Parte 1: El umbral de la indecisión crónica
Cuando alguien dice “me da igual”, casi nunca le da igual. Es una de esas mentiras piadosas, o quizás una emboscada dialéctica, que forma parte del patrimonio inmaterial de cualquier relación de pareja que se precie. No es una respuesta, es un campo de minas. Es el equivalente semántico a soltar el volante de un coche a cien kilómetros por hora y decirle al copiloto: “conduce tú, pero no te salgas de la carretera que yo tengo en mi cabeza y que no te voy a explicar”.
Eran las ocho y cuarto de una tarde de jueves en un piso de esos del centro de Madrid, donde los techos son muy altos, los pasillos muy largos y las facturas de la calefacción te quitan las ganas de vivir. Dani estaba apoyado en el marco de la puerta de la entrada, con las llaves del coche tintineando en la mano y el abrigo puesto. Un abrigo que, por cierto, ya le sobraba, porque Lucía todavía estaba en esa fase crítica que él llamaba “la revisión de los últimos cinco segundos”. Esa fase en la que ella se mira al espejo del recibidor, se ajusta una bufanda que ya estaba perfecta y comprueba, por decimoquinta vez, si lleva el móvil en el bolso mientras se pregunta si el color de sus botas combina con el tono de su cansancio existencial.
—Lucía, por favor, que nos cierran la cocina hasta en el sitio más cutre —dijo Dani, intentando que su voz no sonara a reproche, aunque el hambre ya empezaba a jugarle malas pasadas en el estómago.
Lucía se giró, le dedicó una mirada de esas que dicen “estoy a un comentario sarcástico de quedarme en pijama” y suspiró.
—Ya estoy, pesado. Si es que parece que vamos a una misión de la ONU en vez de a cenar algo por el barrio.
—No es una misión, es supervivencia básica. Si no como algo sólido en los próximos veinte minutos, mi cuerpo va a empezar a digerir mis propios órganos internos —replicó él, abriendo la puerta del piso y haciendo un gesto caballeroso hacia el descansillo del edificio, que olía a ese incienso barato que ponía el vecino del 3ºB—. Así que, para ir ganando tiempo mientras bajamos… ¿qué te apetece? ¿Cenamos sushi o pizza?
La pregunta era sencilla. Binaria. Una elección entre el arroz frío con pescado crudo que te deja con hambre a la hora y media, o la masa con queso que te garantiza una acidez de estómago digna de un dragón de Juego de Tronos. Dani esperaba una respuesta rápida, un veredicto que le permitiera abrir la aplicación de reservas o, al menos, enfilar la calle con un propósito.
Pero Lucía, mientras cerraba la puerta con doble vuelta y comprobaba que el pomo no se movía (otra de sus manías innegociables), soltó la bomba atómica de la convivencia:
—Me da igual.
Dani se quedó petrificado en el primer escalón. El silencio del portal se volvió denso. Sabía lo que significaba ese “me da igual”. No era una concesión de libertad, era una transferencia de responsabilidad con derecho a veto posterior. Era la forma que tenía Lucía de decirle: “elige tú, pero si eliges mal, la culpa será tuya y el mal humor será mío”.
—¿Cómo que te da igual, Lucía? —preguntó Dani, empezando a bajar las escaleras con esa parsimonia de quien sabe que está entrando en un territorio peligroso—. No te puede dar igual. El sushi y la pizza están en extremos opuestos del espectro gastronómico. Uno es salud y sofisticación, lo otro es una fiesta de carbohidratos que acaba con nosotros bebiendo bicarbonato en la cama a las dos de la mañana.
—Pues por eso mismo —dijo ella, bajando detrás de él, con el taconeo de sus botas resonando en el mármol del portal—. Me da igual porque no tengo una preferencia clara. Mi mente está en blanco. Mi estómago está en modo neutro. Toma tú la iniciativa, Dani. Sé ese hombre decidido que tanto dices que eres.
Dani respiró hondo. Intentó visualizar la victoria. Visualizó una pizza margarita, con su albahaca fresca y su masa fina, crujiente, humeante. Visualizó el primer bocado, el queso fundido…
—Vale, pizza —sentenció él, con la firmeza de un juez del Tribunal Supremo.
Llegaron al portal. Dani empujó la puerta metálica, que soltó su habitual chirrido de alma en pena, y el aire fresco de la noche madrileña les golpeó la cara. Él ya estaba pensando en el “Pizzería Da Luigi”, ese sitio donde el camarero te llama “tío” y las servilletas son de papel de lija, pero la pizza te hace ver a Dios.
Entonces, cuando ya tenían un pie en la acera y Dani estaba a punto de girar hacia la derecha, Lucía soltó el contraataque.
