PARTE 1: El asfalto ardiente y el pacto de silencio
El sol caía a plomo sobre el asfalto de Alcorcón.
Eran las tres de la tarde de un quince de agosto.
El aire vibraba sobre el capó del coche creando espejismos.
No era un día para salir a la carretera.
Era un día para bajar las persianas hasta abajo.
Era un día para encender el ventilador y no moverse del sofá.
Pero Paco tenía otros planes.
Paco siempre tenía otros planes.
El suegro de Laura llevaba cincuenta años conduciendo y tenía sus propias reglas.
Una de esas reglas era que la mejor hora para viajar era “después de comer”.
Según él, “así no pillamos los atascos de la mañana”.
Laura suspiró, sintiendo cómo una gota de sudor le resbalaba por la nuca.
Estaba de pie junto al maletero abierto.
El calor que desprendía la chapa del coche era insoportable.
Parecía que hubieran aparcado dentro de un horno de leña.
—¿Cabe la sombrilla, Carlos? —preguntó Laura.
Carlos, su marido, estaba encajando la nevera portátil con la pericia de un jugador de Tetris.
—Si la meto en diagonal, igual sí —respondió él, rojo como un tomate.
Paco observaba la maniobra desde la acera.
Estaba de pie, con los brazos en jarra.
Llevaba su clásica camisa de manga corta a cuadros.
El pantalón de pinzas color beige.
Y unos zapatos náuticos sin calcetines.
A Paco no parecía afectarle el calor.
O al menos, nunca lo admitiría.
—Esa sombrilla no hace falta, chiquillos —sentenció el anciano.
Laura cerró los ojos un segundo.
Contó hasta tres mentalmente.
—En Alicante hace mucho sol, Paco —dijo ella, intentando sonar dulce.
—Allí alquilamos una tumbona y listo —rebatió él.
—A quince euros el día, suegro, prefiero llevar la mía.
Paco chasqueó la lengua.
Era su sonido característico de desaprobación.
Un sonido que Laura había aprendido a identificar desde el primer verano en familia.
—Tanta cacharrería para tres días en la playa… —murmuró Paco.
Carlos cerró el maletero de un portazo.
El sonido metálico resonó en la calle desierta.
Nadie en su sano juicio estaba en la calle a esa hora.
Solo las cigarras parecían disfrutar de aquel infierno.
—Ya está todo —anunció Carlos, pasándose el antebrazo por la frente.
Laura se dirigió hacia la puerta del conductor.
Ella iba a conducir el primer tramo.
Era una decisión estratégica.
Si conducía ella, al menos tendría el control del volante.
Y lo más importante.
Tendría el control del climatizador.
Paco se dirigió a la puerta del copiloto.
Abrió la puerta y una bofetada de aire a sesenta grados le dio en la cara.
El interior del coche era literalmente una sauna.
Los asientos de tela gris parecían estar a punto de arder.
Laura se sentó al volante.
El plástico del salpicadero estaba intocable.
Apretó el botón de arranque.
El motor diésel cobró vida con un ronroneo familiar.
Sin perder un milisegundo, la mano de Laura voló hacia el aire acondicionado.
Giró la ruleta al máximo.
Nivel cuatro.
Recirculación del aire activada.
Dieciocho grados.
Los ventiladores rugieron como el motor de un avión a punto de despegar.
Un chorro de aire caliente empezó a salir por las rejillas.
Laura sabía que tardaría unos minutos en enfriar.
Pero era la promesa del hielo futuro lo que la mantenía cuerda.
Paco se sentó a su lado, acomodándose el cinturón.
El ruido del ventilador era ensordecedor.
—Madre mía, parece que vamos a despegar —dijo Paco, alzando la voz.
Laura no apartó la vista del frente.
Puso la primera marcha.
—Es para que se enfríe rápido, Paco.
—Si abres las ventanillas se va el calor antes —sugirió el suegro.
Era la primera estocada.
El primer movimiento en la partida de ajedrez que sería aquel viaje.
—El aire de la calle está a cuarenta grados —explicó Laura, saliendo del aparcamiento.
—Pero hace corriente, hija.
—La corriente es aire hirviendo en la cara.
Paco cruzó los brazos sobre el pecho.
Miró por su ventanilla.
Carlos, desde el asiento trasero, se puso los auriculares.
Era un superviviente nato.
Sabía cuándo se avecinaba una tormenta y prefería escuchar un podcast de misterio.
