establecimientos de ese tipo operando a plena luz del día con el beneplácito de las autoridades compradas.
En el interior de ese mundo, el joven Capone aprendía con una velocidad que sorprendía a los veteranos. De Torrio absorbió la lección más importante de su carrera. Mantener la paz entre bandas rivales era más rentable que la guerra. Si todos tenían su parte del pastel, nadie tenía motivos para disparar. Torrio había negociado en 1920 un acuerdo entre los principales grupos de Lampa de Chicago para repartirse los territorios y evitar conflictos.
Era una idea brillante en teoría y funcionó durante un tiempo. Sin embargo, había algo en aquella arquitectura de paz que resultaba frágil desde el principio. Los acuerdos entre hombres que resuelven sus disputas con pistolas dependen de la buena fe de cada parte. Y la buena fe en el ampa tiene fecha de caducidad.
Torrio lo sabía. Capone lo aprendería pronto. Lo que ninguno de los dos podía saber entonces era que la prohibición, ese regalo inesperado que les había caído del cielo legislativo, iba a durar 13 años y transformar para siempre el crimen organizado en América y que en ese proceso Alcapone dejaría de ser el subordinado de nadie para convertirse en el hombre más poderoso y más temido de Chicago.
En la primavera de 1924, Al Capone se presentó en el Ayuntamiento de Cicero y golpeó al alcalde Joseph Clena en los escalones del edificio delante de varios testigos. No era un arrebato, era un mensaje. Clena había intentado actuar con cierta independencia en un asunto que afectaba los intereses de la organización.
Y Capone consideró que la respuesta más eficiente era también la más visible, una paliza pública que todo el mundo pudiera ver y nadie pudiera malinterpretar. Un policía de Chicago que estaba presente intervino y noqueó a Capone de un puñetazo. Capone se levantó del suelo, se ajustó el traje y se marchó sin decir una palabra.
El incidente resumía con una claridad casi didáctica el método con el que Capone construyó su imperio. Persuasión cuando era posible, fuerza cuando era necesario y nunca, bajo ninguna circunstancia dejar que alguien cuestionara la autoridad sin consecuencias visibles. Pero Cícero era solo una pieza de un mecanismo mucho más grande.
Y para entender cómo funcionaba ese mecanismo, hay que retroceder un poco y observar la arquitectura completa. Cuando Johnny Torrío le cedió a Capone las riendas de negocio y se retiró a Italia en 1925, dejó atrás una organización que ya era extraordinariamente compleja. No era simplemente una banda de delincuentes, era una empresa con departamentos diferenciados, cadenas de suministro, redes de distribución, personal especializado y un sistema de relaciones públicas basado en el soborno y la intimidación.
Capone no la inventó, la heredó, pero la expandió con una ambición y una capacidad organizativa que pocos de sus contemporáneos habrían sido capaces de replicar. La base de negocio era el alcohol ilegal. La organización controlaba cervecerías clandestinas repartidas por Chicago y sus suburbios, destilerías de whisky, rutas de importación desde Canadá y redes de pequeños productores domésticos.
La cerveza se transportaba en camiones, a veces camuflada bajo cargamentos legítimos, a veces simplemente con el beneplácito de la policía local. El sistema de distribución era tan eficiente que la organización de Capone no solo abastecía a Chicago, exportaba alcohol a estados tan alejados como el sur y el este del país.
Pero el alcohol era solo el principio. La organización gestionaba también cientos de casas de apuestas, burdeles, locales de juego y negocios legítimos que servían como pantalla para blanquear los beneficios. En Cícero, ese suburbio obrero al oeste de Chicago al que Capone trasladó su cuartel general cuando la presión política en la ciudad se volvió incómoda.
La organización controlaba, según algunas estimaciones, más de 160 salas de apuestas y más de 100 bares clandestinos. Todo ese sistema requería un lubricante que lo mantuviera en marcha, el dinero de la corrupción. Capone dedicó una parte sustancial de sus ingresos a comprar protección a todos los niveles de la administración pública.
La estimación más citada entre los historiadores es que en torno a la mitad del cuerpo de policía de Chicago trabajaba de alguna forma para la organización, ya fuera mediante pagos directos, ya fuera simplemente mirando hacia otro lado. Los jueces, que podían resultar inconvenientes, recibían regalos. Los políticos que querían mantenerse en sus cargos aprendían a no hacer preguntas.
El alcalde William Thompson, que volvió al poder en 1927, era un aliado tan abierto que Capone llegó a tener una fotografía suya colgada en su oficina. Fue en ese contexto de poder casi total cuando ocurrió algo que ningún biógrafo ha pasado por alto. La muerte del hermano de Capone, Fran Capone, uno de sus hermanos mayores, al que al había traído a Chicago para incorporarlo a la organización, murió el primero de abril de 1924 en un enfrentamiento armado con agentes de policía del condado de Cuk, que habían sido movilizados para supervisar
las elecciones en Cícero. Capone había organizado una operación sistemática de fraude electoral para asegurarse de que los candidatos favorables a su organización ganaban en aquel municipio y la policía había intentado detenerla. En el tiroteo que siguió, Frank murió. Al Capone quedó profundamente afectado. Había llevado a su hermano a ese mundo, le había dado un trabajo y una posición, y ahora tenía que enterrarlo.
Los testigos que lo vieron en el funeral describieron a un hombre con los ojos hinchados que lloraba sin disimulo. Aquella imagen contrasta de forma desconcertante con la del hombre que pocas semanas después organizaba nuevos esquemas de presión, nuevas redes de influencia, nuevas expansiones del territorio.
Capone no era un ser unidimensional. La capacidad para el dolor y la capacidad para la violencia coexistían en él con una naturalidad que resulta difícil de racionalizar desde fuera. El automóvil que encargó poco después de hacerse con el control de la organización se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de aquella época.
Era un cadilac de 7 toneladas de peso con carrocería blindada, ventanas de cristal antibalas y una ventanilla trasera que se abría para permitir disparar a los perseguidores. Capone se desplazaba siempre acompañado de una escolta numerosa, nunca por la misma ruta dos veces, nunca sin haber asegurado los accesos al destino. La paranoia era racional.
En el mundo en que vivía, la precaución era la única póliza de seguro disponible. El cuartel general se instaló en el hotel Lexington en el centro de Chicago. Dos plantas enteras ocupadas por la organización con túneles de escape que comunicaban con la red subterránea de la ciudad. Capone tenía allí su despacho, su barbero personal, su cocinero.
Recibía hombres de negocios, políticos y gan rivales con la misma naturalidad con que un ejecutivo recibe a sus clientes. Los que lo visitaron en aquella época describieron reuniones en las que Capone atendía simultáneamente tres o cuatro asuntos distintos con el teléfono sonando y subordinados esperando turno en la antesala.
era en todos los sentidos funcionales un director general. El gobierno federal estimó que los ingresos totales de la organización en 1927 superaban los 105 millones de dólares provenientes del alcohol ilegal, el juego y la prostitución. Los beneficios netos, una vez descontados los sobornos, los salarios y los gastos operativos, se estimaban en torno a 15,000000 anuales.
La renta personal de Capone podía situarse entre 1 y 2,0000 dólares al año, equivalentes a entre 15 y 30 millones en valores actuales, y los gastaba con la misma velocidad con que los ganaba. Ropa confeccionada a medida, joyas, automóviles. Una mansión en Palm Island, en Florida, que compró en 1928 por $0,000 en efectivo y en la que invirtió 100,000 más en reformas.
Lo paradójico de todo ese poder es que descansaba sobre una base que Capone no controlaba del todo. La prohibición era una ley y las leyes pueden delogarse. Las alianzas entre bandas eran acuerdos verbales entre hombres armados y los acuerdos verbales se rompen. La corrupción comprada podía también comprarse en sentido contrario.
