PARTE 1
La mañana de un sábado cualquiera en un barrio periférico de Madrid.
La luz del sol entra a duras penas por la persiana a medio bajar de la cocina.
Es una cocina típica, con azulejos que conocieron tiempos mejores y un frigorífico cubierto de imanes.
Hay imanes de pizzerías, imanes de bautizos y un imán de un viaje a Torrevieja que está perdiendo el color.
En el centro de este ecosistema doméstico está Elena.
Elena lleva un moño deshecho que desafía las leyes de la gravedad.
Lleva puestas unas gafas de lectura que solo usa cuando la cosa se pone seria.
Y la cosa está muy seria.
Tiene un portátil abierto frente a ella.
La pantalla emite un brillo frío.
Es una hoja de cálculo de Excel.
El Excel de la economía familiar.
A su lado, una taza de café que lleva fría al menos una hora.
Se escucha el sonido de la puerta principal al abrirse.
El chirrido de las bisagras que Javier siempre dice que va a engrasar y nunca engrasa.
Javier entra en el pasillo.
Arrastra los pies ligeramente.
Lleva las manos metidas en los bolsillos de unos vaqueros desgastados.
Su cara es un poema.
Es la cara de un hombre que sabe que va a entrar en combate, pero no tiene casco.
Camina hacia la cocina.
Se detiene en el umbral.
Mira a Elena.
Elena no despega los ojos de la pantalla.
El silencio en la cocina es denso.
Se podría cortar con un cuchillo jamonero.
JAVIER Ya estoy en casa.
Elena teclea un número en el ordenador.
Pulsa la tecla de “Enter” con demasiada fuerza.
ELENA Ya te oigo.
Javier da un paso hacia el interior de la cocina.
Se rasca la nuca.
Es su gesto de nerviosismo patentado.
JAVIER ¿Qué haces?
ELENA Lo que hago todos los días 25 de cada mes, Javi.
ELENA Intentar que los números no se rían en mi cara.
Javier asiente lentamente.
Se acerca a la cafetera.
La mira como si la cafetera tuviera las respuestas a los misterios del universo.
JAVIER ¿Queda café?
ELENA Frío.
JAVIER Me vale.
Javier coge una taza del escurridor.
Se sirve el líquido negro y espeso.
Da un sorbo.
Hace una mueca.
Realmente está muy frío.
Y muy amargo.
ELENA Oye, Javi.
Javier se tensa.
Sus hombros suben un centímetro.
JAVIER Dime, cariño.
ELENA Estoy mirando la cuenta del banco.
El corazón de Javier da un vuelco.
Intenta mantener la compostura.
JAVIER Ah, sí. La cuenta.
ELENA Sí, la cuenta. Nuestra cuenta.
ELENA Y la cuenta de Leo.
Javier traga saliva.
El trago de café frío le raspa la garganta.
ELENA ¿Tú has hecho alguna transferencia hoy?
Javier se apoya en la encimera.
Cruza los brazos.
Los descruza.
Se mete las manos en los bolsillos otra vez.
JAVIER Bueno.
JAVIER A ver.
JAVIER Depende de lo que entiendas por “transferencia”.
Elena levanta la vista del portátil por primera vez.
Sus ojos se clavan en Javier por encima de las gafas de lectura.
Es la mirada del juicio final.
ELENA Una transferencia, Javier.
ELENA Coger dinero de un sitio y ponerlo en otro.
ELENA Magia financiera.
ELENA ¿Has sido tú el mago?
Javier suspira.
Mira al techo buscando inspiración divina.
El techo solo tiene una lámpara fluorescente que parpadea a veces.
JAVIER Sí. He sido yo.
Elena asiente lentamente.
No hay alivio en su gesto.
Hay una calma que precede a un huracán categoría cinco.
ELENA ¿Y me puedes explicar qué ha pasado con seiscientos euros?
Javier abre los ojos de par en par.
Intenta parecer casual.
Intenta parecer un hombre que tiene todo bajo control.
JAVIER Es que he venido del taller.
ELENA Del taller.
JAVIER Sí. Del taller del Paco.
ELENA ¿Y qué le pasa al coche ahora?
