Cuando tu pareja siempre elige a sus amigos, tú ya sabes en qué puesto estás. No hace falta que te lo digan con un gráfico de barras ni que te lo envíen por burofax; se nota en el aire, en el olor a colonia barata de esa que se echan los tíos para parecer que no se han esforzado mucho, y en la velocidad con la que se calzan las zapatillas. Hay un tipo de silencio en un salón de Madrid un viernes por la noche que es capaz de decirte más verdades que un confesor borracho. Es un silencio espeso, cargado de reproches que flotan sobre el sofá de Ikea y que huelen a pizza recalentada para uno.
Eran las nueve y cuarto. En la calle, el barrio de Arganzuela empezaba a bullir con esa energía eléctrica de los viernes, donde la gente camina como si le fuera la vida en llegar a la primera caña. En el piso de Paula y Mateo, sin embargo, la energía era más bien estática, de esa que te da un calambre si rozas el brazo del otro por error. Paula estaba sentada en el extremo del sofá, con las piernas recogidas y un libro que llevaba media hora en la misma página. Mateo, por su parte, estaba frente al espejo del recibidor, dándose esos toques finales en el pelo que solo se dan los hombres cuando creen que su libertad está en juego.
—¿Otra vez sales con tus colegas? —preguntó Paula sin levantar la vista del libro. Su voz tenía ese tono neutro, casi quirúrgico, que precede a las grandes catástrofes domésticas.
Mateo se quedó congelado con la mano a medio camino de la nuca. Miró su reflejo, suspiró y se giró lentamente, intentando poner esa cara de “no estoy haciendo nada malo” que nunca engaña a nadie.
—Es solo un rato, Paula. De verdad. Han quedado en el bar de siempre para ver qué hacemos mañana con lo de la mudanza de Javi. Es un tema logístico, casi profesional, diría yo.
—Logístico. Claro —replicó ella, dejando finalmente el libro sobre la mesa de centro con un golpe seco que hizo vibrar el mando de la tele—. Javi lleva mudándose desde que terminó la carrera, y sospecho que su estrategia logística consiste básicamente en ver cuántas rondas de Mahou sois capaces de aguantar antes de que alguien mencione una caja de cartón. Mateo, por favor. No me vendas la moto, que ya no me queda sitio en el garaje para tanto vehículo imaginario.
Mateo dio un par de pasos hacia el salón, frotándose las manos. Estaba en esa fase de la noche en la que un hombre intenta negociar con el terrorista emocional que lleva dentro de casa.
—Venga, no te pongas así. Es viernes. Ha sido una semana de perros en la oficina, mi jefe me tiene frito con el informe de auditoría y necesito desconectar un poco. Solo va a ser una cerveza rápida. Entrar, saludar, arreglar el mundo y volver. Para cuando tú hayas terminado de ver el capítulo de la serie esa de los médicos que se lían entre ellos, yo ya estoy aquí con un kebab y una sonrisa.
—Llevas tres viernes de “un rato”, Mateo. Tres —dijo Paula, incorporándose y clavándole la mirada—. El primer viernes fue porque Nacho había cortado con su novia, la decimocuarta vez, y había que evitar que se tirara al Manzanares, que por otro lado apenas tiene agua para cubrirle los tobillos. El segundo viernes fue “la previa” del partido de fútbol que nunca jugasteis porque os levantasteis con resaca. Y hoy… hoy es la logística de Javi. ¿No te das cuenta del patrón? Es un algoritmo, Mateo. Un algoritmo en el que yo soy el error de sistema.
—No es un algoritmo, es la vida —respondió él, empezando a ponerse la chaqueta con una urgencia que lo delataba—. También necesito mi espacio, Paula. No podemos estar pegados como si fuéramos un mueble de dos piezas. Es sano que cada uno vea a su gente, que respiremos aire que no sea el de este salón, por mucho que hayamos puesto el ambientador ese de frutos rojos que te gusta.
—¡Tu espacio! —exclamó Paula, soltando una carcajada amarga—. Me encanta cuando usáis la palabra “espacio” como si fuerais astronautas de la NASA en una misión crítica. Tu espacio mide exactamente lo mismo que la barra del bar de abajo. Y mi espacio, curiosamente, parece que siempre tiene que ser este sofá, esperándote para ver si hoy el “un rato” termina a las doce o a las tres de la mañana cuando entras tropezando con el paragüero.
