PARTE 1: EL VIGÍA DEL VISILLO
Doña Asunción está de pie junto a la ventana.
No mira el paisaje.
No admira el atardecer.
Doña Asunción está en su puesto de guardia.
Su dedo índice aparta ligeramente el visillo de encaje.
Es un movimiento milimétrico, ensayado durante décadas.
Lo justo para ver sin ser vista.
Desde el sofá de escay, Carmen observa la espalda de su suegra.
Carmen sostiene una taza de café descafeinado de sobre.
Carmen suspira.
Es un suspiro profundo, cargado de años de domingos exactamente iguales a este.
Asunción emite un chasquido con la lengua.
Es un sonido agudo, de pura desaprobación.
Asunción: (Sin apartar la vista de la calle) Madre del amor hermoso.
Carmen: (Soplando el café) ¿Qué pasa ahora, Asunción?
Asunción: Pasa lo que tiene que pasar.
Asunción: Que tu hija ya está aquí.
Carmen: Pues qué bien.
Carmen: Le dije que viniera a merendar.
Asunción: Sí, pero no viene sola.
Carmen pone los ojos en blanco.
Sabe exactamente hacia dónde va esta conversación.
Asunción: Viene con el pasmarote.
Carmen: Asunción, por favor.
Carmen: Se llama Hugo.
Asunción: Me da igual cómo se llame.
Asunción: Como si se llama Felipe Sexto.
Asunción: Ese chico que trae tu hija no me gusta.
Asunción suelta el visillo por un segundo.
Se gira para mirar a Carmen con intensidad dramática.
Asunción: No me gusta un pelo, Carmen.
Carmen: Pero si apenas ha cruzado dos palabras con usted.
Asunción: Ni falta que me hace.
Asunción: A mí me basta con mirar a la gente andar.
Asunción: Y este muchacho arrastra los pies.
Asunción: Alguien que arrastra los pies a los veinte años no tiene sangre en las venas.
Asunción vuelve a su puesto de vigilancia.
El dedo índice vuelve a enganchar la tela de encaje.
Asunción: Míralo.
Asunción: Ahí está, parado en el portal.
Asunción: Tiene cara de no haber roto un plato en su vida.
Asunción: Pero seguro que es un pieza.
Carmen: (Dejando la taza en la mesa camilla) ¿Un pieza?
Carmen: Pero si el pobre chaval está estudiando una ingeniería.
Asunción: ¿Ingeniería de qué?
Asunción: ¿De mirar el teléfono móvil?
Asunción: Porque es lo único que hace.
Asunción: El otro día vino a comer y no soltó el aparatito.
Carmen: Estaba mirando los horarios del autobús.
Asunción: Excusas.
Asunción: Ese chico oculta algo.
Asunción: Yo tengo un sexto sentido para estas cosas.
Carmen: Su sexto sentido a veces necesita gafas de cerca, suegra.
Asunción se lleva la mano al pecho, ofendida.
Asunción: Mi vista está perfectamente, gracias.
Asunción: Lo que pasa es que tú eres muy blanda con la niña.
Carmen: Marta ya no es una niña.
Carmen: Tiene veintiún años.
Asunción: Peor me lo pones.
Asunción: A esa edad ya se pueden cometer errores muy graves.
Asunción: Y ese muchacho, con esos pantalones que le cuelgan por debajo de la decencia…
Asunción: Ese muchacho es un error con patas.
Carmen bebe un sorbo de su café frío.
Intenta mantener la calma.
La paciencia es un músculo y Carmen lo tiene de culturista.
Carmen: Déjela, suegra.
Carmen: Es joven.
Carmen: Y tiene que aprender de sus propios errores.
Asunción resopla.
El visillo tiembla con la onda expansiva de su indignación.
Asunción: ¡Aprender de sus errores!
Asunción: Esa es la cantinela moderna.
Asunción: Antes no se aprendía de los errores.
Asunción: Antes se evitaban.
Asunción: Porque para eso estábamos las madres y las abuelas.
Asunción: Para avisar por dónde no se podía pisar.
Carmen: Los tiempos cambian.
