La gran guerra ha terminado. Rumanía ha salido fortalecida de ella, engrandecida, repleta de promesas. Pero la Europa de los años 20 es un continente que ha enterrado a millones de jóvenes y que no sabe muy bien qué hacer con el silencio que ha quedado después de tanto ruido de cañones. En ese clima extraño, mezcla de euforia y trauma, de jazz y melancolía, la princesa Ileana crece con una conciencia social que pocas personas de su posición se habrían permitido desarrollar.
A diferencia de lo que cabría esperar de una hija de reyes, Ileana no se limita a asistir a bailes y recepciones diplomáticas. se involucra, organiza el movimiento de las guías de Rumanía, el equivalente femenino de los exploradores, y lo hace no como figura decorativa, sino como líder activa, capaz de diseñar programas, motivar a las jóvenes participantes y construir una estructura de valores basada en la solidaridad y el servicio.
También impulsa la creación de las reservas juveniles de la Cruz Roja y colabora en el establecimiento de la primera escuela de trabajo social del país. Con apenas 20 años, Ileana ya ha demostrado que no le interesa el poder por el poder, sino lo que puede hacerse con él cuando se pone al servicio de los demás.
Mientras tanto, en los pasillos de palacio la situación política se complica de manera acelerada. El rey Fernando muere en 1927, dejando a Rumanía en un momento delicado. El heredero natural, el príncipe Carol, había renunciado al trono años antes, en circunstancias escandalosas relacionadas con sus relaciones amorosas y su incapacidad para mantenerse dentro de los límites que la institución monárquica exigía.
En su ausencia sube al trono su hijo, el pequeño Mijai, de apenas 6 años, bajo la regencia de un consejo. Pero en 1930, Carol regresa de su exilio voluntario y reclama la corona. Rumanía lo acepta, quizás porque necesita alguien con autoridad suficiente para enfrentar los tiempos que se avecinan. El rey Carol II ocupa el trono y con él llega también para Iliana una nueva era de complicaciones.
La relación entre Iliana y su hermano Carol no es fácil, nunca lo ha sido. Carol es un hombre profundamente inseguro, disfrazado de arrogancia, un rey que mide el poder propio en términos de cuánto admira la gente a quienes lo rodean. Y la gente admira demasiado a Ileana. La admira porque es hermosa, pero sobre todo porque es auténtica.
Porque cuando visita un hospital no lo hace para las fotografías, sino para quedarse horas hablando con los enfermos. Porque cuando recorre las zonas rurales del país no lleva séquito de cortesanos, sino libreta y lápiz para tomar nota de lo que necesita la gente. Esa popularidad genuina, esa conexión real con el pueblo rumano es exactamente lo que Carol no puede tolerar.
Y entonces el rey Carol toma una decisión que marcará para siempre el rumbo de la vida de su hermana menor. En 1931, cuando Ileana tiene 22 años, le presenta a Antón de Habsburgo, archiduque de Austria y príncipe de Toscana. El joven es apuesto, de buena familia y el matrimonio parece razonable desde el punto de vista dinástico.
Pero el verdadero motivo de Carol no es encontrar un buen partido para su hermana. El verdadero motivo es alejarse de ella. Si Leana se casa con un austriíaco, tendrá que vivir en Austria y si vive en Austria, ya no podrá robarle aplausos ni afecto popular en Rumanía. El matrimonio en la mente calculadora de Carol es la solución perfecta.
El 26 de julio de 1931, la princesa Ileana de Rumanía y el archiduque Anton de Absburgo se dan el sí quiero en una ceremonia que deslumbra a las cortes europeas. Es uno de los matrimonios reales más comentados de la temporada. Y Leana lleva un vestido de novia que parece diseñado para la eternidad y una mirada que mezcla ilusión genuina con esa extraña lucidez que tienen las personas que intuyen lo que viene, aunque no quieran admitirlo.
Anton afectuoso y entre ellos nace un afecto real. Pero casi de inmediato, tal como Carol había planeado, se les impone la condición de residir fuera de Rumanía. Primero en Munich, luego en Mudlin, cerca de Viena. Iana deja atrás su país, su pueblo, su castillo de Bran, y comienza a construir una nueva vida del otro lado de los cárpatos.
La vida en Austria tiene su propio ritmo. Y Leana y Antonia numerosa. Seis hijos nacerán de ese matrimonio. Y Ileana se entrega a la maternidad con la misma intensidad con que se entrega a todo lo que hace. Pero no abandona su carácter inquieto. Continúa navegando cuando puede. Mantiene sus vínculos con organizaciones humanitarias.
escribe cartas constantes a su madre, la reina María, que sigue siendo el ancla emocional más firme de su vida y observa Europa con una preocupación creciente, porque el continente que la rodea está cambiando a una velocidad alarmante. En Alemania, un hombre llamado Adolf Hitler ha llegado al poder. En Italia, Mussolini lleva años construyendo su estado totalitario.
Los vientos que soplan sobre Europa ya no huelen a reconstrucción, sino a algo mucho más oscuro. Cuando en 1937 muere la reina María, algo se rompe definitivamente en el interior de Ileana. María había sido el hilo conductor de su existencia, la persona que mejor la comprendía. El recordatorio permanente de lo que Rumanía era y podía ser.
Su muerte deja a Ileana con una sensación de orfandad que ningún título nobiliario puede llenar. Ahora está sola frente a un mundo que se tambalea, casada con un hombre bueno, pero atrapado en las complicaciones de su propio linaje, alejada de su patria por decreto de su propio hermano y con seis hijos que dependen de ella.
