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Un Papa Leon XIV que se baña en el rio, monta a caballo y sabe cocinar

La misericordia es el canal por donde Dios transforma el corazón humano y renueva la esperanza en el mundo. Cuando pienso en un líder lleno de humildad, cercanía y pasión por el pueblo, mi mente no puede evitar evocar la figura de León XIV. No se trata solo de un papa con sotana y Tiara. Es un hombre que prefiere el murmullo del río a las salas solemnes, un pontífice que deja atrás las paredes del Vaticano para sumergirse en aguas tranquilas y olvidarse por un momento de los guardias y la pompa que lo rodean. Imagínalo a orillas de un

cauce claro al amanecer. El sol pinta de dorado las piedras y las risas de los niños que se acercan a saludarlo. Sin protocolo, sin arzobispos al lado, se despoja de sus ropas pontificales para enseñar con gesto sencillo, que la grandeza de un pastor está en poder lavarse los pies y el alma con la misma agua que refresca al más humilde de sus feligres.

Pero la vida de León XIV no se queda en el agua cristalina de un río. Pocos saben que después de esa inmersión de pureza enfunda sus sandalias, se sube a un caballo y galopa por senderos rurales. Sus manos, que han sostenido el báculo del papado, se ciñen ahora al freno de la montura, mientras su capa ondea el viento como el manto protector de una iglesia que camina junto a sus fieles.

En el trote firme del Corsel, he de las grandes lecciones de este Papa Agustino. La fe se fortalece cuando se recorre el mismo polvo que pisan los demás cuando el pastor se convierte en compañero de camino. Y en cada poblado que atraviesa, ya sea un caserío en los Andes o una aldea ribereña en Italia, deja una estela de asombro y calor humano.

Y por si fuera poco, León XIV sorprende con su destreza en la cocina. Dicen que tras cabalgar toda la mañana se adentra en la pequeña cocina de la casa parroquial más cercana y con humildad toma un cuchillo, rebana cebollas de albahaca y prepara un estofado al estilo mediterráneo. Sabe mezclar el poder nutritivo de los vegetales con la calidez de un caldo que reconforta el cuerpo y alivia el espíritu.

En su estilo narrativo y conversacional, imagino cómo salta un cuchareo y se asoma al fogón. preguntando al cocinero local, un poco más de ajo, laurel fresco o seco. Y entre risas y anécdotas comparte recetas heredadas de sus antepasados, esas que llegan con el aroma del pan horneado y el consuelo del hogar. El corazón de león 14 late con la fuerza del servicio.

No busca el dominio, sino la comunión. No está marcado por la pompa del poder, sino por la autenticidad de quien sabe que la fe se arraiga más profundo cuando se vive en comunidad. Su lema episcopal in hilo uno. Unum. En Cristo, uno somos uno, cobra vida cada vez que un campesino lo ve montando su caballo y lo saluda como a un hermano.

Y él responde con la misma cercanía con que consuela a un enfermo o alienta a un joven sacerdote. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha contado con papas memorables por su carisma, su intelecto o su capacidad de incidir en la historia mundial. Juan Pablo Segi nos enseñó a mirar más allá de las fronteras con sus viajes incansables.

Benedicto XV nos legó la profundidad de la tradición teológica. Francisco nos mostró que la humildad puede ser revolución y León XIV con su baño en el río, su galopar libre y su sazón en la cocina nos revela que un verdadero pastor es ante todo un hermano que sabe compartir el pan, el agua y el camino.

En esta historia épica que apenas comienza, descubriremos por qué suección no fue una batalla entre tendencias, sino un llamado al corazón de la Iglesia. abrirse al mundo, tender puentes y mostrar que la paz se construye con gestos sencillos y cotidianos. Desde su infancia en Maryland, donde Robert Francis Prevosted descubrió su amor por la naturaleza y la aventura, ya se vislumbraba en él un corazón inquieto por el servicio.

Aquellas orillas del río Potomac, en las que jugaba de niño, fueron el primer escenario de su empatía. observaba a los más pequeños pescar y les enseñaba a no asustar a las truchas, a comprender que cada criatura tiene su valor en el tejido divino. En el seminario agustino, sus compañeros lo recuerdan leyendo durante horas junto a un ventanal con el murmullo del río cerca, absorbiendo historias de los padres de la iglesia y comparándolas con relatos de campesinos peruanos que encontraban consuelo en la misa dominical. Su sed de conocimiento

no era fría, sino cálida. Cada doctrina la vivía como una invitación a transformarse por dentro y atender la mano al otro. Lo sorprendente no es que haya estudiado teología, sino que haya combinado sus estudios con clases de cocina y equitación. Cuando viajaba como oficial de la curia a Roma, solía escaparse a una tratoria cercana para aprender a amasar la pasta al dente y a preparar un risoto cremoso.

Sus manos, tan acostumbradas a las páginas de los libros, aprendieron también el ritmo de la cuchara y el vaivén del corazón de la cocina familiar. Durante su servicio en Lima, fundó un taller de culinaria para jóvenes en riesgo. Allí les transmitió no solo recetas, sino disciplina y esperanza.

En la cocina decía, como en la vida, cada ingrediente importa. Si falta el aceite de oliva, el sabor se apaga. Si falta el perdón, el alma se endurece. Así, cientos de muchachos descubrieron un oficio y aprendieron que la fe también se cultiva entre aromas de albaca y orégano. Al volver a Roma para recibir el birrete cardenalicio, no dejó atrás su amor por el caballo.

Instaló en los jardines vaticanos un picadero modesto donde invitaba a diplomáticos y sacerdotes a experimentar la libertad del galope. quienes lo acompañaron recuerdan su risa fresca, su capa ondeando como una vela y su grito entusiasta al mostrarse experto en doma clásica. Ese balance entre lo espiritual, lo físico y lo cotidiano define el liderazgo de León XIV.

No hay jerarquía rígida donde él habite. Su cercanía rompe barreras. Cuando el Papa sale a correr por los pasillos del Vaticano antes de sus audiencias, lo hace no para el aplauso, sino para recordarse a sí mismo que es un siervo antes que un señor. Y así, entre sárdenes, riendas y aguas serenas, el nuevo pontífice va tejiendo un estilo único, un estilo que invita a cada creyente a sumergirse en su propia historia, a galopar en su fe y a cocinar con cariño la carne humana.

Ese cuerpo que es la iglesia hecha de rostros concretos y manos que necesitan ser lavadas, montadas y alimentadas. Desde los primeros meses de su pontificado, León XIV emprendió una gira inesperada por el amazonas peruano. No llegó en avión papal, sino en una pequeña embarcación de casco estrecho, donde se mezclaron el crujir de la madera y el canto de las aves tropicales.

Allí en la ribera polvorienta, se despojó nuevamente de sus galas para bañarse en el río Madre de Dios, donde niños nativos le ofrecieron conchas para frotar su espalda y enseñarle la tradición ancestral de los pueblos ribereños. La escena fue inolvidable. Un papa agustino de sotana recortada y hábito ligero, inclinándose con reverencia ante la corriente, saludando a los pescadores que le mostraban redes tejidas a mano y bendiciendo sus redes con agua bendita.

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