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LUPE PINTOR: CONFESÓ LA OSCURA TRAGEDIA QUE VIVE HOY, ES MUY TRISTE

El padre llegaba caminando torcido por la calle principal de la colonia. Entraba sin saludar, se servía un vaso de aguardiente de caña en la cocina y después caminaba al cuarto principal donde dormían los seis hijos. Durante esos 6 años, según el testimonio del grillo a la razón en 2009, el padre buscó cada noche al mismo chamaco, el que dormía en la colchoneta de paja, el que no podía esconderse,  el que no podía defenderse y le pegó cada noche con la evilla del cinturón en la espalda,  en las piernas, en los

brazos, sin razón aparente, solamente porque era el chamaco más fácil de encontrar al entrar a la casa. Pero esa rutina del cinturón cada noche dentro de la casa durante 6 años seguidos. Esa rutina que el pequeño José Guadalupe aprendió  a esperar desde los 6 años hasta los 12. No era lo más duro de la infancia del grillo.

Hubo algo peor, algo que el padre hizo la noche del 14 de noviembre de 1967. Una noche que el chamaco, según contó años después a la razón, recordaría como el día exacto en que decidió huir de su propia casa para no regresar nunca más. A los 12 años de edad, la madrugada del 15 de noviembre de 1967,  José Guadalupe Pintor Guzmán huyó de la esa casa.

Llevaba puesta una camisa blanca rota en la espalda, un pantalón de lona gris con manchas de sangre seca y dos zapatos de plástico negros. No llevaba dinero, no llevaba comida, no llevaba ropa de cambio. Y según contaría 60 años después al periódico, lo único que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón  era una imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe, que su madre Carolina Guzmán  le había puesto esa misma mañana antes de irse a trabajar a la casa de las Lomas.

Esa imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe que la madre Carolina Guzmán le puso al chamaco en el bolsillo del pantalón la mañana de aquella noche. Esa imagen que el campeón mexicano cargaría consigo durante los siguientes 58 años de vida adulta  no era exactamente una imagen religiosa cualquiera. era el único objeto que  conectaba al chamaco con la única persona dentro de la casa que durante los primeros 12 años de vida nunca le  había puesto una mano encima y era el objeto que 45  años después, una noche dentro de un

cuarto de hotel de Los Ángeles, el grillo iba a sacar del bolsillo para hacerle una sola pregunta  a la Virgen, una pregunta de siete palabras que no tuvo respuesta esa noche. Entre 1967 y 1972.  Durante 5 años seguidos, el chamaco José Guadalupe vivió en las calles del centro de la Ciudad de México.

Durmió bajo los puentes de la avenida Reforma. Comió de los puestos de tacos  del mercado de la Merced y aprendió, según el testimonio que dio cinco décadas después al canal TV Azteca. Tres reglas exactas para sobrevivir solo en la calle. Primera  regla, nunca dormir dos noches seguidas en el mismo lugar. Segunda regla, nunca pedir comida con la mano abierta.

Tercera regla, cuando alguien te empuje, no preguntar, no esperar, no pensar, solamente pegar primero  y no parar hasta que el otro deje de moverse. Esa tercera regla que el chamaco José Guadalupe aprendió en las calles del centro de la Ciudad de México entre los 12 y los 17 años de edad, esa regla de nunca parar de pegar hasta que el otro deje de moverse no era exactamente una técnica de pelea callejera de los años 60.

Era la lección exacta que el padre José Pintor le había enseñado al chamaco cada noche durante los 6 años anteriores dentro de la vivienda del barrio. La misma lección, las mismas manos y el mismo principio que 45 años después, dentro del ring del cuadrilátero la noche del combate, iba a explicar exactamente por qué el grillo no pudo  parar la pelea cuando el médico del ring se lo pidió.

En 1972,  a los 17 años de edad, José Guadalupe entró por primera vez al gimnasio de boxeo de la colonia Romero Rubio de la Ciudad de México, un gimnasio chico en la calle  Calzada del Hueso, tres sacos de arena colgando del techo, un solo ring sin cuerdas y un entrenador llamado Don Cuyo Hernández  que cobraba 10 pesos por mes a cada chamaco del barrio.

El chamaco no tenía los 10 pesos. Pero Don Cuyo,  según contaría el propio Lupe Pintor décadas después al diario Record en una entrevista de 2018, vio algo en la mirada del chamaco esa primera tarde y por eso lo aceptó entrenar sin cobrarle un solo peso durante los siguientes 4 años. Pero esa mirada que el entrenador Don Cuyo Hernández  vio en los ojos del chamaco la primera tarde de 1972 dentro del gimnasio de la colonia Romero Rubio.

Esa mirada que 4 años después iba a convertirlo en boxeador profesional  no era la mirada de un chamaco con hambre de gloria, era la mirada del que ya había aprendido en la calle a no parar. Entre 1972  y 1974, José Guadalupe entrenó cada tarde en el gimnasio de la colonia Romero Rubio. 37 peleas amater, 32 victorias, cinco derrotas, 29 knockouts y un apodo que Don Cuyo le puso una tarde de 1973 después de verlo pelear contra un rival más grande sin ceder un solo paso atrás, le decía el grillo, “Porque tenía las piernas chiquitas”, decía don Cuyo, pero

saltaba como si tuviera resortes en los pies. En las arenas chicas de los mercados populares de la Ciudad de México, donde el grillo peleó como amateur entre 1972 y 1974.  Según los registros del Consejo Nacional de Boxeo Amat,  el chamaco desarrolló una característica particular dentro del cuadrilátero.

Nunca daba un solo paso hacia atrás, nunca buscaba  el clinch para descansar y nunca, según los testimonios de los rivales Amater, aceptaba esquivar un golpe cuando podía recibirlo y devolverlo. característica del chamaco amatur entre los 17 y los 19 años. Esa costumbre de no dar un solo paso hacia atrás.

No era un detalle técnico aprendido en el gimnasio. Era exactamente la misma estrategia de supervivencia que el chamaco había practicado durante 5 años en las calles del centro de la Ciudad de México, entre los  12 y los 17 años. La calle no perdonaba al que retrocedía. Y el 5 de febrero de 1974, en una arena chica de la colonia Doctores llamada Pista Tepeuanes, el grillo debutó como profesional.

Bolsa de la primera pelea 150 pesos, 12 al cambio de esa semana. Lo noqueó en el segundo asalto a un capitalino llamado  Manuel Vázquez. Y durante los siguientes 5 años, entre 1974 y 1979,  peleó como profesional 32 veces. 25 victorias, cuatro derrotas, tres empates, 19 knockouts hasta llegar a la pelea más importante  de su vida.

El 3 de junio de 1979, en el Caesars Palace de Las Vegas, Lupe Pintor enfrentó al campeón mundial Peso Gallo del Consejo Mundial. Un boxeador mexicano de  Tepito con un récord de 54 victorias y una sola derrota. Un boxeador que las casas de apuestas daban favorito 5 a1 sobre pintor.

Un boxeador  que durante los siguientes 4 años iba a entrar en una depresión profunda y caer 15 años en las calles del barrio de Tepito, vendiendo sus propios guantes de campeón para comprar drogas. Ese boxeador se llamaba Carlos Sarate. Y esa noche del 3 de junio de 1979 dentro del Kesars Palace. El grillo lo derrotó por decisión dividida polémica en 15 asaltos.

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