Posted in

(1963, Veracruz) La Carnicería de Los Díaz — Los chorizos llevaban restos de clientes desaparecidos

En el corazón del puerto de Veracruz, donde el aroma del mar se mezclaba con los sonidos del mercado local, la carnicería de los días se había convertido en un referente para los habitantes del barrio de la Huaca. Corría el año 1963 y México vivía tiempos de aparente prosperidad bajo el gobierno de López Mateos.

 Veracruz, con su puerto bullicioso y sus calles coloniales, mantenía ese aire provinciano donde todos se conocían, o al menos eso creían. Manuel Díaz, un hombre de 52 años, rostro severo marcado por arrugas prematuras y manos encallecidas por décadas de trabajo con carne y cuchillos, había heredado el negocio de su padre, quien a su vez lo había recibido del suyo.

 tres generaciones de carniceros que habían construido una reputación basada en la calidad de sus productos, especialmente sus chorizos, cuya receta familiar era guardada con celo absoluto. El secreto de la familia, solía decir Manuel a los clientes curiosos que preguntaban por qué suizo tenía ese sabor distintivo imposible de encontrar en cualquier otro establecimiento de Veracruz.

 Una receta que mi abuelo trajo de España, mejorada con especias locales. La carnicería era un local modesto en la esquina de una calle empedrada. Un mostrador de madera desgastada separaba a los clientes de la zona de trabajo, donde grandes ganchos sostenían piezas de carne fresca. Al fondo, una puerta siempre cerrada conducía a la trastienda, donde se preparaban los embutidos y se almacenaba la mercancía.

 Nadie, excepto la familia Díaz, había cruzado jamás esa puerta. La esposa de Manuel, Elena, una mujer de 48 años, con un rostro que alguna vez fue hermoso, pero ahora permanecía congelado en una expresión de perpetua preocupación. Se encargaba de la caja y de atender a los clientes, siempre con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos oscuros.

 Sus dos hijos, Javier de 26 y Ramiro de 24, trabajaban en el negocio familiar. Javier se encargaba de las entregas a domicilio para clientes selectos, mientras que Ramiro aprendía el oficio junto a su padre. “Algún día todo esto será tuyo,” le recordaba Manuel a Ramiro mientras le enseñaba a manejar el cuchillo con precisión quirúrgica.

Como ha sido de los días por generaciones es nuestro legado. Aquella mañana de julio el calor era sofocante incluso para los estándares de Veracruz. El ventilador del techo apenas movía el aire denso del local. Carmen Fuentes, una joven maestra recién llegada de Ciudad de México para trabajar en la escuela local, entró en la carnicería por primera vez.

Su vestido floreado contrastaba con la sobriedad del lugar. Buenos días, saludó con la timidez de quien se sabe forastera. Me han recomendado mucho su carnicería, especialmente sus chorizos. Elena, detrás del mostrador la observó con curiosidad. Nuevos rostros no eran comunes entre su clientela. ¿Es usted nueva en el barrio, señorita?, preguntó mientras Manuel salía de la trastienda, limpiándose las manos en el delantal manchado.

 Sí, acabo de mudarme hace una semana. Soy la nueva maestra de la escuela primaria, respondió Carmen con una sonrisa que iluminaba su rostro de 25 años. Manuel la examinó con una mirada que hizo que Carmen se sintiera incómoda, como si estuviera evaluando algo más que un simple pedido. “Bienvenida a Veracruz, señorita”, dejó la frase en el aire, esperando que ella completara la información.

Carmen Carmen Fuentes. Señorita Fuentes, es un placer tener clientes nuevos, especialmente cuando vienen recomendados”, dijo Manuel con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. ¿Qué le gustaría llevar hoy? Carmen pidió medio kilo de chorizo y algo de carne para guisar. Mientras Manuel preparaba el pedido, Ramiro emergió de la trastienda.

 El joven quedó momentáneamente paralizado al ver a Carmen, algo que no pasó desapercibido para su padre, quien le dirigió una mirada severa. “Ramiro, ven a ayudarme con el pedido de la señorita Fuentes.” ordenó Manuel con un tono que no admitía réplica. Durante los siguientes días, Carmen se convirtió en cliente habitual de la carnicería de los días.

Siempre era recibida por Elena, cuya actitud oscilaba entre la cordialidad forzada y una extraña tristeza. Ramiro, por su parte, parecía encontrar excusas para estar presente cuando ella visitaba el local, algo que Manuel observaba con creciente irritación. Mientras tanto, en el pequeño periódico local, una noticia discreta apareció en la sección de avisos.

Se busca información sobre el paradero de Jorge Méndez, comerciante de 42 años, desaparecido hace tres semanas, última vez visto en el mercado de la guaca. Era la tercera desaparición reportada en los últimos 6 meses en la zona. El comisario Héctor Vega, un hombre de 50 años con bigote poblado y ojos que habían visto demasiado, revisaba los expedientes de las personas desaparecidas en su despacho de la comisaría local.

 Tres casos sin conexión aparente. Un turista estadounidense de paso por Veracruz, una costurera del barrio y ahora un comerciante. Las desapariciones parecían tener patrón, salvo por un detalle que comenzaba a inquietarlo. Todos habían sido vistos por última vez en las cercanías del barrio de La Huaca. Comisario Vega tiene visita”, anunció su asistente desde la puerta.

 Una mujer de mediana edad con el rostro marcado por el llanto entró en el despacho. Era María Méndez, la hermana de Jorge, el comerciante desaparecido. Comisario, han pasado tres semanas y no hay noticias de mi hermano. La policía no hace nada, dijo con voz temblorosa. Héctor la invitó a sentarse y escuchó pacientemente mientras María relataba los últimos días de su hermano.

 Jorge había mencionado un nuevo proveedor para su tienda de abarrotes. Alguien que le ofrecía productos a precios muy competitivos. Nunca mencionó nombres, solo que tenía una cita importante esa tarde. Mi hermano era muy cuidadoso con sus negocios, comisario. No es el tipo de hombre que desaparece sin avisar, insistió María con lágrimas en los ojos.

Mientras tanto, Carmen desarrollaba una rutina en su nueva vida en Veracruz. Por las mañanas daba clases en la escuela primaria, donde los niños la habían aceptado con el entusiasmo propio de la infancia. Por las tardes, a veces pasaba por la carnicería de los días para comprar ingredientes para su cena. Fue durante una de estas visitas cuando notó algo extraño.

 Mientras esperaba su turno, observó a Manuel entregando un paquete especial a un hombre bien vestido que parecía ser de fuera del barrio. No era el tipo de envoltorio que usaba para la carne normal. Es un pedido especial”, explicó Elena al notar la mirada curiosa de Carmen. Algunos clientes pagan extra por cortes particulares. Aquella noche, mientras Carmen cenaba sola en su pequeño apartamento, escuchó golpes en su puerta.

Read More