El coche avanzó por las calles de Alcorcón buscando la salida hacia la A-3.
El aire acondicionado empezó, por fin, a lanzar ráfagas frías.
Laura soltó un suspiro de alivio.
Sintió cómo el frescor le acariciaba las clavículas.
Era la gloria.
El invento más grande de la humanidad después de la penicilina.
Paco, en cambio, empezó a frotarse los brazos.
El contraste térmico no le estaba gustando.
Miró la pantalla del climatizador.
—Dieciocho grados… —leyó en voz alta, como si estuviera leyendo una condena.
—Es la temperatura ideal para conducir sin somnolencia —argumentó Laura.
—Nos vamos a constipar antes de llegar a Albacete.
Laura apretó las manos en el volante de cuero.
—No te preocupes, Paco, luego lo subo un poco.
Pero no tenía intención de subirlo.
Al menos, no hasta que dejara de sudar por completo.
El asfalto de la autovía se desplegó ante ellos.
Los primeros kilómetros transcurrieron en una tensa calma.
El coche iba cogiendo velocidad.
Cien kilómetros por hora.
Ciento diez.
Ciento veinte.
El Seat Altea se comportaba bien en llano.
Pero Laura sabía que la geografía española no perdona.
La meseta tiene sus trampas.
Y pronto tendrían que enfrentarse a los desniveles.
Paco empezó a toser exageradamente.
Una tos seca, teatral.
Laura lo miró por el rabillo del ojo.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Tengo la garganta reseca —dijo él, mirándola fijamente.
—Toma agua, llevo una botella aquí en la puerta.
—No es sed, es este aire polar.
Laura sonrió sin abrir los labios.
Un clásico.
El “aire polar” que a ella le parecía una suave brisa de primavera.
Movió ligeramente la rejilla del copiloto para que el aire no le diera directamente a él.
—Ya te lo he apartado —dijo.
—El frío se queda en el habitáculo igual, Laura.
—Esa es la idea de un climatizador, Paco.
Carlos carraspeó desde atrás.
Se había quitado un auricular.
—Papá, ponte la chaqueta si tienes frío —intervino el hijo.
Paco se giró hacia atrás, ofendido.
—¡Cómo me voy a poner una chaqueta en agosto, Carlos!
—Pues entonces deja que el aire siga puesto, que vamos asados.
Paco volvió a mirar hacia adelante, murmurando algo ininteligible.
El viaje no había hecho más que empezar.
Quedaban cuatro horas de carretera.
Cuatro horas bajo el sol implacable.
Y el primer repecho importante ya se adivinaba en el horizonte.
El asfalto parecía derretirse a lo lejos.
Los camiones circulaban pesadamente por el carril derecho.
Laura mantenía la velocidad de crucero.
Estaba cómoda.
Estaba relajada.
Incluso tarareaba la canción que sonaba en la radio.
Pero Paco no estaba relajado.
Paco tenía la vista fija en el cuadro de mandos.
Específicamente, en un pequeño indicador digital.
El indicador del consumo instantáneo de combustible.
Ese era el verdadero enemigo de Paco.
No era el frío.
No era el ruido.
Era el maldito consumo.
Laura lo sabía perfectamente.
Sabía lo que estaba pensando su suegro.
Y sabía que la batalla estaba a punto de comenzar.
PARTE 2: La llanura, los camiones y el reloj de arena
El cuentakilómetros marcaba ya cincuenta kilómetros recorridos.
Habían dejado atrás la Comunidad de Madrid.
El paisaje se había vuelto árido y ocre.
Kilómetros y kilómetros de campos de Castilla bajo un cielo sin nubes.
El sol entraba por el parabrisas con una violencia despiadada.
Laura había tenido que bajarse el parasol.
Incluso con las gafas de sol puestas, la luz era cegadora.
El aire acondicionado seguía haciendo su trabajo.
El habitáculo era un pequeño oasis de confort en medio del desierto ibérico.
Pero la paz es efímera en los viajes familiares.
Paco se aclaró la garganta.
Esta vez no era la tos teatral.
Era el preludio de un discurso técnico.
—Mira cómo chupa esto —dijo de repente.
Laura no apartó la vista de la carretera.
—¿El qué? —preguntó, fingiendo ignorancia.
—El coche, Laura. Mira el ordenador de a bordo.
Laura echó un vistazo rápido.