—Bueno… pizza otra vez no, ¿no?
Dani se detuvo en seco. Se giró lentamente, como si estuviera en una película de suspense, y la miró a los ojos. Lucía puso esa cara de inocencia que suele preceder a las grandes catástrofes.
—¿Perdona? —dijo Dani, levantando las cejas hasta casi tocarse el flequillo—. Hace exactamente doce segundos me has dicho, y cito textualmente, “me da igual”. He elegido pizza. Y ahora me dices que pizza no. Acabas de jubilar el “me da igual”, Lucía. Lo has matado. Lo has enterrado en el portal de nuestra casa.
—Ay, Dani, no seas dramático, que te pones muy pesado con los conceptos —dijo ella, empezando a caminar en dirección contraria a la pizzería, como si sus pies tuvieran una voluntad propia totalmente independiente de su boca—. He dicho que me da igual lo que elijas, pero eso no significa que no pueda tener un mínimo de criterio. Cenamos pizza el domingo viendo la final de aquel concurso de cocina, cenamos pizza el martes porque llegamos tarde del curro… Mi cuerpo ahora mismo es un setenta por ciento agua y un treinta por ciento pepperoni. Si comemos pizza otra vez, voy a empezar a hablar en italiano y a pedir que me pongan una torre inclinada en el salón.
—¡Pero es que “me da igual” significa que te da igual! —protestó él, siguiéndola a paso rápido—. No significa “elije lo que quieras siempre que no sea lo que ya he decidido mentalmente que no quiero”. Eso es una trampa. Es como si yo te pregunto “¿dónde quieres ir de vacaciones?”, me dices “me da igual”, te digo “a los Pirineos” y me sueltas “bueno, al frío otra vez no”. ¡Entonces no te da igual, Lucía! ¡Tienes una lista de excluidos!
—Me da igual, pero con criterio —sentenció ella, ajustándose el bolso—. Es un concepto avanzado, Dani. No espero que lo entiendas a la primera. Es como una pre-selección. Me da igual dentro de las opciones que no me causan rechazo instantáneo.
—Es decir, que el sushi tampoco te vale, ¿verdad? —preguntó él, con un tono de voz que ya rozaba el sarcasmo más puro.
—El sushi me parece bien —dijo ella, deteniéndose frente al escaparate de una tienda de muebles de diseño que costaban más que su coche—. Pero, ¿no te parece que hace un poco de frío para comer algo crudo? El sushi es de verano. Es de terraza, de vino blanco frío. Ahora mismo me apetece algo más… caliente. Algo que me abrace el alma.
—¿Algo que te abrace el alma? —Dani se llevó las manos a la cara—. Lucía, estamos hablando de cenar, no de una sesión de psicoterapia con un caldo de pollo. Una pizza abraza el alma. Una lasaña abraza el alma. Incluso un kebab de tres euros abraza el alma si tienes la suficiente fe.
—No me hables de kebabs, por favor —hizo ella un gesto de asco—. Solo digo que busquemos algo que nos apetezca a los dos.
—Pero si te he dado a elegir entre dos cosas y has vetado ambas después de decir que te daba igual —Dani empezó a caminar en círculos por la acera, para desesperación de una señora que paseaba a un carlino con chubasquero—. Esto es el día de la marmota, Lucía. Estamos atrapados en el umbral de la indecisión. Vamos a morir de hambre en esta calle mientras discutimos el significado profundo del nihilismo gastronómico.
Lucía sonrió y le cogió del brazo, ignorando sus aspavientos.
—No exageres, que te pones muy intenso. Mira, ¿ves aquel sitio nuevo de hamburguesas gourmet? Ese que tiene luces de neón y las sillas de colores.
—¿El que cobran quince euros por una hamburguesa que se deshace y te la sirven en un trozo de pizarra? —preguntó él con escepticismo.
—Ese. Me da igual si vamos ahí.
—¿Te da igual? ¿De verdad? —Dani la miró con recelo—. ¿Seguro? ¿No me vas a decir que hamburguesa otra vez no porque comimos una en el cumple de tu sobrino hace tres semanas?
—Seguro. Me da igual. Vamos.
Dani se dejó llevar, aunque por dentro sabía que aquella tregua era frágil. Caminaron unos metros en silencio, el sonido de la ciudad envolviéndolos. Madrid un jueves por la noche tiene ese ritmo especial, una mezcla de gente que sale del trabajo con ganas de olvidar y gente que sale de casa con ganas de recordar por qué vive en una ciudad tan caótica.
Justo cuando estaban a diez metros de la entrada del local de hamburguesas, Lucía se detuvo. Miró la carta que había en un atril en la puerta.
