La mañana en el madrileño barrio de Chamberí había comenzado con esa paz engañosa que precede a las grandes catástrofes naturales o matrimoniales. Entraba un sol tibio por el ventanal del salón, un sol de domingo que invitaba a la inacción, al café largo y a la lectura de suplementos dominicales que nadie termina nunca de leer. Paco, envuelto en un albornoz azul marino que le quedaba ligeramente corto y que le daba un aire de boxeador retirado en horas bajas, se encargaba de la cafetera. El borboteo del café era el único sonido que competía con el zumbido lejano del tráfico de la Castellana.
Marta estaba allí, sentada a la mesa de madera recuperada —una de esas compras de fin de semana que les costó una hernia y tres discusiones en el rastro—, deslizando el dedo por la pantalla del móvil con la parsimonia de quien no espera nada del mundo. Todo era idílico. Todo era, en apariencia, seguro. Pero Paco, en un alarde de confianza ciega en su propio sistema operativo mental, cometió el error que cambiaría el eje de rotación de la tierra en ese preciso instante.
—Toma, Laura, tu café con leche de avena, que sé que te gusta con poca espuma —dijo Paco, dejando la taza humeante frente a ella.
El silencio que siguió no fue un silencio normal. No fue el silencio de una pausa dramática en una obra de teatro. Fue un silencio denso, radioactivo, el tipo de silencio que precede al impacto de un meteorito contra la superficie terrestre. El dedo de Marta se congeló sobre la pantalla. Paco, que en ese momento estaba ya dándose la vuelta para coger su propia taza, sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, como si un antepasado suyo le estuviera advirtiendo desde el más allá que acababa de cavar su propia fosa con una pala de oro.
Se quedó estático, de espaldas a ella, con la mano todavía rozando el asa de su taza. Su cerebro, ese traidor que a veces funcionaba a la velocidad de un módem de los años noventa, empezó a rebobinar la cinta de los últimos tres segundos. “¿Qué he dicho? He dicho café. He dicho avena. He dicho…”. Y entonces lo escuchó en su propia memoria, vibrando con la fuerza de un trueno: “Laura”.
Cerró los ojos con fuerza. Quizá, si no se movía, si se convertía en una estatua de sal, el tiempo retrocederías. Quizá ella no lo había oído. Quizá el vecino de arriba había puesto la radio muy fuerte en ese preciso segundo. Pero no. La voz de Marta, gélida como un témpano de hielo en el Cantábrico, cortó el aire.
Paco tragó saliva. Sintió la garganta seca, como si se hubiera comido un polvorón en mitad del desierto del Sáhara. Se giró lentamente, con una sonrisa que pretendía ser despreocupada pero que probablemente se parecía más a un tic nervioso de alguien que está a punto de ser interrogado por la Interpol.
—Nadie —respondió él, con un tono de voz sospechosamente agudo.
Marta levantó la vista del móvil. Sus ojos, que Paco siempre había descrito como dos remansos de paz, eran ahora dos escáneres de alta precisión buscando cualquier rastro de mentira en el tejido de su alma. Dejó el móvil sobre la mesa con un “clack” seco que sonó como un pistoletazo de salida.
—¿Nadie? —repitió ella, arqueando una ceja con una maestría que solo se adquiere tras años de ver series de juicios—. Paco, me acabas de poner un café, en mi casa, en nuestra mesa, y me has llamado Laura. Y me dices que Laura es “nadie”. O sea, que sufres alucinaciones lingüísticas con personas que no existen, ¿es eso?
—No, a ver, Marta, cariño, es un lapsus —se apresuró a decir él, gesticulando de más, como si intentara atrapar las palabras en el aire para volver a meterlas en su boca—. Ha sido un error fonético. Un cruce de cables. Estaba pensando en… en…
—¿En quién? ¿En la Laura del trabajo? ¿En la Laura con la que te dabas ‘likes’ en Instagram en 2018? ¿En la vecina del cuarto que se llama Carmen pero que tú, en tu mundo de fantasía, has decidido rebautizar como Laura?
—¡No! No conozco a ninguna Laura en el trabajo, te lo juro. Bueno, está la de Contabilidad, pero tiene setenta años y bigote, y te aseguro que no es alguien en quien piense mientras sirvo café de avena. Ha sido el subconsciente, que es muy traicionero.
Marta se cruzó de brazos. Paco sabía que esa postura era la antesala del apocalipsis. Cuando Marta se cruzaba de brazos y ladeaba la cabeza ligeramente hacia la izquierda, significaba que estaba activando el modo “fiscal de la Audiencia Nacional”.
