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HUGO SANCHEZ: LO HUMILLARON 32 AÑOS – ANOCHE SE VENGÓ Y RIÓ ÉL SOLO

El Bernabeu entero de pie aplaudiendo a un mexicano. La prensa española lo describió al día siguiente como uno de los mejores goles de la historia del estadio. Detente un segundo en esa imagen porque es importante para todo lo que viene. El estadio más exigente del mundo, el público que ha silvado a leyendas puesto de pie ante un mexicano.

En España, Hugo Sánchez era respetado, temido y admirado. Solo había un lugar del mundo donde no su casa. Y ese mismo hombre, el mejor delantero del planeta en su momento, fue el hombre al que un país entero le declaró la guerra en su mundial delante de su gente. El mundial de México del año 1986. Ahora te voy a contar la primera de las dos noches que fabricaron al villano.

Y todo comenzó con un tiro desde el manchón del penal. Para entender lo que le pasó a Hugo en el 86, primero tienes que entender lo que México esperaba de él. Todo. México esperaba todo. Era el mundial en casa. El primero de nuestra historia. Como anfitriones, el país venía golpeado. El terremoto del 85 había dejado a la capital en carne viva apenas unos meses antes.

Y el mundial era la ilusión nacional, la revancha emocional de un pueblo entero. Y la cara de esa ilusión era una sola, el delantero del Real Madrid, el mexicano que triunfaba donde nadie había triunfado. Hugo, las expectativas no eran altas, eran imposibles. Se le exigía a un solo hombre que ganara un mundial.

Ponte en sus zapatos un momento. Llevas años siendo el mejor delantero de Europa. Cada verano vuelves a tu país y notas la mirada. La mitad te adora. La otra mitad espera que falles para demostrar que el de Europa no es tan bueno. La prensa mide cada palabra tuya buscando arrogancia. Y ahora, además, el mundial es en tu casa y el país entero acaba de decidir que ganarlo es tu obligación personal.

Nadie escucha lo bien nadie en la historia del deporte mexicano. Ha cargado una presión semejante, ni antes ni después, hasta anoche, quizá cuando se la colgamos a un niño de 17 años. Y el fútbol, que es cruel con los que cargan solos, le tenía preparada una emboscada. Fase de grupos del Mundial de México. Las tribunas llenas, México frente a Paraguay y la televisión abierta llegando a millones de hogares.

Empate a un gol, penal para México. El balón fue para el hombre que llevaba toda la vida esperando ese momento. El mejor del mundo, el del Real Madrid. Hugo puso el balón en el manchón. El estadio entero contuvo la respiración. millones de familias delante del televisor. Retrocedió, corrió y pateó y el arquero paraguayo Roberto Fernández voló y lo detuvo.

Penal fallado. El silencio que se hizo en ese estadio no se ha olvidado. En 40 años el partido terminó empatado. México dejó dos puntos en la mesa y esa misma noche en el vestidor, Hugo pidió disculpas a sus compañeros y a su técnico. el mejor del mundo. Con la mirada en el piso pidiendo perdón por un penal, no le sirvió de nada.

A la mañana siguiente, los diarios deportivos amanecieron con la misma idea en todos los kioscos del país. El culpable era Hugo. En una sola noche, la prensa convirtió al mejor futbolista de la historia del país en el villano del mundial de México. Y a partir de ahí, cada toque suyo fue examinado con lupa, cada partido sin gol. un juicio.

La afición que lo había recibido como a un dios empezó a silvarlo en su propio mundial. piénsalo, el hombre al que el Bernabéu aplaudía de pie, silvado por su propia gente. Y cuando México cayó en los cuartos de final de Monterrey, en los penales contra Alemania con un calor de horno sobre el césped en la tarde más amarga que había vivido el fútbol mexicano, hasta entonces, el país necesitaba un rostro para el fracaso y eligió el suyo, no el de los directivos que armaron aquel proyecto, no el del sistema, el suyo. El mundial del 86

terminó con la mejor generación de nuestra historia eliminada y con el mejor futbolista de nuestra historia convertido en el chivo expiatorio nacional. Primera puñalada. Pero Hugo todavía tenía una bala. Tenía 30 años. Estaba en la cúspide absoluta. El mundial de Italia 90 iba a ser su mundial, el hombre que llegaría como el mejor delantero del planeta con cinco pichichis y una bota de oro.

a demostrarle a su país lo que Europa ya sabía. Y esa bala no se la quitó ningún rival, se la quitaron los suyos. Abril del año 1988, el escándalo de los cachirules. La Federación Mexicana alineó jugadores con actas de nacimiento falsificadas en un torneo juvenil en Guatemala. La prensa mexicana destapó el fraude.

La FIFA investigó, confirmó el castigo y golpeó. 2 años fuera del fútbol internacional, toda la selección, todas las categorías. Número sin Juegos Olímpicos de Seú, sin Mundial de Italia 90. Léelo despacio. A México no lo eliminó nadie del Mundial de Italia. México se hizo trampas a sí mismo en un torneo juvenil por decisión de sus propios directivos y el castigo lo pagó la generación entera.

El presidente de la federación quedó inhabilitado por la propia FIFA. ¿Y sabes quién pagó la cuenta de verdad? El hombre que en ese momento exacto era el mejor delantero del planeta Tierra. Hugo Sánchez en su cumbre absoluta, ganando el quinto pichichi y la bota de oro, se quedó sin su mundial para siempre.

Los directivos, desde un despacho, le robaron el mundial al mejor futbolista mexicano del siglo XX. Segunda puñalada. Hugo lo contó años después al semanario proceso y sus palabras sangran solas. Los que cometieron esa infracción no nos permitieron ir a ese mundial y ese mundial siento que era el especial para mí.

Guarda esa herida porque explica lo que Hugo hizo años después, levantarse contra el sistema entero. Y explica también por qué 40 años más tarde, cuando ve a los mismos despachos hacer las mismas cosas, no puede quedarse callado. El que ha visto la máquina por dentro no puede fingir que no existe. Año 1993. Hugo, de vuelta en el fútbol mexicano, descubre desde dentro algo que en Europa sería impensable. El draft.

Escucha cómo funcionaba porque parece de otro siglo. Los dueños de los clubes de la primera división se reunían una vez al año en un despacho cerrado y decidían en una tarde en qué club iba a jugar cada futbolista del país, sin consultar al jugador, sin negociar su sueldo, sin darle elección. Un mercado de hombres con café y puros donde las carreras se movían como fichas.

En España, Hugo había conocido otra cosa, contratos, agentes, derechos. Un futbolista europeo era un profesional, un futbolista mexicano era una propiedad. Y Hugo, que jamás supo callarse, dijo en voz alta lo que todos los jugadores pensaban en voz baja. Esto es explotación. Él mismo lo contó años después en el canal ESPN con estas palabras.

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