—Oye, Dani…
Él cerró los ojos y soltó un suspiro largo, agónico. Sabía lo que venía. Lo olía en el aire.
—¿Qué pasa ahora, Lucía? ¿El neón es demasiado brillante para tu alma? ¿La pizarra es demasiado fría para tus patatas?
—No, no es eso —dijo ella, señalando con el dedo una línea de la carta—. Es que pone que la hamburguesa especial lleva cebolla caramelizada con reducción de Pedro Ximénez. Y yo odio el Pedro Ximénez. Me sabe a jarabe para la tos de cuando era pequeña.
—¡Pero elige otra! ¡Tienen diez tipos de hamburguesas! —gritó Dani, atrayendo la mirada de un grupo de turistas que pasaban por allí—. ¡No tienes que comerte la del jarabe!
—Ya, pero si el especial es ese, significa que el chef tiene un gusto dudoso —concluyó ella con una lógica aplastante—. Casi que prefiero buscar otra cosa.
—¿Otra cosa? ¿Qué otra cosa? —Dani empezó a reírse, pero una risa nerviosa, de las que anuncian que alguien está a punto de perder la cabeza—. Lucía, llevamos veinte minutos de reloj. Hemos pasado por delante de un italiano, un japonés, un mexicano y ahora este sitio de hamburguesas. En todos has dicho que te da igual y en todos has puesto una pega insalvable.
—Es que no hemos encontrado el sitio adecuado, Dani. Es una cuestión de vibras.
—¡A tomar por saco las vibras! —exclamó él—. Lo que yo tengo es hambre. Hambre pura, dura y sin criterio. Si quieres, nos quedamos aquí, en la puerta, y yo me como la carta del restaurante, que por lo menos tiene celulosa y me llenará algo.
Lucía le miró con reproche, pero antes de que pudiera decir nada, el estómago de Dani rugió tan fuerte que pareció que un león se había escapado del Retiro.
—¿Ves? —dijo él, señalando su vientre—. Hasta mi sistema digestivo está pidiendo clemencia. Elige tú. Pero elige de verdad. Sin “me da igual”, sin “criterio avanzado” y sin “abrazos al alma”. Di un nombre. Ahora.
Lucía se quedó pensativa, mirando hacia el final de la calle.
—¿Y si volvemos a casa y pedimos algo? —sugirió ella con una sonrisa angelical.
Dani se quedó mudo. Volver a casa. Subir las escaleras. Quitarse el abrigo. Esperar cuarenta minutos a que un repartidor en bicicleta llegara con la comida fría.
—Me da igual —dijo Dani, con un tono de voz plano, vacío, casi espectral.
Lucía le miró, sorprendida.
—¿De verdad te da igual, Dani?
—Sí. Me da exactamente igual. Porque acabo de darme cuenta de que el “me da igual” no es una respuesta, es una enfermedad contagiosa. Y ahora la tengo yo. Felicidades, Lucía. Has ganado.
—Vaya, qué carácter —dijo ella, empezando a caminar de vuelta hacia el piso—. Pues si te da igual, pedimos comida tailandesa.
—Me da igual —repitió él, siguiéndola como un zombi—. Pero que sepas que el Pad Thai no abraza el alma, solo pica como un demonio.
Y así, mientras desandaban el camino, Dani comprendió que en la guerra del “me da igual”, el único movimiento ganador es no jugar. O, al menos, comerse un bocadillo antes de salir de casa.
Parte 2: El descenso a los infiernos del Glovo
Subir las escaleras de vuelta al piso fue una experiencia casi mística para Dani. Si antes el hambre era una molestia, ahora era una entidad con personalidad jurídica propia. Sentía que sus piernas pesaban más de lo normal, como si cada escalón fuera una afrenta personal de la gravedad hacia su falta de glucosa. Lucía, en cambio, subía con una ligereza insultante, tarareando una canción que él no lograba identificar pero que juraría que tenía un ritmo sospechosamente parecido al de la música de espera de un seguro médico.
Entraron en el piso. El recibidor los recibió con el mismo silencio de antes, pero ahora el espejo parecía burlarse de ellos. Dani se quitó el abrigo y lo lanzó sobre el sofá con la precisión de un atleta olímpico del desánimo. Lucía, con una parsimonia que a él le resultaba casi criminal, se quitó las botas, se puso sus calcetines de lana con dibujos de aguacates y se acomodó en el sofá, sacando el móvil como si fuera un arma de precisión.
—A ver —dijo ella, abriendo la aplicación de comida a domicilio—. Comida tailandesa. Buscamos el “Thai Express” o el “Buda Feliz”?
