La noche en aquel quinto piso de la calle Fuencarral no era precisamente una oda al descanso. El verano madrileño, ese que se pega a las sábanas como si tuviera un contrato de exclusividad con el algodón, se negaba a dar tregua. Paco estaba en esa fase del sueño que él llamaba “el limbo del lince”, un estado donde no sabes si estás vivo, muerto o simplemente esperando a que el despertador te dé el tiro de gracia. A su lado, Lola dormía con la precisión de un reloj suizo, o al menos eso parecía hasta que el ventilador de torre, un aparato ruidoso que compraron en las rebajas y que vibraba más de lo que enfriaba, decidió emitir un chasquido metálico.
Fue en ese preciso instante de calma tensa, a las tres y catorce minutos de la madrugada, cuando el teléfono de Paco decidió cobrar vida. No fue un tono de llamada discreto, no. Paco, que para la tecnología era un peligro público, había configurado por error un fragmento de una jota aragonesa a todo volumen que le había pasado su cuñado “por las risas”. El estruendo de las bandurrias cortó el aire estancado de la habitación como una motosierra en una biblioteca.
—¡Hostia! —exclamó Paco, pegando un brinco que casi lo manda directo al pasillo sin pasar por la puerta.
Lola no se despertó: se activó. Fue como ver a un soldado de élite reaccionando a una emboscada. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en un ligero reproche nocturno, mientras buscaba con la mano el interruptor de la lamparita de noche, esa que tenía una pantalla de tela que acumulaba polvo desde la Expo del 92.
—¿Pero qué es eso, Paco? ¿Nos están invadiendo? —preguntó ella con la voz todavía pastosa, pero con un filo de acero que Paco reconoció al instante.
—El móvil, Lola, el móvil… —balbuceó él, tanteando la mesilla con la torpeza de un pulpo en un garaje—. No sé quién coño… espera… que no lo encuentro.
El teléfono seguía berreando la jota. “La Virgen del Pilar diceeee…”, tronaba el altavoz mientras Paco, finalmente, logró atrapar el aparato, que resbalaba entre sus dedos sudados. La luz de la pantalla, configurada al máximo de brillo, le impactó en las retinas como un flash de la policía científica. Se quedó medio ciego un segundo, parpadeando con desesperación.
—¡Apaga eso ya, por el amor de Dios, que vas a despertar a la del cuarto y ya sabes cómo se pone con el tema de la comunidad! —siseó Lola, incorporándose y cruzándose de brazos.
Paco, con el corazón a doscientas pulsaciones, consiguió deslizar el dedo por la pantalla. En lugar de colgar, que era su intención inicial, el pánico le hizo aceptar la llamada. Se llevó el teléfono a la oreja con un gesto mecánico, casi defensivo.
—¿Diga? —soltó con un hilo de voz, intentando sonar lo más normal posible dentro de la surrealista situación de estar en calzoncillos a las tres de la mañana hablando con un desconocido.
Del otro lado llegó un silencio breve, seguido de una voz que Paco no alcanzó a identificar del todo, o que quizás prefirió no identificar en ese momento de confusión absoluta. Fue una frase corta, apenas un murmullo que se perdió entre las interferencias de la mala cobertura del dormitorio. Lola, mientras tanto, lo observaba como un halcón. No perdía detalle de la mandíbula de su marido, que se movía con una mezcla de nerviosismo y somnolencia.
—Sí… no, no… —decía Paco—. Ya, bueno. Escucha, que no son horas, ¿sabes? Que estamos aquí… en fin. Vale. Pues nada. Mañana te veo. Venga. Adiós.
Colgó. El silencio que siguió fue mucho más ensordecedor que la jota aragonesa. Fue un silencio espeso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra. Paco dejó el teléfono sobre la mesilla, boca abajo, como si fuera una granada que pudiera estallar en cualquier momento, y evitó mirar a su mujer. Se recolocó la almohada con una parsimonia sospechosa, intentando hacerse el sueco.
