Posted in

PARTE 1 Era un domingo de esos en los que el asfalto de Madrid parece que va a empezar a burbujear en cualquier momento.

PARTE 1

Era un domingo de esos en los que el asfalto de Madrid parece que va a empezar a burbujear en cualquier momento.

El calor se filtraba por las rendijas de las persianas de plástico verde de la casa de Manuel y Rosa.

Ese olor característico a sofrito de cebolla, pimiento y un toque de azafrán flotaba en el aire como una densa niebla de tradición.

Lucía se recolocó en la silla de madera, sintiendo cómo el barniz se le pegaba ligeramente a los muslos bajo el vestido de lino.

Llevaba diez años sentándose en esa misma silla.

Exactamente diez años desde que Carlos la llevó por primera vez a “conocer a los padres”.

En aquella época, el “usted” le salía de forma natural, casi como un mecanismo de defensa ante la mirada escrutadora de Manuel.

Manuel, un hombre que parecía haber sido esculpido en piedra de granito de la sierra de Guadarrama.

Un hombre que no hablaba, sino que sentenciaba.

Lucía miró a su suegro, que en ese momento estaba concentrado en la titánica tarea de pelar un langostino con cuchillo y tenedor.

Era una exhibición de ingeniería civil aplicada al marisco.

Ni una gota de jugo saltaba fuera del plato.

Ni un movimiento en falso.

Carlos, a su lado, devoraba la paella con la ansiedad de quien sabe que el silencio en esa mesa es una zona de guerra.

Rosa, la suegra, iba y venía de la cocina con una agilidad que desafiaba sus setenta y dos años.

—¿Te pongo un poco más de arroz, Lucía? —preguntó Rosa, sin esperar realmente una respuesta mientras volcaba el cazo.

—No, gracias, Rosa, que estoy a reventar —contestó Lucía con una sonrisa forzada.

Read More