Dani se desplomó a su lado. El sofá, que solía ser un refugio de paz, ahora se sentía como una sala de espera de un aeropuerto en medio de una huelga de controladores.
—Me da igual, Lucía. De verdad. Te he dicho que me da igual y pienso mantener mi palabra hasta las últimas consecuencias. Elige tú. Pide lo que quieras. Pide una sopa de aleta de tiburón si te hace ilusión. Yo solo quiero que el timbre suene antes de que caduque mi contrato de alquiler.
Lucía empezó a navegar por la carta digital con el escrutinio de un arqueólogo analizando jeroglíficos.
—Uy, mira —dijo ella, ignorando el tono agónico de Dani—. Aquí dice que el arroz frito con piña tiene un suplemento de tres euros porque la piña es ecológica y madurada al sol de Bangkok. ¿Te parece bien?
—Me da igual, Lucía. Como si la piña la ha bendecido el mismo Dalai Lama. Pídela.
—Ya, pero es que tres euros por un poco de piña me parece un robo —continuó ella, haciendo scroll sin parar—. Y el curry verde dice que tiene un nivel de picante de tres sobre cinco. A ti el picante tres te hace sudar como si estuvieras en una sauna en agosto. ¿Seguro que te da igual?
Dani se giró hacia ella. Su cara era un poema de frustración contenida.
—Escúchame bien, Lucía. Escúchame con atención. En este preciso instante de mi existencia, mi escala de valores ha colapsado. No me importa el suplemento de la piña, no me importa el nivel de picante y no me importa el origen geográfico del arroz. Podrías pedir un plato de piedras salteadas y me las comería con una sonrisa si me aseguras que llegan en menos de media hora. Así que, por lo que más quieras, dale al botón de pagar.
—Ay, Dani, qué impaciente eres —dijo ella, frunciendo el ceño—. Si pido algo que luego no te vas a poder comer porque te pica la lengua, me dirás que “te daba igual pero no tanto”. No quiero que cenemos con tensión.
—La tensión ya está aquí, Lucía. Está sentada entre nosotros dos comiéndose un bol de palomitas invisible —replicó él—. La única forma de echar a la tensión es alimentándome. Paga. Ya.
Lucía suspiró y, por fin, movió el dedo hacia el botón de confirmación. Pero justo antes de pulsar, se detuvo.
—Oye… he estado pensando.
Esa frase. Dani sintió un escalofrío. En el lenguaje de las parejas, “he estado pensando” es el preludio de un cambio de planes que va a alargar el proceso de toma de decisiones otros cuarenta minutos.
—¿Qué has pensado, Lucía? —preguntó Dani con una voz sospechosamente calmada.
—Que el tailandés tarda cincuenta minutos en llegar. Lo pone aquí, en letra pequeña. “Tiempo estimado: 50-65 minutos”. Entre que lo preparan, el repartidor lo recoge y sube las cuestas del barrio… cenamos a las diez y media. Y mañana madrugo para la reunión con los de contabilidad.
—¿Y qué sugieres? ¿Que hagamos la fotosíntesis? ¿Que nos miremos fijamente hasta que el hambre se aburra y se vaya?
—No —dijo ella con una chispa en los ojos—. Sugiero que miremos qué hay en la nevera. Seguro que tenemos algo rápido. Unos huevos, una ensalada… algo que no nos deje con esa pesadez de la comida a domicilio.
Dani se levantó del sofá como impulsado por un resorte. Se dirigió a la cocina con la determinación de un explorador que sabe que el mapa está mal pero no tiene otra opción. Abrió la nevera. La luz blanca y fría iluminó el vacío existencial de su despensa.
—A ver, Lucía —gritó desde la cocina—. Tenemos medio limón reseco, un bote de mostaza que caducó cuando España ganó el Mundial, tres yogures desnatados de esos que compraste cuando dijiste que ibas a empezar la dieta detox y un paquete de lonchas de pavo que parecen más plástico que carne. ¿Con esto quieres que prepare una cena que “nos abrace el alma”? ¿Quieres que haga un risotto de limón y mostaza con reducción de pavo?
Lucía apareció en la puerta de la cocina, apoyada en el marco, con esa actitud de quien tiene una solución creativa para un problema inexistente.
—En el congelador tiene que haber algo —dijo ella—. Mira detrás de los hielos.
Dani metió la mano en el congelador, sintiendo cómo sus dedos se entumecían. Empezó a mover bolsas de guisantes congelados que llevaban allí desde la última glaciación. De repente, su mano tocó algo sólido, rectangular, envuelto en cartón.
—No puede ser —dijo Dani, sacando el objeto a la luz.
