La sangre tiene un olor peculiar. No es a óxido, como dicen los escritores de novelas baratas, ni a cobre puro. Huele a final. Huele a la fracción de segundo exacta en la que un ser humano deja de serlo para convertirse en un objeto inerte, en un recuerdo, en un fantasma. Mateo conocía ese olor demasiado bien. Lo llevaba impregnado en las yemas de los dedos, incrustado en los poros de su piel, alojado en la base de su cráneo desde hacía exactamente siete años, tres meses y catorce días.
El andén de la estación de Barcelona Sants estaba sumido en esa quietud asfixiante que precede a las tormentas de otoño. Las luces fluorescentes parpadeaban, arrojando sombras alargadas y cadavéricas sobre los pocos viajeros que aguardaban el tren nocturno hacia Granada. Mateo ajustó el cuello de su abrigo oscuro, intentando protegerse no del frío, sino de la mirada del mundo. Su billete crujía en el bolsillo de su pantalón, un papel arrugado que representaba su última huida. Huía de los fantasmas de Barcelona, de los callejones del Barrio Gótico donde creía ver sombras con cuchillos, de los ecos de un pasado que se negaba a permanecer enterrado bajo las cenizas de aquella cabaña en los Pirineos.
El tren siseó al detenerse, como una bestia de acero exhalando su último aliento. Vagón 7, Compartimento B. Mateo subió los escalones metálicos con la pesadez de un condenado al patíbulo. El pasillo era estrecho, alfombrado de un rojo burdeos que a Mateo le provocó una náusea instantánea. Todo le recordaba a aquello. Todo le recordaba a la noche en que el mundo se tiñó de rojo, la noche en que la mafia rusa irrumpió en su refugio, la noche en que tuvo que dejar a Elena atrás, consumida por las llamas y el plomo, para poder sobrevivir y proteger el secreto por el que ella había dado la vida.
Entró en el compartimento B. Estaba vacío. Dos literas, una ventana que enmarcaba la oscuridad de la ciudad, y el silencio. Dejó su maleta de cuero gastado en el maletero superior y se dejó caer en el asiento junto a la ventana. Cerró los ojos, preparándose para el viaje de diez horas hacia el sur, hacia Andalucía, donde esperaba que el sol y la lejanía quemaran por fin sus recuerdos.
El tren dio una fuerte sacudida, anunciando su inminente partida. Fue entonces cuando la puerta del compartimento se deslizó con un chasquido metálico.
Mateo abrió los ojos, fastidiado por la interrupción de su frágil soledad.
Y entonces, el corazón se le detuvo. No fue una metáfora. Mateo sintió físicamente cómo el músculo de su pecho dejaba de latir, cómo la sangre se congelaba en sus venas, cómo el aire abandonaba sus pulmones en un vacío absoluto.
Allí, de pie en el umbral del compartimento, luchando con una maleta de ruedas, estaba ella.
Era imposible. Era biológicamente, lógicamente, humanamente imposible. Mateo había visto la cabaña arder. Había visto la sangre de ella manchando la nieve. Había leído el informe forense falsificado, había llorado ante una tumba vacía, había bebido hasta intentar borrar el color de sus ojos de su memoria.
Pero allí estaba. Elena.
Llevaba el cabello más corto, cortado a la altura de la mandíbula, y había abandonado su castaño natural por un rubio ceniza. Su rostro estaba más afilado, marcado por una madurez que no tenía a los veintiséis años. Pero eran sus ojos. Esos inconfundibles ojos de un verde grisáceo, como el mar en un día de tormenta, con esa pequeña mota dorada en el iris izquierdo. Era la curva de sus labios, la forma en que ladeaba ligeramente la cabeza cuando algo le costaba esfuerzo, la pequeña cicatriz en forma de media luna sobre su ceja derecha, un recuerdo de una caída en bicicleta cuando era niña.
El cerebro de Mateo gritaba, fracturándose bajo el peso de la realidad. Es un fantasma, pensó. Me he vuelto loco por fin. La culpa ha devorado la última célula sana de mi cordura.
La mujer logró meter la maleta en el compartimento y suspiró, frotándose las manos frías. Finalmente, levantó la mirada y se encontró con los ojos desorbitados, pálidos y aterrorizados de Mateo.
—Hola —dijo ella.
La voz. Dios mío, la voz. Era un poco más ronca, quizás por el tabaco o por el frío, pero era su voz. Esa voz que le había susurrado “te amo” en la oscuridad, esa voz que había gritado de agonía aquella noche maldita.
Mateo intentó hablar, pero sus cuerdas vocales estaban paralizadas. Emitió un sonido ahogado, un estertor patético.
La mujer le dedicó una sonrisa educada, pero distante. Una sonrisa que se le da a un extraño en un tren. No había reconocimiento en sus ojos. No había amor, ni odio, ni terror. Nada. Solo la cortesía de una viajera.
—Perdona —continuó ella, en un español perfecto pero con un levísimo acento andaluz que Elena jamás tuvo—. ¿Este es el asiento 12? El revisor me ha dicho que mi litera es la de abajo.
—Yo… —la voz de Mateo sonó como cristales rotos siendo pisoteados—. Sí. Es el doce.
—Estupendo. Qué noche hace, ¿verdad? Parece que el cielo se va a caer sobre Barcelona.
Se quitó el abrigo y lo colgó en la percha de la puerta. Llevaba un jersey de cuello alto y unos vaqueros oscuros. Sus movimientos eran fluidos, pero había una ligera rigidez en su hombro izquierdo, precisamente donde Mateo sabía que la había alcanzado la primera bala rusa.
Mateo se aferró a los reposabrazos de su asiento, clavando las uñas en la tela hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El tren comenzó a moverse, deslizándose suavemente fuera de la estación, sumergiéndose en el túnel oscuro que los llevaría fuera de la ciudad. El rítmico traqueteo de las ruedas sobre las vías comenzó a marcar el compás de una pesadilla en vida.
—Soy Lucía, por cierto —dijo ella, sentándose frente a él, a menos de un metro de distancia. Extendió una mano.
Mateo miró esa mano. Era la mano que había sostenido en el altar. La mano que había acariciado su rostro mil veces. La mano de su esposa muerta.
Lentamente, como si estuviera a punto de tocar fuego, levantó su propia mano temblorosa y la estrechó. La piel de ella era cálida. Estaba viva. Su pulso latía bajo la piel.
—Mateo —logró articular.
“Lucía” asintió, sin que el nombre desencadenara absolutamente nada en su expresión. Retiró la mano y sacó un libro de su bolso.
El viaje acababa de empezar, y el compartimento B del vagón 7 se había convertido en una cámara de tortura psicológica, un limbo suspendido a trescientos kilómetros por hora a través de la geografía española.
Las primeras horas del viaje transcurrieron en un silencio insoportable. Las luces de los pueblos de la costa catalana pasaban como estrellas fugaces por la ventana, pintando el rostro de la mujer con destellos de ámbar y plata. Mateo no miraba el paisaje; no podía apartar los ojos de ella. La estudiaba con la desesperación de un náufrago buscando tierra firme. Cada gesto, cada respiración, cada vez que pasaba la página de su libro de misterio.
¿Cómo era posible? ¿Cómo había sobrevivido al fuego? ¿A los disparos de los mercenarios de Volkov? ¿Y por qué se llamaba Lucía?
La mente de Mateo era un torbellino de teorías, a cada cual más descabellada. ¿Era una gemela que Elena nunca le mencionó? Imposible, la cicatriz de la ceja era idéntica. ¿Era una infiltrada, alguien que se había operado el rostro para torturarlo? No, la medicina no podía replicar la mota dorada del iris.
Tenía que ser ella. Y si era ella, ¿por qué no le reconocía?
—¿Vas a Granada por negocios o por placer? —preguntó ella de repente, cerrando el libro y rompiendo el hielo que se había formado en el compartimento.
Mateo tragó saliva, obligándose a componer una máscara de normalidad. Si ella estaba fingiendo, él no podía descubrir sus cartas. Si ella realmente había perdido la memoria, decirle la verdad ahora mismo, en un tren en marcha, podría ser catastrófico.
—Un poco de ambas —mintió Mateo, con la voz más firme—. Necesito un cambio de aires. ¿Y tú?