Mateo miró el reloj. Sus amigos ya estarían por la segunda ronda. Javi habría enviado ya el tercer “tío, ¿dónde estás?” al grupo de WhatsApp “Los Troncos”, un nombre que a Paula siempre le había parecido una descripción botánica bastante acertada de la inteligencia colectiva del grupo.
—Mira, no quiero discutir —dijo Mateo, buscando las llaves con desesperación—. De verdad que no. Me voy porque he dado mi palabra. Si no voy, parece que me tienes aquí secuestrado. Los tíos se ríen, Paula. Dicen que si tengo que pedir permiso para respirar. Es una cuestión de dignidad masculina.
—Dignidad masculina —repitió ella, levantándose del sofá y acercándose a él—. Qué concepto tan fascinante. ¿Sabes qué es lo que realmente le falta a tu dignidad? Un poco de memoria. ¿Te acuerdas de que habíamos quedado en mirar hoteles para las vacaciones? ¿Te acuerdas de que dijimos de ir a cenar al sitio ese nuevo de comida fusión que abrieron en la esquina porque queríamos “hacer algo diferente”?
Mateo se quedó mudo. Se le había olvidado por completo. Su mente, configurada para detectar ofertas de dos por uno en jarras de cerveza, había borrado cualquier rastro de compromiso romántico para la noche del viernes.
—Bueno… eso podemos hacerlo mañana —aventuró, con la esperanza de un náufrago—. Mañana por la mañana, desayunamos tarde, nos vamos a dar un paseo por El Retiro y lo miramos con calma. Te lo prometo.
—Mañana por la mañana estarás en coma inducido por la cebada, Mateo. O tendrás el humor de un gremlin mojado. No mientas —Paula se cruzó de brazos, bloqueándole sutilmente el paso hacia la puerta—. Perfecto, vete. Vete a buscar tu espacio sideral. Yo necesito una pareja, no un compañero de piso intermitente que viene a dormir cuando se cierran los grifos de la ciudad.
El aire en el recibidor se podía cortar con un cuchillo de sierra. Mateo sintió ese peso en el estómago, el peso de saber que tienes razón desde tu punto de vista, pero que estás perdiendo la guerra por goleada. Sin embargo, el “llamado de la selva” (o del grupo de WhatsApp) era más fuerte.
—Me voy, Paula. No voy a entrar en este juego de chantaje —sentenció él, abriendo la puerta—. Volveré pronto. De verdad. Cenamos algo juntos cuando llegue.
—No te molestes —dijo ella, dándole la espalda y volviendo al salón—. La pizza ya está en el horno. Y es solo para una persona.
Mateo cerró la puerta. El sonido del cerrojo resonó en el pasillo vacío del edificio como un disparo. Paula se quedó allí, de pie en medio del salón, escuchando cómo el ascensor bajaba. Sintió esa rabia caliente que te sube por el cuello, una mezcla de impotencia y de ese humor negro tan español que te entra cuando te das cuenta de que tu vida sentimental se parece peligrosamente a un chiste de “están un inglés, un francés y un español…”. Solo que en este caso, el español se había ido de cañas y ella se había quedado con la cara de tonta.
Se sentó de nuevo en el sofá. Miró la televisión apagada. Su reflejo en la pantalla negra le devolvía la imagen de una mujer que estaba a punto de tomar una decisión. Una decisión que no tenía nada que ver con “espacios” ni con “logística”, sino con la pura y dura supervivencia emocional en un Madrid que, un viernes por la noche, no perdona a los que se quedan esperando.
Parte 2: La rebelión del pijama de franela
El silencio que deja un hombre cuando se va de casa para “un rato” es un silencio tramposo. Al principio parece que hay paz, pero a los cinco minutos las paredes empiezan a recordarte que podrías estar en cualquier otro sitio. Paula miraba fijamente el horno. La pizza de marca blanca, esa que compras cuando ya no te importa ni tu paladar ni tu futuro, empezaba a burbujear. El olor a queso industrial inundaba la cocina, un aroma que en cualquier otra circunstancia le parecería reconfortante, pero que hoy olía a derrota.
—”Un rato”, dice el tío —masculló Paula para sí misma, mientras sacaba la pizza con un trapo de cocina porque, por supuesto, Mateo nunca sabía dónde estaban las manoplas—. El “rato” de Mateo es una magnitud física variable que se expande proporcionalmente a la cantidad de tonterías que diga Nacho.