—Me llamaste por su nombre —sentenció ella, ignorando por completo el café que empezaba a enfriarse—. Y no lo dijiste de pasada. Lo dijiste con una naturalidad que asusta. “Toma, Laura”. Como si llevaras diez años llamándome Laura. Como si yo fuera una intrusa en la vida de una tal Laura que, por lo visto, desayuna aquí en espíritu.
Paco se sentó frente a ella, tratando de recuperar la compostura. El problema de Paco es que, cuando se ponía nervioso, hablaba demasiado. Y cuando hablaba demasiado, las probabilidades de meter la pata hasta el fondo aumentaban de forma exponencial.
—Mira, Marta, escúchame. El cerebro humano es un órgano complejo. A veces los nombres se almacenan en carpetas próximas. Laura empieza por ‘L’, como… como… —Paco buscó desesperadamente una palabra que empezara por L—. ¡Como ‘Leche’! Estaba pensando en la leche de avena y mi cerebro hizo una asociación libre. Leche… Laura. Es puramente lingüístico. Un fallo del diccionario interno.
—¿Leche, Laura? ¿De verdad me vas a vender esa moto, Paco? —Marta soltó una risa seca, sin rastro de humor—. Me estás diciendo que me has llamado Laura porque estabas pensando en la leche. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? La próxima vez que me llames ‘Rodolfo’ será porque estás pensando en langostinos, supongo.
—No te pongas así, que sabes que no hay ninguna otra mujer —suplicó él—. Sabes que soy un libro abierto. Si tuviera a alguien llamado Laura, sería tan torpe que me habría dejado el móvil desbloqueado, o tendría una foto suya en la cartera, o me habría pillado el tique de una cena para dos en un restaurante romántico de Malasaña. ¡Tú me conoces! No soy capaz de mantener un secreto ni cinco minutos.
Marta guardó silencio durante un momento, observándole. Ese era el peor castigo. Marta sabía manejar los silencios mejor que un director de orquesta. Paco sentía que el silencio le obligaba a seguir hablando, a rellenar el vacío con más explicaciones que solo servían para hundirle más en el fango de la sospecha.
—Me llamaste por su nombre —repitió ella por tercera vez, como si fuera el estribillo de una canción de despecho—. Y ese silencio que has hecho después de que te lo haya preguntado… ese “…”, ese vacío de tres segundos antes de decir “nadie”, ese ha sido el clavo de tu ataúd, Paco. El subconsciente no miente.
—¡Claro que miente! —exclamó él, levantándose de nuevo, incapaz de estarse quieto—. El subconsciente es un mentiroso compulsivo. Es un cajón de sastre donde se mezclan anuncios de la tele, nombres de exnovias de hace quince años, personajes de series de Netflix y la voz de la tía abuela de Cuenca. A lo mejor anoche vi una película donde salía una Laura. O a lo mejor la cajera del súper se llamaba Laura y se me quedó grabado el nombre en el hipotálamo.
—La cajera del súper es un señor que se llama Evaristo —apuntó Marta con precisión quirúrgica.
—Bueno, pues la otra cajera, la que está en la caja rápida —improvisó él—. El caso es que es un nombre genérico. Laura es el nombre más común de España después de María. Podría ser cualquiera. Podría ser la vecina, la panadera, o incluso… ¡incluso una metáfora!
—¿Una metáfora? ¿Me estás llamando “Laura” como una metáfora de qué, exactamente? ¿De tu incapacidad para sintonizar con la realidad?
Paco se llevó las manos a la cabeza. La situación estaba escalando a una velocidad vertiginosa. Lo que debería haber sido un desayuno tranquilo se había convertido en un campo de minas emocional donde cada palabra era un posible detonante. Sabía que, en la psicología femenina —o al menos en la de Marta—, un nombre equivocado no era un error de software, era una declaración de intenciones, un síntoma de una enfermedad oculta, una traición en fase beta.
—Marta, de verdad, que solo te quiero a ti —dijo él, tratando de poner su voz más sincera, la que usaba cuando le decía que no le importaba ir a ver una película polaca subtitulada—. Ha sido un error tonto. No significa nada. Por favor, bébete el café antes de que se quede como el agua de un florero.
Marta miró la taza de café. Luego miró a Paco. Luego volvió a mirar la taza.
—No quiero este café —dijo ella con una calma que daba miedo—. Quiero saber de dónde ha salido ese nombre. Porque si el subconsciente ha decidido que hoy yo no soy Marta, sino Laura, es que hay una Laura ocupando un espacio en tu cabeza que me pertenece a mí. Y quiero su DNI, su dirección y su perfil de LinkedIn ahora mismo.