Capón construyó su imperio sobre arena, aunque la arena tuviera por un tiempo la consistencia del granito. El mecanismo que lo sostenía era brillante en su brutalidad. Cualquier establecimiento que se negara a comprar alcohol de la organización era bombardeado. Se estima que más de un centenar de personas murieron en esos atentados a lo largo de los años de mayor actividad.
Los que sobrevivían al primer aviso raramente necesitaban un segundo. El miedo era parte esencial del producto que Capón vendía, tan importante como la cerveza o el whisky. Y sin embargo, ese mismo hombre que ordenaba bombardeos y ejecutaba a sus rivales era también el que en plena gran depresión abrió el primer comedor popular de Chicago, que llegó a servir tres comidas diarias a 30,000 personas.
Financiaba canastas de Navidad para las familias de sus compañeros de celda. Lloraba en los funerales de sus hermanos. Adoraba el béisbol y la ópera. La dificultad de Alcapone como figura histórica reside precisamente en esa coexistencia de extremos que no debería ser posible. y que sin embargo era perfectamente real.
Una caravana de 10 automóviles apareció de repente en la calle donde se encontraba el restaurante en el que Alcapone almorzaba. Los coches iban armados con ametralladoras y abrieron fuego de forma sistemática contra el edificio. Más de 5,000 balas impactaron en las paredes, en las ventanas, en los muebles. El local quedó destrozado.
Cuando el ruido cesó y el humo se disipó. Al Capone estaba vivo, no tenía ni un rasguño. Era el mes de septiembre de 1926 y aquel ataque fue probablemente el más espectacular de todos los que los rivales de Capone llevaron a cabo durante los años que los historiadores han denominado las guerras de la cerveza.
También fue uno de los menos exitosos. Capone sobrevivió aquel día como había sobrevivido a todos los anteriores, y como sobreviviría a todos los que vendrían después. La pregunta que sus enemigos y sus aliados se hacían por igual era siempre la misma. ¿Cómo era posible que un hombre tan visible, tan poderoso y tan odiado por tantos siguiera respirando? La respuesta tenía varias capas y ninguna de ellas era simple.
Las guerras de la cerveza no empezaron con Capone al mando, empezaron con Torrio, con una tensión acumulada durante años entre grupos que habían aceptado un reparto territorial, pero que nunca habían dejado de mirarse con desconfianza. El detonante fue Dino Banion, jefe de la banda del North Side, un hombre peculiar que combinaba su carrera criminal con la gestión de una floristería en la calle North State, frente a la catedral de Holy Name.
Ovanion era irlandés, inteligente, mordaz y profundamente hostil hacia los italianos del southside. Era también, a su manera, un hombre de principios tortuosos. No bebía, no frecuentaba los gurdeles y tenía un sentido del humor tan sombrío como la mayor parte de las cosas que hacía. La ruptura definitiva entre Ovanion y la alianza de Torrio se produjo a través de un engaño.
Ovanion y Torrio eran copropietarios de una cervecería en el Northside. Cuando Ovanion decidió vender su parte, le ofreció a Torri el trato con la condición de que el traspaso se firmara en un lugar y momentos específicos. Lo que no le dijo es que había informado a la policía de Chicago de que en ese lugar y en ese momento habría una operación ilegal en marcha.
Torrio acudió al acuerdo y fue detenido en la redada. cumplió una condena de cárcel por ello. Desde ese instante, Ovanion era un hombre marcado. En noviembre de 1924, tres hombres entraron en la floristería de Ovanion con la excusa de recoger un pedido. Uno de ellos le estrechó la mano y la retuvo.
Los otros dos le dispararon a quemarropa. Frankie Jale había vuelto desde Nueva York para hacer el trabajo. Obanion murió rodeado de flores en su propia tienda. La respuesta del Northside no se hizo esperar. En enero de 1925, dos de los lugarenientes de Ovanion, George Bxmoran y Jaimy Wise, organizaron un ataque contra Torrio cuando este volvía de hacer la compra con su mujer.
Lo alcanzaron con varios disparos. Torrio sobrevivió por muy poco y una vez recuperado e ingresado en prisión para cumplir su condena, anunció su retirada. Se fue a Italia. le dejó a Capone no solo el negocio, sino también todos los enemigos que había acumulado. Capone tenía 26 años cuando asumió el control pleno de la organización.
Era joven para la responsabilidad que cargaba, pero no era inexperto. Había visto de cerca cómo funcionaba el poder. Había aprendido de Torrio la importancia de la negociación y había desarrollado por su cuenta un estilo propio que combinaba la brutalidad cuando era necesaria con una capacidad de seducción que resultaba difícil de resistir.
Intentó inicialmente mantener la paz con el Northside, pero la espiral de venganzas tenía ya su propia inercia. Harmy W se convirtió en el sucesor de Ovanion al frente de la banda del North Side y en el enemigo más peligroso que Capone tuvo durante esos años. Era frío, determinado y no tenía miedo de nada que pudiera comprarse.
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Fue él quien organizó el ataque en caravana de 1926, el que llenó de agujeros el restaurante donde Capone comía. Fue también él quien logró que por primera vez en mucho tiempo Capone sintiera algo parecido al miedo. La respuesta de Capone fue característica. No organizó un contraataque inmediato. Esperó.
Apostó tiradores en edificios cercanos a la guarida de Wes en el Northside y los mantuvo en posición durante días observando las rutinas del enemigo. Cuando Wh salió a cruzar la calle en octubre de 1926, los francotiradores abrieron fuego. W. murió en el acto. Capón envió sus condolencias a la familia de Morán, el nuevo jefe del Northside, y propuso una reunión de paz.
La reunión se celebró y los líderes de los principales grupos de AMPA de Chicago firmaron un nuevo acuerdo de tregua. Capón habló en aquella reunión con la elocuencia de alguien que había pensado mucho el argumento. Si todos podemos ganar dinero en este negocio, decía, no tiene ningún sentido matarnos los unos a los otros. El acuerdo duró poco.
Los acuerdos siempre duraban poco. Durante esos años, las calles de Chicago vivieron una violencia que escandalizaba a la opinión pública y que al mismo tiempo la fascinaba. Los periódicos publicaban las fotos de los cadáveres en primera página. Los ciudadanos leían aquellas historias con el mismo interés con que seguían los resultados de béisbol.
El espectáculo de los gangsters era parte del paisaje cultural de la ciudad, un fenómeno que muchos condenaban en público y seguían con avidez en privado. Capone era consciente de esa dualidad y la explotaba de forma deliberada. Se dejaba fotografiar en los estadios, rodeado de fans.
Concedía entrevistas en las que se presentaba como un hombre de negocios que simplemente satisfacía una demanda que el mercado reclamaba. afirmaba que si alguien era culpable de que existiera el tráfico ilegal de alcohol, era el Congreso que había aprobado una ley que nadie quería cumplir. Los periodistas más críticos lo ridiculizaban, los más cínicos le daban espacio y el público, en su gran mayoría, lo encontraba irresistible.
Pero por debajo de esa imagen cuidadosamente construida, Capone vivía con una tensión que no abandonaba nunca. la escolta permanente, las rutas cambiadas cada día, la paranoia calculada de alguien que sabe que tiene demasiados enemigos para bajar la guardia ni un instante. Todo eso tenía un precio psicológico que sus allegados comenzaban a notar.
En 1928 compró la mansión de Palm Island, en Florida, y empezó a hablar de querer alejarse de la violencia de Chicago. ¿Era un pensamiento sincero o era simplemente el cansancio de un hombre que llevaba años durmiendo con un ojo abierto? En el verano de 1927, Alcapón entró en el estadio de béisbol de Chicago y la multitud lo aclamó.