—¿Quién llama a esta hora, Paco? —La pregunta de Lola no fue una pregunta. Fue un acta de acusación.
Paco suspiró, cerrando los ojos con fuerza, esperando que por algún milagro de la física el sueño volviera a atraparlo y lo sacara de allí. Pero Lola seguía ahí, inmóvil, emanando una energía que podría haber alimentado a media ciudad de Madrid.
—Número equivocado, Lola. Un despistado. O un bromista de esos que no tienen nada mejor que hacer. Yo qué sé —respondió él, tratando de que su tono fuera el de alguien que está profundamente aburrido por la interrupción.
—¿Número equivocado? —repitió ella, arqueando una ceja con una precisión geométrica—. Paco, te he estado mirando la cara. Te has puesto del color de una pared recién encalada. A un número equivocado se le dice “se ha equivocado usted” y se cuelga. No se tiene una tertulia literaria.
—¿Qué tertulia, mujer? Si apenas he dicho cuatro palabras. Ha sido un malentendido. El tío pensaba que yo era un tal… qué sé yo, un tal Julián.
Lola se acercó un poco más. El espacio personal de Paco en la cama de matrimonio se redujo drásticamente. Él podía oler el aroma a crema de noche de Lola, un olor que normalmente le resultaba relajante, pero que ahora le parecía el perfume del juicio final.
—Entonces —continuó Lola, bajando el tono de voz a ese nivel de calma que es mucho más peligroso que cualquier grito—, si era un número equivocado, si tú no conoces a ese tal “Julián” y él no te conoce a ti… ¿por qué cojones le has dicho “mañana te veo”?
Paco tragó saliva. Se oyó el “cloc” en su garganta. En su mente, las neuronas estaban corriendo de un lado a otro buscando una salida de emergencia que no existiera. Se rascó la nuca, buscando tiempo, mirando al techo como si las respuestas estuvieran escritas en el gotelé.
—Educación, Lola. Por pura educación —soltó finalmente, convencido de que esa era la mejor defensa posible.
—¿Educación? —Lola soltó una carcajada seca, carente de cualquier ápice de alegría—. ¿Me estás diciendo que le has dado cita a un desconocido que te despierta a las tres de la mañana con una jota, solo porque eres el embajador de la cortesía en España?
—Mira, Lola, uno no puede ser borde así de primeras. El hombre parecía confuso, estaba apurado… yo qué sé, me ha salido solo. Es una frase hecha, como cuando dices “hasta luego” al del ascensor aunque no pienses volver a verlo en tu vida. Es una forma de cerrar la conversación sin ser un cafre.
Lola se quedó mirándolo fijamente. Paco intentó mantenerle la mirada, pero acabó fijándose en una mancha de humedad en la esquina del techo que tenía forma de la península ibérica. La tensión crecía. El ventilador seguía con su “clac-clac-clac”, marcando los segundos de un combate que solo acababa de empezar.
—Mañana te veo —susurró Lola para sí misma, paladeando las palabras como si fueran veneno—. Mañana te veo… Pues sabes qué, Paco, que tienes razón. La educación es lo primero. Y mañana tendrás un divorcio educadamente.
—¡Pero Lola, por favor! ¡No digas tonterías!
—¿Tonterías? Cortaste la llamada… y casi has cortado el matrimonio, chaval. Porque a mí no me vas a tomar por tonta a estas alturas de la película. O me cuentas quién era ese “mañana te veo” o mañana mismo estoy llamando a mi hermano el abogado, que ya sabes que te tiene unas ganas locas desde que le rompiste la barbacoa.
Paco se tapó la cara con las manos. Sabía que la noche iba a ser muy, muy larga.
Parte 2: El arte de la excusa imposible
Paco sabía que estaba en un callejón sin salida, uno de esos que en Madrid terminan en una tapia o en una administración de lotería cerrada. La mención al hermano de Lola, Ramón “el Tiburón”, un abogado penalista que veía delitos hasta en un anuncio de compresas, le produjo un escalofrío que no lograba mitigar el ventilador. Ramón siempre había pensado que Paco era “poco” para su hermana, una especie de error administrativo en la vida de Lola que él estaba deseando subsanar con un buen fajo de papeles legales.