—Vuelvo a casa —sonrió ella con calidez—. Vivo en el Albaicín desde hace unos años. Fui a Barcelona para una exposición de arte, soy restauradora de pinturas antiguas.
Elena era abogada penalista. El contraste era tan brutal que a Mateo le dio vértigo. La mujer que tenía enfrente, esta “Lucía”, irradiaba una paz y una tranquilidad que Elena nunca tuvo. Elena vivía al límite, metida hasta el cuello en casos de corrupción y lavado de dinero. Fue precisamente esa ambición, esa necesidad de hacer justicia y de desmantelar la red de Volkov, lo que los había condenado a ambos.
—Restauradora… —murmuró Mateo—. Debe ser un trabajo fascinante. Darle una nueva vida a algo que estaba arruinado.
Las palabras salieron de su boca con un doble sentido que le desgarró el alma. Lucía sonrió, asintiendo, ajena al abismo que se abría bajo ellos.
—Sí, lo es. A veces las pinturas sufren daños terribles, fuego, humedad, abandono. Pero si raspas con cuidado la superficie oscurecida, si limpias el dolor de los años… debajo siempre hay una obra maestra que merece la pena salvar. A veces siento que no solo restauro lienzos, sino que reconstruyo historias perdidas.
Cada palabra era un puñal en el pecho de Mateo. Fuego. Dolor. Historias perdidas. ¿Era su subconsciente gritando? ¿O era simplemente una cruel ironía del destino?
Cerca de la medianoche, el revisor pasó a comprobar los billetes y a apagar las luces principales del compartimento, dejando solo una tenue luz azulada de lectura. El tren cruzaba ahora la desolada geografía de la meseta central, un mar de sombras bajo un cielo sin luna.
Lucía bostezó, estirando los brazos.
—Creo que voy a intentar dormir un poco —dijo, sacando una manta ligera de su equipaje—. Ha sido un día muy largo. Buenas noches, Mateo.
—Buenas noches, Lucía.
Ella se reclinó en el asiento, cubriéndose con la manta, y cerró los ojos. La respiración de la mujer se volvió pausada, profunda, rítmica. Mateo permaneció inmóvil en la penumbra, su cerebro trabajando a mil por hora.
El silencio del tren nocturno era denso, solo interrumpido por el rugido sordo del motor y el traqueteo de las vías. Mateo sacó su teléfono móvil, pero no había cobertura. Estaban en medio de la nada.
Miró a la mujer que dormía frente a él. La suave luz azul delineaba sus facciones. El impulso de cruzar el pequeño espacio, agarrarla por los hombros y gritarle “¿No me recuerdas? ¡Soy yo, Mateo! ¡Tu marido!” era casi incontenible. Quería llorar sobre su regazo, pedirle perdón mil veces por no haber podido protegerla, por haber huido como un cobarde cuando la cabaña comenzó a arder.
Flashback.
El olor a madera quemada y a pólvora invadió la memoria de Mateo. Volvió a verse siete años atrás, en la nieve de los Pirineos oscenses. El frío cortándole la cara. El ruido ensordecedor de los fusiles automáticos rompiendo la paz de la montaña. Los hombres de Volkov los habían encontrado. Elena había descubierto la prueba definitiva: un disco duro con los nombres de los políticos que protegían la trata de personas en la costa mediterránea.
Mateo recordó la puerta de la cabaña volando en pedazos. Recordó a Elena empujándolo hacia la trampilla del sótano que daba al bosque. “¡Lévate el disco, Mateo! ¡Huye! ¡Si te cogen, todo habrá sido en vano!”, le había gritado ella, mientras desenfundaba su propia arma, lista para ganar tiempo.
Mateo había caído por la trampilla. Había corrido por la nieve profunda. A los pocos metros, un disparo, un grito desgarrador de mujer, y luego, el silencio. Miró hacia atrás y vio la cabaña arder en llamas gigantescas, devorando todo el lugar, borrando cualquier evidencia de vida. El humo negro se elevaba hacia el cielo nocturno como un monumento a su fracaso. Mateo había sobrevivido, sí. Entregó el disco duro al CNI de forma anónima, Volkov fue arrestado misteriosamente semanas después, pero el precio había sido su propia alma.
Fin del Flashback.
Mateo se secó una lágrima solitaria que le resbalaba por la mejilla. La culpa era un ácido que llevaba años corroyéndole por dentro. Y ahora, el destino o Dios, en un acto de sadismo supremo, le había devuelto a su esposa envuelta en un envase nuevo, sin memoria, sin trauma, sin él.
De repente, la respiración de Lucía cambió. Se volvió agitada, entrecortada. Su cabeza comenzó a moverse de un lado a otro sobre el respaldo del asiento. Estaba soñando. Una pesadilla.
Mateo se inclinó hacia adelante, alarmado.
La frente de ella se perló de sudor. Sus manos se aferraron con fuerza a los bordes de la manta, como si estuviera agarrándose a la vida misma.
—No… —murmuró ella en sueños. Su voz era apenas un hilo, pero en la silenciosa cabina del tren, sonó como un trueno—. No… por favor… quema… quema mucho…
A Mateo se le heló la sangre. El fuego. Estaba recordando el fuego de la cabaña.
El pánico se apoderó de él. ¿Debía despertarla? ¿Debía dejarla pasar por el trance?
Y entonces, ocurrió.
Los labios de la mujer temblaron, y de su garganta brotó un susurro agónico, desesperado, cargado de un terror abismal:
—Mateo… corre… Mateo…
El nombre estalló en la mente del hombre. No dijo “Lucía”, ni “ayuda”. Dijo su nombre. En las profundidades insondables de su subconsciente herido, Elena seguía allí, atrapada en el último segundo de su antigua vida, advirtiéndole, protegiéndole del peligro inminente.
Mateo se levantó de un salto, incapaz de contenerse más. Se arrodilló frente a ella y tomó sus manos temblorosas.
—Elena… —susurró, con la voz rota por el llanto retenido durante siete años—. Elena, estoy aquí. Ya pasó. Estoy aquí.
Al sentir el contacto de las manos de Mateo, los ojos de la mujer se abrieron de golpe. Estaban dilatados, desorientados, llenos de lágrimas. Respiraba con fuerza, como si acabara de salir a la superficie después de estar a punto de ahogarse.
Miró a Mateo, que estaba de rodillas frente a ella, sosteniendo sus manos. Por un microsegundo, Mateo juró ver a Elena en su mirada. Vio el reconocimiento. Vio el amor doloroso.
Pero tan rápido como apareció, esa luz se apagó. La mujer parpadeó rápidamente, confundida, asustada por la proximidad del hombre. Tiró de sus manos, apartándose de él bruscamente y pegándose contra la ventanilla del tren.
—¿Qué… qué haces? —balbuceó Lucía, su voz temblando de miedo—. ¿Por qué me estás tocando?
Mateo se dio cuenta de su error. El muro de la amnesia había vuelto a levantarse. Estaba aterrorizando a una mujer que no tenía idea de quién era él.
—Yo… lo siento —Mateo se apartó rápidamente, levantando las manos en señal de rendición y sentándose de nuevo en su lugar—. Tuviste una pesadilla. Estabas sudando y… y gritando. Solo intentaba despertarte. Lo siento mucho, Lucía. Fui imprudente.
Lucía se frotó la cara, intentando calmar su respiración. Su mirada hacia Mateo ahora estaba teñida de desconfianza.
—Ha sido un sueño horrible —murmuró ella, aún temblando—. Soñé con fuego. Siempre sueño con fuego. Y con mucha sangre blanca… nieve y sangre. Es un sueño recurrente desde el accidente.
Mateo sintió que el suelo del tren desaparecía bajo sus pies. El accidente.
—¿Qué accidente? —preguntó, intentando que su voz sonara casual, como un compañero de viaje preocupado, no como un esposo desesperado.
Lucía lo miró, debatiéndose entre la cautela y la necesidad de desahogarse después del terror nocturno. La intimidad forzada del compartimento del tren parecía empujarla a hablar.
