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Juana Barraza “La Mataviejitas”: La Verdad Sobre Su Vida en Prisión Después de 20 Años

Llevaba un estetoscopio colgado al cuello, formularios falsos de solicitud de pensión y una identificación que la presentaba como asistente social. Con ese disfraz tocaba puertas y las señoras mayores que vivían solas que necesitaban ayuda, que veían a alguien con aspecto oficial ofreciéndoles algo, abrían. La confianza era la puerta de entrada.

Una vez adentro, el desenlace era siempre violento. Las investigaciones establecieron que asfixiaba a sus víctimas usando lo que tuviera disponible: una pañoleta, un cordón de cortinero, el cinturón de una bata de baño, un cable, un estetoscopio. Después de cometer el crimen, tomaba los objetos de valor que encontraba y se marchaba.

La escena quedaba en silencio y así, casa por casa, colonia por colonia, durante años el caso fue acumulando víctimas sin que las autoridades pudieran identificar quién era la responsable. Lo que hizo que este caso fuera especialmente difícil de resolver es algo que todavía genera discusión entre los investigadores.

Durante años, las autoridades siguieron una pista que parecía lógica, pero que terminó alejándolos de la verdad. No te vayas, porque lo que vas a descubrir ahora explica por qué este caso tardó tanto tiempo en resolverse. Los testigos que vieron a la persona salir de algunas escenas del crimen describían a alguien de complexión robusta, con hombros anchos, cabello corto teñido de rubio y facciones duras.

Eso hizo que los investigadores asumieran que buscaban a un hombre posiblemente disfrazado de mujer. En julio de 2004, la Procuraduría presentó públicamente a un primer sospechoso. No era él. En septiembre del mismo año presentaron a un segundo sospechoso. Tampoco era. Mientras tanto, los crímenes continuaron. En 2005, las autoridades elaboraron un busto de arcilla con las características del sospechoso, basándose en los testimonios de quienes habían visto a la persona cerca de las escenas.

El busto se parecía notablemente a Juana Barraza, pero seguían buscando a un hombre. La pieza que faltaba no era el retrato, era la disposición de reconocer que el perfil criminal que tenían construido estaba equivocado en su premisa más básica. El 25 de enero de 2006, esa búsqueda llegó a su fin. Juana Barraza entró al domicilio de Ana María de los Reyes Alfaro, de 89 años, ubicado en la calle José Jazo número 21 en la colonia Moctezuma de la Ciudad de México.

La señora la dejó pasar. Lo que ocurrió dentro de esa casa terminó con la vida de Ana María. Cuando Juana intentaba salir del domicilio, un joven vecino que pasaba por el lugar la vio y la detuvo. Llamó a la policía. Cuando llegaron los agentes encontraron a Juana con un estetoscopio colgado al cuello, formularios de solicitud de pensión en la bolsa y una identificación falsa de trabajadora social.

Lo que dijo Juana Barraza en el momento de su captura, antes de que llegaran los abogados y comenzara el proceso judicial es lo que más revela sobre quién era ella realmente. Y esas palabras todavía están en el expediente. Quédate para descubrirlas. Tras su detención, Juana fue presentada ante las cámaras esa misma tarde.

El país entero vio a una mujer de mediana edad, de complexión robusta, con cara de señora de colonia, que resultó ser la persona que habían buscado durante años. El impacto fue enorme. Nadie esperaba que la persona detrás de esos crímenes fuera una mujer. Y en los interrogatorios que siguieron, Juana hizo una declaración que quedó documentada en el expediente.

Odiaba a las señoras porque mi mamá me maltrató, me pegaba y siempre me maldecía. Un día me regaló con un señor grande y yo fui abusada. Por eso odiaba a las señoras. Yo sé que no es excusa, no merezco perdón ni de Dios ni de nadie, pero ya lo hice. Esa frase es lo más cercano a una confesión que existe en este caso.

Después cambió de versión. El proceso judicial duró 2 años. El 31 de marzo de 2008, el juzgado 67 penal del reclusorio femenil de Santa Marta Catitla dictó sentencia. 759 años y 17 días de prisión por el homicidio de 16 mujeres de la tercera edad y 12 robos calificados. Cuando escuchó la sentencia, Juana dijo, “Que Dios los perdone y que a mí no me olvide.

” Y desde ese día, Santa Marta Catitla se convirtió en su único mundo. Y a partir de ese 31 de marzo de 2008 comenzó una historia completamente distinta, la historia de Juana Barraza dentro de la cárcel. Lo que ocurrió en esos casi 20 años de encierro es lo que nadie ha contado con detalle y es exactamente lo que viene ahora. Desde enero de 2006, cuando fue detenida hasta hoy en 2026, Juana Barraza Samperio ha vivido dentro del Centro Femenil de Reinserción Social Santa Marta Acatitla en la Alcaldía Estapalapa de la Ciudad de México. 20 años en el mismo penal,

sin traslados, sin cambios de instalación, sin movimientos, el mundo afuera siguió girando. Tres presidentes, una pandemia, transformaciones en la ciudad. Ella sigue en el mismo lugar, la misma reja, la misma rutina, los mismos muros. Santa Marta Acatitla tiene capacidad para más de 100 y cuenta con canchas deportivas, talleres de costura, panadería, tortillería, artesanías y salones de usos múltiples.

Hay capilla, zona de visita conyugal y una guardería porque algunas internas llegan embarazadas o con hijos pequeños que viven con ellas dentro hasta los 6 años. No es una instalación de máxima seguridad como el altiplano, pero sigue siendo una cárcel con horarios fijos, con rejas, con la puerta que no se abre desde adentro, con el sistema penitenciario decidiendo cada aspecto de la vida diaria.

Eso es exactamente lo que vive Juana hoy. La alimentación que recibes es institucional. El sistema penistenciario decide el menú de cada día. Ella no puede elegir qué come, cuándo come ni en qué cantidad. Para una persona de 68 años con insuficiencia renal crónica diagnosticada, que necesita una dieta estrictamente controlada, comer lo que el penal sirve cada día.

Es un problema médico adicional que el sistema tiene que gestionar porque ella no puede simplemente decidir saltarse algo que le haga daño. Y eso de la insuficiencia renal es una parte muy importante de la historia actual de Juana Barraza, porque lo que le pasó a su cuerpo dentro de ese penal en los últimos años dice más sobre su situación real que cualquier número de años de condena.

Pero antes de llegar a ese punto, hay algo que probablemente te va a sorprender. La vida que Juana ha construido dentro de prisión se parece mucho menos a lo que la mayoría imagina. La vida cotidiana de Juana dentro de Santa Marta tiene una estructura que ella misma ha construido durante dos décadas. Se sabe por reportes periodísticos y por sus propias declaraciones que vende tacos dentro del penal los lunes y martes.

Eso no es un programa del sistema penitenciario, es un negocio propio que opera dentro de las reglas del penal. Las internas pueden hacer pequeños comercios entre sí y Juana encontró en eso una manera de generar algo de dinero propio y de ocupar el tiempo. También se sabe que va regularmente al salón de belleza que existe dentro de Santa Marta.

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