Posted in

La Rosa Negra en los Jardines de la Alhambra

El olor a jazmín y a sangre fresca es una combinación que vuelve loco a cualquier hombre. Mateo lo sabía ahora, arrodillado sobre el mármol frío del Patio de los Leones, con las manos hundidas en un charco carmesí que reflejaba la luz implacable de la luna llena. El agua de la fuente, habitualmente un murmullo poético que había arrullado a los sultanes nazaríes durante siglos, parecía ahora gorgotear con un tono macabro, como si se ahogara en el líquido espeso que se filtraba por los canales de piedra. Frente a él yacía el cuerpo sin vida de don Arturo, el jefe de seguridad del recinto, un hombre robusto que ahora parecía una muñeca de trapo desarticulada. Sus ojos estaban desorbitados, fijos en un terror inenarrable que había paralizado su corazón antes incluso de que su garganta fuera desgarrada. Y allí, descansando con una delicadeza espeluznante sobre los labios pálidos del cadáver, había un solo pétalo de rosa. Un pétalo completamente negro, tan oscuro que parecía absorber la luz de la luna.

Mateo sentía que el aire le quemaba los pulmones. No era la primera vez. Esta era la tercera luna llena. El tercer cadáver. Y, Dios lo perdone, la tercera vez que ella había venido a él.

Un crujido apenas perceptible en la grava de los jardines adyacentes lo hizo girar bruscamente. El terror le heló la sangre, pero no era el miedo a ser descubierto por la policía lo que lo paralizaba; era un miedo mucho más profundo, más antiguo y primitivo. Era el terror de un hombre que se sabe amado por un monstruo. Se limpió las manos ensangrentadas en sus pantalones de pana, temblando incontrolablemente, y se puso en pie. Tenía que esconder el cuerpo. Tenía que limpiar la sangre. Porque si no lo hacía, el mundo descubriría su secreto. El mundo sabría que la misteriosa y seductora mujer de la que se había enamorado perdidamente, la heredera millonaria que se entregaba a él entre los cipreses de la Alhambra, era la heraldo de la muerte. Su amor estaba regando los jardines con sangre humana. Cada beso de sus labios fríos costaba una vida. Cada caricia bajo el resplandor plateado de la luna exigía un sacrificio.

El viento sopló a través de los arcos mudéjares, trayendo consigo un susurro que no era del viento. Era su nombre. «Mateo…». Una voz de terciopelo y sombra, dulce como el veneno más refinado. Ella lo estaba esperando. A solo unos metros de la carnicería, en la oscuridad perfumada del Generalife, Elena lo aguardaba, con su piel de porcelana y sus ojos insondables. Mateo miró el cadáver de Arturo, luego la luna llena y, finalmente, el oscuro sendero que conducía hacia su amante. Un sollozo de desesperación escapó de su garganta. Estaba atrapado en una telaraña de deseo y muerte, y lo peor de todo, la parte más repugnante y aterradora de su alma, era que no quería escapar. Estaba dispuesto a dejar que la Alhambra entera se convirtiera en un cementerio, con tal de tenerla una noche más.

Arrastró el cuerpo de don Arturo hacia las sombras de los arbustos de mirto. Sus músculos se tensaban bajo el peso del peso muerto, la ironía de su profesión golpeándolo con fuerza. Toda su vida había sido un humilde jardinero, un hombre dedicado a dar vida, a podar, a cuidar de las flores y los árboles de este palacio ancestral. Sus manos estaban hechas para la tierra fértil, para la semilla y el brote. Ahora, esas mismas manos se convertían en cómplices del asesino de la guadaña. Mientras ocultaba el cadáver bajo unas ramas cortadas de laurel, la mente de Mateo viajó en el tiempo, arrastrándose hacia el pasado, hacia el día exacto en que las puertas del infierno se abrieron bajo la apariencia de un ángel.