—Hace siete años —comenzó ella, abrazándose a sí misma—, desperté en un hospital de la Cruz Roja cerca de la frontera con Francia. Tenía quemaduras graves en la espalda, el hombro izquierdo destrozado, y un traumatismo craneal masivo. Estuve en coma casi un mes. Cuando desperté… no había nada. Mi mente era un lienzo en blanco. No sabía mi nombre, no sabía quién era, ni cómo había llegado allí. Las autoridades creyeron que estuve involucrada en un accidente de tráfico en la montaña, o que me perdí en una tormenta de nieve y caí en una hoguera. Nadie reclamó mi cuerpo. No llevaba identificación.
Mateo escuchaba en completo silencio. Cada frase era una pieza del puzzle macabro que la vida había construido. Volkov y sus hombres, al creerla muerta en el incendio, debieron huir. Alguien la debió encontrar en la nieve, moribunda, y la llevó al hospital sin hacer demasiadas preguntas, o quizás fue encontrada por una patrulla fronteriza despistada. Al ser un caso de los Pirineos y sin identificación, en medio del caos del desmantelamiento de la mafia que ocurrió poco después, su caso quedó como un simple “Jane Doe” herida.
—¿Y el nombre de Lucía? —logró preguntar Mateo.
—Me lo puso una de las enfermeras que me cuidó. Decía que yo era una “luz” por haber sobrevivido a lesiones tan terribles —sonrió ella con tristeza—. Pasé dos años en rehabilitación. Tuve que aprender a caminar de nuevo, a usar mi brazo. El Estado me asignó una identidad nueva, Lucía Montes. Me ayudaron a formarme como restauradora, porque descubrieron que tenía una habilidad natural para el arte… supongo que la tenía desde antes de perder la memoria.
No. Elena odiaba el arte clásico. Le aburrían los museos. Esta habilidad era nueva, un camino que su cerebro dañado había construido sobre las ruinas de su antigua identidad.
—Es una historia increíble —dijo Mateo, tragando el nudo de su garganta—. Eres una superviviente.
—A veces no se siente así —respondió ella, mirando hacia la oscuridad que pasaba veloz por la ventana—. A veces siento que soy un fantasma habitando el cuerpo de otra persona. Alguien murió en aquella montaña, Mateo. Siento la tristeza de esa mujer, aunque no recuerde su rostro ni su nombre. A veces, en sueños, grito un nombre. Un nombre que no conozco.
Mateo cerró los ojos. Sabía lo que venía.
—¿Qué nombre? —susurró.
—Mateo —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos, sin relacionarlo en absoluto con él. Era un nombre común, al fin y al cabo—. Siempre le pido a ese Mateo que corra. Que huya. Supongo que era alguien a quien yo amaba, y que murió en ese accidente intentando salvarme. Ojalá supiera quién era para poder llevarle flores.
Una lágrima solitaria traicionó a Mateo, cayendo libremente por su mejilla. Lucía la notó y frunció el ceño, confundida por la intensa reacción de aquel extraño del tren.
—¿Estás bien? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante, ahora preocupada por él.
—Sí —mintió Mateo, pasándose la mano por la cara con rudeza—. Es solo que… es una historia muy triste, Lucía. Y yo… perdí a alguien muy importante hace siete años también. De una forma repentina. Tu historia me ha recordado a ella.
La expresión de Lucía se ablandó. La empatía del dolor compartido llenó el espacio entre ellos.
—Lo siento mucho, Mateo. El dolor de perder a alguien de repente… deja un vacío que nunca se llena del todo, ¿verdad?
Él asintió, incapaz de articular palabra.
El tren comenzó a desacelerar ligeramente al entrar en una larga curva. Las agujas del reloj de Mateo marcaban las tres de la madrugada. Quedaban cinco horas para llegar a Granada. Cinco horas para tomar la decisión más importante, cruel y definitiva de su vida.
La encrucijada se presentaba ante él con una claridad aterradora.
Opción A: Reclamar a su esposa. Confesarle todo. Decirle: “Yo soy el Mateo de tus sueños. Tú eres Elena. Eras una abogada brillante. La mafia rusa nos persiguió. Te dejaron por muerta y yo huí pensando que lo estabas”. Si hacía eso, destruiría a Lucía. Destruiría los siete años de paz que esa mujer había construido con tanto dolor. Volvería a infectar su mente con el terror de las balas, la sangre, y el miedo a ser cazada. Peor aún, los restos del cártel de Volkov, que aunque debilitado seguía operando en las sombras desde Europa del Este, podrían enterarse de que Elena seguía viva. Si ella recuperaba su memoria, recuperaría el conocimiento de cosas que aún podrían ponerla en peligro mortal. Reclamarla significaba condenarla de nuevo.
Opción B: Callar. Dejar que el tren llegara a la estación de Granada en la mañana. Ayudarla a bajar su maleta, despedirse con un apretón de manos y ver cómo Lucía, la restauradora pacífica del Albaicín, desaparecía entre la multitud para siempre. Dejarla vivir en su bendita ignorancia, libre del peso del pasado. Sacrificar su propio amor y su propia necesidad de redención para garantizar la seguridad y la felicidad de la mujer que amaba.
Mateo miró a Lucía. Ella había vuelto a cubrirse con la manta y miraba la oscuridad de la ventana, perdida en sus propios pensamientos. Su rostro, iluminado por la luz azul del compartimento, era la imagen misma de una paz duramente ganada.
El traqueteo del tren parecía burlarse de él. Díselo. Calla. Díselo. Calla.
La noche se hizo más densa, más opresiva. Mateo se levantó en silencio y abrió la puerta del compartimento para salir al pasillo del tren. Necesitaba aire, aunque fuera el aire reciclado y frío de los vagones del AVE nocturno.
Caminó hacia la plataforma entre los vagones, donde el ruido del tren era ensordecedor y el viento se filtraba por las juntas de las puertas. Se apoyó contra el cristal frío, mirando hacia la negrura absoluta.
Recordó el olor de su pelo. Recordó cómo Elena se reía cuando él intentaba cocinar y quemaba la comida. Recordó la furia en sus ojos cuando preparaba un caso contra los corruptos, su sed insaciable de justicia. Elena era una guerrera. Lucía era una pacifista. ¿Qué derecho tenía él a asesinar a Lucía para resucitar a Elena?
Pero, por otro lado, ¿no era cruel robarle su verdadera identidad? ¿No merecía Elena saber quién fue, a quién amó, por qué había luchado tan duro hasta dar casi su vida?
Mientras Mateo agonizaba en la plataforma entre los vagones, una figura apareció al final del pasillo del vagón número 8. Era un hombre alto, vestido con un traje gris, que caminaba con paso decidido hacia la puerta automática que separaba los vagones.
Mateo no le dio importancia al principio, pero algo en la forma de moverse del hombre le hizo saltar una alarma en el cerebro, un instinto de supervivencia afilado durante los años de huida.
El hombre pasó al vagón de Mateo. Bajo la dura luz blanca del pasillo de interconexión, Mateo vio un detalle que le heló la sangre más que la aparición de su esposa.
En el cuello del hombre, asomando ligeramente por encima del cuello de su camisa, había un tatuaje. Una doble águila negra cruzada por un alambre de espino.
El sello de la Bratva de Volkov.
El mundo de Mateo pareció detenerse, congelado en un estado de pánico puro y cristalino.
No había sido una coincidencia. Su encuentro con Elena/Lucía en este tren no era una macabra broma del destino. Habían sido encontrados.
Durante siete años, Mateo había estado huyendo, cambiando de nombre, de ciudad, viviendo en las sombras. Creyó que estaba a salvo. Creyó que Volkov, pudriéndose en una cárcel de máxima seguridad, había olvidado su venganza. Pero la mafia rusa tiene una memoria larga y una paciencia infinita.
Alguien debía haber localizado a Mateo en Barcelona. Lo habían seguido. Y, por una carambola imposible del destino, esa misma noche, Elena, convertida en Lucía, había abordado el mismo tren para regresar a su hogar en el sur. ¿Sabía el sicario quién era ella? Probablemente no. Para el ruso, ella debía ser solo una desafortunada civil que compartía compartimento con su objetivo, Mateo.
Pero si el ruso entraba en el compartimento para matar a Mateo y veía el rostro de Lucía… La cicatriz. Los ojos. Si el sicario era de los veteranos, reconocería al instante a la mujer que se suponía que había muerto en los Pirineos, la mujer que tenía los secretos de la organización.
