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Al Capone — De inmigrante pobre a rey del crimen organizado | Historias de Ídolos

Después pasó a los Fort The Juniors y más tarde al Five Points Gang, una organización adulta con base en el bajo Manhattan que constituía un escalón completamente distinto. Allí aprendió a usar un cuchillo y a manejar armas de fuego. era grande para su edad, físicamente imponente y tenía una inteligencia social que no había aprendido en ningún libro.

Sabía leer a las personas, sabía cuándo presionar y cuándo ceder. Para sostenerse, probó varios trabajos honestos. Trabajó en una confitería, en una bolera, en una fábrica de munición, en un taller de cajas de cartón. Los días de paga entregaba lo que ganaba a su madre. Esta imagen, la del hijo obediente que lleva su jornal a casa, convivía sin aparente contradicción con la del joven que pasaba las noches en los círculos de Lampa.

Capone nunca abandonó del todo ese sentido de la obligación familiar, incluso cuando su vida tomó rumbos que habrían horrorizado a sus padres. Fue precisamente en el mundo del crimen donde conoció a las dos personas que más marcarían su juventud. La primera fue Frankie Jale, gangster de origen italiano, que regentaba el Harvardin, un local en Connie Island.

que combinaba sal y casa de prostitución y que era, en palabras de quienes lo frecuentaron, un lugar donde las peleas eran rutinarias y podían terminar en muerte. Jale contrató al joven Capone como empleado del local, donde comenzó fregando platos y ascendió hasta ejercer de camarero y portero, y lo tomó bajo su tutela, enseñándole cómo funcionaba el mundo desde dentro.

La segunda persona fue Johnny Torrio, un hombre 17 años mayor que él, frío, calculador, dotado de una visión estratégica poco común en el ambiente del AMPA. Torrio se convirtió en su verdadero mentor intelectual. En el Harbardín trabajó también con May Kofflin, una joven de origen irlandés, 2 años mayor que él, dependienta de una fábrica del barrio, devota católica, de familia humilde.

Se conocieron en un baile en 1917 y se casaron en la catedral de St. Mary Star of the Sea en Brooklyn en diciembre de 1918, apenas tr semanas después de que naciera su hijo Albert, al que todos llamarían Sony. El matrimonio entre un italiano y una irlandesa era poco habitual en aquella época, cuando las dos comunidades raramente se mezclaban, pero ambas familias aceptaron la relación.

Meikapone permaneció leal a su marido hasta el final con una fidelidad que muchos han calificado de incomprensible y que otros han entendido simplemente como amor. Fue alrededor de ese periodo cuando Capone contrajo la enfermedad que décadas después acabaría destruyendo su mente, la sífilis. Él mismo recordó años más tarde haber tenido una llaga genital seguida de una erupción en manos y pies.

Síntomas típicos de la fase primaria de la infección. Los síntomas desaparecieron solos, como suele ocurrir, y Capone nunca buscó tratamiento. El error fue fatal. En una proporción significativa de casos, la bacteria no desaparece, se retira hacia los órganos internos y el sistema nervioso central, donde continúa su trabajo de destrucción de forma lenta e imperceptible durante años, a veces décadas.

El tratamiento existía en aquella época, aunque era doloroso y costoso. No buscarlo era un riesgo para él, para sus parejas y para sus hijos. Sony nació con problemas de salud que algunos médicos atribuyeron a sífilis congénita. May sufrió varios abortos y partos sin vida en los años siguientes, posiblemente como consecuencia de la misma infección.

Y así, en el umbral de los 20 años, Alfons Capone era ya muchas cosas a la vez. Hijo obediente y marido reciente, aprendiz del crimen y trabajador honesto, hombre con cicatrices en la cara que prefería fingir que eran medallas de guerra. cargaba también con una bacteria invisible que avanzaba sin prisa por su organismo. La pregunta que los historiadores se han hecho desde entonces no es por qué Capone no se vengó de Galucio aquella noche en Connie Island, sino si aquella contención revelaba madurez o simplemente cálculo frío. La respuesta,

como ocurre con casi todo en la vida de Alcapone, depende de a quién se le pregunte y qué versión se decida creer. Lo que no admite discusión es que la historia de Galucio se convirtió en una de las primeras leyendas del AMPA sobre el joven Capone. La del hombre que sabía cuándo usar la fuerza y cuándo guardarla.

Esa reputación, ganada o fabricada, le sirvió durante los años que vinieron. En Brooklyn había aprendido a pelear. En Chicago aprendería a gobernar. El 11 de mayo de 1920, a media tarde, un hombre entró en la oficina situada frente al restaurante más famoso del bajo Manhattan criminal de Chicago. Sacó una pistola del calibre 38 y disparó una sola vez.

La bala entró por la base del cráneo de Yaomo Colossimo, conocido en todo el mundo del AMPA como Big Jim, el gran Jim, el hombre que había construido el imperio del vicio en la ciudad durante dos décadas. Colósimo cayó en el vestíbulo de su propio local. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Los periódicos comenzaron a referirse al caso como un ejemplo de la amnesia característica de Chicago.

Esa enfermedad colectiva que atacaba invariablemente a quienes habían presenciado un asesinato relacionado con el AMPA. Nunca se presentaron cargos. Los rumores señalaron a Frankie Jale como el autor material y a Johnny Torrio y al joven Alcapone como instigadores. Pero lo que importa no es quién apretó el gatillo, sino lo que ocurrió después.

Torrio heredó la organización entera, ascendió a Capone como su hombre de confianza y ambos se encontraron de repente con las puertas abiertas de par en par ante la mayor oportunidad económica que el crimen organizado había visto jamás en suelo americano. Para entender por qué aquella oportunidad era tan descomunal, hay que entender qué era Chicago en los años inmediatamente anteriores a la prohibición y qué era Big Jim Colossimo en ese Chicago.

Colossimo había llegado a los Estados Unidos desde Calabria a finales del siglo XIX y había ascendido desde el oficio de Barrendero hasta convertirse en el señor indiscutido del vicio en la ciudad. Su negocio principal era la prostitución. controlaba cientos de burdeles en el distrito de los Borbones del Southside, conocido como el Levi, y lo hacía con el respaldo explícito de dos concejales corruptos, John Kofflin y Michael Kena, que le otorgaron el cargo de capitán de presinto del primer distrito a cambio de dinero y lealtad

política. Esa alianza le proporcionaba protección policial y una apariencia de legitimidad que pocos hombres de su condición podían aspirar a tener. El restaurante de Colosimo en Guabash Avenue era lugar de moda en Chicago. Los cantantes de ópera, los jugadores de béisbol, los boxeadores campeones y los políticos más influyentes de la ciudad comían allí.

Big Jim lucía trajes de lino blanco y un bolsillo lleno de diamantes con los que jugaba distraídamente mientras conversaba. Era en todos los sentidos el primer gangster de la era moderna, un hombre que había entendido que el crimen no necesitaba esconderse si sabía comprar a las personas adecuadas. Fue Colosimo quien llamó a Johnny Torrio desde Nueva York para que lo ayudase a deshacerse de los extorsionistas de la mano negra que amenazaban su negocio.

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