Antes de que termine este video, vas a conocer cada detalle, los mensajes que Camila Soto nunca debió encontrar, la noche en que todo se rompió para siempre, los pasos de Martín Valdés sobre la tierra mojada del bosque y la verdad que los investigadores tardaron semanas en descubrir, pero que las personas más cercanas a esta pareja ya sospechaban desde mucho antes.
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e la rodeaba hubiera dejado de pertenecerle. volvió a leer el mensaje una vez, dos veces, tres.
Luego miró a Martín, que seguía dormido en el sofá con una expresión tranquila, casi infantil. dejó el teléfono exactamente donde lo había encontrado. Se fue a la terraza, se sentó y comenzó a procesar en silencio y con una frialdad aterradora, lo que acababa de descubrir. Afuera el lago seguía igual, el volcán seguía ahí, los árboles seguían moviéndose con el viento del sur.
Todo seguía exactamente igual, pero para Camila Soto nada volvería a ser lo mismo. Lo que ocurrió durante las siguientes 48 horas en esa cabaña aislada junto al lago Yanquijué es lo que los investigadores reconstruirían después con paciencia, con testimonios fragmentados y con pruebas que el tiempo y la lluvia casi borraron por completo.
Porque esa misma noche el cielo del sur de Chile comenzó a cerrarse. Las nubes llegaron rápido, como suelen llegar en la Patagonia, sin aviso y sin piedad. Y con las nubes llegó la tormenta, la que venía del lago y la que venía de adentro. Martín Valdés despertó de su siesta con la sensación extraña de que algo había cambiado en la cabaña.
No sabía precisar qué era. El lugar estaba igual. El fuego apagado en la chimenea, las copas de vino de la noche anterior todavía sobre la mesita de madera, la luz de la tarde entrando por los ventanales. Pero había un silencio diferente, un silencio que pesaba. Se levantó y buscó a Camila. La encontró en la terraza, sentada con la espalda recta y los brazos cruzados sobre el pecho, mirando el lago con una expresión que no supo leer de inmediato.
Se acercó con una taza de café recién hecho y la dejó sobre la pequeña mesa de madera junto a ella. “¿Dormiste un poco?”, preguntó él apoyándose en el marco de la puerta. Camila tardó en responder. Cuando habló, lo hizo sin mirarlo. ¿Quién es B? Martín. El silencio que siguió duró exactamente 3 segundos. Tres segundos que Martín Valdés usó para entender que su vida, tal como la conocía, había terminado.
Camila, no dijo ella con una voz baja y controlada que era más aterradora que cualquier grito. No empieces con mi nombre. Respóndeme la pregunta. Martín se sentó frente a ella, dejó la taza sobre la mesa, se pasó la mano por el cabello, abrió la boca y la cerró dos veces antes de que saliera alguna palabra.
Es una situación que se me fue de las manos. No fue algo que yo planeara. Está embarazada. Silencio. ¿Está embarazada, Martín? Sí. Camila asintió muy despacio, como si esa confirmación fuera simplemente el último dato que necesitaba para completar un rompecabezas que había estado construyendo en su mente durante las últimas horas.
Se levantó de la silla, entró a la cabaña y fue directo al dormitorio. Martín la siguió. Camila, escúchame. Esto no significa que no te ame. Fue un error. Fue algo que ocurrió cuando nosotros estábamos en el peor momento del año pasado, cuando tú estabas en el viaje de trabajo a Buenos Aires y yo, “¿Cuánto tiempo llevas con ella?” “No llevo nada.
Fue una sola vez que ¿Cuánto tiempo, Martín?” Él bajó la mirada. 8 meses. Camila soltó una carcajada corta, sin humor, que sonó como algo que se rompe. 8 meses repitió en voz baja mientras yo publicaba fotos de nosotros, mientras le contaba a 400,000 personas lo hermosa que era nuestra vida. 8 meses. Sé que no tiene perdón. Sé que la quieres? La pregunta cayó en la habitación como una piedra en agua quieta.
Martín tardó demasiado en responder y ese silencio fue para Camila la respuesta más honesta que él podría haberle dado. “Sal de aquí”, dijo ella señalando la puerta del dormitorio. “Camila, no podemos resolver esto si no hablamos. He dicho que salgas.” Martín salió. Las horas que siguieron fueron una alternancia de silencios tensos y conversaciones que comenzaban como intentos de diálogo y terminaban como explosiones emocionales.