Todavía no sabe que lo peor está por llegar. Todavía no sabe que la historia está afilando el hacha con la que destruirá todo lo que ella conoce. Cuando la Segunda Guerra Mundial estalla en septiembre de 1939, Europa entera se convulsiona. Las fronteras, que parecían permanentes, se vuelven líneas de fuego. Los tratados que los diplomáticos habían firmado con tanto cuidado se convierten en papel mojado.
y las familias reales, esas instituciones que habían sobrevivido siglos de guerras y revoluciones, se encuentran de repente en una posición terriblemente vulnerable, atrapadas entre fidelidades imposibles y lealtades que el conflicto hace incompatibles. Para Iliana, la guerra llega con un dilema inmediato. Su marido, Antón de Absburgo, es ciudadano del Reich alemán por las circunstancias del Anglus.
La anexión de Austria por parte de la Alemania nazi en 1938. Con el inicio del conflicto, Antón es llamado a filas y acaba incorporado a la Luz Buffe, la Fuerza Aérea Alemana en calidad de oficial. Iliana queda sola con sus hijos en el castillo de Sombur, al noroeste de Viena, un lugar hermoso, pero cada vez más expuesto a los peligros de una guerra que se expande como una mancha de aceite sobre el mapa europeo.
La princesa, que siempre ha tenido más temple del que su título sugería, toma entonces una decisión que define su carácter mejor que cualquier ceremonia real. Convierte el castillo en un hospital para soldados heridos. No es una decisión simbólica, no es un gesto de cara a la galería. Y Leana trabaja en ese hospital con las manos, aprende técnicas de enfermería con rigor, supervisa tratamientos y pasa noches en vela junto a hombres que llegan destrozados desde los frentes de batalla.
La princesa, que de niña cabalgaba por los prados de Bran, ahora camina entre camas de campaña, cambia vendajes y aprende a sostener la mirada de alguien que sabe que va a morir. En esa durísima escuela, Iliana descubre una vocación que no sabía que tenía y que ya no la abandonará jamás. El servicio a los demás no como obligación nobiliaria, sino como acto profundamente espiritual.
En 1940, con la situación en Austria cada vez más inestable, Iliana toma otra decisión crucial. Regresa a Rumanía. Su hermano Carol ha abdicado finalmente, empujado por la presión de los movimientos fascistas internos y el acoso de las potencias del eje. El trono lo ocupa ahora el joven rey Miai, su sobrino, un muchacho que tendrá que afrontar circunstancias que habrían doblado a hombres con décadas más de experiencia.
Iliana llega con sus hijos y reclama el castillo de Bran como herencia legítima. Esa construcción medieval de torres puntiagudas sobre los cárpatos que tanto le había dado en su infancia vuelve a ser suya por ahora. En Brán, Iliana funda un nuevo hospital, lo llama el hospital del corazón de la reina en honor a su madre fallecida y lo hace con los mismos pocos recursos con los que fundó el de Sombor, es decir, con donaciones conseguidas a fuerza de voluntad, con materiales básicos y con una convicción inquebrantable de que el
sufrimiento ajeno no puede esperar mientras se buscan soluciones perfectas. El hospital atiende a soldados rumanos heridos en el Frente Oriental, donde las fuerzas rumanas combaten junto a las alemanas contra la Unión Soviética, pero también trata a civiles, a campesinos de la región, a mujeres y niños que no tienen acceso a ningún otro centro médico.
En ese castillo medieval convertido en lugar de curación, la princesa Iliana vive quizás los años más auténticos de su existencia. La guerra, sin embargo, no se limita a los frentes lejanos. A partir de 1943, los bombardeos aliados sobre las instalaciones petrolíferas de Ployesti convierten el espacio aéreo rumano en un campo de batalla permanente.
Los aviones aliados americanos y británicos en su mayoría son derribados sobre territorio rumano con una frecuencia que hace imposible ignorar la realidad del conflicto. yileana, con una valentía que pocos habrían esperado de una princesa criada entre cedas y protocolos, da instrucciones en su hospital para atender también a los aviadores aliados derribados.
No importa de qué bando vengan, no importa si son los mismos hombres que momentos antes bombardeaban el país que ella ama y Leana los trata como lo que son seres humanos heridos que necesitan ayuda. Ese gesto aparentemente simple es en realidad una declaración de principios que pone a Iliana en una posición enormemente peligrosa.

En una guerra donde la lealtad se mide en términos absolutos, atender al enemigo herido puede ser interpretado como traición. Las autoridades rumanas, sometidas a la presión alemana observan con incomodidad creciente las actividades de la princesa, pero Iliana no cede y en esa negativa a ceder hay algo que va más allá de la obstinación.
Hay una comprensión profunda, casi mística, de que ciertos valores no tienen bando, que la compasión no puede subordinarse a la geopolítica, que hay cosas que no se pueden hacer sin dejar de ser quien es. En agosto de 1944 todo cambia de golpe. El rey Mijai, en un acto de notable valentía que la historia ha tardado demasiado en reconocer debidamente, da un golpe de estado.
Arresta al mariscal Antonescu, el hombre fuerte proalemán que gobernaba de facto el país, y anuncia que Rumanía cambia de bando. A partir de ese momento, las tropas rumanas combaten junto a los aliados contra la Alemania nazi. Es una decisión que acorta la guerra en el Frente Oriental en semanas, según estimarán los historiadores militares, pero también es una decisión que tiene consecuencias inmediatas y brutales para todos los que, como Iliana y Antonía alemana o vínculos con el Reich.
