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¿QUÉ COMÍA REALMENTE JESÚS? (ESTO TE VA A SORPRENDER)

Fue en mercado de Jerusalén, creo que en marzo del 2007, cuando vi algo que me dejó paralizado. Un anciano vendedor de especias molía semillas de cilantro en un mortero de piedra basáltica, idéntico, literalmente idéntico a los que había fotografiado meses antes en las excavaciones de Cafarnaú. El olor me golpeó con una fuerza inexplicable.

Cerré los ojos y algo se movió en mi memoria, algo que no sabía que estaba ahí. Después de 50 años investigando, después de recorrer Medio Oriente buscando rastros del maestro, nunca pensé que lo más revelador estaría en algo tan simple, tan cotidiano, tan absolutamente olvidado como lo que comía cada día.

 Soy JJ Benítez, periodista de investigación y lo que descubrí sobre la mesa de Jesús cambió por completo mi comprensión de quién fue realmente. Te advierto, esto no tiene nada que ver con lo que te enseñaron. Nada. Porque cuando entiendes lo que comía, entiendes cómo vivía. y cuando entiendes cómo vivía, todo lo demás encaja con una precisión escalofriante.

 El error comenzó en mi propia mesa. Debió ser en en 1998, quizá 1999, no recuerdo con exactitud, pero sí recuerdo que estaba cenando cordero asado con mi familia en Navarra cuando mi hija menor me preguntó si Jesús también comía cordero. Le dije que sí, por supuesto, sin pensarlo demasiado. Pero esa noche, mientras intentaba dormir, la pregunta regresó con una insistencia molesta.

 Por supuesto, ¿cómo podía estar tan seguro? ¿Cuántas veces había comido cordero un carpintero galileo del siglo iero? Cada semana, cada mes, una vez al año. La verdad es que no tenía ni idea, ninguna idea, real, concreta, documentada. Me levanté de la cama y busqué entre mis notas de viaje. Tenía cientos de páginas sobre Galilea, sobre arqueología del periodo del segundo templo, sobre costumbres judías, sobre economía rural palestina.

Pero cuando busqué específicamente información sobre alimentación cotidiana, sobre lo que comía la gente común, me encontré con un vacío sorprendente. Los libros hablaban de las leyes de Kashut, de los sacrificios en el templo, de las comidas rituales de Pesaj, pero muy poco, muy muy poco sobre lo que un hombre como Jesús desayunaba, almorzaba o cenaba en un día normal de trabajo.

Esa noche tomé una decisión que me llevaría por un camino inesperado durante los siguientes años. Decidí investigar exactamente qué comía Jesús, no de forma simbólica, no teógicamente, sino literal y materialmente, qué alimentos entraban en su boca, qué sabores conocía, qué texturas masticaba, qué olores lo despertaban por las mañanas en Nazaret, porque intuía algo que después se confirmaría con una claridad estremecedora.

 La alimentación de una persona no es un detalle menor, es una puerta de entrada a toda su realidad, a su economía, a su clase social, a sus movimientos, a su salud, a sus elecciones, incluso a su mensaje. Comencé donde siempre comienzo con los textos. Releí los cuatro evangelios buscando cada mención de comida. Marcos, Mateo, Lucas, Juan.

Busqué cada verbo relacionado con comer, beber, servir, preparar y lo primero que descubrí me sorprendió. Los evangelios hablan muchísimo de comida. Jesús está constantemente comiendo o hablando de comida. Come con publicanos, con fariseos, con pecadores, con sus discípulos. Multiplica panes y peces. Habla de banquetes, de semillas, de higueras, de viñedos, de granos de trigo, de levadura, de sal.

 de vino nuevo y vino viejo. La comida está en el centro de su ministerio de una forma que nunca había procesado realmente, pero había un problema. Los evangelios mencionan la comida, sí, pero casi siempre de forma general. Pan y pescado. Comieron y se saciaron. Se sentó a la mesa con ellos. Muy pocas veces entran en detalles específicos.

 Tuve que ir más allá. Tuve que buscar en fuentes extrabíblicas, en Flavio Josefo, en Filón de Alejandría, en la Misná, en el Talmud, en los rollos del Mar Muerto, en los papiros egipcios que documentaban el comercio de alimentos en el Mediterráneo Oriental del siglo iero. Y entonces vino el segundo paso, la arqueología, viajar, ver con mis propios ojos, tocar con mis propias manos.

 Porque una cosa es leer que en Galilea se cultivaba trigo y otra muy distinta es estar en las excavaciones de Séphoris a solo 6 km de Nazaret y ver los restos de los hornos de pan, los molinos de grano, las tinajas de aceite, las ánforas de vino, los huesos de animales clasificados meticulosamente por arqueozólogos que pueden decirte exactamente qué especies se consumían y en qué proporciones.

Recuerdo perfectamente la primera vez que entré en contacto con un arqueólogo especializado en alimentación antigua. fue en la Universidad Hebrea de Jerusalén en el 2003, creo. Se llamaba No puedo dar su nombre completo. Me pidió discreción, pero me recibió en su oficina llena de cajas de huesos, semillas carbonizadas, fragmentos de cerámica con residuos orgánicos analizados químicamente.

 Me miró con cierta desconfianza cuando le expliqué mi proyecto. Un periodista interesado en qué comía Jesús. dijo con una sonrisa escéptica, “Todo el mundo quiere saber si caminó sobre el agua, si resucitó, si hizo milagros. Nadie pregunta qué desayunaba.” Pero cuando vio que hablaba en serio, que había estudiado, que conocía las fuentes, que entendía la diferencia entre el registro arqueológico y la especulación, su actitud cambió.

 me llevó a un laboratorio donde tenían muestras de semillas de cebada encontradas en una casa del siglo iero en Cafarnaú, semillas reales carbonizadas en un incendio hace 2000 años. La sostuve en mi mano y sentí algo difícil de explicar. Estas semillas podrían haber estado en la misma casa donde Jesús curó a la suegra de Pedro.

 Podrían haber sido molidas para hacer el pan que él comió. La mayoría de la gente no entiende. Me dijo el arqueólogo mientras guardaba las semillas con cuidado que la alimentación en el siglo iero en Galilea era radicalmente diferente a lo que imaginamos, diferente incluso a a la alimentación en en Jerusalén o en Roma o en Alejandría.

Galilea era una región rural, pobre en términos generales, con una economía basada en la agricultura de subsistencia y la pesca. La dieta era extremadamente limitada, monótona, de hecho, y eso lo cambia todo. Salí de esa oficina con la cabeza dando vueltas porque empezaba a entender que había construido en mi mente una imagen de Jesús que no correspondía con la realidad material de su tiempo.

 Una imagen influenciada por siglos de arte cristiano europeo, por películas de Hollywood, por mis propias referencias. culturales del siglo XX. En mi imaginación, Jesús comía como un europeo medieval o como un mediterráneo moderno, pero no. Jesús comía como un campesino galileo del siglo iero y eso era algo completamente distinto. La primera gran revelación llegó cuando entendí el pan.

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