—Siete litros a los cien. Es normal a esta velocidad.
Paco negó con la cabeza, despacio, con gravedad.
—No es la velocidad, hija. Es el compresor del aire.
Aquí estaba.
El argumento mecánico.
Paco había sido tornero fresador durante cuarenta años.
Creía conocer los secretos íntimos de cada máquina inventada por el hombre.
Especialmente si esa máquina consumía gasoil.
—El aire acondicionado le quita caballos al motor —sentenció Paco.
—Paco, es un coche de ciento cuarenta caballos, no un seiscientos.
—Los caballos son los caballos, y el compresor es un lastre.
Carlos volvió a quitarse el auricular.
—Papá, estamos en el siglo veintiuno, los coches ya no sufren por el aire.
Paco se giró en el asiento.
La vena del cuello empezaba a marcarse.
—¿Qué sabrás tú, que llevas el coche al taller para cambiar las escobillas?
Carlos suspiró, arrepentido de haber intervenido.
—Solo digo que el coche puede de sobra.
—Puede, pero gasta más —replicó Paco, apuntando al salpicadero con el dedo índice.
—Y para eso pagamos el diésel, para ir cómodos —zanjó Laura.
La firmeza en la voz de su nuera hizo que Paco guardara silencio.
Pero no un silencio de derrota.
Un silencio táctico.
Se reclinó en el asiento.
Cruzó las manos sobre el regazo.
Y se puso a observar la carretera con ojos de águila.
Estaba esperando su momento.
El momento en que el terreno le diera la razón.
El viaje continuó durante otra hora.
El silencio dentro del coche solo era roto por la radio y el zumbido constante de los ventiladores.
Laura se sentía victoriosa.
Había defendido su territorio.
El habitáculo seguía fresco.
Su espalda no estaba pegada al asiento.
Su maquillaje seguía intacto.
Estaba conduciendo de maravilla.
Pero entonces, el paisaje empezó a cambiar.
La llanura infinita empezó a ondularse.
A lo lejos, unas montañas marrones y peladas se alzaban bloqueando el paso.
Era el primer gran puerto de montaña de la ruta.
Una subida larga, constante, pesada.
De esas que obligan a los camiones a poner las luces de emergencia.
De esas que ponen a prueba los radiadores en pleno agosto.
El panel luminoso sobre la autopista indicaba: “Atención: Fuerte pendiente prolongada”.
Paco se irguió en el asiento.
Sus ojos brillaron con una intensidad nueva.
Era como un general viendo al ejército enemigo entrar en el desfiladero.
—Cuidado aquí, Laura —advirtió.
—Lo veo, Paco. Es una cuesta.
—No es una cuesta, es un puerto. Y hace cuarenta grados fuera.
—El indicador del coche marca la temperatura del agua perfecta. Noventa grados.
Paco soltó una risita seca.
—Por ahora.
El coche empezó a iniciar el ascenso.
La inercia de la llanura se fue desvaneciendo.
Laura tuvo que pisar un poco más el acelerador para mantener los ciento veinte por hora.
El motor respondió con un gruñido más profundo.
El indicador de consumo instantáneo saltó.
De siete litros pasó a diez.
Luego a doce.
Los ojos de Paco estaban clavados en esa pantallita.
No parpadeaba.
Era un halcón vigilando a su presa.
—Catorce litros en instantáneo —anunció el anciano en voz alta.
—Es normal, Paco, estamos subiendo.
Delante de ellos, un camión enorme, cargado de sandías, circulaba a sesenta por hora por el carril derecho.
Laura puso el intermitente y se mantuvo en el carril izquierdo.
El desnivel se hacía cada vez más pronunciado.
El coche mantenía el tipo, pero el esfuerzo era evidente.
El pedal del acelerador estaba casi a fondo.
A Paco le sudaban las manos, y no por el calor.
Le sudaban por la tensión mecánica.
Le dolía el motor como si fueran sus propios pulmones.
—El coche se está ahogando —dijo Paco, agarrándose al asidero de la puerta.
—No se está ahogando, va perfectamente en quinta marcha —corrigió Laura.
—Reduce a cuarta.
—Si reduzco a cuarta se va a revolucionar muchísimo y gastará más. ¿No querías ahorrar?
Paco dudó un segundo.
La contradicción técnica lo descolocó, pero se recuperó rápido.
—El motor sufre menos si va desahogado en cuarta.
Laura suspiró, apretó el embrague y bajó a cuarta marcha.
