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EL DESEMBARCO EN LA CALLE GÉNOVA

PARTE 1: EL DESEMBARCO EN LA CALLE GÉNOVA

El frío de Madrid en diciembre no es un frío cualquiera.

Es un frío que te busca los huesos, que te encuentra las costuras del abrigo y te recuerda que eres mortal.

Marta caminaba a paso ligero, casi trotando, cargando dos bolsas de papel kraft que amenazaban con romperse en cualquier momento.

El vapor de su aliento formaba nubecitas blancas que desaparecían al instante frente a sus ojos.

Subió el portal del edificio señorial, ese donde el ascensor todavía tiene una reja de hierro que chirría como un alma en pena.

Al llegar al cuarto derecha, se detuvo un segundo para recuperar el aire.

Sabía lo que le esperaba detrás de esa puerta de roble macizo.

No era solo una cena de Nochevieja.

Era una emboscada cultural.

Era el choque de dos trenes que circulaban por vías distintas desde 1975.

Marta sacó las llaves, respiró hondo y entró.

El recibidor de la casa de Concha olía a lo de siempre: a cera de muebles, a ambientador de pino y a esa sospechosa fragancia de algo que lleva hirviendo tres días.

—¿Marta? ¿Eres tú, hija? —la voz de su suegra llegó desde la cocina, con ese tono de “sé que traes algo y probablemente no me va a gustar”.

—Sí, Concha, ya estoy aquí —respondió Marta, dejando las bolsas con cuidado extremo sobre la mesa del comedor.

Apareció Concha, secándose las manos en un delantal que tenía bordado un gallo y que, según la leyenda familiar, era indestructible.

Se ajustó las gafas de cerca, esas que colgaban de una cadena de perlas, y se acercó a las bolsas como un perito de seguros examinando un siniestro total.

Sus ojos se entrecerraron.

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