No era una ovación tímida ni el murmullo curioso de quienes reconocen a alguien famoso. Era un aplauso genuino, sostenido, el tipo de recibimiento que se reserva a los héroes locales. Los aficionados se levantaban de sus asientos para verlo pasar. Los niños le pedían autógrafos. Los adultos le estrechaban la mano con la misma efusión.
con que habrían saludado a un senador o a un campeón de béisbol. Y Capone lo absorbía todo con una sonrisa ancha, el sombrero ladeado, el puro entre los dedos, completamente cómodo en ese papel que había construido, con tanta deliberación como cualquier otro aspecto de su organización criminal. Era el hombre más poderoso de Chicago, el responsable directo o indirecto de centenares de muertes, el jefe de una red criminal que generaba más de 100 millones de dólares anuales en actividades ilegales.
Y la gente lo quería, o al menos una parte significativa de ella lo quería o fingía quererlo, que la práctica producía el mismo efecto. La paradoja no era accidental. Capone la había construido con el mismo cuidado con que se construye cualquier imagen pública. Y entender cómo lo hizo exige observar tanto lo que mostraba como lo que ocultaba.
El año 1927 marcó el punto más alto de su poder. Big Bill Thompson había ganado la Alcaldía de Chicago por segunda vez con el respaldo financiero y organizativo de AMPA y el ambiente de impunidad que eso generaba permitió a Capone instalar su cuartel general en el centro mismo de la ciudad. Primero ocupó una planta entera del hotel Metropol.
Después se trasladó al hotel Lexington, donde tomó dos plantas completas y las transformó en una combinación de despacho ejecutivo, salón social y fortaleza discreta. Desde allí dirigía una organización que empleaba, según las estimaciones más conservadoras, a varios cientos de personas en funciones que iban desde la producción de cerveza hasta la gestión de las relaciones con los políticos locales.
Su rutina diaria era la de un hombre de negocios de éxito. Se levantaba tarde, desayunaba con calma, recibía sus lugartenientes a media mañana. Las reuniones se sucedían durante horas. Había asuntos de distribución que resolver, conflictos territoriales que mediar, pagos que aprobar, lealtades que verificar.
Los visitantes que llegaban al hotel Lexington para verle describían una antesala siempre llena, un ambiente de actividad constante y acapone presidiendo todo ello con la concentración de alguien que sabe exactamente cuánto depende de su criterio. El dinero que ganaba lo gastaba con una generosidad que lindaba con el derroche.
Se hizo confeccionar ropa interior de seda a medida en la tienda Marshall Field de Chicago. Tenía palcos reservados en todos los estadios de la ciudad. viajaba con un séquito numeroso, en ocasiones en vagón de ferrocarril privado. La mansión de Pan Island en Florida, que compró en 1928 por $40,000 en efectivo y reformó con otros 100,000 era su refugio oficial, el lugar al que escapaba cuando la presión de Chicago se volvía demasiado intensa.
Tenía piscina, embarcadero privado, jardines cuidados con esmero y el lujo discreto de quien sabe que puede permitírselo todo. Pero el gasto más importante, el que nunca aparecía en ningún libro de cuentas, era el de los sobornos. Una fracción enorme de sus ingresos se destinaba a mantener engrasada la maquinaria de la corrupción que lo protegía.
Policías, fiscales, jueces, políticos municipales y estatales, todos tenían su precio y Capone los pagaba con puntualidad. Era, en su concepción del mundo, simplemente el coste de hacer negocios. No había diferencia moral entre pagar el alquiler de un almacén y pagar el sueldo extra de un inspector de policía. Ambos eran gastos necesarios para que el negocio funcionara.
La imagen pública que cultivaba tenía elementos cuidadosamente seleccionados. Le gustaba que lo llamaran snorky, un término de argot de la época que significaba algo así como elegante o bien vestido. Odiaba el apodo de cara cortada y reaccionaba con visible incomodidad cuando alguien lo utilizaba en su presencia. viajaba frecuentemente acompañado de periodistas a quienes había cultivado con atención, hombres que escribían sobre él de forma favorable, a cambio de acceso y de los favores tangibles que Capone sabía distribuir.
Cuando hablaba con la prensa, adoptaba el tono de un empresario incomprendido. Afirmaba que simplemente daba al público lo que quería, que nunca había tenido que salir a buscar clientes, que la demanda siempre superaba la oferta. Esa narrativa funcionaba en parte porque contenía una verdad incómoda. La prohibición era una ley impopular que millones de ciudadanos ignoraban alegremente cada noche en los bares clandestinos de Chicago.
Si el acto de beber alcohol ilegal era moralmente cuestionable, la responsabilidad se distribuía de forma tan amplia que resultaba casi invisible. Capone aprovechaba esa difusión de la culpa con habilidad retórica. La cara que no mostraba a los periodistas era la de un hombre que vivía con una tensión crónica que sus allegados más cercanos podían detectar, aunque él nunca lo reconociera en voz alta.
Los guardaespaldas eran una necesidad constante. Las habitaciones de hotel se inspeccionaban antes de que él entrara. Los itinerarios se cambiaban sin previo aviso. Las comidas en restaurantes públicos implicaban protocolos de seguridad que habrían resultado extravagantes para cualquier otra persona.
Caponi había intentado en varias ocasiones distanciarse de la violencia directa, siguiendo el consejo que el propio Torrio le había dado, mantener las manos limpias y usar a otros para el trabajo sucio. Pero el trabajo sucio era tan abundante y tan cercano que la distancia era siempre relativa. en casa con su familia se transformaba en otro hombre.
Los testimonios de quienes lo conocieron en el ámbito privado coinciden en describirlo como un padre atento, un hijo obediente, un hombre que disfrutaba de las comidas familiares con una normalidad que contrasta de forma desconcertante con el resto de su vida. Su madre Teresa vivía con él. Su hijo Sony era el centro de una afección que nunca fingió ni ocultó.
May, su mujer mantenía una lealtad que trascendía cualquier escándalo, cualquier rumor, cualquier cosa que pudiera publicarse en los periódicos. Esa capacidad para compartimentar, para cerrar puertas entre los distintos mundos que habitaba simultáneamente era quizás la habilidad más sorprendente de Capone. Muchos hombres que operan en los márgenes de la ley desarrollan una cierta disociación entre su identidad pública y su vida privada.
En Capone, esa disociación alcanzaba una profundidad que desconcertaba incluso a quienes lo observaban desde cerca. El gobierno federal estimó que en 1927 los ingresos totales de la organización superaban los 105,000ones dólar. Era una cifra que colocaba Lampa de Chicago en una categoría comparable a la de las grandes corporaciones industriales del país.
Y al frente de esa estructura estaba un hombre de 28 años nacido en Brooklyn, hijo de un barbero y una costurera que había abandonado la escuela a los 14 años y que nunca había pisado una facultad de negocios. La admiración que generaba entre ciertos sectores de la población, especialmente entre las clases trabajadoras de origen inmigrante, tenía raíces comprensibles.
Capone representaba una versión torcida del sueño americano, el hombre que había llegado sin nada y había llegado a todo, que había desafiado a los poderosos y les había ganado, que distribuía dinero entre los pobres mientras los ricos miraban hacia otro lado. que ese dinero estuviera manchado de sangre era un detalle que muchos preferían no considerar con demasiado detenimiento.
El propio Capone nunca llegó a creerse del todo el mito que había construido. En sus conversaciones más francas reconocía el cansancio, la necesidad de escapar, el deseo de una vida menos vigilada. La mansión de Florida era en parte un refugio genuino. El problema era que el mundo que había creado no lo dejaba escapar fácilmente y los acontecimientos que se precipitaron a partir de 1929 hicieron que esa escapada fuera definitivamente imposible.