Ocurrió a principios de primavera, cuando los días en Granada comienzan a alargarse y la brisa de Sierra Nevada aún conserva un filo helado. Mateo llevaba quince años trabajando como jardinero principal de la Alhambra. Era un hombre solitario, de cuarenta años, de piel curtida por el sol andaluz y ojos color avellana que reflejaban la paciencia de quien está acostumbrado a observar el lento crecimiento de la naturaleza. Conocía cada rincón de la fortaleza roja, cada leyenda susurrada entre los muros de adobe, cada pasadizo secreto que alguna vez fue recorrido por los emires. Para él, la Alhambra no era un monumento turístico; era su hogar, su santuario, una entidad viva que respiraba a través de sus fuentes y suspiraba a través de sus hojas.

La conoció durante una visita privada exclusiva. Las autoridades del Patronato de la Alhambra a menudo permitían visitas nocturnas para la alta sociedad, diplomáticos o millonarios que pagaban fortunas por tener el palacio para ellos solos bajo las estrellas. Aquella noche, a Mateo se le había ordenado quedarse tarde para asegurar que las fuentes del Patio de la Acequia fluyeran con la presión perfecta y que las antorchas estuvieran encendidas.

Fue entonces cuando la vio. Elena de la Cruz.

Se había separado del grupo de dignatarios y aristócratas. Caminaba sola por los senderos del Generalife, ataviada con un vestido de seda escarlata que ondeaba a su alrededor como una llama líquida. No caminaba; flotaba. Tenía el cabello oscuro como el ala de un cuervo, cayendo en cascada sobre sus hombros blancos. Sus rasgos eran perfectos, casi irreales, con una belleza clásica y atemporal que recordaba a las pinturas de Julio Romero de Torres, pero con un aura de frialdad nórdica. Llevaba joyas discretas pero que delataban una riqueza incalculable.

Mateo estaba podando unos rosales cuando ella se detuvo a su lado. El perfume que emanaba de ella eclipsó por completo el aroma de las flores de primavera. Era una mezcla de almizcle, sándalo y algo más… algo antiguo y embriagador.

—Es un trabajo hermoso, ¿no cree? —dijo ella, con una voz que hizo que el corazón de Mateo diera un vuelco. Su acento era aristocrático, pulido, pero con una resonancia que parecía vibrar directamente en el pecho de él.

—Es un privilegio, señora —respondió Mateo, quitándose humildemente la gorra e inclinando la cabeza. No se atrevía a mirarla directamente a los ojos. Había algo en su presencia que lo intimidaba y lo fascinaba a partes iguales.

—Por favor, llámame Elena. Y no tienes que bajar la mirada ante mí, jardinero de la corte nazarí.

Mateo levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de ella. Eran de un verde tan oscuro que rozaban el negro, profundos como pozos sin fondo. En ese preciso instante, algo se rompió dentro de él. Una barrera invisible, una defensa que había construido durante años de soledad, se derrumbó convirtiéndose en polvo. Sintió una atracción magnética, un tirón visceral y primitivo que le gritaba que cayera a sus pies.

—Conoces todos los secretos de este lugar, ¿verdad? —preguntó Elena, acercándose un paso más. Estaba tan cerca que Mateo podía ver la textura impecable de su piel.

—Conozco la tierra, las plantas y el agua, señorita. Los secretos de las personas que vivieron aquí… esos se los llevaron a la tumba.

Ella sonrió. Una sonrisa lenta, enigmática, que no llegó a sus ojos. —Las tumbas rara vez guardan bien sus secretos, Mateo. A veces, la tierra se abre y devuelve lo que se le ha confiado.

En ese momento, la conversación le pareció poética, propia de una turista rica con inclinaciones románticas por la historia del lugar. No podía imaginar que aquellas palabras eran una profecía macabra. Charlaron durante unos minutos más. Ella le preguntó por flores raras, por los ciclos lunares y cómo afectaban a la savia de los árboles. Mostraba un conocimiento inusual sobre la botánica nocturna. Cuando el guía turístico la llamó desde la distancia, se despidió con una promesa que dejaría a Mateo sin dormir.

Read More