Asunción: Los tiempos cambian, pero los sinvergüenzas son los mismos.
Asunción: Tienen el mismo molde desde el Imperio Romano.
Carmen se ríe por lo bajo.
A veces, la teatralidad de su suegra tiene su gracia.
Carmen: Usted ve peligros donde no los hay.
Asunción: Y tú no ves un elefante aunque te pise el pasillo.
Asunción se aparta definitivamente de la ventana.
Camina hacia su butaca de orejas.
Se sienta con la lentitud majestuosa de una reina exiliada.
Se ajusta la rebeca sobre los hombros.
Asunción: Míralo bien la próxima vez.
Asunción: Mírale los ojillos.
Asunción: Son ojillos de estar tramando algo.
Carmen: Tiene miopía, Asunción.
Carmen: Por eso entorna los ojos.
Asunción: La miopía del alma es la que a mí me preocupa.
Carmen niega con la cabeza, sonriendo con resignación.
Carmen: Es solo un noviete de juventud.
Carmen: Saldrán, irán al cine, se comerán un par de hamburguesas.
Carmen: Y si la cosa no funciona, pues lo dejarán.
Carmen: Sin dramas.
Asunción: Sin dramas dice.
Asunción: Te crees que la vida es como esa película que tienes ahí puesta.
Asunción señala el televisor.
En la pantalla, una mujer rubia pasea en bicicleta por un prado tirolés.
Asunción: La vida no es un prado verde, Carmen.
Asunción: La vida es una cuesta empinada.
Asunción: Y si eliges un compañero de viaje que va en chanclas…
Asunción: Te vas a caer con él.
Carmen: Yo confío en el criterio de mi hija.
Asunción suelta una carcajada breve y seca.
Asunción: El criterio a los veinte años no existe.
Asunción: A los veinte años solo hay hormonas y pájaros en la cabeza.
Asunción: Yo, a su edad, ya sabía quién era un buen partido.
PARTE 2: EL BUEN PARTIDO Y LA MEMORIA SELECTIVA
El silencio cae en el salón por unos instantes.
Es un silencio pesado, cargado de recuerdos.
Carmen se recuesta en el sofá, cruzando los brazos.
Carmen: ¿Ah, sí?
Carmen: ¿Usted a los veinte años lo tenía todo clarísimo?
Asunción: Cristalino.
Asunción: Como el agua del grifo antes de que le echaran tanto cloro.
Asunción alza la barbilla, adoptando una pose digna.
Asunción: Yo sabía perfectamente lo que me convenía.
Carmen: (Con tono juguetón) ¿Y por eso se casó con mi suegro, Paco?
Asunción hace una pausa.
Parpadea rápidamente.
Asunción: Paco era un santo.
Carmen: Paco era un buen hombre, no digo que no.
Carmen: Pero usted misma me ha contado mil veces que al principio no le hacía ni caso.
Asunción se remueve en la butaca.
La memoria es un terreno resbaladizo cuando se usa como arma.
Asunción: Eso son chiquilladas.
Asunción: Paco se hacía de rogar.
Asunción: Era un hombre con prestancia.
Carmen: Paco se pasaba las tardes en el billar del casino.
Carmen: Usted misma me dijo que le costó sudor y lágrimas sacarlo de allí.
Asunción: ¡Pero tenía un oficio!
Asunción: Era tornero fresador.
Asunción: Eso era una garantía de futuro.
Asunción: No como ahora, que le preguntas a un chico qué hace y te dice “estoy fluyendo”.
Asunción pronuncia “fluyendo” como si fuera una enfermedad tropical.
Asunción: ¿Qué es eso de fluir?
Asunción: Los ríos fluyen.
Asunción: Las tuberías fluyen.
Asunción: Los hombres de provecho madrugan.
Carmen ríe abiertamente.
Carmen: Hugo madruga, va a la universidad todos los días.
Asunción: Ir a calentar la silla no es madrugar.
Asunción: Además, míralo cómo va vestido.
Asunción: Parece que se ha puesto la ropa de su hermano mayor.
Asunción: Y esa sudadera con capucha.
Asunción: Cualquier día entra en un banco y llaman a la policía.