La mañana del 14 de febrero de 1929, siete hombres entraron en un garaje de la calle North Clark en el barrio de Lincoln Park, creyendo que iban a recibir un cargamento de whisky. Dos de ellos vestían uniformes de policía. Los otros dos llevaban ropa de civil. Las siete personas que ya estaban en el garaje, hombres asociados a la banda del north sideide de Baxmoran, interpretaron lo que veían como una redada rutinaria.
Levantaron las manos, se colocaron de espaldas contra la pared y esperaron. Fue lo último que hicieron. Los cuatro recién llegados abrieron fuego con escopetas y ametralladoras. Cuando cesaron los disparos, siete hombres yacían muertos en el suelo del garaje. Las fotografías llegaron a las redacciones de los periódicos pocas horas después.
Eran imágenes brutales, sin ambigüedad posible. Los cuerpos en posiciones que hablaban de la velocidad y la violencia de lo ocurrido, los charcos de sangre sobre el suelo de cemento, las marcas de los proyectiles en la pared. Los editores de los principales rotativos del país dudaron brevemente sobre si era apropiado publicarlas.
Después las publicaron en primera página. El impacto fue inmediato y duradero. La llamada masacre de San Valentín no fue el acto más mortífero de las guerras de la cerveza en Chicago. Durante aquellos años habían muerto centenares de personas en circunstancias igual de violentas. Lo que diferenció este episodio de todos los anteriores fue la concentración de la violencia en un solo lugar y momento, la crudeza de las fotografías y el hecho de que los asesinos hubieran utilizado uniformes policiales como disfraz, lo que añadía a la brutalidad una capa de
perversión institucional que resultaba especialmente perturbadora para la opinión pública. Alcapón estaba en Florida cuando ocurrió. Tenía una cuartada perfecta. se encontraba reunido con el fiscal de distrito del condado de Dsón de Palm Island. Nunca fue acusado formalmente, nunca compareció ante ningún tribunal en relación con aquel crimen.
El caso permanece oficialmente sin resolver hasta el día de hoy y sin embargo, todos los indicios que los investigadores han podido reconstruir a lo largo de las décadas apuntan en la misma dirección. La operación fue planificada y ejecutada por personas vinculadas a la organización de Capone con el objetivo de eliminar a Baxmoran, jefe del Northside y enemigo declarado desde hacía años.
Moran no estaba en el garaje aquella mañana. Llegó tarde, vio los coches de policía aparcados fuera y decidió seguir andando. La ironía de que el único objetivo que importaba hubiera escapado por unos minutos es uno de esos detalles que la historia guarda con una crueldad. El debate historiográfico sobre la responsabilidad de Capón en la masacre continúa siendo una cuestión abierta.
Hay quien argumenta que precisamente porque Capone era el sospechoso más obvio, se habría asegurado de no tener ninguna conexión rastreable con la operación. Hay quien sostiene que dado el nivel de tensión con el Northside y los intentos fallidos previos de eliminada Morán, la operación tenía toda la lógica estratégica del mundo.
Y hay quien señala que Capone, que en esos meses estaba siendo ya vigilado de cerca por las autoridades federales, habría sido el último en querer añadir un escándalo de esa magnitud a sus problemas. Lo que nadie discute es el efecto que la masacre tuvo sobre la posición pública de Capone. Durante años había operado con una especie de acuerdo tácito con la sociedad de Chicago.
La violencia existía, pero era cosa de gánsteres y los ciudadanos corrientes podían ignorarla en la medida en que les proporcionara acceso al alcohol que querían. Las fotografías del garaje de la calle North Clark rompieron ese acuerdo. La escala de lo ocurrido, la frialdad de la ejecución, la imagen de los cuerpos alineados contra la pared.
Todo ello hizo que muchos ciudadanos que hasta entonces habían mirado hacia otro lado decidieran que ya habían mirado suficiente. Esa reacción social llegó hasta Washington. El presidente Herbert Huber, que había asumido el cargo pocas semanas antes, convocó a sus asesores y vio una instrucción clara, conseguir que Capone fuera a la cárcel, no como respuesta directa a la masacre, que no podía probarse, sino utilizando cualquier vía legal disponible.
Hubert quería enviar un mensaje sobre la capacidad del Estado para hacer cumplir la ley, incluso con el criminal más poderoso del país. Y Capone era la demostración más visible de que esa capacidad había estado ausente durante demasiado tiempo. La presión comenzó a manifestarse de formas concretas a inmediatas.
Cada vez que Capone visitaba Miami, la policía local organizaba redadas en su mansión, lo detenía por cargos menores como vagancia o perjurio y lo liberaba pocas horas después, cuando los cargos no se sostenían. En una ocasión llegó a ser detenido ocho veces en un solo día, según sus propias palabras. Era una forma de acoso que no tenía consecuencias penales reales, pero que transmitía un mensaje inequívoco.
El tiempo de la impunidad se estaba acabando. Capone respondió a esa presión de diversas maneras. intensificó su estrategia de imagen pública, multiplicando las donaciones de caridad y las apariciones en eventos sociales. Cuando llegó la Gran Depresión, en el otoño de 1929, organizó el primer comedor popular de Chicago, que llegó a atender a miles de personas al día.
Los periódicos cubrieron esa iniciativa con cierta ambigüedad. Algunos la presentaban como evidencia de la generosidad genuina de Capone, otros como una maniobra de relaciones públicas demasiado transparente para ser creída. En mayo de 1929, pocos meses después de la masacre, Capone asistió a una conferencia de líderes del crimen organizado en Atlantic City, convocada precisamente para intentar calmar la situación en Nueva York y Chicago y reducir la violencia que estaba atrayendo demasiada atención federal.
Capone llegó reservado en el exclusivo hotel Breakers, que en aquella época tenía una política de admisión que excluía a quienes no fueran de origen anglosajón protestante. Cuando un grupo numeroso de italianos intentó registrarse con nombres falsos de ese perfil, el hotel se negó. Capón tuvo una discusión acalorada con uno de los organizadores y acabó siendo trasladado a otro establecimiento, donde, según los relatos disponibles, arrancó cuadros de las paredes y los lanzó contra su interlocutor.
El episodio es revelador de un estado de ánimo que no correspondía al de un hombre en la cima de su poder. La masacre de San Valentín había dañado su imagen de una forma que ninguna donación a los comedores populares podía reparar completamente. La presión federal era real y creciente. Y Capón, que durante años había logrado mantenerse un paso por delante de todos sus perseguidores, empezaba a sentir el peso de algo que no podía comprar ni intimidar, el cambio de la opinión pública, que es la única fuerza verdaderamente imparable
en una democracia. En el otoño de 1929, un hombre llamado Michael Malone se sentó en el vestíbulo del hotel Lexington de Chicago con un periódico en las manos y un acento italiano convincente. Llevaba trajes de cuadros costosos, camisa morada y sombrero blanco. En los días siguientes estuvo allí sentado leyendo, observando, hablando con los hombres que entraban y salían.
A la semana alguien había forzado la puerta de su habitación y revisado sus pertenencias. Encontraron ropa cara colgada en el armario y cartas enviadas desde Philadelphia escritas en el argot de Lampa. Fueron a informar a Capone. El hombre era de los suyos. Michael Malón era agente del departamento del tesoro de los Estados Unidos.
se había introducido en el círculo de Capone con el nombre de Mike Leppido, construyendo durante semanas una identidad minuciosa que incluía contactos reales en Philadelphia que enviaban cartas preparadas de antemano con el lenguaje apropiado. Pasó casi dos años conviviendo con los hombres de Capone, asistiendo a reuniones, escuchando conversaciones, transmitiendo información a sus superiores.