JAVIER Pues que le he cambiado las ruedas.
Elena se quita las gafas.
Las deja sobre la mesa con una lentitud desesperante.
ELENA Le has cambiado las ruedas.
JAVIER Sí. Las cuatro.
ELENA Las cuatro.
JAVIER Hombre, no iba a cambiar tres y dejar una coja.
Javier intenta sonreír.
Es una sonrisa patética.
Elena no sonríe.
No hay ni rastro de humor en sus facciones.
ELENA Javier.
ELENA He mirado la cuenta de ahorros de Leo.
ELENA La cuenta que abrimos el día que nació.
ELENA La cuenta donde metemos el dinero de los cumpleaños, de los Reyes y de los abuelos.
ELENA Faltan seiscientos euros en esa cuenta.
El silencio vuelve a la cocina.
Un grifo gotea al fondo.
Gota.
Gota.
Gota.
Javier da un paso hacia adelante.
Levanta las manos en un gesto de apaciguamiento.
JAVIER Elena, escúchame.
ELENA ¿Has sacado el dinero de tu hijo?
JAVIER He sacado el dinero de los ahorros del niño para cambiarle las ruedas al coche, sí.
Las palabras flotan en el aire.
Chocan contra los azulejos.
Rebotan en los imanes de la nevera.
Elena se queda paralizada.
Parece que ha dejado de respirar.
JAVIER Pero te lo puedo explicar.
ELENA ¿Explicar?
ELENA ¿Me vas a explicar por qué has atracado la hucha de un niño de seis años?
JAVIER ¡No he atracado a nadie!
JAVIER ¡Soy su padre!
ELENA ¡Y te has gastado su futuro en caucho!
Javier se frota la cara con las dos manos.
Esto está yendo exactamente como él temía.
O incluso peor.
JAVIER Elena, por favor, no te pongas dramática.
ELENA ¿Dramática?
Elena se pone de pie de un salto.
La silla raspa contra el suelo de baldosas haciendo un ruido infernal.
ELENA ¡Ese dinero no se toca!
ELENA ¡Es sagrado!
ELENA ¡Es para su universidad!
ELENA ¡O para su futuro!
JAVIER ¡Tiene seis años, Elena!
JAVIER ¡Aún se come los mocos en el recreo!
JAVIER ¡Faltan doce años para la universidad!
ELENA ¡El tiempo vuela, Javier!
ELENA ¡Hoy se come los mocos y mañana te está pidiendo la matrícula para estudiar Ingeniería Aeroespacial en Boston!
JAVIER ¡En Boston!
JAVIER ¡Pero qué dices de Boston!
JAVIER ¡Si con suerte llegará a la Politécnica de milagro!
ELENA ¡Tú qué sabes!
ELENA ¡A lo mejor es un genio!
ELENA ¡Y tú le acabas de robar la oportunidad de ser astronauta para ponerle unas Michelin al Seat León!
Javier siente que la vena del cuello empieza a latirle.
La conversación se está descontrolando muy rápido.
JAVIER No le he puesto Michelin.
JAVIER Le he puesto unas Firestone, que estaban de oferta.
Elena lo mira con absoluto desprecio.
ELENA Ah, estupendo.
ELENA Encima le robas para comprar marcas blancas.
JAVIER ¡Firestone no es marca blanca, Elena!
JAVIER ¡Son buenas ruedas!
JAVIER ¡Y no le he robado a mi propio hijo!
ELENA ¿Ah no? ¿Y cómo lo llamas tú?
ELENA ¿Un préstamo a fondo perdido sin intereses del banco de Leo?
JAVIER ¡Lo llamo una emergencia familiar!
ELENA ¡Una emergencia es que se rompa la caldera en enero!
ELENA ¡Una emergencia es que se nos inunde el baño!
ELENA ¡No cambiarle los zapatos a tu cochecito!
Javier da un golpe en la encimera.
No muy fuerte, pero lo suficiente para demostrar frustración.
JAVIER ¡Mi cochecito es el coche de la familia!
JAVIER ¡Es el coche en el que llevo al niño al colegio todos los santos días!