La guerra había sido cruel. Lo que viene a continuación será peor todavía. El cambio de bando de Rumanía en agosto de 1944 no trae la paz que muchos esperaban, trae a los soviéticos. Y los soviéticos llegan a Rumanía no como liberadores, sino como ocupantes, con todo lo que esa palabra implica. El Ejército Rojo entra en territorio rumano con la eficiencia fría de una maquinaria diseñada para consolidar el poder, no para proteger a las poblaciones civiles.
las requisas, los arrestos arbitrarios, la imposición de nuevas estructuras administrativas afines a Moscú. Todo eso se despliega con una velocidad que deja a los rumanos, que pensaban estar saliendo de una guerra, atrapados de repente en algo que se parece sospechosamente a otra. Para Ileana y Antón, la situación se vuelve crítica de manera casi inmediata.
Como ciudadanos de la Alemania nazi, por la fuerza de las circunstancias, corren el riesgo real de ser arrestados por las autoridades soviéticas que ahora patrullan el país. Anton, que ha regresado a Rumanía tras ser liberado de sus obligaciones militares alemanas, es puesto bajo arresto domiciliario por el ejército rojo.
La familia entera queda atrapada en Bran bajo vigilancia, en una situación que no tiene nada de la dignidad que los cuentos de hadas asocian con los castillos medievales. Es una trampa, un palacio que se ha convertido en celda y Leana no se rinde. Mientras las circunstancias políticas se deterioran, ella mantiene el hospital en funcionamiento.
Sigue tratando a los heridos. sigue organizando los recursos escasos que consigue reunir, pero el cerco se estrecha. El Partido Comunista Rumano, respaldado por la presencia militar soviética, va tomando posiciones en la administración del país. Los nombres de quienes podrían representar un obstáculo para el nuevo orden ya están siendo anotados en listas que nadie muestra, pero todo el mundo sabe que existen.
El nombre de Ileana, princesa de la casa real, hermana del rey anterior, propietaria de uno de los castillos más emblemáticos del país, figura en esas listas sin que ella necesite hacer nada para merecerlo. Basta con lo que es. En ese clima de incertidumbre y amenaza ocurre algo que añade una capa más de drama a una situación ya de por sí insostenible.
El matrimonio entre Iliana y Anton, que había sobrevivido al desplazamiento, a la guerra y a la ocupación, empieza a mostrar sus grietas profundas. Las circunstancias extraordinarias que los han mantenido juntos también han revelado diferencias fundamentales en su manera de entender el mundo y el futuro. Anton, deformación y temperamento más convencional ve el exilio como la única solución lógica y quiere marcharse cuanto antes.
Y Leana, que ha echado raíces en Rumanía con toda la intensidad de quien sabe lo que es haber sido arrancada de ella una vez, encuentra insoportable la idea de volver a irse, pero la realidad una vez más no le da opciones. El 30 de diciembre de 1947 es uno de los días más oscuros de la historia moderna de Rumanía. El rey Mijai, presionado de manera brutal por los representantes del Partido Comunista bajo supervisión soviética, firma su aplicación.
Tiene 26 años. ha intentado resistir, ha intentado negociar, ha buscado apoyo occidental en un momento en que Occidente está demasiado ocupado reconstruyéndose a sí mismo como para preocuparse por los reinos pequeños del este europeo. La abdicación es el final de la monarquía rumana. Es también, de manera simultánea, la sentencia de expulsión para todos los miembros de la familia real que permanecen en el país.
Ileana y su familia tienen 48 horas para abandonar Rumanía. 48 horas. Ese es el tiempo que le queda a Iliana para cerrar el hospital que ha construido con sus propias manos, para decirle adiós a los enfermos que no pueden moverse, para empaquetar lo que cabe en unas pocas maletas de entre todo lo que ha acumulado en una vida y decidir qué llevar y qué dejar atrás, sabiendo que lo que se deja no volverá jamás.
para mirar por última vez las torres del castillo de Bran, recortándose contra el cielo de los cárpatos y entender que ese lugar que fue el paraíso de su infancia ya no le pertenece, que el nuevo régimen se lo apropiará y lo convertirá en propiedad del Estado, como lo convertirá todo.
Ileana sale de Rumanía en enero de 1948 con sus seis hijos. La mayor parte de sus pertenencias dejadas atrás y la certeza amarga de que está cruzando una frontera que quizás no vuelva a cruzar en sentido contrario. El tren que la lleva hacia el oeste pasa por el sector ruso de Viena, una ciudad que tampoco ella el refugio que fue.
Europe está dividida por una cortina de hierro que Winston Churchill había nombrado en un discurso dos años antes. Y Iliana, la princesa que nació con 21 cañonazos, cruza esa cortina sin saber muy bien qué hay al otro lado. Solo sabe que tiene que proteger a sus hijos, que tiene que seguir adelante y que la princesa que fue tarde o temprano tendrá que dejar paso a alguien distinto.
La historia de Iliana de Rumanía no termina aquí. De hecho, en cierta manera apenas comienza, porque lo que viene después, el exilio, la reconstrucción, la búsqueda de identidad lejos de todo lo que la había definido, es quizás la parte más fascinante de su trayectoria, una parte que demostrará que hay personas cuya grandeza no radica en los títulos que ostentan, sino en la manera en que se levantan cuando la vida los golpea con toda su fuerza.
Suiza los recibe con esa frialdad elegante que tiene la neutralidad cuando se mira de cerca. Es un país hermoso, ordenado, seguro, pero también un país donde los refugiados de la aristocracia europea se apilan como piezas de un rompecabezas al que le han quitado el tablero. Y Leana llega allí con seis hijos. sin rentas fijas, sin castillos, sin el aparato institucional que durante décadas había sostenido su vida.
Tiene sus joyas que venderá metódicamente para pagar facturas y mantener a su familia. Tiene su título, que en la Europa de la posguerra ya no vale lo que valía y tiene su carácter que nadie podrá quitarle jamás. En Suiza, Iliana intenta reorganizar su existencia. Se pone en contacto con otras familias reales en el exilio, que son muchas, porque el siglo XX ha barrido coronas con una eficiencia demoledora, pero el sostén emocional de esos contactos no resuelve el problema práctico más inmediato.