—Lola, cariño, escúchame un segundo —intentó Paco, incorporándose también y tratando de poner su cara de “buen marido que nunca ha roto un plato”—. Vamos a razonar. Son las tres y veinte de la mañana. El cerebro a esta hora no funciona como en una oficina de seguros. El cerebro a esta hora es un puré de patatas. Me llama un tío, me dice que si soy el del taller, o el de la mudanza, yo qué sé lo que me ha dicho con el ruido de las bandurrias… y yo, para que me deje en paz y poder seguir soñando que ganaba el Euromillones, le digo lo primero que me viene a la boca.
—Lo primero que te viene a la boca es “mañana te veo” —sentenció Lola, que ya se había bajado de la cama y estaba buscando sus zapatillas de andar por casa, esas con pompones que Paco odiaba pero que ahora le parecían el calzado de una jueza del Tribunal Supremo—. Paco, si te llama un desconocido, le dices: “Oiga, que se ha equivocado, que son las tres de la mañana, váyase usted a la porra”. No le das esperanzas de un reencuentro.
—¡Que no son esperanzas! —exclamó Paco, olvidando por un momento la discreción que le pedía la vecina del cuarto—. Es una convención social. Como cuando te dicen “que aproveche” y tú respondes “igualmente” aunque el otro no tenga plato delante. ¡Es automatismo puro! ¡Inercia de ciudadano civilizado!
Lola caminó hasta la cómoda y encendió la luz principal de la habitación. El resplandor de la bombilla de bajo consumo, que tardaba unos segundos en alcanzar su máxima potencia, bañó la estancia con una luz amarillenta y deprimente. Paco se encogió, sintiéndose como un sospechoso bajo el foco de una sala de interrogatorios de la Interpol.
—Civilizado —repitió Lola con sarcasmo—. Eres tan civilizado que hasta quedas con tus amantes a deshoras bajo el código de “número equivocado”. ¿Quién es, Paco? ¿Es la del gimnasio? ¿Esa que te saludó el otro día con demasiada efusividad en el pasillo del papel higiénico del Mercadona?
—¿La del gimnasio? Pero si yo no voy al gimnasio desde que se inauguraron las Olimpiadas de Barcelona, Lola. Aquel día me apunté y me borré a la media hora porque me dio un tirón en el abductor solo de ver las pesas. ¡No me inventes historias de espionaje!
—Entonces es alguien del trabajo. Alguna “compañera” que necesita que le expliques las hojas de cálculo a las tres de la mañana. “Mañana te veo”, claro. En la fotocopiadora, supongo. Entre tóner y tóner, un poquito de “educación”, ¿no?
Paco se levantó de la cama, envuelto en una sábana como si fuera un senador romano en decadencia.
—No hay ninguna compañera. En mi oficina somos seis tíos y una señora que se jubila el mes que viene y que me llama “el del flequillo” porque se niega a aprenderse mi nombre. ¡No hay trama, Lola! ¡No hay conspiración! Ha sido un error humano. Un tío marca mal, yo contesto mal, y el mundo explota. ¿Por qué siempre tenemos que llegar al divorcio por cualquier chorrada?
—¿Chorrada? —Lola se plantó frente a él, con los brazos en jarras. A pesar de llevar un camisón con un dibujo de Piolín que ponía “Hoy no es mi día”, imponía un respeto absoluto—. Una llamada a medianoche no es una chorrada. Es el síntoma de una vida paralela. ¿Sabes lo que pasa? Que esto me recuerda a lo de tu primo Ernesto.
—¡Oh, no! ¡A Ernesto no lo metas en esto! —suplicó Paco, sabiendo que el caso de su primo era el ejemplo favorito de Lola para ilustrar la bajeza moral masculina.