JAVIER ¡Es el coche con el que vamos a ver a tus padres los domingos!
ELENA ¡Y eso qué tiene que ver con robarle la universidad!
Javier da dos pasos hacia ella.
La señala con un dedo, buscando énfasis.
JAVIER ¡Si el coche se estrella por llevar las ruedas gastadas, el niño no va a tener futuro!
Elena se cruza de brazos.
Levanta la barbilla.
La guerra está declarada.
PARTE 2
La onda expansiva de la última frase de Javier resuena en la cocina.
“Si el coche se estrella… el niño no va a tener futuro”.
Elena entorna los ojos.
Su cerebro está procesando la magnitud de la excusa.
ELENA ¿Te estás escuchando, Javier?
JAVIER Me escucho perfectamente.
JAVIER Y digo cosas con mucho sentido común.
ELENA Estás utilizando el chantaje emocional para justificar tu mala gestión financiera.
JAVIER ¡Qué mala gestión!
JAVIER ¡Las ruedas estaban lisas, Elena!
JAVIER ¡Lisas!
JAVIER Parecían los neumáticos de Fernando Alonso en la última vuelta.
JAVIER No tenían dibujo.
JAVIER Si pisaba un chicle en la carretera, hacíamos aquaplaning.
Elena no se deja impresionar por la metáfora automovilística.
ELENA Yo cogí el coche el martes para ir al Mercadona.
ELENA Y el coche iba divinamente.
ELENA No derrapé en la sección de congelados, fíjate tú.
JAVIER ¡Porque fuiste a treinta por hora!
JAVIER ¡Pero el otro día llovió!
JAVIER ¡Llovió, Elena!
JAVIER Frené en el semáforo de la avenida, y el coche siguió deslizándose como si estuviera patinando sobre hielo.
JAVIER Me quedé a medio milímetro del parachoques de un taxi.
JAVIER Un taxi, Elena.
JAVIER ¿Tú sabes lo que es darle por detrás a un taxista en Madrid?
JAVIER Es peor que deberle dinero a la mafia.
Elena suspira.
Se apoya en el respaldo de la silla.
La ira empieza a dejar paso a la indignación fría.
ELENA Podías haberlo pagado con la tarjeta de crédito.
JAVIER La tarjeta de crédito está al límite por la lavadora nueva que compramos el mes pasado.
ELENA Podías haber esperado a cobrar la nómina.
JAVIER La nómina entra el día 1.
JAVIER Estamos a 18.
JAVIER Quedan casi dos semanas.
JAVIER Dos semanas jugando a la ruleta rusa cada vez que llevamos al niño a judo.
ELENA ¡Exagerado!
JAVIER ¡Realista!
Javier se pasea por la pequeña cocina.
Gesticula con las manos.
Necesita que ella entienda la gravedad de la situación.
JAVIER Paco el del taller me lo dijo.
ELENA Ah, claro.
ELENA Paco el del taller.
ELENA Una eminencia científica.
ELENA El premio Nobel de mecánica de Carabanchel.
JAVIER No te metas con Paco.
JAVIER Paco lleva treinta años bajo los capós.
JAVIER Paco levantó el coche en el elevador.
JAVIER Me llamó.
JAVIER Me dijo: “Javi, ven aquí”.
JAVIER Fui.
JAVIER Me señaló la rueda delantera derecha.
JAVIER Y me dijo: “Chaval, con esto no pasas ni de aquí a la esquina. Se te ven los alambres”.
ELENA Paco lo que quería era venderte cuatro ruedas.
ELENA Paco ve a un pardillo entrar por la puerta y se frota las manos con grasa.
JAVIER ¡Se veían los alambres, Elena!
JAVIER ¡Plata brillante asomando por la goma negra!
JAVIER ¿Tú quieres que tu hijo vaya en un coche que va rozando metal contra asfalto?
Elena se muerde el labio inferior.
Odia cuando Javier tiene un punto de razón.
Pero su sentido de la justicia financiera es más fuerte.
ELENA Lo que yo quiero es que no toques el dinero del niño.
ELENA Habíamos hecho un pacto.
ELENA Esa cuenta es intocable.