¿Cómo vivir? ¿Cómo mantener a seis hijos en un continente devastado por la guerra, sin propiedades, sin ingresos regulares, sin perspectiva de un regreso a corto plazo? La respuesta que Iliana va construyendo es la misma que ha dado siempre a los problemas difíciles, con trabajo, con imaginación y con una determinación que no admite el lujo de la autocompasión.
Desde Suiza, la familia se desplaza a Argentina. Es un destino que atrae a muchos europeos en ese periodo de posguerra, tanto por razones económicas como por las políticas de inmigración relativamente abiertas que Buenos Aires aplica en esa época. Paraana, Argentina es un lugar extraño, lejísimos de todo lo que conoce, con un idioma que no es el suyo y un paisaje que no se parece en nada a los cárpatos de su infancia.
Pero es también un lugar donde puede empezar de cero, donde nadie espera de ella que sea la princesa que fue, donde puede ir descubriendo quién es cuando se le retira toda la parafernalia de la realeza. Europe between East and West. El exilio pone a prueba el matrimonio de Iliana y Anton de una manera que la guerra paradójicamente no había conseguido.
En el exilio, sin los roles claros que la emergencia define, sin la urgencia que mantenía a todos en movimiento, los dos descubren que sus caminos se han separado de manera irreversible. En 1954, después de más de 20 años de matrimonio y seis hijos, Ileana y Antonan. Es una decisión dolorosa inevitablemente, pero también honesta.
Y la honestidad, como Iliana demuestra una y otra vez a lo largo de su vida, es el único terreno sobre el que se puede construir algo verdadero. Poco después del divorcio, Iliana contrae matrimonio con el drctor. Stefan Nicolas Izarescu, un médico rumano también en el exilio. El segundo matrimonio refleja quizás un intento de reconstruir algo conocido en tierra extranjera, de encontrar en otro exiliado rumano la comprensión que la soledad no puede dar.
Pero ese matrimonio tampoco prospera y en 1960 llega un segundo divorcio. Iliana tiene 51 años, dos matrimonios a sus espaldas, seis hijos ya crecidos y un mundo interior que ninguna de esas circunstancias externas ha conseguido definir del todo porque hay algo en ella que sigue buscando, que sigue moviéndose hacia algún lugar que todavía no sabe nombrar.
Para entonces, la familia vive en los Estados Unidos. Iliana ha comprado una casa en Newton, Massachusetts, financiada en parte con la venta de las últimas joyas que conservaba. Es un barrio tranquilo de las afueras de Boston, con jardines cuidados y coches americanos aparcados frente a casas de madera pintadas. Un mundo completamente opuesto al de los palacios y castillos donde creció.
Pero Iana no lamenta la distancia entre uno y otro mundo. Lo que hace, en cambio, es involucrarse en la comunidad de exiliados rumanos en Estados Unidos, dar conferencias sobre la realidad del comunismo en Europa del Este, escribir un libro de memorias sobre sus últimos años en Rumania y trabajar con la Iglesia Ortodoxa Romana en el exilio.
Su libro de memorias titulado en inglés como I live again aparece en los años 50 y tiene una recepción notable entre los lectores americanos. Es un testimonio directo, sin artificios, sobre lo que significa perder un país, sobre la violencia con que el comunismo aplasta las vidas individuales, sobre el precio humano de las ideologías que pretenden mejorar el mundo destruyendo lo primero.
Leana escribe con la misma autenticidad con que vivió en su hospital de Bran, sin distancia segura, sin retórica, mirando de frente lo que ocurrió y diciéndolo como fue. El libro le abre puertas en los círculos anticomunistas americanos, pero también, y esto es más importante, le abre puertas dentro de sí misma, porque al escribir sobre lo que perdió, Iliana comienza a entender por primera vez con plena claridad lo que no perdió.
Entiende que el castillo de Bran se lo quitaron, pero no la capacidad de crear espacios de belleza. entienden que la corona se la arrebataron, pero no la autoridad interior que viene de haber servido de verdad a los demás. entiende que el reino desapareció, pero que el territorio más importante, el de la propia identidad, sigue intacto.
Y esa comprensión despacio con la paciencia de alguien que ha aprendido a confiar en los procesos largos, va empujándola hacia una transformación que nadie a su alrededor anticipaba y que ella misma no habría podido prever 10 años antes. Hay momentos en la vida de ciertas personas en que el camino que han seguido hasta entonces se interrumpe de manera tan definitiva que la única opción real es mirar hacia adentro y preguntarse, ¿qué hay allí en ese territorio interior que el ruido cotidiano no deja escuchar? Para Iliana, ese momento llega los
primeros años de la década de los 60. Sus hijos ya tienen sus propias vidas, sus matrimonios han terminado. La lucha política por la causa de Rumanía, aunque sigue siendo importante para ella, ya no puede ser el único eje de su existencia. Y en ese espacio que deja el vacío, algo que había estado presente desde siempre, pero nunca del todo articulado, empieza a hablar con más claridad.
Es la fe. Ileana había crecido en la Iglesia Ortodoxa Romana, la tradición espiritual que impregna la cultura de su país, como el agua impregna la Tierra después de una tormenta larga. Pero durante los años de guerra, exilio y supervivencia, la fe había sido más una compañía silenciosa que un camino activamente recorrido.
Ahora en la quietud relativa de su vida americana, Iliana empieza a profundizar en esa tradición con la misma intensidad con que en su juventud se había lanzado a las olas del Mediterráneo en su yate. Lea a los padres de la Iglesia, se interesa por la teología ortodoxa, busca guía espiritual y lo que encuentra la transforma.