Parte 2: El archivo histórico de las Lauras
Paco se dejó caer de nuevo en la silla, esta vez con la pesadez de quien acepta que la mañana de domingo ha muerto y que lo que queda por delante es una autopsia larga y dolorosa. Miró su propia taza de café, que ya no le parecía una fuente de energía, sino un recordatorio de su traición involuntaria. El sol seguía entrando por la ventana, pero ahora la luz le parecía inquisidora, como si el propio astro rey estuviera compinchado con Marta para iluminar sus miserias.
—Vale, hagamos esto —dijo Paco, adoptando un tono de falsa resolución—. Vamos a analizar todas las Lauras de mi vida. Hagamos un inventario. Verás que no hay nada que temer.
Marta se reclinó en la silla y entrelazó los dedos, adoptando la pose de un villano de Bond que espera a que el héroe explique su plan antes de ejecutarlo.
—Adelante, Francisco. Soy toda oídos. Empecemos por la prehistoria si quieres.
—Bien. Laura número uno: mi profesora de primero de primaria. Doña Laura. Tenía una verruga en la barbilla y olía a tiza y a colonia de granel. Me enseñó a sumar y a no comerme los mocos. ¿Crees que después de treinta años he tenido un arrebato nostálgico por la mujer que me castigaba sin recreo?
—Poco probable, pero Freud diría que las figuras de autoridad marcan mucho —respondió Marta con una frialdad técnica que a Paco le puso los pelos de punta—. Sigue.
—Laura número dos: Laura Martínez. Sexto de EGB. Fue mi primer amor platónico, si por amor platónico entendemos que le robé un sacapuntas y luego me dio vergüenza devolvérselo. No la he vuelto a ver desde que se mudó a Albacete en el 96. A menos que mi subconsciente haya decidido que después de tres décadas es el momento de reclamar ese sacapuntas, creo que podemos descartarla.
Marta asintió con una lentitud exasperante, haciendo una anotación invisible en el aire.
—Siguiente.
—Laura número tres… —Paco dudó. Aquí entraba en terreno pantanoso—. Laura, la ex de mi primo Lucas. La vimos en la boda de su hermana, ¿te acuerdas? Aquella que llevaba un vestido verde pistacho que… que no le sentaba muy allá.
—La que te pidió fuego tres veces a pesar de que tú no fumas y estuvisteis hablando veinte minutos al lado de la fuente de chocolate —recordó Marta con una memoria fotográfica aterradora—. Sí, me acuerdo perfectamente de la del verde pistacho. Recuerdo que dijiste que era “muy simpática”.
—Dije “simpática” como quien dice que un perro atropellado es “sufrido”, Marta. No exageres. Además, Lucas y ella terminaron fatal. No la he vuelto a ver ni tengo interés. Es más, ni siquiera tengo su teléfono. ¡Búscalo si quieres!
Marta no se movió. No necesitaba buscar en el teléfono. Ella buscaba en los ojos de Paco, que en ese momento bailaban un zapateado de puro nerviosismo.
—Tres Lauras —contó Marta con los dedos—. Una vieja con verruga, una niña de Albacete y una ex de tu primo con un vestido feo. Ninguna de ellas justifica que, en la intimidad de nuestro hogar, me llames Laura mientras me sirves el desayuno. Paco, sé sincero por una vez en tu vida: ¿quién es la Laura actual? ¿La de ahora? ¿La que te ha hecho decir ese nombre con esa… esa cadencia?
—¡Que no hay ninguna Laura de ahora! —insistió él, subiendo un octavo el volumen—. Te lo juro por mi suscripción a la HBO. Es que es un nombre que está en el ambiente. El otro día, en el telediario, hablaron de una Laura que había ganado un premio de algo. Y ayer, cuando bajé a tirar la basura, creo que escuché a una madre gritándole a su hija: “¡Laura, no te metas eso en la boca!”. Se me quedó el nombre flotando en el éter, como un virus informático.
—¿Un virus informático? —Marta soltó una carcajada que no presagiaba nada bueno—. Paco, eres increíble. Tu cerebro es un colador para las fechas de nuestro aniversario, para la lista de la compra y para el día que tenemos que llevar el coche a la ITV, pero para captar nombres de desconocidas en el portal es un radar de última generación.
—¡Es que el cerebro funciona así! —se defendió él, ya en pleno delirio argumentativo—. Los datos inútiles se quedan pegados mientras que lo importante… bueno, lo importante se da por sentado. Te llamé Laura precisamente porque estoy tan cómodo contigo que mi guardia está baja. Mi cerebro entró en modo “piloto automático” y soltó lo primero que encontró en la bandeja de salida. Si fuera una amante secreta, ¡tendría muchísimo más cuidado! Estaría obsesionado con no equivocarme. El hecho de que me haya equivocado demuestra que no tengo nada que ocultar. Es la paradoja del culpable inocente.