Cuando Capone se encontró con él en un ascensor del juzgado, una vez revelada su identidad, le dijo, “La única cosa que me engañó fue tu aspecto. ¿Te pareces a uno de los nuestros?” Malón respondió que ambos habían corrido sus riesgos y que él había ganado el suyo. La historia de Michael Malón es la que la cultura popular ha oscurecido detrás de una figura más cinematográfica, la de Elliot Nes.
El agente de prohibición que organizó un grupo de agentes incorruptibles conocidos como Los intocables, se dedicó durante los años que duró la investigación a realizar redadas en las cervecerías de Capone, a destruir barriles de cerveza ante las cámaras de los fotógrafos y a cultivar su relación con la prensa.
NES era eficaz en lo que hacía y su trabajo causó algunos problemas a la organización, pero no fue quien hizo caer a Capone. Esa operación se desarrolló en silencio, lejos de los fotógrafos, en las oficinas de la Agencia de Rentas Internas. Para entender por qué el fisco y no la policía fue quien atrapó a Capone, hay que entender una dificultad fundamental que enfrentaban los fiscales federales.
Capone nunca había disparado a nadie en público, nunca había firmado documentos vinculados a operaciones ilegales, nunca había aparecido directamente en ninguna de las transacciones que conformaban en negocio. Torrio le había enseñado bien. Mantén las manos limpias. Y Capone había seguido ese consejo con una disciplina que hacía casi imposible.
construir un caso penal basado en los crímenes reales que cometía. La solución fue buscar lo que sí podía probarse, que Capone tenía dinero, que ese dinero era ingresos y que no había declarado esos ingresos a las autoridades fiscales. Era una vía legal en apariencia modesta para el hombre declarado enemigo público número uno de Chicago, pero era sólida.
El fiscal federal George Johnson tomó la decisión de centrar todos los esfuerzos en la evasión fiscal con el apoyo explícito del presidente Huber. El trabajo recayó principalmente en Frank Wilson, un contable forense de la Agencia de Rentas Internas que se convirtió en la pieza clave de la investigación. Wilson era un hombre sin glamur, gafas de gruesos cristales, aspecto anodino, temperamento obstinado.
Durante meses revisó cajas y más cajas de documentos confiscados enredadas anteriores, buscando algo que conectara el dinero de Capone con su nombre. La búsqueda parecía no llevar a ningún lado hasta que enterrado en uno de esos archivos, apareció un conjunto de libros de contabilidad procedentes de los tiempos en que la organización operaba en Cícero.
Los libros registraban ingresos del juego con anotaciones que podían rastrearse hasta personas vinculadas a Capone. Uno de los contables, presionado por los investigadores, terminó cooperando. Mientras Wilson construía el caso fiscal en silencio. Malon seguía en el interior de la organización. Escuchando, fue él quien informó a sus superiores de que Capone había diseñado un plan para sobornar a los miembros del jurado de su futuro juicio.
La información llegó al juez James Wilkerson, que tomó una decisión que resultaría determinante. Cambiar la lista completa de jurados en el último momento, sustituyéndola por personas que ninguno de los hombres de Capone había tenido oportunidad de contactar. Fue también Malón quien alertó de que Capone había enviado a cinco hombres armados desde Nueva York con instrucciones de eliminar a varios funcionarios federales en Chicago, incluido el propio Wilson.
Con las medidas de seguridad adecuadas en marcha, Capone acabó ordenando que los hombres volvieran a Nueva York sin llevar a cabo la operación. En paralelo a todo esto, Capone seguía intentando gestionar sus propios problemas. En 1930 había sido nombrado enemigo público número uno de Chicago por el editor del Chicago Daily News.
Una designación que el recién elegido presidente Huber adoptó públicamente como prioridad de su administración. La presión mediática y política era constante. En Miami, las detenciones repetidas por cargos menores se convirtieron en una forma de acoso sistemático que Capone denunciaba públicamente con irritación creciente.
En ese mismo periodo, Capone completó la eliminación de Joe Aelo, un rival que había intentado en repetidas ocasiones organizar atentados contra él, incluyendo un plan para envenenarle con Cianuro en un restaurante. hielo fue abatido en octubre de 1930. Era el último gran enemigo interno que quedaba.
Pero la amenaza, que en ese momento resultaba más urgente no venía del AMPA. Venía de los hombres tranquilos con gafas gruesas que revisaban libros de contabilidad en una oficina federal. En febrero de 1929, antes de que la investigación fiscal alcanzara su momento decisivo, Capone había sido citado a declarar ante un tribunal federal en Chicago por una infracción menor relacionada con la prohibición.
Su abogado presentó un certificado médico firmado por su médico que afirmaba que Capone llevaba seis semanas en cama con neumonía y no podía viajar. Los agentes del FB y enviados a verificar la situación encontraron a Capone en el hipódromo y de pesca en Florida. Fue detenido por desacato al tribunal. Meses después en Philadelphia fue arrestado junto a su guardaespaldas por posesión ilegal de armas y condenado a un año de prisión.
Aquella condena de Filadelfia fue un paréntesis. Capone la cumplió con relativa comodidad gracias a los privilegios que obtuvo de los funcionarios de la prisión. y fue puesto en libertad dos meses antes de cumplir el plazo por buena conducta. Salió a una multitud de seguidores esperándole fuera, pero al regresar a Chicago, el cerco que Wilson y el fiscal Johnson estaban apretando en silencio había avanzado de forma irreversible.
El 5 de junio de 1931, Alcapone fue formalmente acusado de 22 cargos de evasión fiscal correspondientes a los años comprendidos entre 1925 y 1929. El sexto de octubre de 1931, Al Capone entró en la sala del tribunal federal de Chicago con el paso de alguien que no tiene motivos para preocuparse. Llevaba un traje de color verde claro, confeccionado a medida, sombrero de ala ancha y una expresión que los periodistas presentes describieron como relajada, casi jovial.
Había cámaras, había fotógrafos, había una multitud de curiosos apiñados en los pasillos del edificio. Capón saludó a varios reporteros por su nombre, hizo un comentario jocoso sobre el número de fotografías que le estaban tomando y tomó asiento junto a su equipo de defensa con la karma de quien sabe que el resultado está decidido de antemano.
Lo que Capón creía saber era que el jurado estaba comprado. Sus hombres habían contactado con varios de los miembros de la lista de jurados seleccionados para el juicio y habían llegado a acuerdos que, en su cálculo hacían imposible una condena. Era el mismo método que había funcionado en Chicago durante años.
El dinero abría todas las puertas. No había razón para pensar que esta vez fuera distinto, pero el juez James Wilkerson había recibido la información de que el jurado había sido manipulado y la noche anterior al inicio del juicio, tomó una decisión que nadie en el equipo de Capón había previsto. Cambió la lista completa de jurados.
Los 12 hombres que tomaron asiento en el estrado aquella mañana eran personas que ningún contacto de la organización había tenido oportunidad de abordar. Capone lo supo cuando ya era demasiado tarde para reaccionar. El juicio duró 11 días. La estrategia de la acusación era sencilla en su arquitectura, pero devastadora en su efecto.
Demostrar que Capone había gastado cantidades enormes de dinero durante años y que, sin embargo, nunca había presentado una declaración de la renta. No era necesario probar de dónde venía ese dinero, que todos sabían perfectamente de dónde venía. Bastaba con demostrar que había ingresos y que esos ingresos no habían sido declarados. Los fiscales presentaron ante el tribunal un catálogo de los gastos de Capone durante el periodo comprendido entre 1925 y 1929.