En 1961, con la bendición de un obispo ruso al que admira profundamente, Ilana da un paso que pocas personas de su historia habrían considerado. Entra como novicia en el monasterio de la protección del velo de la Madre de Dios en Busi, Francia. Es un monasterio de clausura, un lugar de silencio, un lugar donde los títulos no significan nada y donde la única jerarquía que cuenta es la del alma.
La princesa ileana de Rumanía, nieta de la reina Victoria y de Alejandro II de Rusia, cruza esa puerta con una sencillez que podría parecer paradójica si no fuera tan claramente coherente con todo lo que ha sido siempre. Los años en Busí son años de formación espiritual rigurosa y Leana aprende el ritmo de la vida monástica con sus horarios de oración distribuidos a lo largo del día y de la noche, con su cultura del silencio, con su insistencia en la presencia, en estar completamente en el lugar donde se está.
Para alguien que ha vivido décadas de movimiento constante, de urgencias históricas y decisiones bajo presión, ese silencio es al mismo tiempo un alivio y un desafío. Es en ese silencio donde los fantasmas de lo perdido aparecen con más nitidez. El castillo de Bran, los rostros de los enfermos en el hospital, el olor del otoño rumano, el idioma que ya no se habla en ninguno de los países que la rodean.
En 1967, después de 6 años de vida monástica en Francia, Ileana recibe la tonsa, el rito por el cual una persona es formalmente consagrada como monja en la tradición ortodoxa. Desde ese momento deja de llamarse Ileana para llamarse Madre Alexandra. El nombre es una elección significativa. Alexandra en la tradición ortodoxa es el nombre de varias santas mártires que eligieron su fe por encima de todo lo demás, incluso por encima de su vida.
Y Leana, que ha perdido un reino sin perder su dignidad, que ha sido exiliada sin ser vencida, escoge ese nombre con plena conciencia de su peso. Pero la vida de madre Alexandra no se limita a la contemplación. Y Leana nunca ha sido una persona que se quede quieta, ni siquiera en un monasterio. Desde antes de su tons ha estado trabajando en un proyecto que le parece urgente y necesario, la creación de un monasterio ortodoxo en los Estados Unidos dedicado específicamente a mujeres americanas de cualquier origen
étnico. La Iglesia ortodoxa en Estados Unidos estaba muy fragmentada en esa época, organizada por comunidades nacionales que raramente se mezclaban. Ileana, que había vivido en demasiados países y hablado demasiados idiomas para creer en las fronteras culturales como algo sagrado, quería crear un lugar donde la ortodoxia se celebrara en inglés, accesible para todos, sin la barrera del origen nacional.
En 1964, antes incluso de recibir la tonsa, se había adquirido ya la propiedad en Elgwut City, Pennsylvania, una pequeña ciudad del oeste del estado, donde las industrias del acero habían dado trabajo durante décadas a comunidades de inmigrantes de toda Europa. Hay algo poético en ese detalle. una princesa romana, eligiendo fundar su monasterio en una ciudad de obreros del acero, en una de las regiones más alejadas de cualquier idea romántica de aristocracia europea.
Pero Ileana nunca ha buscado la poesía fácil, ha buscado siempre la autenticidad. Y en Elboth City, entre gente que trabaja con las manos y que entiende lo que significa construir algo con esfuerzo real, la autenticidad está garantizada. En 1967, recient madre Alexandra regresa a Elbud City para quedarse. Funda formalmente el monasterio ortodoxo de la transfiguración y asume el cargo de Abadesa, la máxima autoridad de la comunidad monástica.
Para quien la ve desde fuera puede parecer el desenlace improbable de una vida improbable. Pero para quien ha seguido el hilo de su historia, desde los primeros años en Bran, desde el hospital de la guerra, desde las noches de exilio y los silencios de basi, hay en ese momento la sensación inequívoca de que Ileana ha llegado exactamente a donde tenía que llegar, no a pesar de todo lo que perdió, sino precisamente a través de ello.

El monasterio de la transfiguración en Elwood City no es un lugar grandioso en el sentido arquitectónico de la palabra. No tiene las torres del castillo de Brá ni los salones de los palacios de Bucarest. Es un conjunto de edificios modestos construidos sobre la ladera de una colina en Pennyvania, rodeado de árboles que cambian de color con las estaciones, con esa generosidad cromática característica del noreste americano.
Pero tiene algo que ninguno de los palacios donde creció y Leana tenía. fue construido por ella con sus decisiones, su voluntad y su fe. Es completamente suyo, o más exactamente es de la comunidad que ha convocado alrededor de ella. Como abadesa, madre Alexandra demuestra las mismas cualidades que demostraron en el hospital de Bran.
organización rigurosa, dedicación sin reservas y una capacidad para inspirar a quienes trabajan con ella, que no tienen nada de carisma superficial, sino de autoridad ganada a pulso. El monasterio crece despacio, como crecen las cosas que se construyen bien. Las monjas que se incorporan vienen de distintos orígenes étnicos, exactamente como Ileana había soñado.
no es un monasterio rumano, ni griego ni serbio, sino genuinamente americano en su vocación, aunque profundamente ortodoxo en su espiritualidad. Durante esos años, madre Alexandra también escribe. Escribe con la misma urgencia con que había escrito sus memorias, pero con una profundidad diferente, más interior, más serena.
publica artículos y libros sobre espiritualidad ortodoxa, sobre la oración de Jesús, sobre los ángeles, sobre el credo de Nicea. Son textos que no buscan el gran público ni la controversia, sino el lector que llega a ellos desde una necesidad real, desde esa sed particular que solo puede saciar la espiritualidad cuando es genuina.