Camila lloró. Martín se desesperó. Ella le preguntó detalles que él no quería dar y que ella tampoco debería haber querido escuchar, pero que en esos momentos necesitaba con una urgencia que no podía explicar. Quería entender, quería construir en su cabeza una imagen completa de la traición para poder odiarla con precisión.
El nombre de B era Valeria. Valeria Montes, 32 años, contadora. vivía en Ñuñoa. La habían contratado para llevar las cuentas de la empresa durante la expansión del año anterior. Martín lo confirmó con la voz rota de un hombre que sabe que cada palabra que dice es un clavo más en el ataúdio afuera el cielo había cambiado completamente.
Las nubes que habían comenzado a acumularse durante la tarde, ahora cubrían el lago por completo y el viento entre los árboles había adquirido un tono diferente, más profundo, más continuo. En el sur de Chile, ese tipo de cielo significa lluvia en pocas horas, una lluvia seria. Nadie en la cabaña miraba el cielo. Cenaron separados.
Camila comió algo rápido de pie en la cocina. Sin encender la luz, Martín se sentó en el living con un vaso de whisky que no llegó a terminar. Las luces de la cabaña creaban sombras largas sobre las paredes de madera. A las 10:30 de la noche comenzó a llover. Al principio fue suave, un sonido rítmico y casi hipnótico sobre el techo de Alerse, pero en menos de 20 minutos la lluvia se convirtió en algo completamente diferente, una tormenta del sur con toda su potencia, con relámpagos que iluminaban el lago en destellos blancos y truenos que
reverberaban en las montañas, como si el mundo entero estuviera protestando. Fue en ese momento cuando Camila salió del dormitorio con la maleta a medio hacer y el abrigo puesto. “¿Qué estás haciendo?”, preguntó Martín poniéndose de pie de inmediato. “Llamar a un taxi o lo que sea. Me voy. Camila, está lloviendo a cántaros.
Estamos a 40 minutos del pueblo más cercano. No puedes irte así.” Puedo hacer lo que quiera”, respondió ella tomando el teléfono. “Tú perdiste el derecho a opinar sobre lo que puedo o no puedo hacer 8 meses.” No se trata de eso. Se trata de que afuera hay una tormenta real y el camino está no me importa el camino.
La discusión que siguió fue la peor de las que habían tenido ese día. Y ese día ya había tenido varias voces que subían y bajaban, palabras que se lanzaban sin cálculo, con la precisión brutal que solo tienen las personas que se conocen profundamente y saben exactamente dónde duele más. Camila le dijo cosas que nunca se había permitido decir en 5 años de matrimonio.
Martín respondió con una mezcla de culpa y desesperación que en algunos momentos sonaba a ruego y en otros a justificación, lo cual empeoraba todo. A las 11:40 de la noche, en el punto más álgido de la discusión, Camila abrió la puerta de la cabaña y salió corriendo hacia el bosque. Camila gritó Martín desde la puerta. Ella no se detuvo.
La lluvia era brutal. En segundos, la oscuridad del bosque la absorbió por completo. Martín tomó una linterna de la cocina y salió tras ella, llamándola, tropezando con las raíces y el barro que el agua había convertido el camino en algo resbaladizo y traicionero. Camila, para, por favor. No puedes ver nada ahí adentro, nada.
Solo el ruido de la lluvia y los truenos y los pasos de él hundiéndose en la tierra mojada del sur de Chile, siguiendo la dirección que le indicaba el instinto, porque las huellas de ella se habían borrado con el agua. Martín Valdés estuvo buscando a su esposa durante casi dos horas en ese bosque. Gritó su nombre hasta quedarse sin voz.
Alumbró entre los árboles, entre los matorrales, a lo largo del borde del lago. No la encontró. A la 1:20 de la madrugada, empapado con barro hasta las rodillas y la linterna parpadeando, regresó a la cabaña. Esperó. esperó hasta las 3, hasta las 5, hasta que el amanecer entró gris y frío por los ventanales y el lago volvió a hacerse visible a través de la lluvia que seguía cayendo, ahora más suave.
Camila no regresó. A las 7:15 de la mañana del 14 de enero de 2018, Martín Valdés llamó al número de emergencias de Carabineros de Chile. La voz que contestó era de una mujer joven. Martín habló con una calma que después los investigadores describirían como sospechosa, pero los que conocen bien el shock saben que a veces la desesperación no grita, a veces habla en voz muy baja, con palabras muy ordenadas, porque el cerebro ya no tiene fuerzas para otra cosa.