El motor rugió.
Las revoluciones subieron a tres mil quinientas.
El ruido dentro del habitáculo aumentó considerablemente.
—¿Lo ves? Ahora va pidiendo auxilio —dijo Laura.
—Va revolucionado, pero la bomba de agua gira más rápido y refrigera mejor.
Laura puso los ojos en blanco.
No importaba lo que hiciera, Paco siempre tendría una teoría mecánica para rebatirla.
El puerto de montaña parecía no terminar nunca.
El calor del asfalto irradiaba hacia arriba, haciendo temblar la imagen de los coches que les precedían.
El indicador de temperatura del motor subió un milímetro.
Apenas imperceptible.
Pero los ojos biónicos de Paco lo detectaron.
—La aguja del agua ha subido —anunció, alarmado.
—Paco, ni se ha movido. Sigue en el medio.
—Yo he visto que ha cabeceado.
Laura aferró el volante con más fuerza.
El aire acondicionado seguía lanzando su maravillosa brisa fría.
Pero la atmósfera empezaba a calentarse por la tensión.
Carlos, en la parte de atrás, se hizo el dormido.
Era una táctica cobarde, pero efectiva.
Paco se giró hacia Laura.
La miró con extrema seriedad.
El momento había llegado.
La frase estaba a punto de ser pronunciada.
El detonante absoluto del conflicto veraniego en España.
PARTE 3: El choque de voluntades y la ventana bajada
El coche seguía ganando altura, devorando los metros de asfalto ardiente.
El motor diésel cantaba su particular ópera de esfuerzo.
El calor exterior era un muro invisible que frenaba el avance.
Paco tragó saliva.
Se ajustó las gafas de cerca que llevaba colgadas del cuello.
Y entonces, con la voz de quien da una orden de evacuación en un barco hundiéndose, lo dijo.
—Apaga el aire que el coche no tira en las subidas.
El tiempo pareció detenerse dentro del vehículo.
El zumbido del climatizador sonó de repente como un desafío.
Laura mantuvo la vista al frente, inalterable.
Sus manos no se movieron del volante.
Su pie derecho siguió presionando el acelerador con firmeza constante.
Dejó pasar dos segundos enteros.
Dos segundos de silencio sepulcral que solo el motor llenaba.
Y entonces, con una calma espeluznante, giró apenas el rostro.
—Prefiero tardar dos minutos más que llegar bañada en sudor, suegro.
La respuesta flotó en el aire helado del coche.
Había sido directa, cortés, pero absolutamente inamovible.
Paco se quedó boquiabierto durante un instante.
No estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria en temas de automoción.
En su época, el conductor del coche era el capitán del barco.
Pero ahora la capitana era Laura.
Y la capitana no estaba dispuesta a transpirar.
Paco levantó las manos, en un gesto de incredulidad, dirigiéndose al techo del vehículo.
—¡Qué flojos sois para el calor! —exclamó.
La indignación en su voz era genuina.
—En mis tiempos íbamos seis en un Seat 127 a Gandía.
Laura asintió lentamente.
—Ya me lo has contado, Paco. Y con la baca llena de maletas.
—¡Exacto! Y sin aire acondicionado. Y llegábamos todos sanos y salvos.
—Y deshidratados —puntualizó Carlos desde atrás, olvidando su papel de dormido.
Paco se giró bruscamente hacia su hijo.
—Llegábamos felices. Cantando. Con las ventanillas bajadas, que daba un aire buenísimo.
—Daba un aire que te dejaba sordo y lleno de polvo, papá.
Paco volvió a mirar al frente, sintiéndose rodeado de enemigos.
Enemigos blandos.
Enemigos criados entre algodones y termostatos digitales.
—El coche está sufriendo —insistió Paco, volviendo al argumento mecánico.
—El coche va a ciento diez kilómetros por hora subiendo un puerto de seis por ciento —replicó Laura.
—Va ahogado. Lo escucho yo. Ese “ñaca, ñaca” de fondo no es normal.
Laura frunció el ceño.
Intentó escuchar por encima del ventilador.
No había ningún “ñaca, ñaca”.
Solo había el sonido normal de un motor empujando mil quinientos kilos cuesta arriba.
—No hay ningún ruido raro, Paco.
—Apágalo solo un minuto. Solo para que veas el tirón que da.
Era una trampa y Laura lo sabía.