Se sentó a la mesa de la cocina. No se molestó en poner mantel. Comía directamente sobre el cartón, cortando los trozos con unas tijeras de oficina porque le daba pereza fregar el cortapizzas. En ese momento, su teléfono vibró sobre la encimera. Era un mensaje de su amiga Bea.
“Paula, tía, estamos en el barrio de las Letras. Vente, que hay un tardeo que se nos ha ido de las manos y esto promete. ¿Qué hace el soso de tu novio?”.
Paula miró el trozo de pizza. Miró sus calcetines de lana. Miró la soledad de su cocina. La tentación fue como un bofetón de realidad.
“El soso está haciendo ‘logística’ con Los Troncos. Dice que necesita su espacio. Yo estoy aquí, en mi espacio personal de sesenta metros cuadrados, cenando cartón con queso”, contestó.
La respuesta de Bea fue inmediata: “¡Vente ya! Déjale una nota que diga que tú también te has ido a buscar tu espacio sideral. No te quedes ahí amargada, que el viernes vuela”.
Paula se quedó pensativa. Había dos versiones de sí misma peleándose en su cabeza. La Paula sufridora, esa que quería quedarse en casa para que cuando Mateo llegara se sintiera culpable al verla durmiendo en el sofá, y la Paula madrileña, la que sabía que un viernes por la noche en la capital es un pecado desperdiciarlo delante de un horno.
—¿Cuánto espacio es demasiado espacio? —se preguntó en voz alta—. Pues si él tiene el espacio de la barra del bar, yo voy a tener el espacio de toda la Línea 1 de Metro.
Se levantó con una determinación renovada. Tiró la mitad de la pizza a la basura —un acto de rebeldía gastronómica— y se fue directa al baño. Se miró al espejo. Tenía esa cara de “he estado a punto de rendirme”, pero sus ojos empezaban a recuperar el brillo de la guerra. Se duchó rápido, se puso ese vestido negro que Mateo siempre decía que era “demasiado corto” (precisamente por eso lo eligió) y se pintó los labios de un rojo tan intenso que podría detener el tráfico en la Castellana.
Mientras se ponía los tacones, escuchó un ruido en el pasillo. Por un segundo pensó que Mateo se había arrepentido y volvía. El corazón le dio un vuelco, una mezcla de alivio y decepción. Pero no, era solo la vecina del quinto, que siempre arrastraba el carrito de la compra con un estrépito infernal.
—Mejor —dijo Paula, cerrando su bolso—. Si vuelve ahora, me estropea la entrada triunfal.
Salió del piso con una energía que no sentía desde hacía meses. En el rellano, se detuvo frente a la puerta del vecino, un señor jubilado que siempre olía a tabaco de pipa y que solía decirle: “Hija, qué guapa vas siempre”. Hoy, Paula se sentía más que guapa; se sentía peligrosa.
Al salir a la calle, el aire fresco le dio en la cara. Madrid estaba en su punto álgido. Las terrazas estaban llenas de gente riendo, gritando, compartiendo raciones de bravas que picaban más de la cuenta. Paula caminó con paso firme hacia la boca del metro. En su cabeza, ya no estaba el salón, ni Mateo, ni la mudanza de Javi. Estaba la noche.
—A ver quién necesita más espacio ahora —murmuró, mientras bajaba las escaleras mecánicas.
Llegó al barrio de las Letras en veinte minutos. Al salir a la superficie, el sonido de la fiesta la envolvió. Encontró a Bea y al resto del grupo en una taberna con solera, de esas que tienen serrín en el suelo y fotos de toreros de cuando todavía se fumaba dentro.
—¡Hombre, la desaparecida! —gritó Bea, abrazándola y pasándole una copa de vino—. ¿Cómo ha sido? ¿Has tenido que saltar por la ventana o te ha dejado salir el carcelero?
—El carcelero se ha ido a su propia misión diplomática —dijo Paula, bebiendo un sorbo largo—. Me ha dicho que necesitaba su espacio. Así que aquí estoy, expandiendo el mío.
—¡Esa es mi Paula! —dijo otra de sus amigas, Elena—. Olvídate de Mateo. Esta noche somos nosotras. Vamos a quemar la ciudad.
La noche transcurrió entre risas, confidencias y ese tipo de humor ácido que solo tienen las amigas que se conocen desde el colegio. Hablaron de trabajo, de Tinder (ese submundo que Paula veía desde la barrera como quien mira un documental de bichos raros) y, inevitablemente, de los hombres.