Era una pizza congelada. Una pizza de esas de marca blanca, con una foto que prometía una explosión de sabores y una realidad que solía saber a cartón mojado con tomate industrial.
—¡Una pizza! —exclamó Lucía, dando una palmadita—. ¿Ves? El destino es sabio. Tenemos la cena aquí mismo.
Dani miró la pizza congelada y luego miró a Lucía. La ironía era tan grande que casi se podía tocar.
—A ver si lo entiendo —dijo él, con una voz que vibraba por el hambre y la incredulidad—. Hemos salido de casa para elegir entre sushi y pizza. Has dicho que te daba igual. He elegido pizza. Has dicho que pizza no porque cenamos pizza el martes. Hemos caminado media calle, hemos descartado un japonés, un mexicano y un sitio de hamburguesas gourmet porque el neón te molestaba o el chef usaba vino dulce. Hemos vuelto a casa para pedir tailandés. Has dicho que tardaba mucho. Y ahora… ahora me estás diciendo, con toda tu cara, que cenemos esta aberración congelada que es, básicamente, la prima pobre y triste de la pizza que yo quería cenar hace una hora.
Lucía se encogió de hombros con una naturalidad pasmosa.
—Es que esta es diferente, Dani. Esta es nuestra. No tenemos que esperar al repartidor, no tenemos que pagar propina y podemos comerla en el sofá viendo lo que queramos. Además, me da igual que sea pizza ahora. El contexto ha cambiado. El hambre ha evolucionado.
—”El hambre ha evolucionado” —repitió Dani, dejando la pizza sobre la encimera—. Esa es la frase más absurda que he oído en mi vida, Lucía. Y he oído muchas desde que salimos con el “me da igual” por la boca.
—Bueno, ¿la metes en el horno o vas a seguir haciendo un monólogo dramático sobre la coherencia humana? —preguntó ella, dándose la vuelta para volver al salón—. Ponla a 200 grados, que se haga crujiente.
Dani se quedó solo en la cocina. Miró el horno, miró la pizza y luego miró el limón reseco de la nevera. Estuvo a punto de tirarlo todo por la ventana y bajarse al bar de la esquina a comerse un bocadillo de calamares solo, pero el hambre era más fuerte que su orgullo. Encendió el horno. El sonido del ventilador empezó a llenar el silencio.
“Me da igual”, pensó Dani. “Me da igual todo. Me da igual la coherencia, me da igual la gastronomía y me da igual el significado de las palabras”.
Mientras esperaba a que el horno se calentara, Dani sacó su móvil. Tenía un mensaje de su grupo de amigos, el típico grupo de WhatsApp que se llama “Los Troncos” o “Los de Siempre”. Era Javi.
“Tíos, ¿cenamos mañana por ahí? ¿Qué os apetece?”.
Dani sintió una tentación diabólica. Sus dedos volaron sobre el teclado.
“Me da igual”, escribió.
Inmediatamente, sintió un ramalazo de culpa. Sabía el caos que acababa de desatar. Sabía que en ese grupo de seis personas, ese “me da igual” iba a generar un hilo de doscientos mensajes de indecisión, vetos y discusiones sobre el precio del menú. Pero en ese momento, le pareció lo más justo. Si él había sufrido el descenso a los infiernos del “me da igual”, lo mínimo era compartir la carga con sus semejantes.
—¿Dani? —gritó Lucía desde el salón—. ¿Has metido ya la pizza? ¡Que me estoy quedando sin fuerzas!
—¡Ya va, ya va! —respondió él, metiendo la bandeja en el horno—. ¡Diez minutos y tenemos nuestro ‘manjar’ de cartón listo!
Se sentó en el taburete de la cocina a esperar. El olor a queso industrial empezó a flotar en el ambiente. Era un olor que, en cualquier otra circunstancia, le habría parecido decepcionante. Pero después del periplo de la tarde, le pareció el perfume más exquisito del mundo.
“Me da igual”, se dijo a sí mismo por última vez, “pero la próxima vez que salgamos, elijo yo. Y si ella dice ‘me da igual’, le grabo con el móvil para que luego no haya revisionismo histórico”.
Pero Dani sabía, en el fondo de su corazón, que eso no serviría de nada. Porque el “me da igual” no es una respuesta lógica, es un estado de ánimo. Y contra los estados de ánimo no hay argumento que valga, ni siquiera una pizza congelada.
Parte 3: El criterio del hambre absoluta
El olor de la pizza congelada en el horno es engañoso. Empieza oliendo a triunfo, a solución rápida, a fin de la agonía. Pero a medida que pasan los minutos, el aroma se estabiliza en algo que recuerda vagamente a una panadería industrial que ha tenido un problema con la ventilación. Aun así, Dani estaba allí, de pie frente a la puerta de cristal del horno, observando cómo los bordes de la masa se ponían de un color marrón sospechoso.
