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Un capo simuló su propia muerte para descubrir quién lo estaba vendiendo, pero la llamada que escuchó después del funeral reveló una traición mucho más cercana: “Era alguien de la casa”.

II.

Desde la casa segura, observaba todo por radios y televisores. Su nueva identidad era Heinrich Müller, un supuesto empresario alemán que había llegado a Colombia para invertir en textiles. Tenía documentos falsificados, una historia memorizada y hasta un acento practicado durante semanas.

Horas después se registró en el Hotel Intercontinental. Desde su habitación en el piso 15, podía ver la ciudad, escuchar los noticieros y monitorear las comunicaciones de su organización mediante un sistema de interceptación instalado meses antes.

Entonces comenzaron las reacciones.

John Jairo Velázquez, conocido como Popeye, guardó silencio al recibir la noticia. Luego empezó a llamar a otros sicarios para organizar una reunión de emergencia. Su dolor parecía sincero.

Los hermanos Ochoa se reunieron en una finca a las afueras de Medellín. Hablaron de mantener unido al cartel y elegir un nuevo liderazgo, pero no dieron señales de traición.

Gonzalo Rodríguez Gacha reaccionó con furia. Arrojó el teléfono contra la pared y ordenó reforzar la seguridad. También comenzó a planear un funeral digno para su socio.

Pero hubo tres reacciones que llamaron la atención de Pablo.

Carlos Leider, desde Alemania, gritó y juró venganza, pero enseguida preguntó por cuentas bancarias y contactos internacionales. Parecía más preocupado por el negocio que por la muerte de su amigo.

Fernando Duque, contador del cartel, no mostró sorpresa. Su primera llamada fue a un número desconocido. Habló poco, en clave, como si estuviera reportando una misión cumplida.

Y John Jairo Arias, uno de los guardaespaldas de Pablo, se apartó durante el caos en la casa familiar para hacer una llamada urgente. Pablo no pudo escucharla, pero el gesto le pareció sospechoso.

La parte más dolorosa fue ver a María Victoria. Cuando recibió la noticia, sus gritos llenaron la casa. Tuvo que ser atendida por un médico. Juan Pablo y Manuela no entendían del todo lo que ocurría, pero el sufrimiento de su madre los destruyó. Pablo, desde la distancia, tuvo que contenerse para no revelar la verdad.

Al segundo día, decidió salir del hotel disfrazado como Heinrich Müller. Primero fue al restaurante El Correo, donde varios miembros del cartel se reunían. Desde una mesa apartada, observó a sus hombres discutir el futuro de la organización.

Fernando Duque llegó tarde, nervioso, mirando el reloj y el teléfono. Al terminar la reunión, no se fue con los demás. Caminó hacia el centro comercial Oviedo y entró a una cabina pública. Pablo lo siguió.

Desde una distancia prudente, alcanzó a escuchar fragmentos de la llamada. Duque mencionó códigos de cuentas en Suiza y Panamá. Luego dijo una frase que confirmó las sospechas:

—El paquete ha sido entregado. Ahora necesito la protección prometida.

Después, Duque fue a un banco y realizó varias transferencias a cuentas que no pertenecían al cartel. Pablo ya tenía una prueba clara, pero quería conocer toda la red antes de actuar.

Esa tarde, fue a la finca de los Ochoa disfrazado de trabajador de mantenimiento. Allí escuchó una discusión intensa, pero leal. Los hermanos hablaban de reorganizar el cartel, no de traicionarlo.

Sin embargo, vio algo extraño: John Jairo Arias estaba en la finca, aunque debía estar protegiendo a la familia de Pablo. Al terminar la reunión, Arias se dirigió a un motel en las afueras de la ciudad y se encontró con un hombre que parecía agente del gobierno. Pablo tomó fotografías desde lejos.

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