Sus escritos tienen una claridad que viene de haber vivido mucho, de haber visto la vida en sus extremos y haber aprendido a encontrar la belleza en ambos. Lo que mueve a Madre Alexandra a escribir no es el deseo de ser leída, sino el de transmitir algo que considera esencial. La idea central que atraviesa todos sus escritos es la de la transfiguración, esa palabra que no casualmente da nombre a su monasterio.
En la teología ortodoxa, la transfiguración es el momento en que la naturaleza divina de Cristo se revela en plenitud a través de su naturaleza humana, en que lo ordinario se vuelve luminoso sin dejar de ser lo que era. Para Ileana, esa imagen es perfectamente aplicable a la vida humana. La idea de que una persona no tiene que abandonar su historia, su dolor, su pérdida para encontrar la gracia, sino que es precisamente a través de todo eso como la gracia se hace visible.
La comunidad romana en el exilio sigue siendo importante para ella durante todos esos años. no ha renunciado a su identidad rumana, ni podría aunque quisiera. Rumanía está presente en cada conversación, en cada carta, en cada oración, pero ahora esa presencia tiene un sabor diferente al de los primeros años del exilio, cuando la nostalgia era principalmente dolor.
Ahora, la relación de Ileana con su país perdido tiene algo de contemplación serena, como la que se tiene con un paisaje que uno ama y que sabe que no puede poseer, pero que tampoco puede nadie quitarle la memoria de haber visto. Los años pasan. En 1981, la salud de madre Alexandra ya no le permite mantener el ritmo que la vida de una abadeza exige y se retira del cargo de manera formal.
Aunque permanece en el monasterio que fundó, tiene 72 años. Ha enterrado amigos, a compañeros de exilio, a personas que compartieron con ella los días más oscuros. ha visto como sus hijos construían vidas dignas en un mundo que nunca les debió poner los obstáculos que les puso. Ha visto como la historia de Rumanía, congelada desde 1947 en el hielo gris del comunismo sigue su curso sin que nadie parezca capaz de descongelarla.
Pero en ese mismo año 1981 en que Ileana se retira formalmente del cargo, algo está moviéndose en Europa del Este. Los trabajadores polacos del sindicato Solidaridad están desafiando al régimen comunista con una determinación que el mundo observa con mezcla de admiración y miedo. El bloque soviético que durante décadas había parecido monolítico e inamovible empieza a mostrar fisuras y Leana lo sigue desde su monasterio de Penilvania con la misma atención con que un médico observa a un paciente grave que por primera vez en mucho tiempo da señales
de querer recuperarse. No se atreve a llamarlo esperanza todavía, pero lo observa. y reza. La década de los 80 transcurre en el monasterio con la lentitud tranquila de los lugares consagrados a la oración. Madre Alexandra vive los años de su vejez con una serenidad que no es resignación, sino comprensión. Ha llegado a ese punto en que el pasado ya no duele como antes, no porque se haya olvidado, sino porque se ha integrado todo lo que fue.
La princesa de los 21 cañonazos, la enfermera del hospital de Bran, la madre de seis hijos exiliados, la mujer de dos matrimonios rotos, la escritora, la activista política. Todo eso forma parte de quien es ahora. Y quien es ahora es alguien en paz con su historia. Sus hijos la visitan. El mayor, el archiduque Stefan, lleva una vida tranquila en el norte de Michidan, donde trabaja en la industria del automóvil con General Motors después de haberse graduado en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts.
La distancia entre el título que Stefan de Absburgo habría tenido en otro tiempo y la vida que lleva en realidad es la misma distancia que separa a Ileana de la princesa que fue. Pero Stefan, que heredó de su madre esa capacidad para adaptarse sin perder la dignidad, parece haber encontrado su propio modo de ser fiel a sí mismo.
Leana ve en él y en cada uno de sus otros hijos la confirmación de que el exilio no los destruyó, los templó. En esos años tranquilos del monasterio, madre Alexandra también recibe visitas de personas que llegan desde lejos para hablar con ella, para pedirle consejo, para escuchar a alguien que ha vivido la historia europea del siglo XX, no como espectadora, sino como protagonista.
Llegan periodistas, historiadores, miembros de comunidades ortodoxas de todo el país. Llegan también exiliados rumanos que en ella ven una conexión con la Rumania que fue, con el país que les quitaron antes de que pudieran decidir si querían quedarse. Para todos ellos y Leana tiene tiempo, tiene paciencia, tiene la hospitalidad del que ha comprendido que el bien mayor que puede ofrecer a otro ser humano es simplemente su presencia atenta.
Y luego, en 1989 ocurre lo que durante 40 años pareció imposible. Los regímenes comunistas del este europeo colapsan uno tras otro con una velocidad que deja al mundo sin palabras. Polonia, Hungría, Alemania del Este, Checoslovaquia, Bulgaria, cada uno cae antes de que el polvo del anterior se haya posado.
Y en diciembre de ese año, el más brutal de todos los regímenes del bloque oriental, el de Nicolae Chauchesco en Rumanía, se derrumba en medio de una revolución que en pocos días pasa de las manifestaciones a los enfrentamientos armados y acaba con el dictador y su esposa ejecutados el día de Navidad. Ilen escucha la noticia en su monasterio de Pennsylvania.
Lleva 42 años esperando ese momento. La emoción que siente en ese instante es difícil de describir con precisión porque no es solo alegría, es algo más complejo, hecho de capas. Hay alivio, profundo y físico, el de quien ha cargado un peso durante tantos años que ya casi no lo nota hasta que se lo quitan.
Hay gratitud, la de alguien que ha rezado por algo durante décadas y ve que esa oración no fue en vano. Pero también hay dolor porque los 42 años que han pasado no vuelven. Porque las personas que no llegaron a verlo, los amigos del exilio, los rumanos que murieron bajo el régimen sin saber que la libertad llegaría, también forman parte de ese momento.