—Es que no lo entienden —decía Bea, gesticulando con una croqueta—. Creen que el espacio es algo que se nos quita a nosotras. No entienden que el espacio es algo que construimos juntos. Si tú te vas todos los viernes con tus amigos, el espacio no se hace más grande, se hace más vacío.
—Exacto —añadió Paula—. Es como si estuviera esperando a que él me diera permiso para ser feliz. Y hoy me he dado cuenta de que el permiso me lo doy yo.
De pronto, el móvil de Paula vibró en su bolso. Miró la pantalla: tres llamadas perdidas de Mateo y cinco mensajes.
“¿Dónde estás? He llegado a casa y no estás. La pizza está en la basura, ¿ha pasado algo?”. “Paula, contesta. Me estoy preocupando”. “¿Has salido con Bea? Javi dice que os ha visto alguien en el centro”. “Oye, que el rato se me ha alargado un poco, pero ya estoy aquí. ¿Dónde te has metido?”.
Paula sonrió. Era una sonrisa pequeña, de satisfacción contenida. No contestó. Guardó el móvil de nuevo y miró a sus amigas.
—¿Qué pasa? ¿Es el fugitivo? —preguntó Elena.
—Sí. Dice que se está preocupando. Dice que el rato se le ha alargado. Lo de siempre.
—¿Vas a contestar?
—No. Ahora mismo estoy muy ocupada disfrutando de mi espacio sideral. ¿Pedimos otra de bravas?
La tensión cómica que se había cocinado en el salón de casa ahora se había trasladado a la otra parte. Ahora era Mateo el que estaba sentado en el sofá, mirando la televisión apagada y dándose cuenta de que el espacio, cuando te lo dan de golpe y sin avisar, puede ser un lugar muy frío y muy grande. Mateo estaba descubriendo, por las malas, que cuando alguien te dice “perfecto, yo necesito una pareja”, no es una frase hecha. Es una advertencia.
Paula, por su parte, se sentía más viva que nunca. Sabía que al llegar a casa habría una discusión de las que hacen época, una de esas con gritos, lágrimas y reproches históricos que se remontan a la Prehistoria de la relación. Pero en ese momento, bajo las luces de neón del barrio de las Letras, le daba igual. Había roto el patrón. Había hackeado el algoritmo.
—Mañana —pensó Paula—, mañana miraremos los hoteles. Pero hoy, hoy el hotel es la calle.
La noche madrileña seguía su curso, ajena a los dramas domésticos, pero muy atenta a las mujeres que deciden, por fin, ocupar todo el espacio que se merecen.
Parte 3: El contraataque del silencio y el síndrome del sofá vacío
Mateo estaba sentado en el borde del sofá, con la cabeza entre las manos y el olor a pizza tirada todavía flotando en la cocina. Eran las dos de la mañana. El “un rato” se había convertido en un “rato y medio”, que en tiempo de Mateo significaba cinco cervezas, una ración de oreja a la plancha y tres horas de chistes repetidos sobre la calvicie incipiente de Javi. Había llegado a casa con esa alegría tonta de la post-fiesta, esperando encontrar a Paula medio dormida frente a la tele para poder darle un beso, decirle que la quería mucho y que mañana sería el mejor novio del mundo.
Pero se había encontrado con el vacío. Un vacío absoluto que olía a perfume caro y a decisión tomada.
Miró el móvil por enésima vez. Nada. Paula no había leído los últimos mensajes. El “visto” azul brillaba por su ausencia, y Mateo empezaba a sentir un sudor frío que no tenía nada que ver con el alcohol.
—No puede ser —murmuró, paseando por el pasillo—. No es propio de ella. Paula no sale así, sin avisar. Y menos un viernes noche cuando me ha echado la bronca por salir yo. Es… es una contradicción lógica.
Mateo, como muchos hombres que se ven contra las cuerdas, intentaba aplicar la lógica a una situación que era puro sentimiento. En su cabeza, él tenía derecho a salir porque lo había avisado (aunque fuera tarde y mal), pero ella no, porque… bueno, porque ella era la que se quedaba. Era la guardiana del faro. Si el faro se apaga y se va de copas, ¿qué pasa con los barcos? Los barcos, en este caso, eran su ego y su comodidad.
