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El asfalto ardiente y el pacto de silencioo

PARTE 1: El asfalto ardiente y el pacto de silencio

El sol caía a plomo sobre el asfalto de Alcorcón.

Eran las tres de la tarde de un quince de agosto.

El aire vibraba sobre el capó del coche creando espejismos.

No era un día para salir a la carretera.

Era un día para bajar las persianas hasta abajo.

Era un día para encender el ventilador y no moverse del sofá.

Pero Paco tenía otros planes.

Paco siempre tenía otros planes.

El suegro de Laura llevaba cincuenta años conduciendo y tenía sus propias reglas.

Una de esas reglas era que la mejor hora para viajar era “después de comer”.

Según él, “así no pillamos los atascos de la mañana”.

Laura suspiró, sintiendo cómo una gota de sudor le resbalaba por la nuca.

Estaba de pie junto al maletero abierto.

El calor que desprendía la chapa del coche era insoportable.

Parecía que hubieran aparcado dentro de un horno de leña.

—¿Cabe la sombrilla, Carlos? —preguntó Laura.

Carlos, su marido, estaba encajando la nevera portátil con la pericia de un jugador de Tetris.

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