La encrucijada moral de Mateo acaba de saltar por los aires. Ya no se trataba de decidir si decirle la verdad o proteger su amnesia. Ahora se trataba de pura y cruda supervivencia.
Mateo retrocedió hacia su vagón, el vagón 7. El hombre del traje gris avanzaba por el pasillo del vagón 8, comprobando lentamente los compartimentos, mirando a través de las ventanillas de las puertas. Faltaban apenas unos minutos para que llegara al compartimento B.
Mateo entró de nuevo en la cabina. Lucía estaba recostada, medio dormida.
—Lucía —susurró Mateo, con un tono de urgencia letal que cortó el aire de la pequeña habitación.
Ella abrió los ojos, alarmada por la tensión repentina en el cuerpo y la voz del hombre.
—¿Qué pasa? Estás pálido como la cera.
Mateo cerró la puerta corrediza del compartimento con pestillo y corrió las cortinas opacas de cristal que daban al pasillo.
—Escúchame muy bien, y no hagas preguntas —dijo Mateo, acercándose a ella, su voz temblando por la adrenalina—. Tenemos que escondernos. Ahora mismo.
—¿Escondernos? ¿De qué hablas? Estás asustándome, Mateo.
—Hay un hombre en el tren. Ha venido a matarme. Y si te ve conmigo… te matará a ti también.
El rostro de Lucía pasó de la confusión al terror absoluto. El instinto de supervivencia, ese que había mantenido viva a Elena en la nieve, pareció brillar por un segundo en los ojos de Lucía.
—¿Eres un criminal? —preguntó ella, retrocediendo hacia la esquina de su asiento, apretando su bolso contra el pecho.
—Soy alguien que lleva huyendo mucho tiempo por hacer lo correcto —respondió él, mirando desesperadamente a su alrededor. El compartimento era demasiado pequeño. El baño estaba al final del pasillo, el ruso ya debía estar allí—. Y te lo juro por mi vida, Lucía, que no dejaré que te hagan daño. Otra vez no.
Ese “otra vez no” resonó en la cabina, pero no había tiempo para explicaciones.
Unos pasos pesados se escucharon en el pasillo, amortiguados por la alfombra roja. Se detuvieron justo frente a la puerta de su compartimento.
Una sombra recortó la fina línea de luz por debajo de la puerta.
El picaporte de la puerta corrediza del compartimento giró. Encontró la resistencia del pestillo.
Silencio. Un silencio denso y mortífero.
Lucía contuvo la respiración, sus ojos fijos en la puerta. Mateo se colocó lentamente entre ella y la entrada. No tenía un arma. Llevaba siete años sin tocar una. Solo tenía sus manos, y la desesperación de un hombre que acaba de recuperar su razón de vivir solo para verla amenazada de nuevo.
Hubo tres golpes lentos en la puerta de cristal opaco.
Toc. Toc. Toc.
—Señor Mateo… —la voz al otro lado tenía un fuerte acento del este, suave, controlada, escalofriante—. Sabemos que está ahí. Abra la puerta. No complique las cosas para los demás pasajeros.
Mateo miró a Lucía. El rostro de la mujer estaba bañado en un sudor frío. Su respiración volvía a ser entrecortada. El pánico en sus ojos no era solo el miedo a un asesino, era algo más profundo. Su cerebro dañado estaba reaccionando al peligro, a la voz, al encierro.
—Nieve… —susurró Lucía, temblando incontrolablemente, llevándose las manos a la cabeza—. Veo… veo nieve cayendo. Y fuego.
Dios mío, no ahora, suplicó Mateo en su mente. El trauma estaba rompiendo la barrera de la amnesia en el peor momento posible.
—Lucía, mírame —susurró Mateo, agarrando su rostro con ambas manos—. Mírame. No pienses en la nieve. Mírame a los ojos.
—Duele… —gimió ella, cerrando los ojos con fuerza—. Me duele la cabeza. Hay alguien gritando… ¡Soy yo! ¡Yo estoy gritando!
El hombre del pasillo perdió la paciencia. Un golpe violento, sordo y contundente estremeció la puerta. Había pateado la cerradura. El pestillo metálico crujió, pero aguantó.
—¡Atrás! —le susurró Mateo a Lucía, empujándola hacia el suelo, en el pequeño espacio entre los asientos y la pared.
Un segundo golpe. La cerradura saltó por los aires en una lluvia de esquirlas metálicas.
La puerta se deslizó de golpe, revelando la imponente figura del ruso. Llevaba una pistola con silenciador en la mano derecha. Sus ojos fríos escanearon rápidamente el habitáculo en penumbra.
Al ver a Mateo de pie frente a él, el ruso levantó el arma.
—Saludos de Volkov, traidor —dijo el sicario en ruso.
El destello del disparo iluminó el compartimento oscuro. El pop ahogado del silenciador apenas cubrió el sonido del cristal de la ventana estallando detrás de Mateo, quien se había lanzado hacia la derecha fracciones de segundo antes.
El tren dio una fuerte sacudida al tomar una curva en las montañas de Sierra Morena, haciendo perder el equilibrio al sicario. Mateo aprovechó ese instante, saltando hacia adelante con la ferocidad de un animal acorralado.
Impactó con su hombro contra el pecho del ruso, empujándolo hacia el pasillo. Ambos cayeron pesadamente sobre la alfombra burdeos. El arma del ruso se resbaló por el suelo, deteniéndose a unos metros de distancia.
Mateo lanzó un puñetazo que conectó con la mandíbula del sicario, pero el ruso era más grande y estaba entrenado. Con un gruñido, el sicario se revolvió, posicionándose sobre Mateo y enrollando sus gruesas manos alrededor del cuello del español.
—Vas a morir, escoria… y luego me encargaré de tu amiga —siseó el ruso, apretando la tráquea de Mateo.
La visión de Mateo comenzó a oscurecerse. El oxígeno no llegaba a sus pulmones. Agitaba las piernas, intentando patear al ruso, rasguñando sus brazos, pero era inútil. La fuerza del asesino era aplastante.
A través del velo negro que caía sobre sus ojos, Mateo miró hacia el compartimento.
Lucía estaba de pie en el umbral.
Ya no lloraba. Ya no temblaba. Su postura había cambiado por completo. La vulnerabilidad de la restauradora asustada había desaparecido, reemplazada por una rigidez, una frialdad matemática que Mateo reconoció al instante.
Lucía se agachó con un movimiento ágil y preciso. Recogió la pistola con silenciador del suelo.
El ruso estaba demasiado concentrado estrangulando a Mateo como para darse cuenta.
Lucía levantó el arma. No temblaba. Apoyó el peso de su cuerpo sobre las piernas, extendió los brazos adoptando una perfecta postura de tiro isósceles, algo que un civil jamás haría instintivamente.
Los ojos verdes y grises de la mujer estaban clavados en la nuca del ruso.
—Oye, capullo —dijo ella, con una voz gélida, cortante y exenta de todo acento andaluz. Era la voz de Elena.
El ruso soltó el cuello de Mateo por instinto y comenzó a girar la cabeza.
Pop. Pop.
Dos disparos sordos. Uno en el centro de la espalda del ruso, justo en la columna vertebral. El segundo, un instante después, en la base del cráneo. El procedimiento estándar de doble toque que a Elena le habían enseñado en sus entrenamientos privados de defensa en Barcelona.
El cuerpo masivo del sicario se desplomó como un saco de piedras, cayendo inerte sobre las piernas de Mateo.
El silencio volvió al pasillo del tren nocturno, solo roto por la respiración jadeante de Mateo, que tosía intentando recuperar aire en sus pulmones quemados.
Con dificultad, Mateo empujó el cadáver del ruso y se sentó apoyado contra la pared del pasillo. Miró hacia arriba, hacia la mujer que acababa de salvarle la vida.
Ella seguía apuntando con la pistola al cadáver, asegurándose de que la amenaza estaba neutralizada. El humo ligero salía de la boca del silenciador.
Lentamente, bajó el arma. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano a la sien, como si un dolor agudo le taladrara el cerebro. Cuando volvió a abrir los ojos, la frialdad asesina se había desvanecido, y el terror absoluto volvió a instalarse en su rostro. Miró el arma en su mano como si fuera una serpiente venenosa y la dejó caer al suelo con un grito ahogado.