Ropa de lujo confeccionada a medida. Estancias en los mejores hoteles, joyas, automóviles. La mansión de Palm Island, pagos a empleados, a cocineros, a guardaespaldas. Todo ello documentado mediante recibos, registros bancarios y el testimonio de los contables que Wilson había localizado tras meses de investigación.
Frente a ese despliegue de gasto, la defensa de Capone no tenía una respuesta que funcionara. Su cliente no había declarado ingresos porque no reconocía tener ingresos, pero el dinero gastado era una prueba irrefutable de que esos ingresos existían. El equipo de defensa intentó varias maniobras.
argumentó que Capone no era consciente de su obligación de declarar. Intentó presentar una negociación de culpabilidad por cargos menores que habría reducido la condena a 2 años y medio. Acuerdo que el fiscal Johnson había aceptado inicialmente, pero que el juez Wilkerson rechazó con una firmeza que dejó claro que no estaba interesado en soluciones de compromiso.
La defensa era débil en sus argumentos jurídicos y lo sabía. Los abogados de Capone no eran los mejores disponibles y algunos historiadores han sugerido que Capone, acostumbrado a resolver los problemas con dinero, no había invertido suficiente en preparar una defensa legal rigurosa porque confiaba en que el jurado solucionaría el problema por otra vía.
La deliberación del jurado duró varias horas. El veredicto que culpable en varios de los cargos presentados. El juez Wilkerson tomó la palabra para dictar sentencia el 17 de octubre de 1931. 11 años de prisión federal, $50,000 de multa, una cantidad adicional en costas judiciales más los impuestos atrasados con intereses.
Era la condena más severa que jamás se había impuesto en los Estados Unidos por delitos de evasión fiscal. Capone escuchó la sentencia sin que su expresión cambiara de forma apreciable. Al salir del tribunal se acercó a los reporteros y les dijo que tomaran muchas fotografías porque no lo verían durante mucho tiempo. Era una actuación.
Quienes lo conocían bien sabían que la condena lo había golpeado con una fuerza que no esperaba. Sus abogados presentaron un recurso de apelación de inmediato y solicitaron que se le permitiera quedar en libertad bajo fianza mientras se resolvía. El juez lo denegó. Capone fue enviado directamente a la prisión del condado de Cook.
Las condiciones iniciales de su encarcelamiento en Cook County reprodujeron en parte el patrón de privilegios que Capone había obtenido en Philadelphia antes. El director de la prisión le asignó una selva individual con ducha y acceso a teléfono. Sus amigos políticos podían visitarle. Miembros del AMPA de otros territorios, incluido La y Luciano, pasaron a verle.
Cuando la prensa publicó información sobre ese trato preferencial, las autoridades reaccionaron. En diciembre de 1931 fue trasladado a la enfermería bajo vigilancia permanente y sus visitas quedaron restringidas a familiares inmediatos y abogados. Fue en ese periodo, durante su estancia en la enfermería de Cook County, cuando le realizaron por primera vez una prueba de sífilis. El resultado fue positivo.

Le administraron inyecciones antiluéticas para intentar tratar la infección. Era la primera vez en más de una década, quizás en más de 15 años, que recibía algún tipo de tratamiento para una enfermedad que llevaba años avanzando silenciosamente por su organismo. En mayo de 1932, Capone fue trasladado en tren a la Penitenciaría Federal de Atlanta, considerada en aquel momento uno de los establecimientos más duros del sistema federal.
El traslado fue escoltado por agentes federales y se dice que el propio Elliot Nes estuvo presente para asegurarse de que no hubiera ningún intento de fuga. A lo largo del recorrido, grupos de curiosos se congregaron en las estaciones para verle pasar. Algunos lo abuchearon, otros aplaudieron. La ambigüedad que había marcado su relación con el público durante años seguía intacta incluso en ese momento.
El informe médico de Admisión Atlanta reveló sus cicatrices, un abdomen voluminoso y algunos otros detalles menores. Lo que resultó más significativo fue la evaluación neuropsiquiátrica que registró su historial de tratamiento previo para la sífilis y documentó en detalle sus respuestas durante la entrevista.
El médico que lo examinó anotó que Capone mostraba un completo desprecio por la verdad en la historia personal que proporcionaba. Describió su ocupación anterior como operador inmobiliario. El coeficiente intelectual medido en ese momento era de 95, muy próximo a la media de 100. No había indicios de deterioro cognitivo activo.
Los funcionarios de Atlanta observaron con el tiempo que Capone manifestaba ideas grandiosas. se describía como El Salvador de los pobres de Chicago. Afirmaba haber hecho lo que el Ayuntamiento había sido incapaz de hacer. No causaba problemas, sin embargo, y fue asignado a un taller de fabricación de monos de trabajo, tarea que realizó con suficiente regularidad.
Su compañero de celda era un ladrón de cajas fuertes que había trabajado para la organización en el pasado y que asumió informalmente el papel de protector. Cuando 1934 se abrió la prisión de la isla de Alcatrá en la bahía de San Francisco, la decisión de trasladar allí a Capone respondía a una lógica precisa.
En Atlanta seguía siendo capaz de ejercer cierta influencia y obtener pequeños privilegios. Alcatrá había sido diseñada para aislar a los presos más problemáticos del sistema federal del resto del mundo. No había visitas no autorizadas, no había forma de comprar favores, era una roca en medio del agua, envuelta con frecuencia en niebla, visible desde la ciudad, pero inaccesible en todos los sentidos que importaban.
Capone llegó al Catrás en agosto de 1934. El hombre que había gobernado Chicago durante casi una década estaba ahora en una celda de la que no podía salir por voluntad propia, rodeado de otros presos que querían demostrar su dureza a costa de él, sin acceso al dinero que durante años había resuelto todos sus problemas.
La bacteria que llevaba décadas viajando por su organismo seguía su camino y el tiempo que le quedaba de lucidez era más corto de lo que nadie, incluido el mismo, podía imaginar. Una mañana de febrero de 1938, Alcapone se levantó de su litera en Alcatraz y empezó a caminar hacia el comedor. A mitad del camino se detuvo.
No sabía dónde estaba, no sabía qué estaba haciendo. Los funcionarios que estaban cerca lo vieron desorientado, con la mirada perdida, incapaz de responder con coherencia a las preguntas que le dirigían. Poco después vomitó violentamente y sufrió una convulsión. Lo trasladaron a la enfermería de la presión.
El médico que lo examinó registró el diagnóstico a los documentos oficiales. Parálisis general del alienado. Una de las formas en que la sífilis no tratada destruye el sistema nervioso central cuando ha tenido suficiente tiempo para penetrar en el cerebro. Tenía 38 años. Hacía menos de siete que había entrado en la sala del tribunal de Chicago con el paso de alguien que controla la situación.
Ahora no sabía dónde estaba ni qué día era. Para entender qué había ocurrido en el organismo de Capone durante esas décadas, hay que entender cómo funciona la sífilis cuando no se trata. La bacteria responsable de la enfermedad, la treponema Palidum, produce síntomas evidentes en su fase inicial: una llaga genital, una erupción en manos y pies, malestar general.
Después, esos síntomas desaparecen solos, sin tratamiento y la persona infectada puede creer razonablemente que el problema se ha resuelto por sí solo. Es una ilusión. En una proporción significativa de casos, la bacteria no desaparece. se retira hacia los órganos internos y el sistema nervioso central, donde continúa multiplicándose durante años o décadas sin producir síntomas evidentes.