—¿Falta mucho? —preguntó Lucía, asomando la cabeza por la cocina. Llevaba una manta por encima de los hombros, dándole el aspecto de una refugiada de la indecisión.
—Dos minutos, Lucía. Dos minutos de reloj. A menos que quieras que la masa sepa a chicle de queso, te sugiero que me dejes terminar mi trabajo de chef de alta congelación.
—Es que tengo una debilidad tremenda —dijo ella, apoyándose en la encimera—. He llegado a ese punto en el que el hambre me hace ver cosas. Hace un momento he jurado que el mando de la tele parecía una croqueta de jamón.
—Eso se llama hipoglucemia, Lucía. Y se cura con coherencia, no con alucinaciones —replicó él, sacando la bandeja del horno con un trapo de cocina porque, por supuesto, nunca sabían dónde estaban las manoplas—. Aquí la tienes. La culminación de nuestra noche de ocio y gastronomía. La pizza que no querías, pero que el destino nos ha impuesto.
Llevaron la pizza al salón. La pusieron sobre la mesa de centro, encima de una revista de viajes que mostraba una playa paradisíaca en Tailandia. La ironía de la piña madurada al sol de Bangkok los saludó desde la portada. Cortaron la pizza con unas tijeras de cocina porque el cortapizzas se había roto el año pasado y nunca se acordaban de comprar otro.
Dieron el primer bocado. Estaba caliente. Muy caliente. De hecho, Dani sintió cómo el paladar se le chamuscaba instantáneamente, pero no le importó. El dolor físico era preferible al vacío estomacal.
—Pues no está tan mal —dijo Lucía, masticando con entusiasmo—. Creo que es el hambre, pero me sabe a gloria.
—Te sabe a gloria porque tus papilas gustativas se han rendido —dijo Dani—. Han bajado los brazos y han dicho: “Danos lo que sea, pero danos algo”. Pero no olvidemos el camino que nos ha traído hasta aquí, Lucía. No olvidemos el “me da igual” del portal.
—Ay, otra vez con eso —dijo ella, cogiendo otra porción—. Es que eres muy rencoroso con el lenguaje, Dani. “Me da igual” es una expresión flexible. Se adapta al entorno. En el portal me daba igual porque todavía creía en las posibilidades infinitas del mundo exterior. En el salón me daba igual porque ya solo creía en la supervivencia del más fuerte.
—No es flexibilidad, es anarquía —protestó él—. Si las palabras dejan de significar lo que significan, estamos perdidos como sociedad. Si yo voy al médico y le digo “me duele el brazo”, y el médico entiende “me apetece un helado de vainilla”, ¿dónde acabamos?
—Acabamos con un helado, que tampoco es mal plan —rio ella—. Mira, Dani, el problema es que tú quieres que la vida sea un algoritmo. “A” lleva a “B” y “B” lleva a “C”. Pero la vida es un caos de sensaciones. A veces uno necesita decir que le da igual para sentirse libre de la presión de elegir.
—¡Pero si luego eliges tú a través de mis vetos! —exclamó Dani, agitando un trozo de pizza—. Eso no es libertad, es una dictadura encubierta. Es como un referéndum donde solo hay una opción válida pero me dejas a mí escribir el nombre en la papeleta.
Lucía se quedó pensativa, mirando un trozo de pavo que se había desprendido de la masa.
—Bueno, quizás tienes un poco de razón —admitió ella para sorpresa de Dani—. A veces lo uso como escudo. Para no tener que pensar. Para dejar que seas tú el que lleve el timón. Pero es que hoy he tenido un día horrible en el curro, Dani. El de contabilidad me ha devuelto el informe tres veces porque decía que el formato de las celdas no era el correcto. ¿Te lo puedes creer? ¡Las celdas! He estado ocho horas mirando líneas grises sobre fondo blanco. Cuando he llegado a casa, mi capacidad de tomar decisiones estaba al nivel de un ameba.
Dani suavizó el gesto. Sabía que Lucía había tenido una semana de perros. La rabia del hambre empezó a disiparse y fue sustituida por ese cariño cotidiano que sobrevive a todas las discusiones sobre la pizza.
—Ya lo sé, cariño. Pero para eso estoy yo. Si me dices “Dani, tengo el cerebro frito, elige tú y no te voy a decir que no a nada”, yo voy y elijo. Pero el “me da igual” seguido de un “pizza otra vez no” es lo que me rompe los esquemas. Es como si me pides que te ayude a cruzar la calle, me das la mano y luego te pones a correr en dirección contraria.