La victoria llega siempre tarde para alguien. En 1990, madre Alexandra regresa a Rumanía. Es la primera vez en 42 años que cruza la frontera en dirección contraria a la que tomó aquella noche de enero de 1948 cuando salió en tren con sus seis hijos sin saber si volvería. Tiene 81 años.
El país que encuentra es irreconocible en muchos sentidos. El comunismo ha dejado una huella de deterioro material y moral que tardará décadas en repararse. Las ciudades que ella conocía han sido desfiguradas por la arquitectura brutalista del régimen. Los pueblos que recorrió con su madre en los años 20 muestran las cicatrices de decos de desidia forzada, pero también, y esto es lo que más la conmueve, el país que encuentra es el mismo en lo que importa.
La gente sigue ahí, el idioma sigue ahí. La iglesia ortodoxa que el régimen intentó suprimir sin conseguirlo del todo sigue ahí. Y el castillo de Bran sigue ahí en su peñasco de los cárpatos con sus torres y sus nieblas, exactamente igual que en su memoria. Y Leana visita a Bran no como propietaria, porque la propiedad le fue confiscada y no ha pedido que se la devuelvan.
La visita como quien regresa a un lugar sagrado, como quien necesita ver con sus propios ojos que las cosas que amó siguen existiendo, aunque ya no le pertenezcan. Y en esa visita hay algo que cierra un círculo, algo que solo la edad y la fe juntas permiten comprender. El regreso de madre Alexandra a Rumanía en 1990 no es un triunfo político.
No llega como la princesa exiliada que regresa victoriosa después de que el régimen que la expulsó se haya derrumbado. llega como una anciana monja de 81 años que quiere ver su país una vez más antes de morir. Y esa diferencia entre el triunfo y la sencillez define perfectamente quién es Iileana a estas alturas de su vida.
Ha dejado atrás hace mucho la tentación de los gestos grandiosos. Lo que le queda es lo esencial. La visita dura poco, no puede durar mucho porque la salud de madre Alexandra es ya frágil, con la fragilidad particular de los cuerpos que han dado todo lo que tenían y que piden descanso. Pero en los días que pasa en Rumanía, Ileana hace algo que quizás es más importante que cualquier declaración política que pudiera haber dado.
habla con la gente, se sienta con mujeres mayores que la recuerdan de cuando era joven y que la miran con esa mezcla de incredulidad y ternura que solo produce el reencuentro con alguien a quien se creyó perdido para siempre. Se sienta con jóvenes que crecieron bajo el comunismo sin saber casi nada de la Romanía que existió antes y que ahora intentan reconstruir una identidad nacional a partir de fragmentos dispersos.
A esos jóvenes, Leana no les habla de palacios ni de ceremonias, les habla de servicio. Les habla de lo que aprendió en el hospital de Bran, que es posible construir algo verdadero, incluso en medio del caos. Que el bien concreto que uno puede hacer hoy en este día con estos recursos limitados vale más que el bien abstracto que uno sueña para un futuro que nunca llega.
les habla de dignidad, no la dignidad que dan los títulos, sino la que uno se gana cada vez que elige actuar desde sus valores más profundos en lugar de dejarse arrastrar por el miedo o la conveniencia. Es un mensaje sin retórica, sin adornos, pero los que lo escuchan sienten que viene de muy adentro, que ha sido destilado por décadas de experiencia real.
Hay un momento de ese viaje del que hablan quienes estuvieron presentes. Madre Alexandra se detiene frente a una pequeña iglesia ortodoxa en un pueblo de Transylvania, una de esas iglesias de madera pintada que son como joyas escondidas en el paisaje rumano y pide entrar. entra sola o casi sola, con el paso lento pero firme de quien no necesita apurarse porque sabe exactamente a dónde va.
Se arrodilla ante los iconos, permanece así un tiempo largo y cuando sale tiene los ojos húmedos, pero el rostro tranquilo. Alguien le pregunta qué sintió. Ella responde en rumano con la misma lengua que aprendió de su madre y que no ha olvidado en 42 años de exilio, que sintió que había llegado a casa, no al castillo, no al palacio, sino a casa, al lugar más profundo al que un ser humano puede regresar.
El viaje a Rumanía es también, aunque nadie lo sabe con certeza en ese momento, una despedida no explícita, no teatral, sino del tipo tranquilo que adoptan las personas que han comprendido que morir no es lo mismo que fracasar. Y Leana regresa a Estados Unidos, regresa a su monasterio de Elwood City, a sus iconos, a su capilla, a la comunidad de mujeres que ella convocó.
en ese lugar improbable del cinturón industrial de Pennsylvania, regresa y descansa. El cuerpo que la llevó por Rumania en tiempos de guerra, que cruzó fronteras con seis hijos en plena noche histórica, que construyó hospitales y monasterios con las manos, ese cuerpo pide ahora silencio.
Y madre Alexandra, que ha aprendido a escuchar mejor que nadie, lo escucha. En esos últimos meses, las hermanas del monasterio cuidan de ella con la devoción que se tiene por alguien que ha dado mucho más de lo que ha recibido. La abadeza fundadora ya no puede cumplir sus antiguas funciones, pero su presencia sigue siendo el centro de gravedad de la comunidad.
Hay algo en la manera en que madre Alexandra pasa sus últimos días, que las personas que la rodearon describen siempre con las mismas palabras. Serenidad y gratitud. No la serenidad forzada de quien hace un esfuerzo por no quejarse, sino la verdadera, la que solo se alcanza cuando se ha recorrido el camino completo y se ha encontrado en él un sentido que ninguna pérdida pudo borrar.