Mi esposa desapareció anoche en el bosque cerca del lago Yanquijue. Salió corriendo durante una tormenta y no ha vuelto. Necesito ayuda. Esa llamada fue el comienzo de lo que Chile conocería semanas después como el caso más perturbador de ese verano. La primera unidad de carabineros llegó a la cabaña a las 9:15 de la mañana.
Dos oficiales jóvenes en una patrulla que había tardado más de lo esperado porque el camino de tierra hacia el lago estaba deteriorado por la lluvia de la noche anterior. Martín los esperaba en la puerta con ropa seca, pero el rostro de alguien que no había dormido tenía los ojos enrojecidos y las manos que le temblaban ligeramente cuando les dio la mano.
Cabo Rodrigo Fuentes, de 29 años y con apenas 3 años de servicio en la zona de los lagos, fue el primero en entrar. Tomó nota de todo con meticulosidad. La descripción de Camila, la ropa que llevaba cuando salió, la hora aproximada, la dirección en que había corrido hacia el bosque. ¿Usted salió a buscarla?, preguntó Fuentes con el bolígrafo sobre el cuaderno.
Sí, estuve casi 2 horas adentro del bosque. La llamé, alumbré con una linterna. No la encontré. ¿Por qué esperó hasta las 7 para llamarnos? Martín respiró profundo. Pensé que volvería sola. Pensé que estaba enojada y que necesitaba espacio. Cometí un error. Fuentes lo miró unos segundos más de lo necesario. Luego siguió escribiendo.
En las horas siguientes llegaron más unidades. Un equipo de búsqueda de bomberos voluntarios de Puerto Varas se incorporó al operativo antes del mediodía. trajeron perros rastreadores, equipos de comunicación y un dron con cámara térmica que comenzó a sobrevolar el sector boscoso entre la cabaña y la orilla del lago.
La lluvia había cesado, pero el suelo seguía empapado y las huellas, si las había habido, ya eran prácticamente imposibles de rastrear. El primer gran obstáculo de la investigación fue precisamente ese. La tormenta de la noche anterior había borrado cualquier evidencia natural en el exterior. No había huellas, no había ropa rasgada en ramas, no había señal de ningún tipo de forcejeo o caída.
Camila Soto parecía haberse evaporado en el bosque del sur de Chile. La noticia llegó a Santiago ese mismo día, aunque de manera discreta al principio, una influenciadora conocida desaparecida en el lago Yanijue. Pero en menos de 48 horas, cuando los medios locales comenzaron a cubrirlo y las redes sociales recogieron la historia, el caso explotó.
Los seguidores de Camila comenzaron a compartir sus fotos masivamente. El hashtag, ¿dónde está Camila? Llegó a ser tendencia número uno en Twitter Chile durante 4 días seguidos. El país entero tenía una opinión y la mayoría de esas opiniones apuntaban al mismo lugar. En las semanas que siguieron, Isabel Peixoto y Amaro Santos, dos investigadores de la brigada de homicidios de la PDI, asignados al caso desde Santiago, viajaron a la región de los lagos para tomar el control de la investigación.
Ambos llegaron con experiencia y con una mirada que ninguno de los carabineros locales tenía todavía, la de quienes han visto demasiadas veces que cuando una mujer desaparece, el primero en ser interrogado debe ser el hombre más cercano a ella. Isabel Peixoto tenía 42 años. era delgada, de voz tranquila y mirada directa, que a muchos interrogados le resultaba incómoda.
Llevaba 17 años en la PDI y había trabajado casos en Santiago, Valparaíso y una temporada difícil en Temuco. Tenía la costumbre de leer tres veces cada declaración antes de hacer su primera pregunta. Amaro Santos tenía 38, era más expresivo, más dado a construir confianza antes de presionar y formaban juntos una dupla que sus colegas en la brigada describían como complementaria y efectiva.
La primera entrevista formal con Martín Valdés duró 4 horas. Cuénteme desde el principio, dijo Isabel abriendo su carpeta sobre la mesa de la sala de reuniones de la comisaría de Puerto Varas. Desde que decidieron hacer el viaje, Martín repitió su versión, El viaje para reconectarse. La primera noche tranquila, el segundo día en kayak, la discusión, la tormenta, la búsqueda, la llamada a carabineros.