—Oh, Dios mío… Dios mío… ¡Lo he matado! —Lucía retrocedió, tropezando con el marco de la puerta, cayendo sentada en su asiento, temblando con una violencia que amenazaba con romperla en pedazos—. ¿Qué he hecho? ¿Cómo sabía hacer eso? ¡Mateo, lo he matado!
El dique de contención de su mente se había fisurado bajo el estrés del trauma y el peligro inminente, permitiendo que la “memoria muscular” y los instintos de Elena afloraran para salvarles la vida, pero el daño cerebral seguía ahí; ella, la consciencia actual de Lucía, no sabía por qué o cómo había actuado así.
Mateo se levantó torpemente, agarrándose a las paredes. Entró en el compartimento y cerró la puerta reventada lo mejor que pudo. Cogió la manta del suelo y cubrió a Lucía, abrazándola contra él.
—Shhh, escúchame. Me has salvado la vida. Ese hombre iba a matarnos.
—¡No soy una asesina! —sollozó ella, aferrándose al abrigo de Mateo, escondiendo su rostro en el pecho de él—. ¡Soy Lucía! ¡Soy restauradora! ¿Por qué supe cómo coger ese arma? ¿Por qué mi cabeza grita “Elena” cada vez que veo sangre? ¿Quién soy, Mateo? ¡Dime quién soy!
Las lágrimas de Mateo caían silenciosamente sobre el cabello rubio ceniza de la mujer. El tren aulló en la noche al pasar por un túnel, como el eco del dolor que ambos llevaban dentro.
Ya no había Opción B. La farsa se había terminado. El pasado había cruzado los vagones, había pateado la puerta y se había sentado con ellos.
Mateo se separó un poco de ella. La miró a esos ojos verdes que amaba más que a su propia vida. Tomó el rostro de ella entre sus manos, manchadas de la sangre del ruso, y rozó con sus pulgares las lágrimas de las mejillas de su esposa.
—Eres Elena. Elena Vargas —dijo Mateo, con la voz firme a pesar del dolor—. Eres la abogada más valiente y testaruda que jamás ha pisado Barcelona. Eres la mujer que se enfrentó al mismísimo diablo para sacar a la luz la verdad. Y eres… eras mi esposa.
Lucía lo miró, los ojos muy abiertos, el aliento contenido.
—Te perdí en la nieve hace siete años. Creí que estabas muerta. He vivido en el infierno cada día desde entonces, huyendo del remordimiento y de los monstruos que intentaron matarte. Cuando entraste hoy por esa puerta, creí que me había vuelto loco.
El impacto de las palabras de Mateo golpeó a la mujer como un tren de mercancías. Su esposa. La avalancha de emociones conflictivas, el terror y la revelación eran demasiado. Cerró los ojos, el dolor en su cabeza volviéndose insoportable, chispazos de memoria cruzando el abismo neuronal: una boda en la playa de Sitges, el olor a sal, una sonrisa, el nombre Mateo gritado con amor, y no con terror.
—Mateo… mi esposo —susurró ella, como probando las palabras por primera vez, encontrando un regusto amargo y dulce a la vez.
Pero no había tiempo para reuniones sentimentales. Mateo miró hacia el pasillo.
—Elena, escúchame. Tenemos que movernos. Ese sicario no ha venido solo. Los hombres de Volkov siempre viajan en parejas. Si no se reporta pronto, el otro vendrá a buscarlo.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella. Su voz aún temblaba, pero la mirada asustada de Lucía comenzaba a mezclarse con la determinación férrea que alguna vez definió a Elena.
—Faltan unos treinta minutos para la próxima parada de emergencia en Despeñaperros, según el mapa del tren —Mateo recogió la pistola del suelo de forma apresurada y revisó el cargador—. Vamos a saltar de este tren. Volveremos a desaparecer.
—Pero mi vida en Granada… mi taller… no puedo… no sé cómo vivir huyendo… —La dualidad en su interior la estaba desgarrando. Quería su paz, pero la sangre en el pasillo le decía que su paz era una ilusión muerta.
—Tu vida en Granada ha terminado esta noche, lo siento muchísimo —dijo Mateo, agarrándola de la mano, sintiendo de nuevo esa calidez en su palma, una promesa de futuro en medio del caos—. Te prometo que te contaré todo. Cada detalle, cada recuerdo que te arrebataron. Te devolveré tu vida, Elena. Pero ahora, tienes que confiar en mí y correr. Como me dijiste que hiciera aquella noche. ¿Confías en mí?
Lucía—Elena miró a los ojos atormentados y devotos del hombre frente a ella. En su corazón amnésico, sintió una vibración, una certeza profunda de que ese hombre moriría por ella mil veces si fuera necesario.
Apretó su mano.
—Corramos.
Mateo y Elena salieron del compartimento, pasando por encima del cadáver del asesino ruso. Caminaron rápido y en silencio por los pasillos estrechos de los vagones, esquivando a un revisor dormido, avanzando hacia la parte trasera del tren.
La madrugada envolvía las montañas de Andalucía. El tren disminuyó su marcha considerablemente al iniciar el descenso pronunciado por el sinuoso paso montañoso de Despeñaperros.
Mateo forzó la puerta de emergencia del último vagón. El viento frío de la madrugada aulló al entrar, alborotando el cabello de ambos. La oscuridad fuera era total, iluminada apenas por la luz pálida de la luna que se abría paso entre las nubes tormentosas. El tren iba a unos cuarenta kilómetros por hora por esa zona de curvas cerradas. Era rápido, peligroso, pero era su única salida antes de llegar a una estación donde, sin duda, más matones los estarían esperando.
—A la cuenta de tres. Salta hacia la ladera, rueda para amortiguar el golpe, protege tu cabeza —instruyó Mateo, gritando por encima del ruido del tren.
Ella asintió. Se colocaron al borde del vagón abierto.
En ese momento, la puerta de conexión del vagón anterior se abrió con violencia. Un segundo hombre armado apareció al final del pasillo, viendo a la pareja a punto de saltar. Levantó un subfusil ligero.
—¡Uno! —gritó Mateo.
El hombre empezó a disparar. Las balas destrozaron los cristales a su alrededor.
—¡Dos!
Mateo abrazó a Elena, interponiendo su cuerpo entre ella y las balas, protegiéndola como no pudo hacerlo siete años atrás.
—¡Tres!
Saltaron juntos hacia el abismo negro, engullidos por la noche, dejando atrás el tren nocturno, la sangre y el pasado, cayendo hacia una nueva y brutal realidad en la que la memoria y la supervivencia serían la misma cosa.
El impacto fue brutal. No hubo la gracia coreografiada de las películas de acción, solo la cruda e implacable física de dos cuerpos humanos colisionando contra la ladera de una montaña a cuarenta kilómetros por hora.
El suelo del desfiladero de Despeñaperros estaba cubierto de una espesa capa de fango, hojas de roble podridas y piedras afiladas como cuchillos de obsidiana. Mateo absorbió la mayor parte del golpe. Al caer, sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones en un estallido agónico, seguido de un crujido sordo y húmedo en su costado izquierdo. Rodaron cuesta abajo, una masa enredada de extremidades, abrigos y desesperación, engullidos por la oscuridad de la maleza mientras el tren nocturno continuaba su rugido hacia el sur, llevándose consigo el cadáver del ruso y su antigua vida.
Se detuvieron violentamente contra el tronco macizo de un alcornoque centenario.
Durante un minuto entero, el único sonido en el bosque fue el repiqueteo de la lluvia helada que había comenzado a caer y la respiración rota y sibilante de Mateo.
—Mateo… —la voz de Elena era un susurro aterrorizado en la penumbra. Estaba tendida a un metro de él, cubierta de barro. Se incorporó a duras penas, palpándose el cuerpo. Milagrosamente, aparte de magulladuras y cortes superficiales, estaba entera. Su instinto la hizo arrastrarse por el fango hasta llegar al lado del hombre que acababa de saltar al vacío por ella—. Mateo, ¿estás bien? Mírame.