Marta se quedó pensativa. La “paradoja del culpable inocente” era un concepto que Paco se acababa de inventar sobre la marcha, pero lo había dicho con tal convicción que por un segundo pareció tener sentido. Sin embargo, Marta no era una mujer que se dejara convencer por fuegos artificiales retóricos.
—La paradoja de mis narices, Paco —sentenció ella—. Lo que pasa es que el subconsciente es como un niño pequeño o como un borracho: siempre dice la verdad. Tú puedes decirme que me quieres, que soy la mujer de tu vida y que no hay nadie más, pero tu subconsciente ha dicho “Laura”. Y el subconsciente no tiene filtros, no tiene compromisos, no tiene hipotecas. El subconsciente ha soltado el nombre que realmente estaba procesando.
—Pero, ¿procesando por qué? —Paco estaba ya al borde de la desesperación—. A lo mejor estaba pensando en Laura Pausini. ¡Sí! Eso es. Ayer sonó “La Soledad” en la radio del taxi. “Marco se ha marchado para no volver…”. Me pasé todo el trayecto pensando en la pobre Laura Pausini y en qué habrá sido de Marco. ¡Eso es! ¡Fue la Pausini!
Marta le miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—¿La Pausini? ¿Me estás diciendo que me has llamado Laura por una cantante italiana que tuvo un éxito en los noventa?
—¡Es una posibilidad muy sólida! —exclamó Paco, viendo un rayo de esperanza—. La música se queda grabada en el cerebro de una forma muy profunda. Los nombres de las canciones son como tatuajes mentales. “Se fue, se fue, el perfume de sus cabellos…”. Es pegadiza, Marta. ¡Reconócelo!
Marta se levantó de la silla. No para abrazarle y aceptar la teoría de la Pausini, sino para empezar a caminar en círculos por el salón, lo cual siempre era señal de que estaba procesando la información para contraatacar con más fuerza.
—Vale. Vamos a aceptar la teoría de la Pausini por un momento —dijo ella, deteniéndose frente a un cuadro de una playa que compraron en sus primeras vacaciones juntos—. Si fue por la Pausini, ¿por qué no me llamaste ‘Marco’? Porque según tú, estabas preocupado por Marco, el que se marchó para no volver. ¿Por qué el nombre femenino? ¿Por qué Laura?
—Porque… porque Laura es la que canta. Es la voz narrativa. Yo me identifico con la voz narrativa.
—Paco, cada vez que abres la boca para arreglarlo, te hundes un poquito más. Estás en arenas movedizas lingüísticas. Cuanto más pataleas, más rápido te traga el fango.
—¡Marta, por Dios! —Paco se puso en pie también—. Llevamos tres años juntos. ¿De verdad crees que te cambiaría por una Laura genérica que aparece en mi cabeza como un pop-up publicitario? ¡Que no existe ninguna Laura! Que si existiera, tú ya lo sabrías, porque cuando miento me pongo rojo, me pica la nariz y empiezo a hablar como un personaje de una novela de Pío Baroja. ¿Me ves rojo? ¿Me ves rascándome la nariz?
Marta se acercó a él, quedando a escasos centímetros de su rostro. Paco pudo oler el aroma de su champú de coco, un olor que normalmente le relajaba pero que ahora le recordaba a la última cena de un condenado.
—Te veo nervioso —susurró ella—. Te veo muy, muy creativo. Y te veo evitando el fondo de la cuestión. Me llamaste por su nombre. No fue un estornudo, no fue un tosido. Fue un nombre propio, con sus dos sílabas bien pronunciadas. Lau-ra. Y ahora, lo que vamos a hacer es lo siguiente: vas a dejarme tu móvil.
Paco se quedó helado. El móvil. El archivo definitivo. El agujero negro de la privacidad moderna. No es que tuviera nada que ocultar —o eso creía él—, pero el móvil de un hombre moderno es una selva donde cualquier cosa puede ser malinterpretada. Un mensaje de un grupo de amigos con bromas de mal gusto, una búsqueda en Google sobre “por qué mi gato me mira raro” o, peor aún, un contacto guardado hace años que no recordaba haber borrado.
—¿Mi móvil? —preguntó Paco con un hilo de voz—. Pero Marta, eso es una falta de confianza total. Eso es cruzar una línea roja. Es como… como entrar en la Embajada de otro país sin visado.