Isabel escuchó sin interrumpirlo. Amaro tomaba notas. Cuando Martín terminó, hubo un silencio breve. ¿Sobre qué discutieron? Preguntó Isabel. Problemas de pareja, tensiones acumuladas. Puede ser más específico. Preferiría no entrar en detalles que no tienen que ver con la desaparición. Amaro levantó la vista de su cuaderno.
“Señor Valdés, entendemos que es una situación dolorosa”, dijo con un tono más suave que el de su compañera. Pero en casos como este, los detalles que parecen privados muchas veces son exactamente los que nos ayudan a encontrar a la persona desaparecida. No estamos aquí para juzgarlo. Martín dudó, luego habló.
confesó la existencia de Valeria, el embarazo, el hecho de que Camila lo había descubierto esa tarde al ver el teléfono. Habló con la voz de un hombre que sabe que está construyendo contra sí mismo, pero que ya no tiene energía para seguir mintiendo. Isabel y Amaro intercambiaron una mirada breve que Martín no supo leer.
Esta noche, en el pequeño hostal donde se hospedaban frente al lago, Isabel y Amaro analizaron lo que tenían. “El móvil está claro”, dijo Isabel con el café a medio terminar sobre la mesa. Ella descubre la traición. Hay una discusión. Ella sale al bosque y después nada. Pudo haberse ido por su propio pie, dijo Amaro. Pudo haber llamado a alguien que fue a buscarla.
pudo haber caminado hasta la carretera con una tormenta así de noche sin conocer el terreno respondió Isabel. Tú te irías caminando 40 km bajo esa lluvia. Amaro no respondió. Él estuvo dos horas en ese bosque, continuó Isabel. Solo de noche, con tormenta, sin testigos. Las cámaras de seguridad no llegaban a esa zona.
El teléfono de Camila no volvió a emitir señal. Después de las 11:35 de la noche del 13 de enero, su última ubicación registrada por la antena más cercana coincidía con la posición de la cabaña, pero lo más perturbador llegó tres días después, cuando el equipo forense revisó el celular de Martín y encontró algo que él no había mencionado en ninguna de sus declaraciones.
Las 11:52 de la noche, 4 minutos después de que Camila saliera al bosque, Martín había hecho una llamada. Duración: 6 minutos con 34 segundos. El número correspondía a Valeria Montes. “¿Usted llamó a su amante 4 minutos después de que su esposa desapareció en el bosque?”, preguntó Isabel al día siguiente con la voz completamente neutra.
Martín palideció. Estaba desesperado, no sabía qué hacer. Ella era la única persona que Usted llamó a Valeria Montes antes de llamar a Carabineros. Yo en ese momento pensé que Camila volvería sola. No creí que fuera señor Valdés. Lo interrumpió Isabel cerrando la carpeta con cuidado. Le recomiendo que desde ahora no haga ninguna declaración pública sin consultar primero con un abogado.
El país entero se enteró de esa llamada dos días después, cuando un periodista de un canal de noticias la filtró. La reacción en redes sociales fue inmediata y brutal. Martín Valdés pasó de ser el esposo angustiado a ser en el Tribunal de la Opinión Pública el principal sospechoso. Los titulares eran despiadados, las teorías se multiplicaban.
Los vecinos de Providencia comenzaron a aparecer frente a su edificio con pancartas. Pero Isabel Peixoto y Amaro Santos sabían que el Tribunal de la Opinión Pública y el Tribunal Real son dos cosas muy distintas y que para construir un caso real necesitaban algo que todavía no tenían. Necesitaban encontrar a Camila. El 1o día de búsqueda fue un martes, un día gris y fresco en el lago Yanquijué, con el volcán semioculto entre nubes bajas y el sonido constante de los equipos de rastreo moviéndose entre los árboles. Para entonces, el operativo
había movilizado más de 120 personas entre carabineros, PDI, bomberos y voluntarios civiles de la región. Se habían peinado más de 40 km²ad de bosque nativo. Se habían revisado hoteles, terminales de bus, aeropuertos y pasos fronterizos. Nada. Isabel Peixoto pasaba sus noches revisando el expediente desde el hostal.
Tenía ya seis cuadernos llenos de notas, líneas de tiempo, conexiones y preguntas sin respuesta. Amaro, que dormía mejor que ella, pero pensaba en el caso igualmente de forma constante, había comenzado a entrevistar a personas del entorno de la pareja en Santiago mediante videollamada, amigas de Camila, socios de Martín, la hermana de ella, que vivía en Concepción.