Cuando finalmente los produce, el daño acumulado es frecuentemente irreversible. Capone había contraído la infección en su juventud, probablemente alrededor de 1917 o 1918. En los años en que trabajaba en el Harvard In y frecuentaba los establecimientos de prostitución vinculados al negocio de Franky Jaale, nunca buscó tratamiento.
Los síntomas iniciales desaparecieron. Durante 20 años la bacteria trabajó en silencio. Los primeros signos de que algo no iba bien habían aparecido gradualmente durante su estancia en Atlanta. Los funcionarios habían registrado que en ocasiones actuaba de forma extraña y expresaba ideas grandiosas sobre su misión de salvar a los pobres de Chicago, pero era un comportamiento que podía atribuirse al estrés del encarcelamiento o a los rasgos de personalidad que siempre lo habían caracterizado.
En Alcatraz, donde la vida era más austera y las posibilidades de distracción prácticamente inexistentes, esos rasgos se habían vuelto más evidentes con el tiempo. Durante los primeros años en la isla, Capone había intentado adaptarse a las condiciones de una forma que sorprendió a algunos de los funcionarios.
Encontró en la música un refugio inesperado. El director de la prisión permitió a un grupo de presos formar una pequeña orquesta que ensayaba 20 minutos al día. Capone nunca había tocado ningún instrumento antes de entrar en prisión, pero consiguió un banjo y una mandolina y empezó a practicar. El grupo llegó a actuar con cierta regularidad, tocando piezas que iban del jazz a la música popular.
En 1935, Capone incluso escribió una canción de amor napolitana dedicada a su mujer. Era un hombre que seguía siendo capaz de crear, de aprender, de mantener afectos, pero los incidentes se acumulaban. En un ensayo de la orquesta, un compañero lo golpeó con un saxofón porque Capón se había quejado de que tocaba demasiado fuerte.
En 1936, mientras trabajaba en la lavandería de la prisión, otro preso lo apuñaló en la espalda con unas tijeras. Las heridas fueron superficiales en ambos casos, pero revelaban que su posición en la jerarquía informal de Alcatrz era vulnerable de formas que nunca había experimentado fuera de la prisión. El episodio de febrero de 1938 marcó el inicio de la fase abiertamente psicótica de su enfermedad.
Los periódicos publicaron relatos sensacionalistas sobre su comportamiento en la enfermería, que atacaba a otros presos, que los pateaba y escupía, que hacía y deshacía compulsivamente su cama, que rompía a cantar áreas de ópera italiana sin motivo aparente. Los documentos médicos reales pintan un cuadro diferente, aunque no menos preocupante.
Capone estaba confuso y agitado con periodos de desorientación severa, pero la mayor parte de las descripciones más dramáticas de los periódicos no tenían correspondencia en los registros clínicos. Su mujer May hizo el viaje de 3000 millas hasta Alcatrá para verle en la enfermería de la prisión. Cuando los periodistas le preguntaban por el estado de salud de su marido, respondía invariablemente lo mismo, que se iba a recuperar, que sufría de abatimiento y tensión nerviosa, agravados por un estado de nerviosismo
intenso. Nunca mencionó públicamente la causa real de su enfermedad. La familia guardó ese secreto con una lealtad que era al mismo tiempo comprensible y reveladora del estigma que rodeaba a la sífilis en aquella época. Los médicos de la prisión trataron a Capone con tripasamida intravenosa, yoduros y bismuto intramuscular.
Rechazó la punción lumbar y la terapia de la malaria que le propusieron. Después de varios días de confusión y agitación, su estado mejoró parcialmente, pero los síntomas psicóticos no desaparecieron. continúa experimentando delirios de grandeza y alucinaciones y describía con satisfacción planes detallados para construir fábricas y dar empleo a 50,000 personas cuando saliera de la prisión.
El médico, que lo evalúa en junio de 1938, documentó que su humor era expansivo y que tenía planes extensos para sus actividades tras la liberación, que incluían obras de caridad y proyectos industriales de gran escala. Añadía que en ocasiones escuchaba a Dios y a los ángeles responder verbalmente a sus oraciones, aunque el propio Capone reconocía que probablemente disfrutaba de algunas de esas experiencias más de lo que debería.
En enero de 1939 fue trasladado al Centro Correccional Federal de Terminal Island en Los Ángeles para preparar su liberación. Inicialmente se adaptó bien al cambio, pero en septiembre su estado empeoró de nuevo. Escuchaba voces, agredió a otros presos. y a miembros del personal y tuvo que ser inmovilizado para evitar que se hiciera daño.
Fue en ese periodo cuando se realizó una evaluación formal de su funcionamiento cognitivo que arrojó resultados que sus médicos describieron con la terminología clínica de la época como correspondientes a una edad mental de entre 7 y 10 años en un adulto. Era una forma de medir el deterioro que hoy no se utilizaría, pero que en su momento transmitía con claridad la magnitud del daño.
En noviembre de 1939, Capone fue trasladado a la Penitenciaría Federal de Louwisburg en Pennsylvania para completar los últimos días de su condena. Tres días después salió de la prisión. Había cumplido su pena, aunque permanecería en libertad condicional durante 3 años más. No había festejo, no había multitud esperándole.
El hombre que había salido de la cárcel de Philadelphia en 1930, rodeado de seguidores que lo aclamaban, salió ahora de Louwisburg con el aspecto de alguien que no terminaba de entender del todo qué estaba ocurriendo a su alrededor. Al día siguiente de su liberación, se ingresó voluntariamente en el hospital Union Memorial de Baltimore para comenzar un tratamiento intensivo contra la sífilis.
Su mujer había intentado ingresarlo en el prestigioso hospital Jones Hopkins, pero la dirección de ese centro declinó aceptarlo, alegando el riesgo de publicidad negativa. El médico, que lo recibió en el Union Memorial, el Dr. Mur documentó que Capone estaba eufórico y ruidoso con una actividad mental y física excesiva, ideas grandiosas y una marcada tendencia a la confabulación, es decir, a resionar los huecos de su memoria deteriorada con historias inventadas que él mismo creía sinceramente.
Su funcionamiento cognitivo correspondía en las pruebas aplicadas a una edad mental de 7 años. El Dr. More fue escéptico ante los intentos de tratamiento anteriores y comenzó de inmediato la terapia de la malaria. El procedimiento consistía en infectar deliberadamente al paciente con malaria para provocar fiebres altas y sostenidas que, según los conocimientos médicos de la época podían detener el avance de la bacteria sifilítica en el sistema nervioso.
El método había sido desarrollado por el médico austríaco Julius Wagner Haureg. quien recibió el premio Nobel por este descubrimiento en 1927. Era el tratamiento más eficaz disponible antes de la llegada de los antibióticos. Capone recibió 12 paroxismos de malaria y acumuló más de 120 horas de fiebre por encima de los 38ºC.
Después fue tratado con sales de bismuto y tripasamida. El tratamiento se prolongó durante 4 meses en una suit de dos habitaciones del hospital, atendida por su equipo médico y rodeado de su familia, guardaespaldas, catadores de comida, su barbero personal y cuántos miembros de su círculo cercano quisieron acompañarlo.
Cuando fue dado de alta para continuar el tratamiento de forma ambulatoria y regresó a Florida, su estado había mejorado de forma apreciable. La grandilosidad y la confabulación habían disminuido. En las pruebas de evaluación cognitiva alcanzó un resultado equivalente a una edad mental de 14 años y medio, casi dentro de los límites normales.
Pero los médicos coincidían en que ese era probablemente el techo de su recuperación. El daño acumulado durante más de 20 años de infección no tratada era estructural y ningún tratamiento podía revertirlo por completo. Capone tenía 40 años y el cerebro irreversiblemente deteriorado. En algún momento de los primeros años 40, Alcapón estaba sentado en el jardín de su mansión de Palm Island con una caña de pescar en la mano.