—Ernesto empezó igual —prosiguió Lola, ignorándolo—. “Es una llamada de la compañía del gas, Lola”, decía. “Es que me ofrecen una tarifa nocturna”, juraba el muy cínico. Y al final, la “tarifa nocturna” se llamaba Vanesa y vivía en Alcorcón. Pues conmigo no va a pasar, Paco. Yo no soy como mi prima Paqui, que se traga todo lo que le echan. Yo tengo dignidad. Y tengo el teléfono de Ramón en marcación rápida.
Paco empezó a sudar de verdad. No era el calor madrileño, era el sudor frío de la desesperación. Intentó un acercamiento táctico. Dio un paso hacia ella, con las manos abiertas, en plan son de paz.
—Cariño, amor mío, luz de mi vida… piénsalo fríamente. Si yo estuviera ocultando algo, ¿crees que tendría de tono de llamada una jota aragonesa que se oye hasta en la sierra de Guadarrama? ¿Crees que respondería delante de ti y diría algo tan evidente? Si fuera un ligue, lo tendría en silencio, o con un nombre falso como “Talleres Manolo” o “Seguros Ocaso”. ¡Soy tonto, pero no tanto!
Lola pareció dudar un milisegundo. Sus ojos analizaron la lógica de Paco. Era un argumento sólido. Paco era, efectivamente, un hombre poco dado a la sofisticación en el engaño. Sus mentiras solían ser del tipo “no he visto ese paquete de donuts” mientras tenía azúcar glass en la comisura de los labios.
—Eso es lo que tú quieres que yo piense —replicó Lola, recuperando el terreno perdido—. La técnica de la “ocultación a plena vista”. Te haces el torpe, te pones un tono de llamada ridículo y así, cuando te pillan, usas la excusa de la educación. Es brillante, Paco. Casi parece que hayas usado más de dos neuronas para planearlo.
—¡Que no he planeado nada! ¡Que quiero dormir! —gritó Paco, dejándose caer de nuevo en la cama con un estrépito de muelles viejos—. Mañana tengo que entregar el informe de los activos, Lola. El de los activos. ¡Y a este paso voy a entregar el acta de defunción!
—Pues enséñame el móvil.
La frase cayó como una losa. Paco se quedó helado. No porque tuviera algo que ocultar en el sentido romántico, sino porque su móvil era un caos de grupos de WhatsApp de antiguos alumnos de EGB, memes de dudoso gusto, búsquedas en Google sobre “por qué me duele el dedo gordo si no me he golpeado” y, lo más peligroso, una aplicación de apuestas deportivas donde se había gastado veinte euros el domingo pasado sin decirle nada a Lola.
—¿El móvil? —preguntó Paco, con un tono ligeramente más agudo de lo habitual.
—Sí. El móvil. Ahora mismo. Desbloquéalo y enséñame quién te ha llamado. Si es un número desconocido, te creeré. Si es “Pepi la del gimnasio”, ya puedes ir buscando sitio en el sofá. Bueno, qué digo en el sofá… en la pensión de la esquina.
Paco miró el aparato. El rectángulo negro parecía ahora un portal a una dimensión de problemas infinitos. La “educación” le estaba saliendo muy cara.
Parte 3: El juicio del registro digital
Paco agarró el teléfono con la punta de los dedos, como si fuera una sustancia radiactiva. Sabía que en cuanto desbloqueara ese aparato, su vida pasaría a ser de dominio público. No es que tuviera a una “Vanesa de Alcorcón” escondida entre los contactos, pero el historial de navegación de un hombre de cuarenta y tantos años es algo que ninguna esposa debería ver si quiere mantener el respeto por su cónyuge.
—¿A qué esperas? —preguntó Lola, que ahora se había sentado en el borde de la cama, cruzada de hombros, con la mirada de un fiscal que sabe que el acusado se va a derrumbar—. ¿Necesitas que te traiga las gafas de cerca o es que estás esperando a que el registro de llamadas se borre por arte de magia?
—No, no, es que… tiene poca batería —mintió Paco con una torpeza digna de estudio—. A ver si se va a apagar justo cuando lo abra y vas a pensar que lo he hecho a posta.