Fue la hermana de Camila, Daniela Soto, quien dijo algo que cambió el curso de la investigación. Camila me llamó”, dijo Daniela con la voz tensa y los ojos enrojecidos en la pantalla. Me llamó la noche que desapareció. Amaro se incorporó en su silla. ¿Cuándo exactamente? Las 11:28. Yo estaba durmiendo, no escuché el teléfono.
Cuando vi la llamada perdida a la mañana siguiente, ya había empezado todo el caos y pensé que no era relevante porque era antes de que saliera al bosque, según me dijeron. ¿Qué intentó devolverle la llamada? Varias veces, nunca respondió. Ella le había contado algo en días anteriores, mensajes, audios. Daniela dudó. Hay una cosa que no le conté a nadie porque no sabía si era importante.
Tres días antes de que se fueran de viaje, Camila me mandó un mensaje que decía, “Si algo me pasa en este viaje, ya sabes quién es el responsable.” Yo pensé que era una broma, que era el drama típico de ella cuando estaban peleando. Le respondí con un emoji de rollo de ojos y no le di más importancia. Amaro Santos puso el bolígrafo sobre la mesa de espacio.
¿Tiene ese mensaje todavía? Sí, necesito que nos lo envíe ahora si es posible. El mensaje de Daniela llegó esa misma tarde al equipo de análisis digital de la PDI en Santiago. Era exactamente lo que ella había descrito, una frase directa enviada a las 10:16 de la noche del 10 de enero, 3 días antes del viaje. La marca temporal era clara, el número de origen era el celular de Camila.
Para Isabel, ese mensaje era un punto de quiebre. No era la prueba de un crimen, pero era evidencia de que Camila había tenido antes del viaje algún nivel de miedo o premonición, no sobrenatural, real. La premonición de alguien que conoce a la persona con quien va a estar encerrada en un lugar aislado y que en algún rincón de su mente no está completamente tranquila.
Esa misma semana, el equipo forense completó el análisis del barro encontrado en las botas de Martín cuando llegaron los primeros carabineros. Los análisis de composición del suelo indicaban que ese barro provenía de una zona específica del bosque, el sector noreste, hacia el borde de una quebrada que desembocaba en el lago a unos 800 m de la cabaña.
No era el sector que Martín había descrito como su ruta de búsqueda. Él había dicho que buscó principalmente hacia el sur, hacia la orilla directa del lago. Isabel llevó ese dato a la reunión de equipo del jueves por la mañana. El barro no coincide con su declaración, dijo señalando el mapa extendido sobre la mesa. Él dijo que fue hacia acá.
El barro dice que estuvo acá. Pudo haberse confundido de dirección en la oscuridad, dijo uno de los oficiales locales. Pudo, respondió Isabel, o pudo estar mintiendo sobre dónde estuvo esa noche. Esa tarde, con una orden judicial recién obtenida, un equipo de buzos de la armada comenzó a rastrear el fondo de la quebrada y el tramo del lago que correspondía al sector noreste.
Era una tarea lenta y técnicamente compleja. El fondo de esa zona del lago Yanue tiene irregularidades de profundidad importantes con algunos sectores que caen abruptamente. En el cuarto día de rastreo submarino, a las 3:17 de la tarde de un viernes, uno de los buzos encontró algo a 11 m de profundidad, parcialmente cubierto por sedimento y ramas arrastradas por la corriente subterránea. Había un cuerpo.
La notificación llegó al teléfono de Isabel Peixoto mientras estaba tomando un café en el hostal. Leyó el mensaje dos veces, lo dejó sobre la mesa, se puso de pie, agarró el abrigo. Amaro llamó hacia el corredor. La encontraron. El cuerpo fue recuperado con todos los protocolos forenses correspondientes. La identificación tomó menos de lo que podría esperarse.
Camila Soto llevaba todavía puesta la ropa que tenía cuando salió de la cabaña esa noche. Su anillo de matrimonio seguía en su dedo. En el bolsillo del abrigo, empapado, pero legible bajo análisis técnico, había un papel doblado, un papelito pequeño con su letra, solo decía un nombre y ese nombre no era el de Martín. El papel tardó 48 horas en ser procesado completamente por el equipo forense.