—La línea roja la cruzaste tú cuando rebautizaste a tu novia con el nombre de una tal Laura —respondió ella, extendiendo la mano con la palma hacia arriba—. El móvil, Paco. Si no hay ninguna Laura, no habrá ningún mensaje, ninguna llamada, ninguna búsqueda. Será la prueba definitiva de tu “teoría del error fonético”.
Paco sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No porque hubiera una Laura, sino porque sabía que, en cuanto ella empezara a buscar, encontraría algo. Siempre hay algo. Un rastro de algo que, en manos de una Marta ofendida, podría convertirse en el caso del siglo.
Parte 3: La inquisición digital
Con manos temblorosas, Paco sacó el teléfono del bolsillo de su albornoz. Parecía pesar una tonelada. El cristal de la pantalla reflejaba su rostro desencajado, el de un hombre que sabe que su destino está en manos de un algoritmo y de una mujer herida en su orgullo nominativo.
—Toma —dijo, entregándoselo como quien entrega las llaves de una ciudad sitiada—. Pero que sepas que esto es un acto de rendición incondicional ante la paranoia. No hay nada. Absolutamente nada.
Marta cogió el dispositivo con una elegancia depredadora. Se sentó de nuevo, desbloqueó la pantalla —conocía el código, por supuesto, porque Paco lo había puesto basado en la fecha de su primer beso, otro error táctico de romanticismo barato— y empezó la inspección.
Paco se quedó de pie, observándola, sintiéndose como un espectador en su propio juicio final. El silencio volvió a reinar en el salón, roto solo por el suave “swish” del dedo de Marta deslizándose por la lista de contactos.
—A ver… —murmuró ella—. L… L… Labrador, Luis. Lamas, Pedro. Lara… Lara no es Laura, pero se parece. ¿Quién es Lara?
—¡Lara es el del taller! —saltó Paco—. El mecánico. El que nos cobró doscientos euros por cambiar una bombilla del coche. Es un señor de cincuenta años con las manos siempre llenas de grasa. ¡No es Laura!
Marta continuó bajando.
—Latorre, Juan. Laura… ¡Ajá! ¡Aquí hay una Laura! —exclamó ella, girando la pantalla hacia él con un gesto de triunfo—. “Laura Fisio”. ¿Quién es Laura Fisio, Paco? ¿Y por qué tiene un emoticono de una tortuga al lado de su nombre?
Paco soltó un suspiro de alivio tan grande que casi apaga las velas decorativas de la estantería.
—¡Marta, por favor! Laura Fisio es la fisioterapeuta a la que fui cuando me dio aquel tirón en la espalda jugando al pádel el año pasado. ¿No te acuerdas? La que me dejó como un cromo. Y la tortuga es porque va muy lenta dando las citas, siempre tiene lista de espera. ¡Es una profesional de la salud!
—Una profesional de la salud que te toca la espalda —puntualizó Marta con una mirada escéptica—. ¿Y cuántas veces has ido a ver a “la tortuga”?
—¡Dos veces! Dos sesiones de media hora en las que solo gritaba del dolor mientras ella me clavaba los codos en los omóplatos. Te aseguro que no hubo nada romántico entre un hombre gimiendo de dolor y una mujer intentando no romperle una costilla. Además, es de hace un año. ¿Por qué iba mi subconsciente a resucitar a la fisioterapeuta un domingo por la mañana mientras sirvo café?
Marta no respondió. Siguió navegando por el teléfono. Entró en WhatsApp. Paco empezó a sudar. WhatsApp era el verdadero peligro. No por Laura, sino por sus amigos. El grupo “Los tigres de la noche” era una mina de comentarios zafios, fotos de comida grasienta y quejas sobre la vida que, leídos fuera de contexto, podían parecer el manifiesto de una secta de solteros desesperados.
—¿Qué haces en WhatsApp? —preguntó él, tratando de sonar casual—. Eso ya es invadir mi intimidad más profunda. Ahí hablo con mi madre, Marta. Con mi madre y con los pesados del grupo del colegio.
—Estoy buscando el nombre maldito, Paco. No me distraigas —dijo ella, con la vista clavada en la pantalla—. Veamos… Buscador… L-A-U-R-A.
Paco cerró los ojos y rezó a todos los dioses de la tecnología para que no apareciera nada. El buscador de WhatsApp es implacable. Busca en nombres, en mensajes, en descripciones de grupos… en todo.
—Vaya, vaya… —dijo Marta con un tono cantarín que hizo que a Paco se le encogiera el estómago—. Diecisiete resultados para “Laura”.