Si lo apagaba un minuto, Paco encontraría la forma de que no se volviera a encender hasta Alicante.
—No voy a apagar el aire, Paco.
Paco bufó.
Era el sonido de un toro a punto de embestir.
De repente, la mano derecha del suegro se extendió hacia el salpicadero.
Iba directo al botón de “OFF” del climatizador.
Laura reaccionó con reflejos felinos.
Su mano derecha se separó del volante e interceptó la muñeca de Paco.
No fue violento, pero fue firme.
Como quien detiene a un niño a punto de tocar el horno.
—Ni se te ocurra —dijo Laura.
Su tono había perdido cualquier rastro de dulzura.
Paco retiró la mano, ofendido, como si le hubiera quemado.
—Esto es un atropello —murmuró.
Carlos se tapó la cara con las manos en el asiento trasero.
Quería desaparecer.
Quería teletransportarse.
—Si no quieres apagarlo, muy bien. Pero yo me asfixio.
Y antes de que Laura pudiera detenerlo, Paco llevó su mano a la puerta.
Apretó el botón del elevalunas eléctrico.
La ventanilla del copiloto bajó hasta el fondo.
El infierno entró de golpe en el coche.
Fue como abrir la compuerta de una nave espacial en pleno sol.
Un vendaval a cuarenta y dos grados inundó el habitáculo.
El ruido fue inmediato y ensordecedor.
El viento golpeaba contra los pilares del coche creando una turbulencia insoportable.
Todo lo que no estaba atado empezó a volar.
Un ticket de peaje.
Una servilleta de papel.
El olor a asfalto derretido, a gasoil quemado y a vegetación seca llenó el aire al instante.
El contraste térmico destruyó el microclima que Laura había creado.
El sudor apareció en la frente de Carlos en cuestión de segundos.
Laura tuvo que entrecerrar los ojos por la corriente violenta que le daba en el rostro.
—¡Paco, sube la ventanilla! —gritó Laura por encima del huracán.
Paco, aferrado al asiento y con el pelo revuelto por el vendaval, sonreía de forma triunfal.
—¡Ahora sí respira el coche! —gritó él.
—¡El coche no respira por la ventanilla, respira por la parrilla frontal! —le gritó Laura.
—¡Aero-dinámica, hija! ¡Le quitamos presión al interior!
No tenía ningún sentido físico, pero Paco estaba en su elemento.
Estaba sintiendo la carretera.
Estaba experimentando el viaje como, según él, debía ser experimentado.
Con sufrimiento, sudor y ruido.
El camión de sandías había quedado muy atrás, pero ahora tenían delante a una caravana holandesa.
La caravana iba pisando huevos.
Laura tuvo que frenar.
El coche perdió su inercia.
La velocidad cayó a ochenta.
Luego a setenta.
El viento que entraba por la ventana ya no refrescaba ni por asomo.
Era simplemente un aliento de dragón continuo.
—¡Sube el cristal, papá, por dios, que me lloran los ojos! —suplicó Carlos.
—¡Esto es vida, chaval! —vociferó Paco, asomando casi la cabeza fuera—. ¡Huele a pino!
—¡Huele a tubo de escape, joder!
Laura miró el indicador de consumo.
—¡Y que sepas que con la ventanilla bajada el coche gasta más por la resistencia aerodinámica! —le soltó a su suegro.
Paco hizo como que no la oía a causa del viento.
Estaba dispuesto a sacrificarse.
Estaba dispuesto a llegar sordo y deshidratado con tal de demostrar su punto.
El aire acondicionado seguía encendido, luchando inútilmente contra la naturaleza.
Expulsaba aire frío que era inmediatamente engullido por el horno exterior.
Era la imagen perfecta de lo absurdo.
Un choque de generaciones, de orgullos, y de concepciones sobre el confort.
La cumbre del puerto ya se veía cerca.
Apenas quedaba un kilómetro de subida pronunciada.
Laura tomó una decisión drástica.
Una maniobra que requeriría sincronización y audacia.
PARTE 4: La cumbre, el silencio y la paz fría
Laura miró fijamente el panel de control de su puerta.
Ahí tenía los mandos maestros de todas las ventanillas del vehículo.
Incluyendo el bloqueo de seguridad para niños.
Nunca lo había usado con un adulto de setenta años.
Pero las circunstancias eran extremas.
Esperó a que el coche tomara una curva cerrada.