El agua de la piscina estaba tranquila. El son de Florida caía sobre los jardines que May había cuidado con Esmero durante años. Capone hablaba no siempre con alguien que estuviera presente, a veces con interlocutores que solo él podía ver o escuchar. Los miembros de la familia que estaban cerca aprendieron a no interrumpirle en esos momentos, a no corregirle, a dejar que la conversación fluyera hacia donde su mente deteriorada la llevaba.
El hombre que había gobernado Chicago con una combinación de terror y carisma que no tenía precedentes en la historia del crimen organizado americano, pasaba ahora sus días pescando en una piscina sin peces, hablando con personas invisibles y recibiendo los cuidados de enfermeros contratados por su familia. Tenía 40 y pocos años, parecía 20 años mayor.
La recuperación parcial lograda con el tratamiento en Baltimore no se mantuvo de forma estable. El Dr. More, que continuó siguiendo su caso desde lejos, documentó en una carta dirigida al médico de Capone en Florida, que al año siguiente de la alta hospitalaria su funcionamiento cognitivo había vuelto a deteriorarse y que era cada vez más irritable con la familia y con los extraños.
Con una lucidez y una humanidad que resultan admirables en un documento clínico, el doctor aconsejaba que no se sometiera a más tratamientos, que las posibilidades de mejora adicional eran mínimas y que lo más beneficioso sería mantenerle ocupado con actividades sencillas y supervisadas como la jardinería con la ayuda de un enfermero varón que le orientara en sus tareas cotidianas.
Meapone cumplió esa función con una dedicación que sus contemporáneos describieron como absoluta. Lo protegió de la curiosidad pública con una firmeza que no admitía negociación. Apenas se permitían fotografías, las visitas de personas ajenas a la familia más cercana eran infrecuentes y estaban estrictamente controladas.
May sabía que Capone tenía tendencia a hablar en exceso, a veces con personas que no debían escucharle y que en ese estado de deterioro cognitivo podía decir cosas que comprometieran a personas que aún estaban activas en el mundo del que él había salido. El dinero, que había fluido a raudales durante los años de esplendor, se había consumido casi por completo.
Las décadas de gasto desmesurado, los honorarios de abogados, los sobornos y los costes del tratamiento médico habían devorado la mayor parte de la fortuna acumulada en los años 20. La organización, el outfit, que Capone había construido y que seguía funcionando bajo la dirección de Frank Niti y después de otros sucesores, le asignaba una asignación semanal de $600.
Era una cantidad digna para cualquier ciudadano de la época, pero una cifra modesta para el hombre que en su momento había gastado ese dinero en una sola prenda de ropa. En algún momento, probablemente a partir de 1942, Capone recibió penicilina. El antibiótico había comenzado a estar disponible en casos seleccionados, aunque la mayor parte de las existencias se destinaba a los hospitales militares durante la Segunda Guerra Mundial.
La penicilina habría eliminado cualquier bacteria sifilítica que pudiera seguir activa en su organismo, pero el daño que la infección había causado durante más de 20 años en su sistema nervioso central no podía revertirse. Los antibióticos podían detener el avance de la enfermedad, no deshacer sus consecuencias.
Su habla se fue afectando de forma progresiva. Su coordinación física se deterioró. Algunos de quienes lo visitaron en esos años describieron a un hombre severamente demenciado, incontinente, incapaz de mantener una conversación coherente. Otros, incluida su nieta, afirmaron que Capone exageraba deliberadamente sus síntomas cuando había personas extrañas presentes y que en el círculo de su familia seguía siendo capaz de momentos de reconocimiento, de afecto, de algo que se parecía a su personalidad anterior.
¿Cuál de esas dos versiones es más fiel a la realidad? Es algo que no puede saberse con certeza, porque los testimonios disponibles son parciales y están cargados de la lealtad o del distanciamiento de quien los ofrece. El 21 de enero de 1947, Al Capone sufrió una serie de convulsiones en su mansión de Palm Island. Quedó parcialmente paralizado.
Recuperó la conciencia brevemente, reconoció a algunas de las personas que estaban a su alrededor y se agitó. Desarrolló neumonía. Los médicos intentaron estabilizarlo con oxígeno. Hubo momentos en que pareció mejorar, pero el deterioro era irreversible y el 25 de enero murió. Tenía 48 años. La causa oficial de la muerte fue un infarto cardíaco complicado por la neumonía.
La sífilis, que lo había acompañado durante 30 años, había hecho su trabajo mucho antes de que su corazón se detuviera. Fue enterrado en el cementerio Mount Olivet de Chicago. Sus restos fueron trasladados posteriormente al cementerio Mount Carmel, donde reposan junto a los de otros miembros de su familia. El funeral reunió a cientos de personas, muchas de ellas enviadas por los sucesores de la organización que él había construido, en cumplimiento de la instrucción que los nuevos jefes dieron de que todos los miembros del mundo del
AMPA se presentaran a rendir sus respetos. Meikapone vivió hasta 1986. Nunca volvió a casarse, nunca habló públicamente sobre las actividades criminales de su marido. La leyenda que Capone dejó atrás creció con una velocidad que él mismo habría encontrado probablemente satisfactoria. Hollywood lo convirtió en personaje cinematográfico pocas semanas después de su muerte y lo ha retomado con regularidad desde entonces.
Su nombre se asoció de forma indisoluble a la ciudad de Chicago, hasta el punto de que décadas después de su muerte, mencionar Chicago ante un desconocido en cualquier parte del mundo produce con frecuencia una respuesta que incluye su nombre. Lo que esa leyenda oscurece o al menos simplifica, es la complejidad real del hombre.
Los historiadores que se han acercado a su figura con rigor han encontrado un personaje que no encaja en ninguna de las categorías simples que la cultura popular le ha asignado. No era el monstruo frío y unidimensional de algunas versiones cinematográficas. Tampoco era el Robin Hood del pueblo que sus admiradores más entusiastas querían ver.
Era un hombre dotado de inteligencia real, de carisma genuino, de lealtades afectivas profundas, que había tomado decisiones que condujeron a la muerte de decenas o quizás centenares de personas, y que vivió con esas decisiones con una aparente ausencia de remordimiento que resulta difícil de reconciliar con la imagen del padre cariñoso y el hijo devoto que también era el mundo en el que se formó lo empujó en una dirección.
La prohibición lo convirtió en un actor principal de una obra que el gobierno americano había puesto en marcha sin entender las consecuencias. La sífilis lo destruyó desde dentro lentamente con la implacabilidad que tiene lo que nadie ve venir. Y la bacteria que lo mató tardó 30 años, pero al final resultó más eficaz que todos los rivales que habían intentado acabar con él.
Los años que pasó en Palma Island, entre su liberación y su muerte, son quizás los más reveladores de todos. El hombre que no podía salir a la calle sin escolta de varios guardaespaldas, que dormía en hoteles con túneles de escape, que había sobrevivido a decenas de intentos de asesinato, pasó sus últimos años pescando en una piscina sin peces y hablando con personas que nadie más podía ver.
No era el final que nadie habría predicho para él, pero era a su manera una conclusión coherente con la historia de alguien que había construido todo su poder sobre cimientos que nunca podían ser sólidos del todo. Nos despedimos aquí de esta historia que ha durado décadas y que sigue siendo un siglo después tan fascinante como inquietante.
Soy Adrián Montero y ha sido un privilegio recorrer juntos la vida de Alcapone desde Brooklyn hasta Palm Island. Si este vídeo os ha acompañado durante un rato, os pido que le deis un me gusta y que os suscribáis al canal para seguir explorando estas historias que la historia oficial a veces deja en los márgenes. Yes.