Carmen: Es la moda de ahora, suegra.
Carmen: Ustedes también llevaban modas raras.
Asunción: Nosotros vestíamos con decoro.
Asunción: Una falda por debajo de la rodilla y un zapato limpio.
Carmen: Sí, y mi suegro llevaba patillas de hacha y pantalones de campana.
Carmen: Que he visto las fotos de la boda.
Carmen: Parecía el cantante de los Chichos.
Asunción enrojece levemente, pero no cede terreno.
Asunción: Era la época.
Asunción: Pero Paco te miraba y te daba seguridad.
Asunción: Este chico que trae Marta te mira y parece que te está pidiendo la hora.
Asunción: O la clave del wifi.
Asunción: Siempre está buscando el wifi.
Asunción: ¿Para qué quiere tanto wifi?
Carmen: Para comunicarse, Asunción.
Asunción: Para comunicarse se habla de frente.
Asunción: Se mira a los ojos.
Asunción: Pero claro, si entorna los ojos por la miopía, pues no hay quien se comunique.
El timbre del portero automático suena de repente.
Es un zumbido fuerte y áspero que sobresalta a las dos mujeres.
Carmen: Ya están aquí.
Carmen se levanta para ir al recibidor.
Asunción se yergue en su butaca, como un general preparándose para la batalla.
Asunción: No te digo que les hagas un interrogatorio.
Asunción: Pero fíjate bien.
Asunción: Fíjate en cómo mastica las pastas.
Carmen: (Caminando hacia el pasillo) ¿Masticar las pastas?
Asunción: Sí.
Asunción: Los hombres que mastican con la boca abierta no son de fiar.
Asunción: Es un dato científico.
Asunción: Lo leí en una revista del peluquero.
Carmen descuelga el telefonillo.
Carmen: ¿Sí?
Voz de Marta (distorsionada): ¡Mamá, abre!
Carmen: Sube, cariño.
Carmen pulsa el botón de apertura.
El sonido de la puerta abriéndose abajo resuena débilmente.
Carmen vuelve al salón.
Carmen: Ya suben.
Carmen: Por favor, suegra.
Carmen: Compórtese.
Carmen: No empiece con sus indirectas.
Asunción: Yo nunca lanzo indirectas.
Asunción: Yo digo verdades como puños.
Asunción: Si la gente no sabe encajarlas, no es mi problema.
Carmen suspira de nuevo, frotándose las sienes.
Siente que le empieza a doler la cabeza.
Carmen: Intente ser amable.
Carmen: Por Marta.
Carmen: Si se pone usted muy pesada, la niña dejará de venir los domingos.
Esa frase golpea a Asunción donde más duele.
El miedo a la soledad es el único punto débil en su armadura de abuela de hierro.
Asunción suaviza un poco la expresión, aunque no demasiado.
Asunción: Yo siempre soy amable.
Asunción: Soy la amabilidad personificada.
Asunción: Pero tengo la obligación moral de proteger a mi nieta.
Carmen: Protegerla de qué, por Dios.
Asunción: De perder el tiempo.
Asunción: El tiempo de la juventud es muy corto.
Asunción: Pasa en un suspiro.
Asunción: Y si se lo gastas a un muchacho que no sabe ni pelar una manzana…
Asunción: Pues es una lástima.
Carmen: Usted no sabe si sabe pelar una manzana.
Asunción: Lo intuyo.
Asunción: Tiene manos de no haber cogido un cuchillo de sierra en su vida.
PARTE 3: LA BATALLA DE LAS GENERACIONES Y LA HORA DEL TÉ
Se oye el ruido del ascensor deteniéndose en su planta.
Luego, el traqueteo de la puerta exterior de la jaula del ascensor.
Pasos en el rellano.
Asunción se alisa la falda, sentada en su trono.
Carmen abre la puerta antes de que toquen el timbre.
Carmen: ¡Hola, chicos!
Marta entra como un torbellino.
Lleva un abrigo oversize y el pelo recogido con una pinza de plástico.
Marta: ¡Hola mami!
Marta le da dos besos sonoros a Carmen.
Detrás de ella, aparece Hugo.