ELENA Ahí están los cincuenta euros que le dio tu madre el día de su santo.
ELENA Están los cien de mi abuela.
ELENA Ese dinero tiene valor sentimental, Javi.
JAVIER El valor sentimental no paga el IVA en el taller.
ELENA ¡Eres un insensible!
JAVIER ¡Soy práctico!
JAVIER A ver, explícamelo.
JAVIER Ilumíname.
Javier se detiene frente a ella.
La mira fijamente.
JAVIER ¿De qué le sirven al niño sus mil quinientos euros en la libreta si nos pegamos una hostia en la M-30 por reventar un neumático?
JAVIER ¿De qué le sirve ser el niño más rico del cementerio?
ELENA ¡No hables así!
ELENA ¡No invoques desgracias!
JAVIER ¡No las invoco, las prevengo!
JAVIER Eso es lo que hace un padre responsable.
JAVIER Garantizar la supervivencia de su progenie.
Elena se lleva las manos a la cabeza.
Se masajea las sienes.
ELENA Sobrevivir.
ELENA Ahora resulta que eres Bear Grylls en la jungla de asfalto.
ELENA Has salvado a la familia de una muerte segura comprando cuatro gomas en el taller de Paco.
JAVIER Básicamente, sí.
JAVIER Deberías darme las gracias.
Elena suelta una carcajada breve y amarga.
ELENA ¿Darte las gracias?
ELENA ¿Por dejarle sin la posibilidad de estudiar un máster?
JAVIER ¡Vuelta la burra al trigo con el máster!
JAVIER ¡Que el niño todavía no sabe ni leer de corrido!
JAVIER Ayer confundió la “p” con la “q”.
JAVIER Le pregunté qué ponía en el cartel y me dijo “qerro”.
JAVIER ¡Qerro, Elena!
ELENA ¡Es dislexia temporal, es normal a su edad!
ELENA ¡Y eso no significa que no vaya a ir a la universidad!
JAVIER Lo que significa es que tenemos tiempo para reponer esos seiscientos euros.
JAVIER Los devuelvo poco a poco y ya está.
ELENA ¿Poco a poco?
ELENA ¿Cuándo?
ELENA ¿Con qué dinero?
ELENA Porque te recuerdo que el mes que viene hay que pagar el seguro del coche.
ELENA Ese maravilloso coche seguro y con ruedas nuevas.
Javier traga saliva de nuevo.
Ese es un golpe bajo.
Él había olvidado por completo el seguro del coche.
JAVIER Bueno.
JAVIER Haremos ingeniería financiera.
ELENA Tú la única ingeniería que conoces es la de vaciar cuentas ajenas.
JAVIER Elena, te juro que los repongo.
JAVIER Meteré cincuenta euros cada mes.
ELENA Cincuenta euros cada mes.
ELENA Tardarás un año en devolverlo.
ELENA Un año sin intereses para el niño.
JAVIER Le compraré un helado extra grande para compensar la inflación.
Elena le lanza una mirada asesina.
La broma no ha aterrizado bien.
Nada bien.
ELENA Esto no es una broma, Javier.
ELENA Es una cuestión de principios.
ELENA Si abrimos la veda de tocar el dinero del niño para emergencias del hogar, esto no acaba nunca.
ELENA Hoy son las ruedas.
ELENA Mañana se estropea el frigorífico y, ale, a sacar de la cuenta de Leo.
ELENA Pasado mañana hay que pintar el salón, y pobre Leo, se queda sin campamento de verano.
JAVIER Pintar el salón no es una emergencia de vida o muerte.
ELENA ¿Y el frigorífico?
ELENA Sin frigorífico no podemos guardar su comida.
ELENA Si no come, se muere.
ELENA Bajo tu misma lógica, el dinero de su universidad debería usarse para comprar una nevera.
Javier se queda momentáneamente sin palabras.
La lógica de Elena es retorcida, pero difícil de rebatir en caliente.
JAVIER Eso… eso es demagogia barata.
ELENA Eso es extrapolar tu teoría de la supervivencia automovilística.
ELENA Has cruzado una línea roja, Javi.