Mateo intentó hablar, pero solo logró toser, escupiendo un hilo de sangre que se mezcló con la lluvia en su barbilla. Se llevó una mano temblorosa al costado izquierdo, justo debajo de las costillas.
Elena siguió la trayectoria de su mano. En la oscuridad apenas podía ver, pero sus dedos, ahora guiados por una urgencia ancestral, tocaron la tela del abrigo de Mateo. Estaba empapada. Y no era de lluvia. Era caliente y pegajosa.
—Te han dado —jadeó ella, el pánico amenazando con paralizarla de nuevo—. La bala del tren… o en la caída. Estás sangrando mucho.
—Estoy… bien —mintió él, apretando los dientes mientras intentaba sentarse. El dolor fue un latigazo de fuego blanco que le nubló la visión—. Tenemos que movernos. Ese sicario tirará de la palanca de emergencia. Detendrá el tren y vendrá a buscarnos. No estamos lejos de las vías.
—No puedes caminar así. Te vas a desangrar.
—Elena, escúchame —Mateo agarró su muñeca con una fuerza desesperada—. Si nos quedamos aquí, morimos. Hay… hay unas ruinas, un viejo refugio de pastores unos kilómetros más abajo, siguiendo el curso del río. Lo vi en un mapa topográfico hace años. Tenemos que llegar allí.
Elena miró hacia arriba, hacia la ladera empinada por la que habían rodado. En la distancia, escuchó un chirrido metálico espeluznante. Los frenos de emergencia del tren. Mateo tenía razón. La cacería había comenzado.
Pasó el brazo derecho de Mateo por encima de sus hombros, ignorando el dolor agudo en su propia articulación, esa que había sido destrozada por las balas rusas siete años atrás. Con un esfuerzo titánico, impulsado por una mezcla de la adrenalina de Elena y la terquedad andaluza de Lucía, logró ponerlo en pie.
Comenzaron a caminar, o más bien a arrastrarse, a través del denso bosque de Sierra Morena. La noche era una boca de lobo. La lluvia se intensificó, convirtiéndose en un diluvio que, si bien borraba sus huellas y el olor de la sangre para los perros que seguramente traerían, también los congelaba hasta los huesos.
Cada paso era un calvario. Mateo tropezaba, su peso cayendo constantemente sobre Elena. Ella le susurraba palabras de aliento, palabras que ni siquiera sabía de dónde salían. A veces le llamaba “mi amor”, otras veces le suplicaba “venga, Mateo, un paso más”, con un tono autoritario que Lucía, la pacífica restauradora, jamás habría utilizado. Su cerebro era un campo de batalla donde dos identidades luchaban por el control del cuerpo físico en medio de una situación extrema.
Fueron dos horas de agonía a través de la maleza, guiándose únicamente por el sonido del agua de un arroyo cercano. Finalmente, cuando las piernas de Mateo dejaron de responder por completo y él se desplomó de rodillas en el barro, la silueta irregular de una estructura de piedra apareció entre los árboles.
Era el antiguo refugio. Un techo de pizarra parcialmente hundido, paredes de piedra musgosa y una puerta de madera podrida que colgaba de un solo gozne.
Elena arrastró a Mateo al interior. El lugar olía a humedad y excrementos de animal, pero los protegía del viento y de la lluvia. Lo recostó suavemente contra la pared más seca y se dejó caer a su lado, exhausta, sus pulmones ardiendo.
—Lo… lo conseguimos —susurró Mateo, su voz apenas audible. Su rostro estaba pálido como el mármol bajo la escasa luz de la luna que se filtraba por las grietas del techo.
—No hables —le ordenó Elena. Su mente, antes un torbellino de confusión, se había centrado con una claridad aterradora. Era la claridad de quien sabe que la muerte acecha en la puerta—. Déjame ver la herida.
Desabrochó el abrigo de Mateo con manos temblorosas. Levantó la camisa manchada. A la altura de la cadera izquierda, la carne estaba desgarrada. No era un impacto de bala directo, sino el roce de un proyectil o quizás una rama afilada que le había rasgado profundamente durante la caída. Sangraba profusamente, pero no parecía haber dañado órganos vitales de inmediato.
—No tengo botiquín… no tengo nada —murmuró ella, la desesperación filtrándose en su voz. Miró a su alrededor. Solo oscuridad y piedra. Se quitó su propio jersey de cuello alto, quedándose en una fina camiseta de tirantes a pesar del frío glacial, y lo rasgó usando la hebilla de su cinturón.
—Elena… —Mateo la llamó, observando su rostro bañado en barro y lluvia—. Eres… eres igual que antes.
—Cállate, vas a gastar energía —replicó ella, doblando la tela del jersey y presionándola firmemente contra la herida de Mateo.
Él soltó un quejido ronco y echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
Elena mantuvo la presión constante. El silencio del refugio solo era roto por la tormenta exterior y la respiración de ambos. Estaban atrapados, congelados, heridos y siendo cazados. Y, sin embargo, en ese agujero oscuro en medio de la nada, Elena sintió que algo encajaba en su lugar.
—Dímelo —habló de repente, sin dejar de presionar la herida. Su voz resonó en la pequeña estancia, dura e inquisitiva.
Mateo abrió los ojos pesadamente. —¿Decirte el qué?
—Todo. Dijiste que me contarías todo. ¿Quién soy, Mateo? ¿Por qué esos hombres quieren matarnos? ¿Por qué sé disparar una pistola? ¿Por qué, cuando me tocaste en el tren, sentí que te conocía de toda la vida a pesar de no recordar tu rostro? Exijo la verdad. Lucía merece descansar, y si voy a morir siendo Elena, quiero saber por qué.
Mateo tosió. Sabía que le debía eso. Si la fiebre que empezaba a sentir lo consumía, o si la Bratva los encontraba al amanecer, ella tenía que saberlo.
Y así, en la oscuridad, Mateo comenzó a hablar.
Le contó sobre la mujer que fue. Elena Vargas. Brillante, feroz, idealista. Una abogada penalista que se negó a mirar hacia otro lado cuando descubrió que uno de sus clientes corporativos estaba lavando dinero para una red de trata de mujeres traídas de Europa del Este. Le habló de cómo ella sola había tirado del hilo, desentrañando una conspiración que llegaba hasta las altas esferas de la política barcelonesa, todo controlado por Alexander Volkov.
Le contó de su vida juntos. Del apartamento pequeño en el Barrio Gótico. De cómo ella le robaba las mantas por la noche. De cómo odiaba cocinar pero amaba el vino tinto barato. Le habló del día de su boda, en una ceremonia secreta en la playa porque ya sabían que estaban siendo vigilados.
Y finalmente, con la voz quebrada por el llanto retenido, le contó sobre la noche de la cabaña. El exilio en los Pirineos. El disco duro con las pruebas. La irrupción violenta, el fuego, y la decisión cobarde que lo había atormentado cada noche de los últimos siete años: correr y dejarla atrás, creyendo que el disparo que había escuchado había acabado con su vida.
Elena escuchaba en silencio. A medida que Mateo hablaba, no recuperaba recuerdos nítidos como si viera una película. Era más bien una sensación, ecos fantasmales. Sentía el sabor del vino tinto en la boca. Sentía el frío de la nieve bajo sus botas. Sentía el amor inmenso y abrumador que alguna vez le profesó al hombre moribundo que tenía enfrente.
Pero también sentía el peso aplastante de la culpa de él.
—No fuiste un cobarde —dijo ella suavemente, cuando Mateo terminó de hablar, ahogado por sus propias lágrimas—. Te ordené que corrieras. Te ordené que salvaras las pruebas. Si te hubieras quedado, habríamos muerto los dos, y Volkov habría ganado. Lo hiciste bien, Mateo. Lo hiciste exactamente como la Elena de la que me hablas habría querido.
Mateo la miró, atónito. Esperaba odio. Esperaba rechazo. En cambio, encontró comprensión.
—¿No me odias? —preguntó él en un susurro.