Hugo es alto, larguirucho y parece no saber qué hacer con sus brazos.
Lleva la famosa sudadera con capucha.
Hugo: Hola, buenas tardes.
Su voz es grave, un poco titubeante.
Carmen le sonríe con calidez.
Carmen: Pasa, Hugo, pasa.
Carmen: No te quedes ahí en la puerta.
Hugo avanza hacia el salón con pasos indecisos.
Sus zapatillas deportivas son enormes, blancas y relucientes.
Asunción, desde la butaca, fija la vista en las zapatillas.
Sus ojos escanean cada centímetro del chico.
Marta se acerca a su abuela.
Marta: ¡Abuela!
Marta le da un abrazo que Asunción recibe con una sonrisa de pura devoción.
Asunción: Ay, mi niña.
Asunción: Qué guapa estás.
Asunción: Aunque vas muy desabrigada para el fresco que hace.
Marta: Abuela, si hacen quince grados.
Asunción: Quince grados a la sombra son pulmonía segura.
Asunción desvía la mirada hacia Hugo.
El chico se ha quedado plantado en medio de la alfombra.
Tiene las manos metidas en los bolsillos de la sudadera.
Asunción: Hola, joven.
Hugo saca rápidamente las manos de los bolsillos.
Hugo: Buenas tardes, señora.
Asunción: Señora es mi nuera.
Asunción: Yo soy Doña Asunción.
Hugo traga saliva.
Hugo: Buenas tardes, Doña Asunción.
Carmen interviene para romper el hielo polar que empieza a formarse.
Carmen: Bueno, ¿os apetece tomar algo?
Carmen: Tengo café, leche, y he comprado unas palmeras de chocolate.
Marta: ¡Súper!
Marta: Yo quiero leche con cacao.
Carmen: ¿Y tú, Hugo?
Hugo: Eh, yo lo que sea.
Hugo: Un vaso de agua está bien.
Asunción: (Murmurando) Un vaso de agua… como los presos.
Marta: ¿Qué dices, abuela?
Asunción: Nada, hija, que le pongas un café al chico, para que espabile.
Hugo: No, no, el café me pone muy nervioso.
Asunción alza una ceja.
Asunción: ¿Te pone nervioso el café?
Asunción: ¿A tu edad?
Asunción: Pues cuando tengas que pagar una hipoteca, te vas a tener que tomar una tila por litros.
Carmen lanza una mirada fulminante a su suegra.
Carmen: Asunción, por favor.
Carmen: Voy a la cocina a traer las cosas.
Carmen: Marta, acompáñame a traer las tazas.
Marta: Voy.
Marta le guiña un ojo a Hugo.
Marta: Siéntate en el sofá, ahora venimos.
Las dos mujeres salen hacia la cocina.
Hugo se queda solo en el salón con Doña Asunción.
La tensión en la habitación podría cortarse con un cuchillo jamonero.
Hugo se sienta en el sofá.
Lo hace con cuidado, encogiéndose, ocupando el mínimo espacio posible.
Asunción lo observa en silencio durante treinta segundos eternos.
El tictac del reloj de pared parece retumbar como un martillo.
Asunción: Así que… Hugo.
Hugo: Sí.
Asunción: ¿Y de dónde eres, Hugo?
Asunción: Porque ese nombre suena a película americana.
Hugo: Soy de Móstoles, Doña Asunción.
Asunción: De Móstoles.
Asunción: Tierra de empanadillas y de poco más.
Hugo suelta una risita nerviosa.
No sabe si es una broma o un insulto regional.
Asunción: ¿Y qué haces con tu vida, muchacho?
Asunción: Aparte de poner nerviosa a mi nuera.
Hugo se endereza un poco.
Hugo: Estoy estudiando Ingeniería Informática.
Asunción asiente lentamente.
Asunción: Los ordenadores.
Asunción: Esa máquina del demonio que nos está dejando a todos tontos.
Hugo: Bueno, la tecnología ayuda mucho, ¿no?
Hugo intenta sonar amable.
Asunción: Ayuda a no hablar.
Asunción: Ayuda a no mirarse a la cara.