ELENA La hucha del niño era el único refugio seguro en esta casa.
ELENA Y la has saqueado.
JAVIER Soy el Robin Hood de la seguridad vial.
ELENA Eres un sinvergüenza que no sabe ahorrar.
JAVIER ¡Hago lo que puedo!
JAVIER ¡Todo está carísimo!
JAVIER El aceite de oliva parece oro líquido.
JAVIER Llenar el depósito me cuesta un riñón y parte del otro.
JAVIER ¿Qué querías que hiciera, Elena?
JAVIER ¿Dime, qué querías que hiciera en el taller con Paco mirándome y las ruedas echando los alambres?
Elena se queda en silencio.
Mira la taza de café vacío de Javier.
Mira la pantalla de su Excel.
ELENA Quería que me llamaras.
ELENA Quería que me lo consultaras antes de hacerte el héroe solitario de las transferencias.
Javier baja la mirada.
Ahí tiene razón.
Él sabía que si llamaba, habría pelea telefónica.
Prefirió la pelea en diferido.
JAVIER Si te llamaba, me ibas a decir que no.
ELENA Te iba a decir que buscáramos otra solución.
JAVIER No había otra solución.
JAVIER Era el dinero del niño o ir en autobús.
ELENA Pues haber ido en autobús.
JAVIER ¿Llevar a Leo en autobús con la mochila que pesa más que él, tres transbordos y lloviendo?
JAVIER Tardaríamos hora y media en llegar al colegio.
ELENA Al menos el niño sabría que su dinero para la universidad está a salvo.
JAVIER Llegaría al colegio tarde, empapado, con un resfriado que le duraría hasta mayo, pero oye, muy tranquilo porque tiene seiscientos pavos en Bankia.
JAVIER O en CaixaBank, o donde puñetas esté la cuenta ahora tras las fusiones.
ELENA Eres imposible.
JAVIER Soy un padre pragmático.
PARTE 3
La tensión en la cocina ha cambiado de textura.
Ya no es un estallido inminente.
Ahora es un combate de desgaste a diez asaltos.
Elena cierra la tapa del portátil de golpe.
El ruido resuena fuerte.
Es una declaración de intenciones.
La hoja de cálculo está cerrada, pero el juicio continúa.
ELENA Pragmático.
ELENA Te encanta esa palabra.
ELENA Pero la usas como comodín para justificar cualquier cosa.
JAVIER No es un comodín.
JAVIER Es la pura realidad de llegar a fin de mes.
ELENA El mes pasado tu pragmatismo te llevó a comprarte una PlayStation de segunda mano.
Javier siente un sudor frío en la espalda.
Un golpe bajo inesperado.
JAVIER ¡Eso no salió del fondo del niño!
JAVIER ¡Eso salió de mis horas extras en el inventario!
ELENA Me da igual de dónde saliera.
ELENA Podría haber ido a la cuenta común.
ELENA Para imprevistos.
ELENA Como por ejemplo… ¡unas ruedas nuevas!
JAVIER Necesitaba desconectar, Elena.
JAVIER El trabajo me tiene frito.
JAVIER Jugar al FIFA por las noches es mi única terapia.
ELENA Pues tu terapia nos ha costado que ahora el niño financie el mantenimiento del coche.
Javier se pasa la mano por el pelo ralo.
Se apoya contra la pared.
Siente que el universo conspira contra él.
JAVIER Mira, vamos a dejar la Play fuera de esto.
JAVIER Estamos hablando de seguridad.
JAVIER Y me sigue pareciendo alucinante que prefieras mantener un saldo bancario antes que tener un coche seguro.
ELENA Y a mí me parece alucinante que normalices robarle a un menor.
JAVIER ¡Deja de usar la palabra robar!
JAVIER ¡Me estás haciendo sentir como Luis Roldán!
JAVIER Es un traslado de fondos interno.
ELENA Un desfalco familiar.
JAVIER ¡Un rescate preventivo!
ELENA Lo vas a devolver céntimo a céntimo, Javier.
ELENA Y vas a apuntar las transferencias en un cuaderno para que yo las vea.
JAVIER ¿En un cuaderno?
