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Federico García Lorca — La voz más luminosa de España | Documental biográfico

La luna que llora, el caballo que galopa por los olivares, el cuchillo brillando en la oscuridad. Nada de aquello era invención. Todo había estado allí en La Vega, antes de que él supiera escribirlo. La familia se trasladó después a Asquerosa, otro pueblo cercano, y más tarde a Valde Rubio, donde el padre administraba sus tierras.

Federico crecía rodeado de campesinos, jornaleros y pastores. Aprendió a distinguir las voces de las mujeres que cantaban mientras lavaban la ropa en el río, los lamentos de los segadores en agosto, las coplas que entonaban los gitanos en las ferias. Ninguna de esas voces le parecía pintoresca.

Eran sencillamente su lengua materna. Más adelante, cuando los críticos elogieran el llamado andalucismo de su obra, él se irritaría. Para Lorca, lo andaluz no era un decorado, era una forma de comprender el mundo, una manera de oír el silencio entre dos palabras. A los 11 años, los García Lorca se mudaron definitivamente a Granada. La capital lo recibió con sus cármenes, sus fuentes árabes y la silueta lejana de Sierra Nevada.

Para Federico fue un deslumbramiento. La alambra, el albaiicín, los cipreses del Generalife, todo aquello le parecía un libro abierto cuyas páginas nadie había terminado de leer. Pero también allí encontró la primera grieta de su existencia. Sus padres lo matricularon en un colegio religioso, severo y disciplinado, donde los maestros castigaban con regla cualquier distracción.

Federico, soñador, lento en aritmética, incapaz de memorizar fechas que no le interesaban, sufrió como solo sufren los niños sensibles, obligados a fingir lo que no son. Aquellos años escolares fueron, según el mismo confesó después, la primera herida verdadera de su vida. Buscó refugio donde pudo, en la música, sobre todo.

Comenzó a estudiar piano con un profesor llamado Antonio Segura, antiguo discípulo de Verdi. El maestro, viejo y exigente, descubrió enseguida que aquel adolescente distraído poseía un oído extraordinario y una memoria musical casi sobrenatural. Federico podía escuchar una melodía una sola vez y reproducirla al teclado con todos sus matices.

Soñaba con ser compositor. Escribía pequeñas piezas, anotaba canciones populares en un cuaderno. Improvisaba durante horas en el salón familiar mientras la tarde caía sobre los tejados de Granada. Aquella vocación musical, aunque acabaría cediendo ante la palabra, nunca lo abandonaría. Toda su poesía sería, en cierto modo, música escrita en otra lengua.

Y sin embargo, había algo en aquel niño que sus padres no comprendían del todo. Una gravedad antigua, un modo de mirar el horizonte como si esperara una respuesta que el horizonte no podía darle. Cuando la familia se reunía los domingos bajo la parra, los tíos comentaban entre risas las ocurrencias del muchacho, sus imitaciones de los curas, sus pequeñas obras de teatro improvisadas con sábanas y palos de escoba.

Pero doña Vicenta, que lo conocía mejor que nadie, advertía a veces en los ojos de su hijo una sombra que no encajaba con su edad. Una vez paseando por el campo al atardecer, Federico se detuvo de pronto y le preguntó qué había después de la muerte. Ella, desconcertada, balbuceó alguna respuesta piadosa. El niño la miró sin convencerse y siguió andando en silencio.

Aquella tarde quedó grabada en la memoria de la madre. La explicación quizá no estaba en el carácter del niño, sino en la tierra misma que lo rodeaba. En Andalucía, la vida y la muerte no se ocultan la una a la otra. Conviven en los entierros multitudinarios, en las aetas de Semana Santa, en los toros, en las coplas que celebran al amante muerto bajo el limonero.

Un niño granadino crecía oyendo hablar de difuntos con la misma naturalidad con que oía hablar del precio del aceite. La muerte no era allí un tabú, era un personaje familiar casi doméstico que se sentaba a la mesa con los vivos. Federico, hijo de aquella tierra, absorbió esa lección antes de poder formularla.

Por eso jugaba a oficiar funerales en el patio. Por eso pedía a su madre canciones tristes. No era morbo infantil, era el modo natural en que la Vega le enseñaba que toda luz lleva dentro su propia sombra y que el canto más hondo nace siempre del lugar donde la alegría y el duelo se tocan. Allí, entre los áramos de Fuente Vaqueros y los Cármenes de Granada, ya estaba todo el poeta que sería.

Una tarde de otoño de 1919, un joven granadino entra por primera vez en el comedor de la residencia de estudiantes con un traje oscuro un poco grande para él y un acento andaluz tan cerrado que las primeras palabras que pronuncia provocan una sonrisa contenida en la mesa más cercana. Lleva bajo el brazo una carpeta con poemas, una partitura y una carta de recomendación firmada por su profesor Fernando de los Ríos.

Tiene 21 años, los ojos oscuros, las manos largas, el porte algo torpe del provinciano que no sabe aún cómo moverse la capital. Se llama Federico García Lorca y acaba de dejar atrás la casa familiar, las asequias de la Vega y la ventitud luminosa de Granada. En Madrid lo espera otra cosa, una ciudad nerviosa, ávida, que mide a los recién llegados con dureza.

Aquella primera noche, Federico se sienta en el borde de la cama de su pequeña habitación. Escucha el rumor de los trambías por la calle del Pinar y siente por primera vez en su vida, el vértigo de no saber si volverá a su tierra como triunfador o como derrotado. La residencia no era un internado cualquiera.

Había sido fundada en 1910 como prolongación de la institución libre de enseñanza. aquel proyecto pedagógico nacido en el último tercio del siglo XIX para sacar a España de su atraso secular. Sus impulsores, hombres como Francisco Giner de los Ríos o Manuel Bartolomé Cosío, habían soñado con una educación laica, moderna, abierta a Europa, capaz de formar ciudadanos en lugar de súbditos.

La residencia era el corazón visible de aquel sueño. Su director, Alberto Jiménez Fraud, había logrado convertirla en algo más que un alojamiento universitario. Era un laboratorio de ideas, un punto de encuentro donde la ciencia y el arte se sentaban a la misma mesa. Por sus aulas pasaban como conferenciantes los nombres más altos del pensamiento contemporáneo: Albert Einstein, Henry Bergson, Paul Valery, Igor Stravinski, Marie Curi, Howard Carter, Le Corbusier.

Para un muchacho llegado del sur, aquel mundo resultaba al mismo tiempo deslumbrante e intimidante. Los primeros días de Federico a la residencia no fueron fáciles. Sus compañeros, jóvenes de buenas familias madrileñas y catalanas, lo observaban con la curiosidad que se reserva a las criaturas exóticas. El acento granadino les divertía.

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