Se fue a la cocina y bebió agua directamente del grifo, un gesto de hombre desesperado. Vio la caja de la pizza en la basura. Estaba casi entera. Paula ni siquiera había terminado de cenar antes de marcharse. Eso le dolió más que el silencio. Significaba que la rabia había sido más fuerte que el hambre.
De pronto, escuchó el sonido de una llave en la cerradura. El corazón le dio un vuelco. Se enderezó, intentando poner una cara que mezclara preocupación con una autoridad moral que, en el fondo, sabía que no tenía.
La puerta se abrió y entró Paula. Venía radiante. El pelo un poco revuelto, los labios todavía rojos y una sonrisa que Mateo no reconoció. No era la sonrisa dulce de siempre, era una sonrisa de victoria, de alguien que ha descubierto un secreto y no piensa compartirlo.
—¿Se puede saber dónde estabas? —soltó Mateo, cruzándose de brazos en medio del pasillo. Intentó sonar firme, pero su voz sonó un poco más aguda de lo habitual.
Paula cerró la puerta con suavidad, se quitó los tacones con una elegancia que dejó a Mateo hipnotizado y lo miró de arriba abajo como quien mira a un turista perdido.
—Hola, Mateo. Veo que el rato se ha acabado. ¿Cómo ha ido la logística de Javi? ¿Habéis decidido ya si las cajas se cierran con cinta americana o con saliva?
—No me vengas con esas, Paula. Llevo dos horas llamándote. He estado a punto de llamar a la policía. No has dejado ni una nota. La pizza estaba ahí tirada… me he asustado, joder.
Paula caminó hacia el salón, pasando por su lado sin rozarlo, dejando una estela de perfume que a Mateo le supo a reproche.
—¿Asustado? —preguntó ella, sentándose en la butaca, no en el sofá—. Qué curioso. Yo me asusté el primer viernes que te fuiste “un rato”. El segundo ya estaba preocupada. Hoy, simplemente, me he dado cuenta de que el miedo es una pérdida de tiempo. Así que me he ido a buscar mi espacio. Y resulta que hay un montón de espacio ahí fuera, Mateo. Espacio con música, con gente que sabe conversar y con vino que no sabe a cartón.
Mateo se quedó en el umbral del salón, sintiéndose como un extraño en su propia casa. La seguridad de Paula le resultaba insultante. Él esperaba lágrimas, o al menos un grito que le permitiera defenderse. Pero este silencio articulado, esta ironía fina, le estaba destrozando el guion.
—Has salido para vengarte —sentenció él—. Lo has hecho para devolvérmela. Eso es muy inmaduro, Paula. Si te molestaba que saliera, podías haberlo dicho de otra forma.
—¿De otra forma? —Paula se rió, una risa clara que resonó en el salón vacío—. Te lo dije de mil formas, Mateo. Te lo dije con palabras, con silencios, con planes cancelados y con esa cara de decepción que tú decidías ignorar cada vez que te ponías la colonia. No es venganza, Mateo. Es aprendizaje. He aprendido que si tú necesitas tu espacio, yo necesito el mío. Y hoy mi espacio ha sido estupendo.
—¿Con quién estabas? He llamado a Bea y no me ha cogido —dijo él, con un deje de celos que no pudo ocultar.
—Estaba con mi espacio, Mateo. Con quién estuviera es irrelevante. Lo importante es que no estaba aquí, esperándote. No estaba midiendo mi vida por los minutos que tardabas tú en volver de tu “logística”.
Mateo se sentó en el sofá, el gran sofá que ahora parecía un océano entre los dos. Se sentía pequeño. Se sentía como el malo de una película de la que él creía ser el héroe.
—Mira, Paula… igual me he pasado. Lo admito. He estado saliendo demasiado los viernes. Pero es que entre semana estoy muy agobiado y…
—Todos estamos agobiados, Mateo —le interrumpió ella—. Pero el agobio se comparte, no se huye de él cada viernes para dejar al otro con la carga del silencio. Me dijiste que necesitabas tu espacio. Y yo te dije que necesitaba una pareja. ¿Sabes lo que pasa cuando hay demasiado espacio en medio? Que la pareja se pierde. Se vuelve invisible.
—No quiero que seas invisible —murmuró él, mirando sus manos—. Te quiero. Sabes que te quiero.