JAVIER ¿Qué pasa, ahora eres el Banco de España y me haces auditorías?
ELENA Soy la madre de una víctima de apropiación indebida.
Javier no puede evitar soltar una risita nasal.
La situación es tan absurda que bordea lo cómico.
JAVIER Apropiación indebida.
JAVIER Madre mía, Elena, ves demasiadas series de abogados.
ELENA Y tú ves poco el telediario, a ver si aprendes lo que pasa cuando uno vive por encima de sus posibilidades.
JAVIER ¿Tener dibujos en los neumáticos es vivir por encima de nuestras posibilidades?
JAVIER Perdóname, marqués de Bradomín, no sabía que la tracción en carretera era un lujo burgués.
Elena intenta mantener el ceño fruncido.
Pero la comisura de sus labios tiembla ligeramente.
Javier tiene esa maldita habilidad de hacerla reír cuando más enfadada está.
Se obliga a recuperar la dureza.
ELENA No tiene gracia, Javi.
ELENA Es el principio de confianza.
ELENA Teníamos una regla.
ELENA La cuenta de Leo era intocable.
ELENA Si hoy rompes esa regla por las ruedas, mañana la romperás por el seguro, y al otro por la ITV.
JAVIER La ITV la paso el mes que viene.
JAVIER Y adivina qué.
JAVIER Si iba con las ruedas de antes, me tiraban la inspección.
JAVIER Fallo grave.
JAVIER Inmovilización del vehículo.
JAVIER Grúa.
JAVIER Más dinero a la basura.
JAVIER En el fondo, le he ahorrado dinero a esta familia.
ELENA Cuidado, que tenemos a Warren Buffett en la cocina.
ELENA Nos has ahorrado tanto dinero que ahora tenemos seiscientos euros menos.
JAVIER Es una inversión en tranquilidad.
JAVIER Tú viajas tranquila.
JAVIER El niño viaja tranquilo.
JAVIER Yo conduzco tranquilo.
JAVIER Incluso Paco el del taller está tranquilo.
ELENA Sobre todo Paco.
ELENA Paco estará ahora mismo almorzando un bocadillo de calamares a nuestra salud.
JAVIER Paco me hizo descuento, que conste.
JAVIER Me regaló el equilibrado y el paralelo.
ELENA Qué detalle.
ELENA Seguro que a Leo le hace mucha ilusión cuando se gradúe en el instituto y en lugar de pagarle un viaje de fin de curso le demos el recibo del equilibrado y el paralelo de Paco.
JAVIER Si quieres lo enmarcamos.
Javier da unos pasos y se sienta en la silla frente a ella.
El tono de la discusión ha bajado de decibelios.
Ahora es una negociación de trincheras.
JAVIER Elena.
JAVIER Mírame.
Elena levanta la vista.
Sus ojos se encuentran.
Hay cansancio en ambas miradas.
El cansancio de la clase trabajadora que hace malabares cada mes.
JAVIER No me gusta haber sacado el dinero.
JAVIER De verdad que no.
JAVIER Me sentí como una rata entrando en la app del banco.
JAVIER Poniendo la clave.
JAVIER Viendo cómo el saldo de la cuenta infantil bajaba.
JAVIER Pero te juro que no vi otra salida.
JAVIER Me agobié.
JAVIER Pensé en el niño yendo ahí atrás, en su sillita.
JAVIER Pensé en lo que pasaría si un día pego un frenazo y el coche no responde.
JAVIER Y me entró pánico.
JAVIER Un pánico real.
JAVIER No podía dejarle esas ruedas puestas ni un día más.
Elena escucha.
La sinceridad en la voz de Javier rompe un poco sus defensas.
Ella sabe que él no es un irresponsable.
Es impulsivo, sí.
Y a veces un poco desastre con los números.
Pero quiere a su hijo más que a su propia vida.
ELENA Yo entiendo el miedo, Javi.
ELENA Yo también tengo miedo cada vez que salimos a la carretera.
ELENA Pero ese dinero…
ELENA Ese dinero para mí representa otra cosa.
ELENA Representa la promesa de que él lo tendrá un poco más fácil que nosotros.