—¿Diecisiete? —Paco estuvo a punto de desmayarse—. ¡Eso es imposible! ¡Es un error del sistema! ¡WhatsApp está hackeado!
—”Laura dice que el informe está listo”, mensaje de tu jefe del mes pasado —leyó Marta—. “Dile a Laura que traiga hielo”, en el grupo de la barbacoa de junio… “Laura, la del BBVA”, un contacto que te pasó tu hermano… “Laura Pausini”, un enlace de YouTube que te mandaste a ti mismo… ¡Ajá! ¡Lo sabía! ¡La Pausini!
—¡Ves! —gritó Paco, casi saltando de alegría—. ¡Te lo dije! Me mandé el enlace porque la canción me perseguía. ¡Es la prueba de mi inocencia! El nombre estaba ahí, en el historial, latente como un virus, esperando el momento de debilidad para salir por mi boca. ¡Soy una víctima de la música ligera italiana, Marta! ¡Una víctima!
Marta dejó el teléfono sobre la mesa, pero no parecía convencida del todo. Su rostro seguía siendo una máscara de sospecha analítica.
—Vale, la Pausini explica por qué el nombre está en tu WhatsApp. Pero no explica por qué tu subconsciente lo eligió a él y no a “Marta”. ¿Sabes lo que creo? —dijo ella, levantándose y acercándose a él de nuevo, esta vez con una expresión más melancólica—. Creo que el problema no es que haya una Laura de carne y hueso. El problema es lo que esa Laura representa.
Paco parpadeó, confundido. Había pasado del pánico técnico al desconcierto filosófico en menos de diez minutos.
—¿Qué representa? ¿De qué estás hablando ahora? Es solo un nombre, cariño.
—Representa la distracción, Paco. Representa que, mientras me servías el café, no estabas conmigo. Tu cuerpo estaba aquí, pero tu mente estaba en otro sitio, perdida en canciones de los noventa o en masajistas con emoticonos de tortuga. Me llamaste Laura porque, en ese momento, yo era una figura genérica para ti. Una proveedora de compañía que no tiene nombre propio, solo una etiqueta que tu cerebro rellena con lo primero que encuentra.
—¡Eso no es verdad! —protestó él, sintiendo una punzada de culpa real—. Estaba pensando en ti. Estaba pensando en lo mucho que me gusta desayunar contigo. Estaba pensando en que el café de avena te gusta con poca espuma… ¡por eso lo dije! Estaba tan concentrado en los detalles de tus gustos que mi cerebro se sobrecalentó y soltó una palabra errónea. Es como cuando intentas grabar un archivo y le pones un nombre al azar porque tienes prisa. Pero el contenido es lo importante, y el contenido eres tú. Siempre.
Marta le miró a los ojos. Por un momento, Paco creyó ver una grieta en su armadura de hierro. Quizá, solo quizá, la tormenta estaba pasando. Pero entonces, ella soltó la bomba final.
—¿Ah sí? ¿Tan concentrado estabas? Pues dime una cosa, Paco. Si tanto me conoces y tanto estabas pensando en mí… ¿de qué color son mis ojos?
Paco se quedó mudo. Sabía que sus ojos eran… eran… ¿marrones? ¿verdes? ¿miel? En ese momento de presión absoluta, su memoria visual se convirtió en una pantalla en blanco. Los veía cada día, los adoraba, pero bajo la mirada inquisidora de Marta, el color exacto se le escapó como un pez entre las manos.
—Son… son… preciosos —balbuceó él—. Son de un color que cambia con la luz. A veces más oscuros, a veces más claros… un tono avellana con destellos de… de… ¿esperanza?
Marta suspiró, una mezcla de decepción y resignación cómica.
—Son marrones, Paco. Marrones normales y corrientes. Ni avellana, ni destellos de esperanza, ni gaitas. Marrones. Como el café que se está enfriando en esa mesa mientras tú intentas convencerme de que una cantante italiana te ha poseído el alma.
—¡Lo ves! —intentó remontar él—. ¡Marrones como el café! ¡Asociación de ideas de nuevo! Café, ojos marrones, Laura Pausini, leche de avena… ¡Todo encaja! Mi subconsciente es una máquina de hilar conceptos a una velocidad que la ciencia no puede explicar.
Marta negó con la cabeza, empezando a recoger las tazas de la mesa. El clímax de la tensión había pasado, dejando paso a esa fase de la discusión donde el humor empieza a filtrarse por las grietas del enfado.
—Eres un desastre, Paco. Un desastre absoluto. No sé si creer que eres el hombre más fiel y despistado del mundo o el genio del mal más chapucero de la historia de Madrid.