—Querer no es un estado pasivo, Mateo. No es algo que se queda ahí guardado en un cajón mientras tú te vas de cañas. Querer es estar. Es elegir estar. Y tú hoy, como los dos viernes anteriores, has elegido no estar. Has elegido a Los Troncos. Has elegido la logística imaginaria de Javi. Has elegido cualquier cosa antes que sentarte aquí a mirar hoteles conmigo.
El silencio volvió a instalarse. Pero esta vez era un silencio diferente. Ya no era el silencio de la rabia, sino el de la claridad. Mateo se dio cuenta de que no bastaba con volver a casa. No bastaba con traer un kebab (que, por cierto, se le había olvidado comprar). La relación estaba en la UCI y él seguía pensando en la mudanza de Javi.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó él, con una voz que era casi una súplica.
—Quiero que me digas —dijo Paula, levantándose y mirándole fijamente— cuánto espacio es demasiado espacio para ti. Porque para mí, el espacio que has dejado hoy es tan grande que no sé si voy a poder volver a llenarlo.
Mateo no supo qué contestar. La pregunta le golpeó en el centro de su ego. Durante años, él había pensado que la libertad era hacer lo que uno quería sin dar explicaciones. Hoy descubría que la verdadera libertad es tener a alguien a quien quieras darle explicaciones.
—Mañana… —empezó él.
—Mañana no existe, Mateo —dijo ella, caminando hacia el dormitorio—. Mañana es solo otra promesa que se te olvidará cuando Nacho te mande el primer meme del día. Hoy es lo que cuenta. Y hoy, tú has tenido tu espacio y yo he tenido el mío.
Paula cerró la puerta del dormitorio. Mateo se quedó solo en el salón. Miró la mesa de centro, el libro que ella estaba leyendo, la televisión apagada. Se sintió como un astronauta que ha salido a dar un paseo por el espacio y se ha dado cuenta de que se ha cortado el cable que le unía a la nave. Estaba flotando. Libre, sí. Con todo el espacio del mundo para él. Pero flotando hacia la nada.
Se tumbó en el sofá, el mismo sofá donde Paula había estado cenando sola. El cartón de la pizza todavía estaba en la encimera. Mateo cerró los ojos y, por primera vez en su vida, odió el viernes por la noche. Odió a Los Troncos. Y, sobre todo, odió ese “espacio” que tanto había reclamado y que ahora le pesaba como una losa de granito.
La noche madrileña seguía rugiendo ahí fuera, pero dentro de aquel piso, el silencio era absoluto. Un silencio que preguntaba, una y otra vez, hasta dónde puede llegar una pareja antes de que el espacio se convierta en distancia insalvable.
Parte 4: El amanecer de la realidad y el hotel de las segundas oportunidades
La luz del sábado entró por las persianas del salón con una crueldad metálica. Mateo se despertó con el cuello rígido y esa sensación de desorientación que te da el haber dormido en un sofá que, aunque de diseño, no está pensado para las crisis sentimentales. El silencio en la casa era diferente al de la noche anterior; ya no era un silencio de guerra, sino un silencio de “resaca emocional”, pesado y lento como el tráfico en la M-30 un lunes por la mañana.
Se levantó con cuidado, estirando los músculos que protestaban por cada mal gesto. Se dirigió a la cocina, evitando mirar la caja de pizza que seguía en la basura como un monumento a su negligencia. Puso la cafetera, el sonido del borboteo del agua era lo único que llenaba el vacío. En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió.
Paula salió vestida para ir al gimnasio. Ni rastro de la mujer fatal del vestido negro de anoche. Volvía a ser la Paula de los sábados, con las mallas, el pelo recogido en una coleta alta y esa cara de “voy a quemar calorías para no quemar tu ropa”.
—Buenos días —dijo Mateo, con una voz que parecía haber sido procesada por una trituradora de papel.
—Buenos días —respondió ella, yendo directa al frigorífico para coger una botella de agua. Su tono era neutro. Ni enfadado, ni alegre. Simplemente… funcional.
Mateo se apoyó en la encimera, sosteniendo su taza de café como si fuera un escudo térmico.
—Paula… he estado pensando toda la noche. Bueno, lo poco que he dormido entre el muelle del sofá y mi propia conciencia.
Paula bebió un sorbo largo de agua, se secó los labios y lo miró. No dijo nada, esperando.
—Tienes razón —continuó él—. Me he pasado de frenada. He usado el “espacio” como una excusa para ser un vago emocional. Es más fácil irse de cañas con Javi que sentarse a decidir si queremos ir a Grecia o a Asturias. Es más fácil ser “uno de los tíos” que ser el hombre que tú necesitas.