—Paco, tiene un 64 por ciento de batería. Lo veo desde aquí. Dale al botón de una vez.
Paco suspiró y puso el dedo en el sensor de huella. El teléfono vibró y la pantalla de inicio mostró una foto de su perro, un caniche con cara de pocos amigos que Lola insistía en vestir con jerséis de lana en invierno. Paco deslizó el dedo hacia la aplicación de teléfono. Sus manos temblaban un poco. No por culpa, sino por la presión psicológica de ser juzgado por un “mañana te veo” soltado en un momento de cortocircuito mental.
—Aquí está —dijo Paco, tendiéndole el móvil como quien entrega las llaves de una ciudad rendida—. Mira. Número desconocido. ¿Ves? No tiene nombre. Son solo números.
Lola le arrebató el aparato y se lo acercó a la cara. Entornó los ojos, analizando la lista de llamadas recientes.
—Tres y catorce de la madrugada. Llamada entrante. Duración: cuarenta y dos segundos —leyó Lola en voz alta, como si estuviera dictando una sentencia—. Cuarenta y dos segundos, Paco. En cuarenta y dos segundos da tiempo a decir que se han equivocado, a pedir perdón, a colgar, y a que te dé tiempo a arrepentirte de haber nacido. ¿Qué estuviste haciendo los otros treinta y ocho segundos?
—¡Te lo he dicho! ¡Escuchar! —exclamó él, levantando los brazos—. El tío no paraba de hablar. Que si era lo de la caldera, que si mañana a primera hora se pasaba para verlo… ¡Yo qué sé! Estaba medio frito. Solo quería que se callara. Por eso le dije lo de “mañana te veo”, para que colgara y me dejara volver al limbo del lince.
Lola no parecía convencida. Empezó a deslizar el dedo por la pantalla, bajando por el historial. Paco sintió que el corazón se le salía por la boca. “Por favor, que no vea el grupo de los del fútbol, por favor, que no vea el meme del político en el váter”, rogaba internamente.
—¿Y este número que te llamó ayer a las seis de la tarde? —preguntó ella, señalando una entrada.
—Ese es el del seguro del coche, Lola. Me llamaron para lo de la póliza. ¡No me hagas un tercer grado de toda la semana!
Lola devolvió la atención al número de las tres de la mañana. Se quedó pensativa. Luego, con un movimiento rápido que Paco no pudo prever, pulsó el botón de “Llamar”.
—¡Pero qué haces! —gritó Paco, intentando recuperar el móvil—. ¡Que son las tres y media! ¡Vas a llamar a un loco!
—Si es un número equivocado, no contestará. Y si contesta, sabremos quién es “mañana te veo” —dijo ella con una frialdad que asustaría a un esquimal.
El teléfono empezó a dar tono. Pi… pi… pi… Cada pitido era una punzada en el estómago de Paco. Se imaginó a un psicópata al otro lado, o peor aún, a un jefe enfadado, o a un vecino con ganas de juerga. El silencio de la habitación era total, solo roto por el sonido de la llamada en manos libres.
—¿Diga? —Una voz masculina, ronca y claramente irritada, sonó al otro lado.
Lola se quedó petrificada. No esperaba que contestaran tan rápido. Paco, aprovechando el desconcierto, se acercó al teléfono.
—¿Quién es? —preguntó la voz—. ¿Es usted el de la jota? Oiga, que me ha colgado antes cuando le estaba diciendo que lo del camión de la basura no puede ser, que me han dejado el contenedor en medio del vado. ¿Es usted el del ayuntamiento o no?
Lola y Paco se miraron. La cara de Lola pasó del modo “detective privado” al modo “tierra trágame” en cuestión de milisegundos. El hombre al otro lado seguía despotricando.