—Soy lo primero, te lo prometo —dijo él, rodeándola con los brazos por la cintura—. Soy el tipo que te quiere tanto que a veces se le olvida hasta cómo se llama él mismo. De hecho, a partir de ahora, puedes llamarme “Manolo”, o “Eustaquio”, o “El hombre que antes se llamaba Paco”. No me importará. Me lo tomaré como un error fonético lleno de amor.
Marta se dejó abrazar, aunque todavía mantenía una pizca de distancia de seguridad.
—No te pases de listo —le advirtió—. Pero todavía me queda una duda. Una duda que el subconsciente no ha resuelto.
—Dime. Lo que sea. Soy un libro abierto, ya lo sabes.
—Si el subconsciente no miente… y si tú estabas pensando en “lo importante”… ¿por qué pusiste el azúcar en mi café de avena si sabes perfectamente que lo tomo con sacarina desde hace tres meses?
Paco se quedó congelado. Miró la taza sobre la encimera. Recordó haber echado dos cucharaditas generosas de azúcar blanca mientras tarareaba, efectivamente, una canción de la Pausini.
—Eh… bueno… es que…
—Es que el subconsciente no miente, Paco —sentenció ella con una sonrisa triunfal—. Y tu subconsciente me acaba de decir que, además de llamarme Laura, estabas pensando en alguien a quien sí le gusta el azúcar. Así que, volvamos a empezar: ¿quién es Laura?
Parte 4: El veredicto del subconsciente
Paco sintió que el ciclo de la vida, o al menos el ciclo de su desgracia dominical, volvía al punto de partida. Estaba atrapado en un bucle temporal donde el azúcar era la prueba del crimen y Laura era el fantasma que lo habitaba. La cocina, que minutos antes parecía un refugio de paz, ahora se sentía como una sala de interrogatorios de la Gestapo, con el aroma del café frío actuando como suero de la verdad.
—¡El azúcar! —exclamó Paco, tratando de ganar tiempo mientras su cerebro trabajaba a marchas forzadas—. ¡El azúcar tiene una explicación científica! No tiene nada que ver con otra mujer. Tiene que ver con… con el déficit de glucosa matutino.
Marta se apoyó contra la encimera, cruzando los brazos de nuevo. El juego había pasado de ser una disputa seria a una especie de deporte nacional de “a ver quién dice la mayor tontería”.
—Te escucho, genio. Explícame cómo tu déficit de glucosa te hace ponerle dos cucharadas de azúcar a mi café cuando yo llevo noventa días repitiéndote que la sacarina es mi nueva religión.
—Es un acto de protección evolutiva —soltó Paco, con una seriedad que ni él mismo se creía—. Verás, el cerebro, en situaciones de estrés o de falta de sueño, tiende a buscar la fuente de energía más rápida para sus seres queridos. Mi subconsciente, que te quiere ver sana, fuerte y con energía para aguantar mis tonterías, rechazó instintivamente la sacarina por ser un producto químico artificial y optó por el azúcar, el combustible natural de la vida. ¡Lo hice por tu salud, Marta! ¡Por tu vitalidad!
Marta no pudo evitarlo. Soltó una carcajada. Una carcajada sonora, de esas que desinflan cualquier globo de tensión.
—Eres un sinvergüenza de manual, de verdad. Si pusieran una estatua al “caradura del año” en la Plaza Mayor, tendrían que usar tu cara de modelo. ¿De verdad crees que alguien se traga eso? “Protección evolutiva”… ¡Si no sabes ni dónde guardamos las tiritas!
Paco, viendo que el humor era su única tabla de salvación, se acercó a ella con paso de baile torpe.
—Vale, me has pillado. No es protección evolutiva. Es que soy un zopenco. Un zopenco integral que vive en las nubes y que tiene la memoria de un pez de colores. Pero te juro por lo más sagrado, por el mando de la tele y por mi colección de cómics, que no hay ninguna Laura. Es más, a partir de hoy, voy a borrar ese nombre de mi diccionario. Si alguna vez tenemos una hija, la llamaremos… no sé, Petronila. O Rigoberta. Algo que no pueda confundir con nadie.
Marta le miró con una mezcla de ternura y resignación. Al final, esa era la dinámica de su relación: el caos de él contra la precisión de ella, las meteduras de pata constantes de él contra la paciencia infinita (aunque sarcástica) de ella.
—Bueno —dijo Marta, dándole un golpecito cariñoso en el pecho—. Acepto tu derrota. Pero que sepas que me debes una. Una muy grande.
—Lo que quieras. Pide por esa boquita, Marta. (He dicho Marta, ¿ves? ¡Punto para Paco!).