—¿Odio al hombre que ha vivido siete años en un infierno por mí? No. Odiaría al hombre que me disparó. Odiaría al monstruo que dio la orden. Pero a ti no. Aunque… —Elena hizo una pausa, mirando sus propias manos manchadas de la sangre de su esposo—. No sé cómo vivir con esto. Lucía era feliz. Reparaba lienzos rotos. Tenía gatos. Saludaba al panadero por las mañanas. Todo era sencillo. Y ahora… ahora sé que soy una mujer que dejó una estela de sangre, que mató a un hombre hace unas horas sin pestañear. Siento que mi cabeza se va a partir en dos.
—No tienes que elegir —dijo Mateo, acercando su mano a la de ella—. Eres ambas cosas. La experiencia de Lucía te curó el alma. La fuerza de Elena te mantuvo viva hoy.
El agotamiento finalmente venció a Mateo. Sus ojos se cerraron y su respiración se volvió superficial. Elena comprobó el vendaje improvisado. Había dejado de sangrar copiosamente, pero él necesitaba un hospital. Y un hospital era el primer lugar donde los hombres de Volkov irían a buscar.
Elena se sentó contra la pared fría, abrazando sus rodillas. La lluvia amainó poco antes del amanecer, dando paso a una neblina densa y fantasmal que envolvió el bosque.
Mientras la luz grisácea de la mañana comenzaba a filtrarse por las grietas, la mente de Elena trabajaba a una velocidad vertiginosa. El miedo había desaparecido. El terror paralizante de Lucía en el tren se había evaporado. En su lugar, había surgido una fría y calculadora furia.
Los rusos no iban a detenerse. Volkov debía estar dirigiendo esto desde su celda de alguna manera, o quizás su sucesor quería limpiar los cabos sueltos. Sabían que Mateo estaba vivo, y ahora, seguramente, sabían que había una mujer con él. Si el sicario del tren había logrado verla y transmitir su descripción, pronto se darían cuenta de que “Jane Doe” estaba viva.
No podían seguir huyendo. Correr los había llevado a un tren nocturno hacia ninguna parte, a una ladera embarrada y a una muerte casi segura por infección o desangramiento.
Si raspas con cuidado la superficie oscurecida, si limpias el dolor de los años… debajo siempre hay una obra maestra que merece la pena salvar.
Las propias palabras de Lucía en el tren resonaron en su mente. Tenía que raspar la superficie de su miedo. Tenía que limpiar el trauma.
Elena Vargas se puso de pie.
Registró los bolsillos del abrigo de Mateo. Encontró su cartera, un fajo de billetes en efectivo y un teléfono móvil prepago con la pantalla resquebrajada pero aún encendido. Cero cobertura. No servía de nada aquí abajo.
También encontró algo más en el bolsillo interior del abrigo. Un arma. Una pequeña Glock 19. Mateo, a pesar de su afirmación de no haber tocado un arma en años, llevaba una. La precaución de un hombre perseguido.
Elena sopesó el arma en su mano. A diferencia del arma del ruso en el tren, esta se sentía familiar. Retiró el cargador, comprobó la recámara y volvió a insertar el cargador con un chasquido seco. Quince balas. Catorce en el cargador, una en la recámara.
Miró a Mateo, que dormía agitado por la fiebre.
—Voy a terminar lo que empezamos, mi amor —susurró.
Salió del refugio. La niebla era tan espesa que apenas podía ver a tres metros de distancia. El olor a pino húmedo y tierra mojada llenaba sus pulmones.
Afinó el oído. El silencio del bosque después de una tormenta es engañoso. Hay goteos, crujidos de ramas cediendo bajo el peso del agua, el canto de algún pájaro madrugador. Pero entre esos sonidos naturales, Elena captó algo artificial.
Un chasquido rítmico. Botas sobre la hojarasca.
No estaban lejos. Seguramente habían seguido el rastro de sangre y el rastro evidente de cuerpos rodando por la ladera. Si eran profesionales, se habrían desplegado en abanico.
Elena evaluó el terreno. El refugio estaba en una pequeña hondonada, rodeado por una ligera pendiente cubierta de rocas y maleza densa. Era un cuello de botella natural. Si venían desde las vías del tren, tendrían que bajar por esa pendiente.
Decidió no esperar dentro del refugio como un ratón acorralado. El factor sorpresa era su única ventaja.
Se movió como un espectro entre los árboles, sus pies descalzos (había perdido sus zapatos en la caída) apenas haciendo ruido sobre el barro blando. Se apostó detrás de un afloramiento rocoso a unos cincuenta metros por encima del refugio, desde donde tenía una vista, aunque difuminada por la niebla, del camino de descenso.
Esperó. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso como la cuerda de un arco. La fiebre de la adrenalina la mantenía ajena al frío que le helaba la piel expuesta de sus brazos y pies.
Diez minutos después, las siluetas emergieron de la bruma blanca.
Eran tres.
Vestían equipo táctico oscuro, muy diferente al traje gris del sicario del tren. Llevaban armas largas, rifles de asalto compactos. Se movían en perfecta formación triangular, comunicándose con señas. Eran cazadores de élite.
El hombre en punta se detuvo de repente. Levantó un puño. Los otros dos se congelaron. El líder se agachó y tocó algo en el suelo: una mancha de sangre de Mateo en una hoja. Señaló hacia abajo, en dirección al refugio de pastores.
Habían encontrado el rastro final.
El corazón de Elena latía con una furia sorda. Tres contra uno. Armas largas contra una pistola corta. Misión suicida. Lucía habría gritado y se habría rendido. Elena Vargas contuvo la respiración, calculó la trayectoria del viento y levantó la Glock.
No apuntó al líder. Apuntó al hombre que cerraba la formación por la derecha, el que estaba más alejado del grupo y cerca del borde de una pequeña cornisa rocosa.
Crack.
El sonido del disparo fue atronador en el silencio del bosque húmedo. Sin silenciador, el estampido rebotó en los árboles.
El hombre de la derecha se desplomó instantáneamente, con un impacto limpio en el cuello. Su cuerpo cayó por la cornisa, estrellándose contra los arbustos metros más abajo.
El caos estalló.
Los otros dos mercenarios reaccionaron con una velocidad espeluznante. Se arrojaron al suelo y comenzaron a disparar ráfagas de cobertura hacia la dirección del sonido, destrozando la corteza de los árboles y pulverizando las rocas alrededor de la posición de Elena.
Ella ya no estaba allí. Se había deslizado lateralmente por el barro inmediatamente después de disparar, reptando tras un grueso tronco caído. Las balas silbaban sobre su cabeza, una lluvia de plomo y astillas letales.
—¡Fuego de supresión, avanza por la izquierda! —gritó el líder en ruso.
Elena entendió la orden. Durante su investigación sobre la Bratva, había memorizado frases clave del idioma. Sabía exactamente lo que iban a hacer: intentar flanquearla mientras el líder la mantenía inmovilizada con fuego pesado.
Tenía que ser más rápida.
Salió de su cobertura, corriendo agachada entre la espesura. El mercenario de la izquierda emergía de la niebla, avanzando con el rifle encarado. Se encontraron frente a frente a menos de diez metros de distancia.
El mercenario dudó una fracción de segundo al ver a una mujer menuda, cubierta de barro y descalza. Fue su último error.
Elena disparó tres veces mientras corría en diagonal. Dos balas impactaron en el chaleco táctico del hombre de cristal de zafiro, dejándolo sin aire, y la tercera le atravesó el hombro, haciéndole soltar el rifle.
Pero el líder no dudó. Giró sobre sí mismo y disparó una ráfaga hacia Elena.
Ella se lanzó en plancha hacia una zanja de drenaje natural. Sintió un tirón ardiente en el muslo izquierdo. Una bala le había rozado la pierna. El dolor fue agudo, pero no debilitante.
Ahora era uno contra uno.
El bosque quedó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el goteo incesante de las hojas. El líder ruso sabía que su oponente no era una civil asustada. Era un fantasma letal.
—Eres muy buena —la voz del ruso resonó a través de la niebla, hablando en un español con fuerte acento—. Volkov nos dijo que el objetivo era solo el hombre. Mateo. No mencionó a una pequeña asesina.
Elena se mantuvo en silencio en el fondo de la zanja. Controló su respiración. Evaluó sus balas. Le quedaban diez.
—Sabemos que está herido —continuó el ruso, moviéndose lentamente, buscando un ángulo de tiro—. Lo olemos. Ríndete, mujer. Te dejaré marchar. Mi contrato es con él, no contigo.
