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La mañana de un sábado cualquiera en un barrio periférico de Madrid. La luz del sol entra a duras penas por la persiana a medio bajar de la cocina.

PARTE 1

La mañana de un sábado cualquiera en un barrio periférico de Madrid.

La luz del sol entra a duras penas por la persiana a medio bajar de la cocina.

Es una cocina típica, con azulejos que conocieron tiempos mejores y un frigorífico cubierto de imanes.

Hay imanes de pizzerías, imanes de bautizos y un imán de un viaje a Torrevieja que está perdiendo el color.

En el centro de este ecosistema doméstico está Elena.

Elena lleva un moño deshecho que desafía las leyes de la gravedad.

Lleva puestas unas gafas de lectura que solo usa cuando la cosa se pone seria.

Y la cosa está muy seria.

Tiene un portátil abierto frente a ella.

La pantalla emite un brillo frío.

Es una hoja de cálculo de Excel.

El Excel de la economía familiar.

A su lado, una taza de café que lleva fría al menos una hora.

Se escucha el sonido de la puerta principal al abrirse.

El chirrido de las bisagras que Javier siempre dice que va a engrasar y nunca engrasa.

Javier entra en el pasillo.

Arrastra los pies ligeramente.

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