Paco se agarró instintivamente al asa superior para estabilizarse.
Ese era el momento.
Laura presionó el botón de subir la ventanilla del copiloto y, simultáneamente, pulsó el bloqueo de mandos.
El cristal de Paco empezó a ascender con un suave zumbido eléctrico.
El vendaval empezó a cortarse abruptamente.
Paco, sorprendido, soltó el asa y bajó la mano a su propio botón.
Apretó desesperadamente hacia abajo.
Clic, clic, clic.
No funcionaba.
El cristal llegó arriba y se cerró herméticamente.
El silencio volvió a adueñarse del habitáculo de forma casi milagrosa.
El ruido del viento desapareció.
Solo quedó el rumor contenido del motor y la respiración agitada de los ocupantes.
Paco miró su botón.
Luego miró a Laura.
Estaba atónito.
—¿Me has bloqueado la ventanilla? —preguntó, sintiéndose profundamente traicionado.
Laura, sin despegar la vista de la carretera, asintió levemente.
—Lo siento, Paco. Pero yo conduzco, yo pongo las normas.
Carlos, desde el asiento de atrás, soltó una carcajada nerviosa que no pudo reprimir.
Paco le lanzó una mirada fulminante por el espejo retrovisor.
—Esto es un secuestro —declaró el anciano, cruzándose de brazos de nuevo.
—Es por nuestra salud mental y física —respondió Laura.
El coche coronó finalmente el puerto de montaña.
El panel indicaba la altitud: 1.200 metros.
A partir de ahí, la carretera empezaba a descender suavemente hacia el valle.
La tensión del motor desapareció casi al instante.
El consumo instantáneo bajó a cero litros al levantar el pie del acelerador.
Incluso Paco tuvo que reconocer que el sonido del coche se había vuelto un ronroneo suave.
Laura bajó el ventilador del aire acondicionado al nivel dos.
El habitáculo empezó a recuperar la temperatura ideal.
Los tres pasajeros estaban empapados en sudor por el minuto de ventana abierta.
El frío golpeó contra sus frentes humedecidas, trayendo un alivio instantáneo y celestial.
Paco se reclinó contra el respaldo.
Cerró los ojos.
Aunque nunca lo admitiría en voz alta, el aire fresco en la cara era una delicia.
Había luchado la batalla y la había perdido.
Pero al menos sentía que había cumplido con su deber de viejo conductor.
El descenso fue tranquilo.
Los kilómetros pasaron con mucha más fluidez.
A lo lejos, después de un par de horas más, el mar Mediterráneo apareció en el horizonte.
Una franja azul oscuro recortada contra el cielo claro de la tarde.
Carlos suspiró de alivio.
Estaban llegando enteros.
Nadie había muerto de un golpe de calor.
Nadie había sido arrojado en la cuneta.
Laura tomó la salida hacia su destino vacacional.
Las calles de la ciudad costera estaban llenas de turistas sudorosos caminando pesadamente.
Desde dentro del coche, parecían extras de una película de zombis buscando una sombra.
Laura aparcó el Seat en la plaza subterránea que tenían reservada.
Apagó el motor.
El silencio fue absoluto.
El aire acondicionado dio su último suspiro de frío.
Los tres se quedaron quietos un momento.
Asimilando que el viaje había terminado.
Paco se quitó el cinturón de seguridad.
Miró el cuadro de mandos ya apagado.
Y luego miró a Laura.
Había un destello de diversión en sus ojos arrugados.
—Bueno, no ha ido mal del todo el coche —concedió Paco a regañadientes.
—Ha ido perfecto, Paco.
—Pero para la vuelta… —empezó a decir él, abriendo la puerta.
Laura lo cortó de inmediato, con una sonrisa cansada pero firme.
—Para la vuelta, suegro, conduces tú, pero el aire no se toca.
Paco se echó a reír.
Una risa ronca y sincera que resonó en el aparcamiento vacío.
Carlos salió del coche estirando las piernas.
—¿Aire acondicionado a tope o ventanas bajadas? —bromeó el hijo.
Paco sacó su maleta pequeña del maletero.
Miró el sudor de los turistas que bajaban al garaje.
Y sentenció, encogiéndose de hombros:
—A la vuelta, ventanas subidas. Que al final, uno también se acostumbra a ser un flojo.
Laura sonrió por fin con ganas.
El verano había empezado oficialmente.
Y la paz térmica, al menos por ahora, estaba garantizada.