El 21 de enero de 1991, madre Alexandra, la que fue princesa y leana de Rumanía, muere en el monasterio que fundó en Elbud City, Pennsylvania. Tiene 82 años. A su lado están las hermanas de su comunidad y algunos de sus hijos. Fuera en el invierno de Pennsylvania, la nieve cubre la ladera de la colina con esa indiferencia hermosa que tiene la naturaleza ante los hechos humanos, grandes o pequeños.
Dentro el silencio del monasterio se vuelve, si cabe, más profundo. La princesa que nació entre 21 cañonazos se va en silencio, como correspondía a alguien que había aprendido que el verdadero poder nunca necesita hacer ruido. La noticia llega a la comunidad rumana en el exilio y a Rumanía misma, que apenas lleva un año fuera del comunismo y que está todavía aprendiendo a recordar lo que el régimen había prohibido recordar.
Para muchos rumanos, Iliana era una figura casi mítica, una de esas personas cuya existencia confirma que la dignidad puede sobrevivir a lo que sea. Su muerte es sentida como la pérdida de un testigo, de alguien que había visto la Romanía grande y había cargado esa imagen durante décadas para devolvérsela a su pueblo cuando llegara el momento.
El momento llegó y ella también llegó a verlo, aunque solo por un año. Eso que podría parecer poco, a ella le habría parecido suficiente. ¿Qué queda de Iliana de Rumanía? Esa es la pregunta que merece plantearse al final de una historia tan densa, tan llena de giros y pérdidas y recomienzos que resulta difícil abarcarlo todo de un solo vistazo.
La respuesta depende, como siempre, de qué se entiende por qué dar. Si se trata de lo material, el balance es ambivalente. El castillo de Bran, que fue el símbolo más cargado de su infancia, fue devuelto finalmente en 2006 a los herederos de Ileana por el gobierno rumano en un gesto de reparación histórica que llegó 15 años después de su muerte.
Hoy es uno de los monumentos más visitados de Rumanía, conocido en el mundo entero gracias a la leyenda de Drácula, más que a la historia real de la princesa que lo amó de verdad. Hay una ironía en eso que Ileana con su sentido del humor habría sabido apreciar. El castillo la sobrevivió y sobrevive ahora como atracción turística, cargando en sus muros una historia que la mayoría de los visitantes no conocen todavía.
El monasterio ortodoxo de la transfiguración en Elwood City sigue en pie y en actividad. La comunidad que Madre Alexandra fundó en aquel lugar improbable del cinturón de acero de Pennsylvania continúa viviendo según las reglas que ella estableció, con la vocación ecuménica y la apertura que la distinguieron desde el principio.
Es quizás el legado más concreto de Ileana, el que más directamente refleja sus valores. No un palacio, no un monumento, sino una comunidad viva de mujeres que eligieron el mismo camino que ella eligió. Que alguien inspire a otras personas a hacer lo que uno hizo es en cualquier escala una victoria que no caduca.
Sus libros siguen siendo leídos en los círculos de espiritualidad ortodoxa anglófona. su autobiografía, sus reflexiones teológicas, sus escritos sobre la oración y los ángeles. Todo eso circula todavía entre lectores que en muchos casos no saben nada de su historia como princesa y que llegan a ella simplemente como escritora espiritual. Hay algo hermoso en eso.
También significa que lo que escribió tiene valor propio independiente del título que llegó, que sus palabras se sostienen solas, sin el andamio de la biografía excepcional que les dio origen. Y luego está lo que no se puede medir, pero que quizás es lo más real de todo. El ejemplo, la historia de Ileana de Rumania es, en su núcleo más profundo, la historia de alguien que tuvo todo lo que el mundo llama importante, que lo perdió todo y que descubrió que lo más importante no era nada de lo que tenía al principio,
sino lo que fue capaz de construir cuando ya no le quedaba nada más que ella misma. Es la historia de que la identidad verdadera no reside en los títulos, ni en las propiedades, ni en los países, ni en los apellidos, sino en los valores que uno defiende cuando el precio de defenderlos es alto. Ese descubrimiento, que parece sencillo, dicho así, le costó a Ileana 82 años de vida intensa y precisamente por eso vale tanto.
princesa que nació entre cañonazos en un palacio de Bucarest, que cabalgó por los prados de los cárpatos con la libertad de alguien que no sabe todavía que puede perderse, que convirtió un castillo medieval en hospital durante la guerra más devastadora de la historia, que cruzó la frontera de su país en enero de 1948 con seis hijos y la certeza amarga de que no había vuelta atrás, que encontró en un monasterio de Pennsylvania lo que nunca pudo darle ningún palacio.
Esta mujer merece ser recordada no como figura decorativa de la historia europea, no como curiosidad nobiliaria en los árboles genealógicos de la realeza, sino como lo que fue una persona extraordinaria que vivió con coherencia, que sirvió con autenticidad y que demostró con su propia vida entera que perder un reino no es perderlo todo.
Hay un detalle final que parece pequeño, pero que lo dice todo. Cuando madre Alexandra fue enterrada en el cementerio del monasterio que había fundado, la lápida que marcó su tumba no llevaba grabado el escudo de armas de la casa real de Rumanía, ni el de los Absburgo. Llevaba una cruz ortodoxa simple y dos fechas, y debajo, en letras modestas, un nombre.
Madre Alexandra, no princesa, no archiduquesa, no Iliana de Rumanía, madre Alexandra, el nombre que ella misma eligió cuando decidió quién quería ser cuando por fin pudo elegir libremente. Ese nombre grabado en piedra en una ladera nevada de Pennsylvania es quizás la respuesta más completa a la pregunta de quién fue realmente esta mujer.
Fue alguien que después de haberlo perdido todo, encontró la manera de convertirse exactamente en quien quería ser. Y eso en cualquier época y en cualquier lugar del mundo es una victoria sin igual. Yeah.