—Quiero que me lleves a comer a ese sitio nuevo de la calle Ponzano. Ese que es carísimo y donde hay que reservar con tres semanas de antelación. Y nada de quejarte por el precio de las croquetas de centollo.
—Hecho. Trato hecho. Reservaré ahora mismo —dijo él, respirando por fin con normalidad.
Paco cogió su teléfono de la mesa, aliviado de recuperar su posesión más preciada. Marta se dio la vuelta para tirar el café azucarado por el fregadero. Todo volvía a la normalidad. La crisis de la “Nombre equivocado” parecía haber sido gestionada con éxito, aunque le fuera a costar una comida de tres cifras.
Pero entonces, justo cuando Paco iba a entrar en la aplicación de reservas, el teléfono vibró en su mano. Una notificación de Instagram. Paco, por puro acto reflejo, miró la pantalla.
“A @laura_bcn88 le ha gustado tu foto”.
El mundo se detuvo. El tiempo se congeló. Paco sintió que un sudor frío le perlaba la frente. “¿Quién narices es Laura_bcn88?”, pensó con pánico. “¿Es la chica de aquel congreso en Barcelona de hace tres años? ¿Es una cuenta de spam? ¿Es el universo gastándome la broma más pesada de la historia?”.
Intentó bloquear la pantalla con la rapidez de un rayo, pero fue demasiado tarde. Marta, con ese sexto sentido que tienen las parejas para detectar el desastre inminente, ya estaba mirando por encima de su hombro.
—¿@laura_bcn88? —leyó ella con una voz que esta vez no era fría, sino peligrosamente tranquila.
Paco miró la pantalla. Miró a Marta. Miró de nuevo la pantalla. El corazón le latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir por la boca y a pedir asilo político en la cocina del vecino.
—Marta… cariño… puedo explicarlo. Es… es una cuenta de… ¡de arquitectura! ¡Sí! Es “Laura, Barcelona, 1988”. Es una cuenta que publica fotos de edificios modernistas. Ya sabes que me encanta Gaudí…
Marta cogió el teléfono de nuevo. Con un par de toques rápidos, entró en el perfil de la susodicha. No eran edificios modernistas. Era una chica joven, rubia, posando en una playa con un mojito en la mano y una sonrisa que gritaba “no soy un edificio de Gaudí”.
Paco sintió que su sistema nervioso central hacía un cortocircuito definitivo.
—¿Gaudí, eh? —dijo Marta, mostrándole la foto de la rubia del mojito—. Vaya, no sabía que la Sagrada Familia se había puesto mechas y usaba un bikini de flores.
—¡Es un error de algoritmo! —gritó Paco, ya entregado al delirio total—. ¡Instagram me sugiere cuentas que no conozco! ¡Me ha hackeado el subconsciente! ¡El subconsciente no miente, Marta, pero el algoritmo de Mark Zuckerberg es un demonio enviado para destruir los hogares españoles!
Marta dejó el teléfono sobre la mesa, esta vez con una calma definitiva. Se acercó a él, le colocó bien el cuello del albornoz y le miró con una sonrisa que Paco no pudo descifrar.
—¿Sabes qué, Paco? Tienes razón. El subconsciente no miente. Y el tuyo hoy ha estado gritando a pleno pulmón.
—¡Marta, que es spam! ¡Te lo juro!
—No te preocupes —dijo ella, caminando hacia el dormitorio—. Me voy a duchar. Y mientras me ducho, tú vas a pensar en cómo vas a explicarle a “Laura_bcn88” que tu próximo destino de vacaciones no es Barcelona, sino el sofá del salón durante los próximos seis meses.
—¡Marta! ¡Espera! ¡Que la Pausini también es de Barcelona si te paras a pensarlo! ¡Bueno, no, es italiana, pero…!
La puerta del dormitorio se cerró con un clic definitivo. Paco se quedó solo en la cocina, rodeado de café frío, tostadas quemadas y el eco de un nombre que le perseguiría hasta el fin de sus días. Suspiró, miró su teléfono y vio la notificación de nuevo.
“A @laura_bcn88 le ha gustado tu foto”.

Paco bloqueó el móvil y lo lanzó al fondo de un cajón. Se sentó en la silla, apoyó la cabeza en las manos y susurró para sí mismo:
—Maldita sea… el subconsciente realmente no miente. Pero el mío es un idiota integral.
Y así, en el silencio de un domingo que prometía ser idílico, Paco comprendió que hay nombres que son destinos y errores que son sentencias. El café seguía allí, con sus dos cucharaditas de azúcar, brillando bajo el sol de Chamberí como un monumento a la torpeza humana.