ELENA Nosotros empezamos de cero.
ELENA Con lo justo.
ELENA Yo solo quería que él tuviera un colchón.
ELENA Para que cuando tenga dieciocho años y quiera hacer algo grande, no le digamos que no porque no nos llega el sueldo.
Javier asiente lentamente.
Extiende una mano sobre la mesa.
Toca la mano de Elena suavemente.
JAVIER Y lo tendrá.
JAVIER Te prometo que lo tendrá.
JAVIER Queda mucho tiempo, Elena.
JAVIER Repondremos ese dinero.
JAVIER Pero para que él tenga un futuro brillante, primero tenemos que asegurarnos de que llegue entero al presente.
JAVIER Paso a paso.
JAVIER Kilómetro a kilómetro.
JAVIER Con buena adherencia en el asfalto.
Elena mira la mano de Javier sobre la suya.
Suelta un suspiro largo y profundo.
Toda la tensión abandona su cuerpo, dejándola agotada.
ELENA Madre mía, Javi.
ELENA Tienes una forma de darle la vuelta a las tortillas que deberías dedicarte a la política.
JAVIER En la política se gana más.
JAVIER Igual me lo pienso para reponer el fondo del niño.
ELENA No digas tonterías.
Elena retira la mano suavemente, pero sin enfado.
Abre el portátil de nuevo.
La pantalla del Excel vuelve a iluminarles el rostro.
ELENA A ver, señor pragmático.
ELENA Si metemos cincuenta euros tuyos…
ELENA Y yo recorto un poco de la compra semanal…
ELENA Quizás podamos reponer los seiscientos en diez meses en lugar de doce.
JAVIER ¿Recortar de la compra?
JAVIER ¿Eso qué significa?
JAVIER ¿Vamos a comer arroz blanco con tomate hasta Navidad?
ELENA Significa menos cervezas de marca, menos caprichos en la charcutería y menos chorradas.
JAVIER Adiós a mi jamón serrano del bueno.
ELENA Es el precio a pagar por ser el Robin Hood del taller.
JAVIER Sacrificio aceptado.
JAVIER Pero el café no me lo toques, que si no rindo en el trabajo me despiden y entonces sí que la liamos.
ELENA El café se queda.
ELENA Pero te lo preparas en casa y te lo llevas en termo.
ELENA Nada de cafeterías abajo en la oficina.
JAVIER Duro, pero justo.
PARTE 4
La paz se ha firmado en la mesa de la cocina.
Una paz precaria, construida sobre hojas de cálculo y promesas de ahorro.
Javier se levanta para lavar su taza en el fregadero.
El agua corre arrastrando los restos de su café amargo.
El ruido del agua es reconfortante.
Es el sonido de la normalidad volviendo a la casa.
De pronto, un ruido de patitas corriendo por el pasillo irrumpe en la escena.
Es Leo.
Seis años de energía inagotable, pijama de Spiderman y pelo revuelto.
Entra en la cocina derrapando en calcetines.
Casi choca contra la pata de la mesa.
LEO ¡Mamá, papá!
ELENA ¡Cuidado, bicho, que te matas!
JAVIER Frena, fitipaldi, que vas sin ABS.
Leo se agarra a las piernas de Javier.
Lo mira con ojos enormes y brillantes.
LEO ¿Me lleváis al parque de las colchonetas hoy?
Javier y Elena cruzan una mirada.
El parque de las colchonetas.
Ese paraíso infantil que cuesta quince euros la hora por niño.
Quince euros que ahora mismo, en la economía familiar ajustada por el “Caso Neumáticos”, suponen un roto en el presupuesto semanal.
Elena mira a Javier.
Le cede el turno de palabra con un gesto de cabeza.
Como diciendo: “Tú has causado este agujero, tú se lo explicas”.
Javier se agacha hasta quedar a la altura de su hijo.
Le revuelve aún más el pelo.
JAVIER A ver, leoncito.
JAVIER Hoy el parque de las colchonetas va a estar cerrado por mantenimiento.
LEO ¿Mantenimiento?
JAVIER Sí. Están revisando los muelles.