—¡Mire, Julián, o como se llame! Me han dado su número en la asociación de vecinos. Me ha dicho usted antes que “mañana nos vemos”, pues espero que sea verdad, porque como mañana el contenedor siga aquí, voy a llamar a la patrulla verde y se va a enterar usted de lo que es un vado ocupado. ¡Educación me dice! ¡Educación es no dejar los trastos en la puerta de los demás! ¡A pastar!
Click. El hombre colgó con una furia que se sintió a través de las ondas hertzianas.
Un silencio sepulcral volvió a reinar en el dormitorio de la calle Fuencarral. Paco, que había recuperado el color y hasta un poco de orgullo, se cruzó de brazos, imitando la postura que Lola había mantenido durante la última media hora. La sábana, que aún le caía por los hombros como una toga, le daba un aire de filósofo victorioso.
—¿Educación, eh? —dijo Paco, saboreando el momento—. ¿Divorcio educado, Lola? ¿Ramón “el Tiburón” y su barbacoa?
Lola dejó el teléfono sobre la cama como si quemara. Evitó la mirada de su marido y empezó a juguetear con el borde de su camisón de Piolín. El ventilador, infatigable, soltó un “clac” especialmente sonoro, como si también se estuviera riendo de la situación.
—Bueno —murmuró ella—, cualquiera se habría confundido. Un número desconocido a estas horas… y tú con esa respuesta tan ambigua. “Mañana te veo”. Podrías haber dicho: “Se equivoca usted, buen hombre, yo no soy del ayuntamiento”.
—Ya, y tú podrías haber dicho: “Perdona, Paco, por pensar que eres un adúltero internacional cuando en realidad solo eres un pobre hombre que no sabe decir que no a un desconocido enfadado” —replicó él, aunque sin maldad, más bien con el alivio del que se ha librado de la guillotina por un error en el papeleo.
Lola suspiró y se volvió a meter en la cama, tapándose hasta la nariz.
—Apaga la luz, Paco. Y mañana… mañana ni nos vemos ni nos hablamos hasta que me tome el tercer café. Qué nochecita, Virgen del Pilar…
Paco se acercó al interruptor. Antes de apagar, miró su móvil. Tenía una notificación de la aplicación de apuestas. Había perdido cinco euros en un partido de la liga australiana. Pensó que, dadas las circunstancias, era un precio pequeño a pagar por mantener la paz conyugal.
Parte 4: El cierre de la medianoche
La luz se apagó, pero la oscuridad no trajo consigo el sueño inmediato. El ambiente seguía cargado con la electricidad estática de la discusión y el calor persistente que no daba tregua. Paco se acomodó en su lado de la cama, sintiendo que cada músculo de su cuerpo se relajaba tras el estrés del interrogatorio. Sin embargo, su mente, espoleada por el café imaginario de la adrenalina, seguía dando vueltas.
—Lola —susurró Paco al cabo de cinco minutos.
—¿Qué? —respondió ella, con la voz ahogada por la almohada.
—Lo de la educación… lo decía de verdad. Es que mi madre siempre decía que nunca se sabe quién está al otro lado del teléfono. Podría haber sido un cliente potencial, o el presidente de la comunidad, o… yo qué sé, un secuestrador que se ha equivocado de víctima y al que conviene tener contento.
Se oyó un bufido desde el otro lado de la cama.
—Paco, cállate. Tu madre también decía que comer sandía de noche te ponía la cara verde y aquí estamos, vivos de milagro después de veinte años de cenas de verano. Duérmete de una vez.
—Es que me he quedado pensando en el pobre hombre del vado —continuó Paco, ignorando la orden—. Mañana me va a estar esperando en algún sitio. He quedado con él, Lola. He dado mi palabra de caballero. “Mañana te veo”, le dije. Ahora soy un mentiroso para un señor desconocido que tiene un problema con un contenedor. Mi reputación en el barrio está por los suelos.
Lola se dio la vuelta bruscamente, encarando a Paco en la penumbra. Sus ojos, aunque cansados, todavía conservaban un brillo de ironía.