Asunción: ¿Tú sabes arreglar una persiana?
La pregunta pilla a Hugo completamente descolocado.
Hugo: ¿Una persiana?
Asunción: Sí.
Asunción: Una persiana de cinta de toda la vida.
Asunción: ¿Sabes cambiarle la cinta si se rompe?
Hugo parpadea.
Hugo: La verdad es que no me ha tocado nunca.
Hugo: Pero supongo que viendo un tutorial en YouTube…
Asunción levanta la mano derecha como si detuviera el tráfico.
Asunción: ¡Alto ahí!
Asunción: YouTube.
Asunción: Esa es vuestra respuesta para todo.
Asunción: Si hay un apocalipsis y se corta el internet, vosotros os extinguís.
Asunción: No sabéis ni freír un huevo sin mirar el móvil.
Hugo se queda sin palabras.
Siente que está sudando debajo de la sudadera.
Asunción se inclina hacia adelante.
Asunción: Mi nieta es una chica lista.
Asunción: Tiene futuro.
Asunción: Tiene proyectos.
Asunción: Yo espero que tú no seas un lastre.
Hugo frunce el ceño.
Esta vez, el tono de la anciana le ha picado el orgullo.
Hugo: No soy un lastre, señora.
Hugo: Quiero mucho a Marta.
Hugo: Y apruebo todas las asignaturas.
Asunción sonríe.
Es una sonrisa fina, calculadora.
Aprecia que el chico haya mostrado un poco de carácter.
Asunción: Querer es muy barato hoy en día, Hugo.
Asunción: Se dice rápido por el WhatsApp de las narices.
Asunción: Demostrarlo es otra cosa.
En ese momento, vuelven Carmen y Marta con bandejas.
Carmen: Aquí están las palmeras.
Carmen nota el ambiente denso, pero finge normalidad.
Reparten los platos y las tazas.
Todos se sientan alrededor de la mesa camilla.
Asunción coge su taza de té con una elegancia aristocrática.
Asunción: ¿Y de qué hablábais, abuela?
Marta pregunta mientras da un mordisco a su palmera.
Asunción: De persianas, hija.
Asunción: De cosas prácticas de la vida.
Marta mira a Hugo, divertida.
Marta: ¿Persianas?
Hugo asiente, intentando tragar un trozo de hojaldre.
Carmen observa la escena.
Se da cuenta de que Hugo mastica con la boca cerrada.
Punto a favor del chico.
Carmen mira a su suegra de reojo.
Asunción también se ha fijado en el detalle de la masticación.
Asunción da un pequeño sorbo a su té.
Asunción: Por cierto, Hugo.
Asunción: Mastica despacio.
Asunción: Que las palmeras de hojaldre son muy traicioneras.
PARTE 4: EL CHÓT – ¿SE DEBEN METER LOS ABUELOS?
La merienda transcurre entre silencios y comentarios triviales.
Carmen ejerce de moderadora, lanzando preguntas inofensivas.
Sobre el clima, sobre las obras en la calle, sobre la universidad.
Hugo responde con educación, midiendo cada palabra.
Sabe que está en territorio comanche.
Marta, ajena a la tensión subterránea, habla por los codos.
Habla de un profesor que le cae mal, de un examen difícil.
Asunción la escucha embelesada.
Para la abuela, el sol sale y se pone por donde pisa su nieta.
Por eso su instinto protector es tan feroz.
No es maldad, es terror al sufrimiento ajeno.
El terror a que su nieta tropiece en las mismas piedras que ya pisaron otras.
Después de una hora, la merienda termina.
Marta se levanta del sofá.
Marta: Bueno, mami, nos vamos yendo.
Marta: Que hemos quedado con los del grupo para hacer un trabajo.
Carmen: Muy bien, cielo.
Carmen: Estudiad mucho.
Hugo se pone de pie, aliviado de que el interrogatorio haya concluido.
Hugo: Muchas gracias por la merienda, Doña Asunción.
Hugo: Estaba todo muy bueno.
Asunción asiente con un movimiento casi imperceptible de cabeza.
Asunción: De nada, muchacho.
Asunción: Y ya sabes.