JAVIER Para que sea muy seguro.
JAVIER La seguridad es lo primero, ¿verdad?
Leo asiente, aunque no parece muy convencido.
LEO ¿Y qué vamos a hacer entonces?
JAVIER Vamos a hacer algo mucho mejor.
JAVIER Vamos a ir a estrenar las ruedas nuevas del coche.
LEO ¿Ruedas nuevas?
JAVIER ¡Sí! Unas ruedas súper rápidas y súper seguras.
JAVIER Te vas a sentar atrás, y vamos a ir por la carretera haciendo curvas como si fuéramos un coche de carreras.
JAVIER A la velocidad legalmente permitida, claro.
Javier guiña un ojo a Elena.
Elena rueda los ojos, pero sonríe.
LEO ¡Bieeeeen!
LEO ¿Y a dónde vamos a ir con el coche?
Javier se queda en blanco.
No había pensado tan lejos.
Busca ayuda en la mirada de Elena.
Elena suspira con resignación y cariño.
ELENA Vamos a ir al pueblo, a ver a los abuelos.
ELENA Y a comer en su casa.
JAVIER ¡Exacto! ¡A gorronear… digo, a disfrutar de la paella de la abuela!
JAVIER Planazo.
JAVIER Gratis, seguro y en familia.
Leo da un salto de alegría.
LEO ¡Paella!
Sale corriendo de la cocina de nuevo.
Derrapa otra vez en la curva del pasillo.
Se oye un leve golpe y un “¡Uy, estoy bien!”.
Javier se pone de pie.
Se ríe por lo bajo.
JAVIER Ves.
JAVIER Está feliz.
JAVIER No necesita la universidad ahora mismo.
JAVIER Necesita la paella de su abuela.
ELENA No te acostumbres, Javi.
ELENA El plan de austeridad empieza hoy mismo.
ELENA Y mañana te bajas el termo al trabajo.
JAVIER Sí, mi sargenta financiera.
Javier se acerca a Elena.
Le da un beso rápido en la coronilla.
JAVIER Gracias por no matarme.
ELENA Aún estoy a tiempo.
ELENA Tengo el seguro de vida a tu nombre.
ELENA Si te asfixio con la almohada esta noche, igual recupero los seiscientos euros y me sobra para un crucero.
JAVIER Esa es la Elena que yo conozco.
JAVIER Calculando la rentabilidad de mi defunción.
ELENA Anda, vete a ducharte.
ELENA Que si llegamos tarde, mi madre se enfada y la paella se pasa.
Javier sale de la cocina.
Elena se queda sola unos instantes.
Vuelve a mirar la pantalla del ordenador.
El Excel con los números en rojo.
Los mira durante unos segundos.
Luego sonríe.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
Cierra el portátil.
Se levanta.
Recoge las tazas vacías de la mesa.
Mientras enjuaga la loza, mira por la ventana.
El coche está aparcado abajo, en la calle.
Las ruedas negras y relucientes destacan bajo la luz de la mañana.
Nuevas.
Con un dibujo perfecto y profundo.
Lisas y listas para agarrarse al asfalto.
Elena suspira.
Se seca las manos con un paño de cocina.
Sale de la cocina.
Camina por el pasillo.
Grita hacia el baño, donde ya se escucha el agua de la ducha.
ELENA ¡Oye, Javi!
JAVIER (Desde la ducha) ¡Dime!
ELENA ¡Acuérdate de echar gasolina!
ELENA ¡Que me dejaste el coche en la reserva el martes!
JAVIER ¡La pago con la tarjeta de puntos!
Elena niega con la cabeza sonriendo.
La vida en familia.
Un constante equilibrio entre el futuro, las emergencias, y las pequeñas trampas del presente.
Al final del día, están sanos, tienen ruedas nuevas, y la paella de la abuela les espera.
Y el fondo del niño…
El fondo del niño se recuperará.
Cincuenta euros a cincuenta euros.
Termo de café a termo de café.
Porque en esta casa, puede que a veces falte dinero.
Pero lo que nunca falta es capacidad para sobrevivir al siguiente bache.
Y ahora, con buenas ruedas, aún mejor.