—Es verdad —dijo ella, acercándose a él y apoyando la cabeza en su hombro—. Me he portado un poco como una niña pequeña. Pero es que la idea de la pizza en ese momento me parecía tan… rutinaria.
—Y ahora nos estamos comiendo una pizza congelada en el sofá —recordó él.
—Ya, pero es una pizza congelada de emergencia. Eso tiene épica. No es rutina, es aventura doméstica.
Dani se rió. Lucía tenía esa capacidad de convertir un fracaso logístico en una narrativa heroica. Terminaron la pizza en silencio, viendo un programa de reformas de casas en la televisión. Casas en las que la cocina costaba más que todo su piso y donde la gente decía cosas como “quiero un espacio abierto que fluya con mi energía creativa”.
—A esos también les daría igual dónde cenar —dijo Dani, señalando a la pareja de la tele que discutía por el color de las encimeras—. Hasta que el decorador les sugiere el color verde lima y dicen “bueno, verde lima otra vez no”.
—Ves, si es que es universal —dijo ella, cerrando los ojos—. Oye, Dani…
—¿Qué?
—Mañana… mañana sí que me da igual lo que hagamos. De verdad.
Dani la miró con una ceja levantada.
—¿De verdad de la buena? ¿Sin criterios avanzados? ¿Sin vetos de última hora? ¿Sin abrazos al alma?
—De verdad. Prometido. Como si quieres que nos quedemos mirando la pared toda la tarde.
—Vale —dijo Dani, con una sonrisa maliciosa—. Mañana vamos a ir al museo del ferrocarril. Te encanta ver locomotoras antiguas de vapor, ¿verdad?
Lucía abrió un ojo y le miró con una mezcla de horror y diversión.
—¿Al museo del ferrocarril? ¿En serio? Pero si allí solo hay hierro y olor a grasa vieja…
—¡Ah! —gritó Dani señalándola—. ¡Lo has vuelto a hacer! ¡No han pasado ni cinco minutos y ya has jubilado el “me da igual” de mañana!
Lucía soltó una carcajada y le lanzó un cojín.
—¡Vale, vale! Me has pillado. Es imposible. El “me da igual” es una utopía. Un concepto teórico que no aguanta el contacto con la realidad.
—Exacto —concluyó Dani, acomodándose en el sofá—. Por eso, a partir de ahora, cuando preguntes algo, voy a darte tres opciones. Y tendrás que elegir una en menos de diez segundos. Si no, elegiré yo y te pondré tapones en los oídos para no oír tus quejas.
—Me parece justo —dijo ella, quedándose medio dormida—. Pero que las tres opciones sean buenas, ¿eh? No me pongas el museo del ferrocarril, el museo de la minería y el museo de la alcantarilla.
—Veremos —dijo él, apagando la luz del salón.
Mientras la oscuridad los envolvía, Dani sintió que, a pesar de todo, la noche había terminado bien. El hambre se había ido, la tensión se había convertido en risas y la pizza congelada, milagrosamente, no le estaba dando acidez. Todavía.
Pero una duda seguía flotando en su mente. Una duda que sabía que se repetiría en miles de casas madrileñas esa misma noche, y en miles de portales antes de salir a cenar.
¿“Me da igual” significa realmente me da igual?
La respuesta, como bien sabía Dani después de su periplo, es que no. “Me da igual” es el comienzo de una negociación. Es la primera ficha de un juego de póker donde nadie sabe qué cartas tiene el otro, pero todos esperan ganar la mano. Y en ese juego, la única forma de no perder es saber que, al final, lo importante no es lo que cenas, sino con quién discutes el significado de la palabra “igual”.
Parte 4: La paradoja del postre y la verdad última
La noche parecía haber sellado su destino. El salón estaba a oscuras, solo iluminado por el parpadeo de los últimos créditos del programa de reformas que nadie estaba viendo realmente. Dani y Lucía estaban hundidos en el sofá, en ese estado de semi-consciencia que sigue a una cena de carbohidratos industriales y a una batalla dialéctica agotadora. El silencio era plácido, pero en el aire todavía vibraba el eco de la gran pregunta.
De repente, Lucía se movió bajo la manta.
—Dani… —susurró.
—¿Qué pasa ahora, Lucía? —respondió él, con la voz pastosa—. Si vas a decirme que te ha entrado hambre de sushi, te aviso que ya he bloqueado la puerta con los muebles.
—No, no es eso —dijo ella, incorporándose un poco—. Es que… ¿te acuerdas de que compramos un helado de esos de tarrina grande el sábado pasado?
Dani suspiró. Conocía ese tono. Era el tono de “el hambre ha vuelto, pero esta vez en formato dulce”.