—Tu reputación, Paco, está exactamente donde estaba hace una hora: en el mismo sitio que tu sentido común. ¿Sabes lo que va a pasar mañana? Que el señor del contenedor se despertará, se dará cuenta de que llamó a un Julián que no existe y se pondrá a gritarle a otro pobre desgraciado. Y tú estarás en la oficina, peleándote con la hoja de Excel, intentando no quedarte dormido encima del teclado por culpa de tu “educación”.
—Supongo que tienes razón —admitió él, dejando escapar un bostezo que parecía no tener fin—. Pero reconóceme que lo del divorcio ha sido un poco exagerado, ¿no? Un poco… dramático. Muy de telenovela de las cuatro de la tarde.
—Ha sido proporcional a la jota aragonesa —sentenció Lola—. Si me despiertas con música de banda a las tres de la mañana para citarte con desconocidos, lo mínimo que puedes esperar es que empiece a repartir tus camisas entre los pobres. Además, ya sabes cómo es mi hermano Ramón. Estaba deseando estrenar la toga nueva que se compró en las rebajas de El Corte Inglés.
Paco sonrió para sus adentros. A pesar de las peleas, de los celos infundados y de las amenazas de abogados con ganas de barbacoa, sabía que Lola era el único cable a tierra que tenía. Su matrimonio era como ese ventilador viejo: hacía mucho ruido, vibraba demasiado y a veces parecía que iba a salir volando por la ventana, pero al final del día, era lo único que les permitía soportar el calor.
—Oye, Lola… —dijo Paco tras un momento de silencio.
—¿Otra vez? ¿Qué pasa ahora?
—Que si de verdad quieres el divorcio, podemos hacerlo educadamente. Pero me quedo con el perro. Y con la tele del salón.
Lola soltó una carcajada, esta vez auténtica, que rompió definitivamente la tensión que quedaba en el aire.
—Ni muerta te quedas tú con el perro, que no eres capaz de sacarlo a pasear sin que se te pierda el bicho o te pierdas tú. Venga, Paco, duérmete. Mañana será otro día… y espero que sea un día sin llamadas sorpresa.
Paco cerró los ojos, sintiendo que el sueño, por fin, lo reclamaba. Pero justo cuando estaba a punto de cruzar la frontera del descanso, un pensamiento cruzó su mente como un relámpago.
—¡Lola!
—¡¿QUÉ?! —gritó ella, perdiendo la paciencia por completo.
—Que me acabo de acordar… Mañana a las ocho viene el técnico de la caldera. Fue él quien me llamó ayer a las seis. Lo de “mañana te veo” quizá no fue solo por el del contenedor… quizá mi subconsciente se acordaba del de la caldera.
Lola se quedó callada un segundo. Luego, lentamente, se incorporó y lo miró con una mezcla de lástima y resignación.
—Paco —dijo con voz pausada—, la caldera se arregló el mes pasado. El técnico que viene mañana es el de la fibra óptica, porque te cargaste el router intentando limpiar el polvo con un paño húmedo.
Paco se quedó mudo. Se rascó la cabeza, confundido.
—Ah… pues eso. Educación, Lola. Educación ante todo.
Lola se volvió a tumbar, le dio la espalda y se tapó con la sábana hasta las orejas. Paco, derrotado por su propia mala memoria, hizo lo mismo. El silencio volvió a la habitación, solo interrumpido por el rítmico y reconfortante “clac-clac-clac” del ventilador de torre.
Afuera, Madrid empezaba a desperezarse bajo la luz de las primeras farolas del alba. En algún lugar de la ciudad, un hombre indignado seguía esperando a un Julián que nunca llegaría, y en un quinto piso de la calle Fuencarral, un matrimonio sobrevivía a una noche más de malentendidos, jotas aragonesas y amenazas de divorcio que, como siempre, se disolverían con el olor del primer café de la mañana.
Paco sonrió antes de quedarse frito. Al fin y al cabo, había cortado la llamada… y aunque casi corta el matrimonio, al menos había mantenido las formas. Y en este mundo de locos, la educación es lo último que se pierde.
Incluso a las tres de la mañana.