Paula apoyó la botella en la mesa y suspiró.
—No se trata de ser un hombre perfecto, Mateo. Se trata de ser un equipo. Los equipos no juegan cada uno en un campo diferente. El espacio es necesario, sí. Yo también necesito mis ratos con Bea, mis tardes de lectura, mis silencios. Pero el espacio tiene que ser una ventana, no un muro. Tú en estos tres viernes has construido una muralla china con barriles de cerveza.
—Lo sé. Y quiero derribarla —dijo él, dando un paso hacia ella—. Mira, he cancelado lo de ir a ver el partido hoy con los del fútbol. Me da igual el resultado. Me da igual Nacho y sus teorías sobre el fuera de juego. Quiero que nos sentemos. Ahora. Sin móviles, sin excusas.
Paula miró su reloj.
—Tengo clase de spinning en media hora, Mateo.
—Pues no vayas. O ve más tarde. Por favor. He buscado el sitio ese de comida fusión de la esquina. He reservado para esta noche. Y he traído esto del quiosco de abajo.
Mateo sacó un catálogo de viajes que había comprado en un arrebato de lucidez mañanera. Era de papel, de los de antes, con fotos brillantes de playas de arena blanca y templos antiguos.
—Dijimos de mirar hoteles. Vamos a hacerlo. Pero no por internet, que nos distraemos con las ofertas de última hora. Vamos a mirar este catálogo como si estuviéramos en los años noventa. Elige una página. La que sea. Y vamos ahí. Me da igual el presupuesto. Me da igual el destino. Solo quiero que elijamos algo juntos.
Paula miró el catálogo. Luego miró a Mateo. Vio sus ojeras, su pelo revuelto y ese rastro de arrepentimiento auténtico que no se puede fingir. La tensión cómica de la noche anterior se había disuelto en una vulnerabilidad que la desarmó.
—Asturias —dijo ella finalmente, con una pequeña sonrisa—. No quiero playas de arena blanca ahora mismo. Quiero verde, sidra y que no haya cobertura de móvil en diez kilómetros a la redonda.
Mateo soltó un suspiro de alivio que pareció vaciarle los pulmones.
—Hecho. Asturias. Mañana mismo compramos los billetes o alquilamos un coche. Lo que tú quieras.
Se quedaron en silencio en la cocina, pero esta vez el silencio era cálido. El espacio que antes parecía un abismo se había reducido a la distancia de un abrazo. Mateo dejó la taza de café y se acercó a ella, rodeándola con los brazos. Paula apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón.
—¿Cuánto espacio es demasiado espacio, Paula? —preguntó él en un susurro.
—Demasiado espacio es aquel en el que dejas de oír el corazón del otro, Mateo —respondió ella—. Mientras pueda oírte, el espacio es manejable. Pero no vuelvas a alejarte tanto que necesite un radar para encontrarte.
—Te lo prometo —dijo él, besándole el pelo—. Ni logística de Javi, ni dramas de Nacho. Mi espacio favorito a partir de ahora tiene exactamente el tamaño de este abrazo.
La mañana madrileña seguía su curso. El sol ya calentaba las calles de Arganzuela y los pájaros cantaban en los balcones, ajenos a las treguas que se firman en las cocinas. Paula no fue a spinning. Mateo no vio el fútbol. Se quedaron allí, sentados en el sofá (esta vez juntos), pasando las páginas de un catálogo de viajes y redescubriendo que el mejor plan con amigos es aquel que no te hace olvidar que la mejor amiga, la mejor compañera y el mejor destino, ya está en casa.
La crisis del viernes se había convertido en la oportunidad del sábado. Porque al final, en el complicado algoritmo del amor, la única variable que importa no es el espacio, sino el tiempo. El tiempo que eliges regalarle a la persona que ha decidido, a pesar de tus “ratos”, quedarse a tu lado para ver cómo sale el sol.
¿Cuánto espacio es demasiado espacio?
Quizás la respuesta sea que el espacio justo es aquel que permite que dos personas crezcan por separado, pero siempre en la misma dirección. Un espacio que se llena de viajes a Asturias, de cenas improvisadas y de la certeza de que, el próximo viernes, el único “rato” que importará será el que pasen juntos, sin más logística que la de un beso.