—Sí, me acuerdo. Un helado de tarta de queso con trozos de galleta. Un helado que, según tú, era “demasiado calórico” y que solo debíamos comer en ocasiones especiales.
—Bueno, sobrevivir a la crisis del “me da igual” me parece una ocasión bastante especial, ¿no crees? —dijo ella con una sonrisa traviesa que se adivinaba en la penumbra.
—¿Y qué quieres? ¿Que vaya yo a la cocina a buscarlo?
—Me da igual quién vaya —soltó ella, y luego se echó a reír al darse cuenta de lo que acababa de decir—. ¡Perdón! ¡Ha salido solo! Lo juro. Es un reflejo condicionado.
Dani se rió también, una risa cansada pero auténtica. Se levantó del sofá, sintiendo cómo sus articulaciones protestaban por la falta de movimiento.
—Vale, voy yo. Pero con una condición. No me digas que te da igual cuánto helado te pongo. Dime una medida exacta. Un cuarto de tarrina, tres cucharadas, una montaña… lo que quieras, pero dame una cifra. No quiero volver aquí y que me digas “bueno, tanto helado otra vez no”.
—Dos bolas. Exactamente dos bolas. Ni una más, ni una menos —sentenció ella con una seriedad fingida.
Dani fue a la cocina. Abrió el congelador, esquivó de nuevo las bolsas de guisantes ancestrales y sacó la tarrina. Mientras servía el helado, se quedó mirando el reflejo de su propia cara en la ventana de la cocina. Se veía cansado, pero extrañamente satisfecho. Se dio cuenta de que, a pesar de lo exasperante que podía ser la indecisión de Lucía, esa pequeña fricción era lo que mantenía viva la chispa. Una relación donde todo fuera “sí, de acuerdo” y “como tú digas” sería aburrida. Sería como una pizza sin sal.
Volvió al salón con dos boles de helado. Se sentó y le entregó el suyo a Lucía.
—Dos bolas. Medidas con precisión láser —dijo él.
—Gracias, Dani. Eres el mejor gestor de crisis que conozco.
Comieron el helado en silencio. El frío del dulce contrastaba con el calor residual de la pizza en el estómago. Fue el cierre perfecto para una noche que había estado a punto de descarrilar en el portal del edificio.
—¿Sabes qué he aprendido hoy? —dijo Dani, dejando el bol vacío sobre la mesa.
—¿A no volver a preguntarme qué quiero cenar? —sugirió ella.
—No. He aprendido que el “me da igual” no es una falta de opinión. Es un acto de confianza extremo. Es decir: “Confío tanto en ti que te dejo el poder de decidir por los dos, aunque me reserve el derecho a protestar si tu elección no encaja con mi estado de ánimo invisible”.
Lucía se quedó pensativa, saboreando el último trozo de galleta del helado.
—Vaya… eso suena mucho más profundo de lo que es en realidad. Yo creo que simplemente soy una indecisa patológica y tú eres un santo con mucha paciencia.
—También puede ser —rio él—. Pero me quedo con mi versión. Me hace sentir más como un héroe de la convivencia y menos como un sufridor del Glovo.
Se acomodaron de nuevo bajo la manta. Dani sintió que Lucía se quedaba dormida sobre su hombro. En ese momento, comprendió la verdad última de toda aquella discusión. El “me da igual” es la frase más peligrosa y, a la vez, más necesaria de una pareja. Es la herramienta que nos permite navegar por el mar de decisiones triviales que inundan nuestro día a día. Sin ella, pasaríamos horas decidiendo qué marca de papel higiénico comprar o qué serie ver antes de dormir. El truco no es evitar el “me da igual”, sino aprender a descifrarlo.
Porque, al final del día, la pregunta de si “me da igual” significa realmente me da igual tiene una respuesta compleja. No, no significa que le dé igual el objeto de la elección. Significa que le da igual el proceso, porque lo que realmente le importa es el resultado de estar juntos, compartiendo una pizza fría, un helado a medias y una risa después de la batalla.
Dani cerró los ojos, sintiendo el peso reconfortante de Lucía sobre él.
“Mañana”, pensó, “mañana le preguntaré si quiere desayunar tostadas o cereales. Y cuando me diga que le da igual, le pondré un plato de garbanzos solo para ver qué cara pone”.
Pero sabía que no lo haría. Porque en el fondo, a él también le daba igual. Le daba exactamente igual todo, siempre y cuando el final del camino fuera ese sofá, ese silencio y esa sensación de haber ganado, una vez más, la guerra contra la rutina.
Pregunta final: ¿“Me da igual” significa realmente me da igual?