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Mario Villanueva: Así Terminó el Exgobernador Más Poderoso de Quintana Roo Tras 25 Años en la Cárcel

Quintana R era una ruta perfecta, playas turísticas que facilitaban la llegada de dinero en efectivo, puertos que permitían el movimiento de cargamentos, aeropuertos internacionales y una frontera con velice que abría paso al Caribe centroamericano. La droga venía de Colombia y viajaba hacia Estados Unidos y Quintanarro era un punto de tránsito estratégico que el cártel no podía dejar sin asegurar.

Las investigaciones que vinieron años después revelaron que Villanueva Madrid no fue un obstáculo para el cártel. Fue una pieza activa dentro de su esquema de operaciones en el sureste. Las acusaciones que él siempre negó públicamente señalaban que recibía entre 400,000 y 500,000 por cada cargamento de droga que el cártel de Juárez movía a través del territorio de Quintana. RAW.

Su función no era matar ni trasladar droga, era garantizar que nadie los detuviera. Policías, aduanas, retenes, operativos, todo quedaba neutralizado mientras los cargamentos cruzaban el Caribe mexicano sin problemas. Según los registros judiciales, esta relación habría comenzado alrededor de 1993, justo cuando arrancó su mandato como gobernador.

Y lo que hizo con ese dinero y hacia dónde lo mandó es una parte de esta historia que te va a dejar con la boca abierta. El dinero no se quedaba guardado bajo el colchón ni circulaba en efectivo por Chetumal. Según las investigaciones judiciales en México y en Estados Unidos, desde 1995 Villanueva Madrid comenzó a enviar recursos hacia el exterior.

Cuentas en Bahamas, en Panamá, en Suiza y en Estados Unidos. Era un esquema de lavado de dinero diseñado para que el rastro se perdiera en el sistema financiero internacional. Las autoridades estadounidenses lograron rastrear y asegurar 19 millones de dólares directamente vinculados a él. Eso fue lo que encontraron. Lo que no encontraron o lo que no pudieron probar es otra historia que nadie puede contar con certeza.

Lo que sí es parte del expediente oficial es que ese dinero existió, que fue lavado y que él mismo lo admitió en una corte de Nueva York. Mientras tanto, hacia afuera, Villanueva Madrid seguía siendo el gobernador de Quintana Ro. Inauguraba obras, recibía inversiones turísticas, aparecía en los medios con su imagen de político institucional.

Quintana Ro crecía económicamente y él se llevaba parte del crédito. Pero en paralelo, el cártel de Juárez operaba con una libertad que solo es posible cuando quien tiene el poder mira hacia otro lado de manera deliberada. Esa doble vida duró varios años, hasta que en 1998 el gobierno federal no pudo seguir ignorando lo que las investigaciones acumulaban y entonces vino lo que cambió todo, el maxifroceso.

En 1998, el gobierno del presidente Ernesto Cedillo impulsó la operación judicial más grande, la historia de México. Hasta ese momento, el maxiproceso involucró a más de 100 personas, funcionarios públicos de distintos niveles, operadores del crimen organizado, intermediarios financieros. Se reveló una red de complicidades que llegaba a niveles altísimos del poder político y policial.

Villanueva Madrid quedó en el centro de esa red. Las pruebas que se acumulaban en su contra eran suficientemente serias como para que todo el mundo entendiera lo que venía. Él también lo entendió. y tomó una decisión que nadie esperaba y que se convirtió en uno de los capítulos más surrealistas de la política mexicana moderna.

Lo que hizo dos días antes de entregar el cargo es uno de los escapes más audaces que ha tenido un político mexicano y lo que pasó después de eso lo complicó todo aún más. Te lo cuento ahora, así que quédate. El 5 de abril de 1999 era el día señalado para la ceremonia de transmisión de mando en Quintana Ro. Mario Villanueva debía entregar el poder a su sucesor de manera formal ante funcionarios, medios y ciudadanos.

Ese día cambiaría su vida para siempre. Dos días antes de la ceremonia, Villanueva simplemente desapareció. No se presentó al acto oficial, no dio explicaciones públicas, no hubo despedida. El gobernador de uno de los estados más turísticos de México se evaporó como si nunca hubiera existido. Las autoridades federales giraron cuatro órdenes de aprensión en su contra por 13 delitos diferentes y comenzó una escía que duraría 2 años completos.

Durante esos 2 años, Mario Villanueva estuvo prófugo. Hubo versiones de que había salido del país, de que estaba en Centroamérica, de que tenía protección de personas poderosas. Las autoridades nunca confirmaron dónde estuvo exactamente durante todo ese tiempo. Lo que sí se sabe es que el 24 de mayo de 2001, el fugitivo fue detenido en Cancún, la misma ciudad donde había comenzado su carrera política una década antes.

La captura fue en suelo mexicano después de meses de operativos. Lo que no se sabe del todo bien es cómo sobrevivió tanto tiempo escondido, siendo uno de los hombres más buscados del país. Esa parte de su historia quedó en la oscuridad. Después de su captura, Mario Villanueva fue enviado al penal de máxima seguridad del altiplano, conocido popularmente como Almoloya en el Estado de México.

No era una cárcel cualquiera. Era el reclusorio diseñado para los internos considerados más peligrosos del sistema penitenciario mexicano. El mismo donde han estado capos del narcotráfico de primer nivel, donde el aislamiento es parte del método y donde las condiciones de vida están a luz de cualquier comodidad. Ahí pasó 6 años.

Y lo que vivió dentro de esas paredes fue solo el comienzo de una historia judicial que se alargaría décadas más, cruzando fronteras y sistemas legales completamente distintos. En el altiplano vivió algo que marcó para siempre su salud y lo que pasó el día que salió de ahí es una de las escenas más increíbles de todo este caso.

En el altiplano, los años de encierro comenzaron a dejar marca visible en su cuerpo. El régimen de máxima seguridad implica aislamiento, restricción de movimiento, horarios estrictos y condiciones que con el paso del tiempo deterioran la salud física de cualquier persona, especialmente de quien ya no es joven. Villanueva llegó al altiplano pasados los 50 años.

Salió de ahí con 6 años más encima y con un cuerpo que había comenzado a acumular daños. En 2007, un giro legal inesperado lo absolvió de varios delitos graves. La sentencia ordenó su liberación inmediata y lo que ocurrió en las horas siguientes fue algo que todavía hoy resulta difícil de creer si no lo lees en los registros oficiales.

La madrugada del 21 de junio de 2007, Mario Villanueva abandonó el penal de máxima seguridad del altiplano luego de que un tribunal lo absoló de los cargos más graves. Durante unos minutos respiró aire libre por primera vez en 6 años, pero afuera del penal, agentes federales lo estaban esperando con otra orden de apreensón. Esta fe vinculada al proceso de extradición que Estados Unidos había solicitado.

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