Isabel y Amaro esperaron esos dos días sin hacer declaraciones públicas, soportando la presión de los medios que ya habían confirmado el hallazgo del cuerpo y exigían respuestas. Martín Valdés, informado de la muerte de su esposa por sus propios abogados antes de que los detectives pudieran citarlo formalmente, emitió un comunicado de condolencias que el país recibió con una mezcla de escepticismo y rabia.
El informe de autopsia llegó el lunes siguiente. Camila Soto no había muerto ahogada, había muerto antes de entrar al agua. Las lesiones en el cuello eran consistentes con estrangulamiento manual. El agua había complicado el análisis, pero los patólogos forenses fueron concluyentes. Camila Soto había sido asesinada y su cuerpo había sido arrojado al lago desde la quebrada noreste, el mismo sector cuyo barro habían encontrado en las botas de Martín Valdés.
Isabel cerró el informe, miró a Amaro, solicita la orden de detención. Y entonces llegó el momento de revelar lo que decía el papel. El nombre escrito en ese pequeño trozo de papel encontrado en el bolsillo de Camila no era el de Martín Valdés, era el de Valeria Montes. Chile despertó el martes 27 de febrero de 2018 con una noticia que ningún medio había anticipado correctamente, no porque los periodistas no hubieran estado siguiendo el caso con atención obsesiva durante semanas, sino porque la verdad que emergió esa mañana era de un
nivel de complejidad y frialdad que superaba cualquier teoría que el público o los analistas habían construido. La orden de arresto no era solo para Martín Valdés, era para Martín Valdés y para Valeria Montes. Los titulares se actualizaron en cuestión de minutos, las redes sociales colapsaron, los canales de noticias interrumpieron su programación habitual y el país, que ya creía haber entendido de qué se trataba este caso, tuvo que empezar a entenderlo de nuevo desde cero, porque el papel encontrado en el bolsillo de Camila Soto
no era solo un nombre escrito al azar, era una evidencia que ella misma había dejado de manera deliberada. un seguro, una señal. Los detectives reconstruyeron la cronología completa durante los días previos al arresto con base en los registros telefónicos, los movimientos bancarios, las declaraciones de testigos y el análisis del contenido de los dispositivos electrónicos de ambos imputados.
Lo que descubrieron fue lo siguiente. 4 días antes del viaje al lago Yanijué, Camila Soto había recibido un mensaje anónimo en su cuenta de correo electrónico. El mensaje contenía dos archivos adjuntos, una serie de conversaciones capturadas entre Martín y Valeria y tres fotografías. Las conversaciones no eran solo de naturaleza romántica.
En una de ellas, con fecha de 12 días antes del viaje, Valeria le escribía a Martín lo siguiente. Si ella descubre lo del bebé antes de que tú lo arregles, esto se va a descontrolar. Tienes que controlar la situación de alguna forma. Ya sabes lo que está en juego para los dos. Y Martín respondía, “Déjame a mí. Tengo una idea.
Esa conversación fue la que llevó a Camila a escribirle a su hermana Daniela. El mensaje que Isabel y Amaro habían encontrado días antes. No era el drama de una pareja en crisis, era el miedo concreto de una mujer que había leído algo que la aterrorizó y que a pesar de eso decidió ir al viaje porque necesitaba mirar a su esposo a los ojos y escuchar lo que él tenía que decirle.

También era la razón por la que escribió ese papel. Camila Soto, durante la tarde del 13 de enero, mientras Martín dormía la siesta, no solo leyó el mensaje de Valeria en el teléfono de él, también revisó, con más calma de la que aparentaba otros mensajes. Encontró conversaciones que le indicaban que el plan de Martín para controlar la situación incluía, al menos en su mente, una salida que no era el divorcio.
Así que antes de que comenzara la discusión de esa noche, Camila hizo algo que muy poca gente habría tenido la presencia de ánimo de hacer. Buscó un papel, escribió el nombre de Valeria Montes, lo dobló y lo metió en el bolsillo de su abrigo, porque si algo le pasaba, quería que hubiera una pista pequeña, frágil, dependiente de que alguien la encontrara. Pero era lo que tenía.
fue la decisión más valiente y más trágica de su vida, porque no fue suficiente para salvarla, pero sí fue suficiente para condenar a quienes la mataron. Isabel Peixoto presentó los cargos en la audiencia de formalización que se llevó a cabo en el Juzgado de Garantía de Puerto Mont. La sala estaba llena. Afuera del edificio, decenas de personas esperaban con fotografías de Camila Soto.