Una oferta tentadora para Lucía. Una trampa obvia para Elena.
Elena agarró una piedra del tamaño de su puño del suelo de la zanja. Con un movimiento rápido, la lanzó hacia los arbustos situados a unos cinco metros a su derecha.
El sonido del impacto provocó la reacción inmediata del ruso. Una ráfaga de fuego automático barrió los arbustos, delatando su posición exacta detrás de un árbol hueco.
Elena se levantó, asomando apenas por el borde de la zanja, y fijó su objetivo. No disparó al árbol. Disparó a las raíces expuestas donde sabía que los pies del mercenario tendrían que estar apoyados.
Las balas de la Glock astillaron la madera y se incrustaron en la carne. El ruso soltó un rugido de dolor y cayó de rodillas, perdiendo el equilibrio.
Elena no esperó. Salió de la zanja y corrió hacia él. El ruso, desesperado, intentó levantar el rifle con su brazo sano, pero Elena llegó antes. De una patada giratoria, ejecutada con una precisión que desafiaba su estado físico, apartó el arma de las manos del hombre.
Apuntó la Glock directamente a la frente del mercenario herido.
El ruso la miró, jadeando, con los ojos llenos de furia y una pizca de respeto. En ese momento, la luz del sol logró penetrar por un claro de las nubes y la niebla, iluminando el rostro sucio, herido y feroz de la mujer.
El sicario abrió mucho los ojos al reconocerla. Había visto los archivos de la organización hace años. Las fotos de los objetivos.
—Tú… estás muerta —susurró el ruso con incredulidad—. Eres la abogada. Vargas.
—Las mujeres muertas no aprietan el gatillo —respondió ella con voz de hielo.
—Si me matas… no cambiará nada. La organización enviará a más. Nunca dejarán de buscar a Mateo. Ni a ti, ahora que sabemos que vives. No hay escondite en el mundo, puta.
Elena bajó el arma milímetros, fijando su mirada en la de él. La dualidad de su ser se alineó en ese preciso instante. La paciencia restauradora de Lucía y la letalidad jurídica de Elena se fusionaron en un plan maestro, brillante y definitivo.
—Tienes razón —dijo ella en voz baja—. No podemos huir para siempre. Por eso no voy a matarte.
El ruso frunció el ceño, confundido.
—Vas a ser mi mensajero —continuó Elena, retrocediendo un paso—. Vas a volver a donde quiera que estén tus jefes, y les vas a decir que Elena Vargas ha resucitado. Y les vas a dar un mensaje muy claro: si un solo miembro de la Bratva vuelve a acercarse a Mateo, a mí, o a cualquier persona que conozcamos, activaré el Protocolo Lázaro.
El rostro del mercenario perdió todo el color restante. El Protocolo Lázaro era una leyenda dentro de la organización de Volkov. Un supuesto mecanismo de hombre muerto, una caja fuerte de datos encriptados que la abogada afirmaba haber programado antes de morir, que liberaría pruebas de lavado de dinero, sobornos a jueces supremos y rutas de tráfico humano a cada agencia de inteligencia global, a la Interpol y a la prensa internacional simultáneamente. Volkov creyó que el protocolo era un farol o que se había quemado con ella en la cabaña.
—Ese protocolo no existe —escupió el ruso, aunque su voz carecía de convicción—. Es un mito.
Elena sonrió. Era una sonrisa aterradora que no pertenecía a ninguna de sus dos identidades. Pertenecía a una entidad superior, nacida del fuego y la sangre.
—¿Quieres apostar el imperio entero de la Bratva a que estoy mintiendo, soldado? —preguntó ella—. Dile al sucesor de Volkov que el servidor está en Suiza, bajo una identidad falsa. Si no introduzco el código de cancelación cada treinta días, el mundo entero conocerá cada cuenta bancaria en las Islas Caimán y cada nombre de sus compradores.
Elena le dio una patada al rifle del hombre para alejarlo y comenzó a retroceder hacia el refugio.
—Dile que hemos firmado un armisticio. Él se queda con su imperio en las sombras, y nosotros nos quedamos con nuestras vidas. Si rompe el trato, lo quemaré todo hasta los cimientos.
Dejó al ruso sangrando en el bosque y regresó a la estructura de piedra.
Mateo seguía inconsciente, respirando con dificultad. Elena se arrodilló a su lado, guardó el arma, lo tomó en sus brazos y lloró. Lloró por la muerte de Lucía y por el renacimiento violento de Elena. Lloró por el futuro incierto. Pero por primera vez en siete años, no lloraba de miedo. Lloraba de liberación.
Dos meses después.
El sol tropical caía a plomo sobre las aguas cristalinas de la Bahía de Culebra, en la costa pacífica de Costa Rica. El aire olía a sal, a mangos maduros y a una libertad embriagadora.
En la terraza de madera de una casa elevada sobre la selva, un hombre y una mujer observaban el atardecer.
Mateo caminaba apoyado en un bastón. Su recuperación había sido lenta. Tras el encuentro en el bosque de Despeñaperros, Elena había logrado llevarlo a un pequeño centro de salud rural, inventando una historia sobre un accidente de caza y pagando a un médico discreto con el fajo de billetes de Mateo. Una vez estabilizado, viajaron bajo el radar, cruzando fronteras en la bodega de buques de carga y aviones privados fletados con el dinero que Elena (bajo una identidad falsa que Mateo le había proporcionado antes del incidente de la cabaña) tenía escondido en una cuenta en Luxemburgo de sus días como abogada de élite.
El chantaje al cártel ruso había funcionado. El silencio absoluto por parte de sus perseguidores confirmaba que el alto mando de la Bratva valoraba más la supervivencia de su imperio financiero global que la venganza por viejos rencores. Habían aceptado el armisticio. Eran libres.
Elena estaba frente a un caballete, sosteniendo una paleta de colores vibrantes. Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y un vestido de lino blanco que se mecía con la brisa. Su rostro, acariciado por el sol, estaba relajado, pero sus ojos verdes mantenían una profundidad, una sabiduría endurecida que no poseían antes de subirse al tren en Barcelona.
Con trazos seguros y fluidos, aplicaba óleo sobre el lienzo. No estaba restaurando nada viejo. Estaba creando algo completamente nuevo. Era un paisaje abstracto: un bosque oscuro atravesado por una luz brillante, cruda y dorada, que emergía desde el fondo como una explosión.
Mateo se acercó lentamente y le puso una mano en la cadera, besando suavemente su hombro, justo sobre la antigua cicatriz de bala que ahora era solo una línea blanca y pálida.
—Es hermoso —murmuró Mateo, mirando la pintura.
Elena sonrió, apoyando su cabeza contra el pecho de él.
—Es un poco caótico —dijo ella.
—Me gusta el caos. Demuestra que está vivo.
—A veces me pregunto si echas de menos a Lucía —preguntó ella, en un susurro teñido de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Mateo giró a la mujer para que lo mirara a los ojos. Tomó su rostro entre sus manos, con la misma devoción que le había profesado en el compartimento oscuro del tren.
—Nunca amé a Lucía —dijo él con firmeza—. Sentía ternura por ella. Sentía culpa por ella. Pero a quien yo amo, a la única mujer a la que he amado y amaré hasta mi último aliento, es a la mujer que está frente a mí. La que puede pintar una obra de arte por la mañana y amenazar con destruir un sindicato del crimen internacional por la tarde. Amo a Elena Vargas. Amo a la sobreviviente.
Una sonrisa genuina, radiante, iluminó el rostro de Elena. Cogió el pincel y, con un movimiento travieso, manchó la nariz de Mateo con un poco de pintura amarilla.
Él se echó a reír, un sonido libre y sin cadenas, el primer sonido de pura alegría que emitía en siete años.
Se abrazaron frente al océano inmenso, mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el mundo de fuego. Pero esta vez, el fuego no consumía, no destruía ni arrebataba vidas. Este fuego calentaba, iluminaba y forjaba el acero de un futuro que, por fin, les pertenecía en exclusiva. Habían sobrevivido al tren nocturno, a la amnesia, a la culpa y a la mafia. Habían cruzado el infierno, y al otro lado, en la orilla de un nuevo mundo, habían encontrado el cielo.