Asunción: Aprende a cambiar la cinta de la persiana.
Asunción: Nunca sabes cuándo te va a hacer falta.
Hugo sonríe, esta vez con una sinceridad tímida.
Hugo: Lo haré.
Hugo: Buscaré un buen tutorial.
Asunción pone los ojos en blanco, pero hay un destello de diversión en su mirada.
Marta y Hugo se despiden y salen hacia la puerta.
Carmen los acompaña al rellano.
Se escuchan las despedidas finales y el golpe seco de la puerta al cerrarse.
Carmen vuelve al salón.
Empieza a recoger las tazas vacías y los platos con migas.
El silencio vuelve a reinar, junto con la película alemana de fondo.
Carmen: ¿Y bien?
Carmen: ¿Sigue pensando que es el Anticristo con capucha?
Asunción se ajusta las gafas.
Asunción: No es el Anticristo.
Asunción: Pero es muy tierno.
Asunción: Le falta cocción.
Carmen: Tiene veinte años.
Carmen: A todos nos falta cocción a esa edad.
Carmen se sienta en el sofá, agotada.
Carmen: Sigo pensando que debemos dejarles espacio.
Carmen: Marta tiene que aprender sola.
Asunción se vuelve hacia ella.
Su rostro se suaviza un poco, perdiendo la dureza teatral de antes.
Asunción: Carmen.
Asunción: Los abuelos ya lo hemos vivido todo.
Asunción: Hemos visto nacer, hemos visto crecer, hemos enterrado a los nuestros.
Asunción: Cuando vemos venir a un chico como ese…
Asunción: No lo vemos solo a él.
Asunción: Vemos todo el futuro de nuestra nieta proyectado en una pantalla.
Asunción: Vemos si va a llorar, si la van a cuidar, si va a sufrir.
Carmen escucha en silencio.
Entiende el amor que hay detrás de las palabras afiladas.
Carmen: Lo sé.
Carmen: Pero usted no puede vivir su vida por ella.
Carmen: Ni yo tampoco.
Carmen: Nuestra obligación es criar personas fuertes.
Carmen: Personas que, si se caen porque eligieron al compañero equivocado, sepan levantarse.
Asunción suspira hondo.
Mira sus propias manos, llenas de manchas del sol y del tiempo.
Asunción: Es muy difícil no avisar del agujero cuando sabes que se van a caer.
Carmen: Si no se caen, nunca aprenden a curarse las rodillas.
Asunción mira hacia la ventana, ahora cubierta por la oscuridad del anochecer.
El dilema queda flotando en el ambiente.
¿Se deben meter los abuelos en los noviazgos de los nietos?
La sociedad dice que no.
La psicología dice que es perjudicial.
Pero la sangre manda.
El amor de una abuela es un instinto primario que no entiende de límites ni de manuales modernos.
Para Asunción, meterse no es una falta de respeto.
Meterse es un acto de amor extremo.
Es el intento desesperado de ahorrarle un solo gramo de dolor a lo que más quiere.
Asunción: Aun así.
Asunción: Sigo diciendo que ese chico arrastra los pies.
Asunción: Mañana le compro a Marta un bono para que vaya en taxi.
Carmen suelta una carcajada sonora, liberando la tensión.
Carmen: Usted no tiene remedio, suegra.
Asunción sonríe con suficiencia.
Asunción: Ni lo tengo, ni lo quiero.
Asunción: Ahora, ponme el canal de las noticias.
Asunción: Vamos a ver qué otros desastres ocurren en el mundo.
Asunción: Además de la moda de los pantalones caídos, claro.
Carmen coge el mando a distancia.
Cambia de canal.
La vida sigue su curso en el pequeño salón de Madrid.
Con sus normas, sus vigías en la ventana y sus juicios implacables.
Con esa mezcla tan española de crítica feroz y amor incondicional.
Y la certeza absoluta de que, pase lo que pase, el domingo que viene habrá más café, más palmeras y más inspecciones oculares.
Porque la vigilancia de una abuela nunca termina.
Simplemente se adapta a las nuevas tecnologías.
Aunque nunca las entiendan del todo.