Martín Valdés llegó con dos abogados defensores y el rostro de un hombre que ya no intentaba mostrar nada. Valeria Montes llegó separada con su propio equipo legal, con el vientre visiblemente embarazado y los ojos fijos en el suelo. El fiscal leyó los cargos. Homicidio calificado con premeditación para Martín Valdés y participación en calidad de autora inductora para Valeria Montes.
La reconstrucción que el Ministerio Público presentaría en el juicio era la siguiente. La noche del 13 de enero, cuando Camila salió corriendo al bosque, Martín la siguió, no para convencerla de volver, como había declarado. La llamada a Valeria 4 minutos después de que Camila salió no fue la llamada de un hombre desesperado buscando orientación emocional.
Fue la llamada de confirmación de un plan que ya había sido discutido. Los registros de las conversaciones previas entre ambos lo establecían con suficiente claridad para el fiscal. Martín Valdés había planeado usar ese viaje como la oportunidad. el aislamiento, la falta de testigos, la posibilidad de hacer pasar el crimen por un accidente o una desaparición voluntaria.
Lo que no había calculado era el papel en el bolsillo del abrigo, ni la meticulosidad de Isabel Peixoto, ni la profundidad de 11 m del lago Yanquiue, que conservó el cuerpo con suficiente integridad para que los patólogos pudieran determinar la causa real de la muerte. Señor Valdés”, dijo Isabel en el pasillo del tribunal antes de que los guardias lo llevaran hacia la sala de espera.
Era la primera vez que le hablaba fuera de un contexto formal de interrogatorio. Lo hizo sin rabia, sin dramatismo, solo con la voz directa que la caracterizaba. Cuando decidió que iba a hacerlo, Martín la miró. Por primera vez desde que lo conocían. Parecía completamente vacío, sin cálculo, sin actuación. Cuando reservé la cabaña, respondió y siguió caminando.
Amaro Santos, que estaba a un paso detrás de Isabel, escuchó la respuesta. No dijo nada, solo anotó la hora en su cuaderno, como siempre hacía. El juicio se extendió durante ocho semanas. Fue el juicio más seguido de Chile en años. Transmitido en vivo, analizado por paneles de expertos, discutido en cada rincón del país.
Las familias de ambos imputados hicieron declaraciones públicas. Los abogados defensores construyeron argumentos sobre la falta de evidencia directa del momento exacto del crimen sobre las limitaciones del análisis forense en un cuerpo que estuvo más de dos semanas en el agua, pero el peso de la evidencia circunstancial combinado con las conversaciones recuperadas y el testimonio de varios testigos del entorno fue determinante.
Martín Valdés fue condenado a 22 años de presidio efectivo. Valeria Montes fue condenada a 8 años por inducción al homicidio. Su bebé nació durante el proceso judicial y quedó al cuidado de la familia materna. Daniela Soto, la hermana de Camila, estuvo presente en la lectura del veredicto. No lloró. tenía el mismo tipo de mirada que las personas que han agotado el llanto y han llegado a algún lugar al otro lado de eso.
Cuando salió del tribunal, los periodistas la rodearon con micrófonos. Ella habló una sola vez. Brevemente antes de subirse al auto, Camila dejó ese papel porque sabía y porque aunque tenía miedo, no quería que su muerte quedara sin respuesta. Mi hermana fue más valiente al final que ninguno de ellos durante toda su vida.
Luego cerró la puerta del auto y el país quedó en silencio por un momento, solo por un momento. El lago Yanquijue sigue ahí con el volcán reflejándose en sus aguas, con los arrayanes y los tepas moviéndose con el viento del sur. La cabaña fue clausurada durante el proceso judicial y luego demolida por orden del propietario, que no quiso volver a pisarla nunca más.
El caso que paralizó Chile cerró sus páginas judiciales, pero no las humanas, porque detrás de cada titular, de cada hashtag, de cada análisis en televisión, había una mujer real que amó, que confió, que tuvo miedo, que fue valiente y que merece ser recordada por todo eso, no solo por la manera en que murió.
Este es el caso que detuvo Chile. Este es el caso de Camila Soto. Si llegaste hasta aquí, significa que eres exactamente el tipo de persona para quien hacemos estos videos. Gracias por acompañarnos durante todos los capítulos de esta historia. Si este contenido te impactó, si te hizo reflexionar, si te generó alguna emoción, compártelo.
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