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SALVADOR SÁNCHEZ: LA ASQUEROSA VERDAD sobre la NOCHE DEL ACCIDENTE SALIÓ A LA LUZ

Sal Sánchez se convertía esa misma noche en monarca mundial. Tenía 21 años recién cumplidos. Lo que vino después fue una racha que aún hoy se estudia en los gimnasios del país. Nueve defensas exitosas. Una detrás de otra, cada una más impresionante que la anterior. Volvió a despedazar al coloradito López en la revancha.

Aplastó al español Roberto Castañón. Doblegó al estadounidense Patrick Ford. Le ganó por puntos al boricua Juan La Porte. Pero la noche que lo consagró ante el mundo entero fue la del 21 de agosto de 1981 en el Caesar Palace de Las Vegas, frente a Wilfredo Gómez, el pjil más invicto de la división Superpluma. Un puertorriqueño que llegaba con un récord espeluznante y con la arrogancia de quien jamás había conocido la derrota.

Aquella pelea fue una guerra. Wilfredo Gómez tenía el ego del mundo entero subido a los hombros. había prometido públicamente que iba a callar al mexicanito para siempre. Salvador, como acostumbraba, no respondió ni una sola palabra en las conferencias de prensa. Lo dejó hablar, lo dejó presumir, lo dejó hacer el ridículo frente a los micrófonos.

Y la noche del combate, en el primer asalto, Sánchez lo derribó con un derechazo seco que silenció el Caesar Palace. Gómez se levantó, aguantó como pudo, pero ya estaba derrotado. En el round 8o, el árbitro detuvo el pleito. El boricua, con el rostro deformado, tuvo que ser cargado hasta su esquina. Para los mexicanos, aquella victoria fue una de las más grandes que jamás hubieran logrado contra un pújil de la isla.

Para Salvador fue apenas una más en el camino hacia algo todavía mayor. La revista Ring Magazine, la Biblia del boxeo internacional, lo nombró boxeador del año en 1981 compartiendo el honor con Sugar Ray Leonard. Tenía 22 años. Don King, el polémico promotor estadounidense, lo había invitado a Nueva York para firmar contratos millonarios. Bobarum lo buscaba.

Las cadenas de televisión norteamericanas se peleaban por transmitir sus combates. En México, los empresarios del entretenimiento le abrían puertas que jamás se habían abierto para un boxeador de su edad. En Televisa, los reporteros lo seguían a todas partes. En las calles de la Ciudad de México lo paraban para pedirle autógrafos, para tocarle el hombro, para sacarse una fotografía.

Era el rey indiscutible del peso pluma. Y sin embargo, debajo de toda esa fama, debajo de los aplausos y de los reflectores, había un muchacho que apenas estaba aprendiendo a manejar lo que el dinero y la celebridad podían hacerle a un hombre de 23 años. Fue por esos meses cuando Salvador conoció a la mujer que, según se contó después, terminaría siendo determinante en la madrugada del 12 de agosto.

Su nombre artístico era Maribel Fernández. En el mundo del espectáculo mexicano la conocían como La Pelangocha, una actriz bedet y showgir que en aquellos años hacía teatro de revista en la ciudad de México y que, gracias a sus apariciones constantes en televisión y en los centros nocturnos más concurridos de la capital, se había convertido en una de las figuras femeninas más populares del medio.

Maribel y Salvador empezaron a verse en secreto. Él estaba casado. Su matrimonio, sin embargo, atravesaba semanas difíciles. Las versiones que circularon después aseguraban que el campeón había iniciado un proceso de separación legal con su esposa y que mientras eso se resolvía ya mantenía una relación discreta, pero intensa con la actriz.

Aquel 8 de agosto, 4 días antes del accidente, Salvador llegó al rancho que su apoderado y amigo cercano, Juan José Torres Landa, tenía en San José y Turbí de Guanajuato. El rancho era un sitio amplio con cuadras para caballos, una alberca, un gimnasio improvisado y varias cabañas. Allí se concentraba el equipo completo del campeón, cuyo Hernández, su entrenador histórico, su preparador físico, su nutriólogo, su esquinero, su sparring, todos vivían bajo el mismo techo durante las semanas previas a una pelea. Salvador tenía

instrucciones muy claras de cuyo nada de salidas nocturnas, nada de fiestas, nada de mujeres, nada de alcohol. Quedaban menos de cinco semanas para subirse al ring del Madison Square Garden y enfrentarse por segunda vez al boricua Juan Laaporte. La concentración era sagrada y aquí es donde la historia empieza a torcerse porque hay un detalle que la mayoría de las versiones oficiales nunca mencionó y ese detalle es una llamada telefónica.

Según relataron años después algunos cercanos al ambiente boxístico de aquella época, la noche del 11 de agosto, ya pasadas las 11 de la noche, sonó el teléfono fijo del rancho. Quien atendió fue uno de los empleados del lugar. Del otro lado de la línea, una voz pidió hablar con el campeón. La voz se identificó.

Era otro pújil mexicano, otro monarca mundial, otro nombre legendario del boxeo nacional. Era Guadalupe Pintor, Lupe Pintor, campeón mundial, peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo y amigo personal de Salvador desde hacía varios años. Lupe necesitaba hablar urgentemente con él. El empleado fue a buscarlo.

Salvador estaba a punto de acostarse. Tomó el teléfono, escuchó. Lo que Lupe Pintor le dijo a Salvador esa noche jamás fue confirmado oficialmente, pero las versiones que circularon en los años posteriores entre periodistas, entrenadores y gente del medio coinciden en lo esencial. Le habló de una fiesta, una reunión privada en Querétaro, algo organizado por gente del ambiente y le mencionó un nombre, el nombre de Maribel.

La pelangocha estaba ahí y Lupe supuestamente le dijo a Salvador que sería mejor que se diera una vuelta para ver con sus propios ojos lo que estaba pasando. Quédate conmigo porque en unos minutos vas a entender por qué ese mensaje, esa noche hizo que un hombre que llevaba semanas durmiendo a las 9:30, levantándose a las 5 de la mañana y obedeciendo cada instrucción de su esquinero, decidiera tomar las llaves del Porsche y salir del rancho sin decirle a nadie.

Salvador colgó el teléfono, subió a su habitación, estuvo unos minutos en silencio. Aquella noche compartía cuarto con uno de sus sparrings. Un muchacho llamado Jesús, que después contaría en una entrevista breve y nunca difundida ampliamente, que vio a Salvador sentado en la orilla de la cama mirando el suelo. Le preguntó si todo estaba bien.

Salvador respondió que sí, que se iba a dormir. Apagaron la luz. Pasaron unos 20 minutos y entonces, en silencio, Salvador se levantó, tomó sus llaves, su chamarra y bajó la escalera con cuidado. Encendió el motor del Porsche 928 blanco y salió del rancho. Eran cerca de las 11:50 de la noche del 11 de agosto de 1982.

El trayecto desde San José y Turbide hasta el lugar donde supuestamente se celebraba la fiesta tomaba cerca de una hora. Salvador conocía la carretera. La había recorrido decenas de veces. Le gustaba la velocidad. Le gustaba sentir el rugido del motor del Porsche cuando aceleraba en los tramos rectos. Los muchachos del rancho lo habían visto presumir el coche en más de una ocasión, llevándolo hasta los 200 km porh en pleno camino abierto, cuyo Hernández en privado le había rogado varias veces que se controlara. Le había dicho que un

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