Posted in

Rocío Dúrcal: La Española que México Amó como a una Hija… y Lloró como a una Reina

Le decía que no tuviera miedo, que cantara fuerte, que quien tiene algo que dar tiene la obligación de darlo. Y la niña le hacía caso. Porque cuando alguien cree en ti antes que nadie, cuando alguien te ve grande mientras todavía eres pequeño, esa fe se te queda dentro para toda la vida. Rocío la llevaría consigo hasta el último de sus escenarios.

Lo que el abuelo no alcanzaría a ver es hasta dónde llegaría aquella voz, qué océanos cruzaría, cuántos corazones rompería y curaría al mismo tiempo. Pero plantó la semilla. Ad, ad, ad, ad. Y eso muchas veces lo es todo. Y aquí hay un detalle que dice mucho de quién era esa criatura. Antes de ser Rocío Durcal, antes de ser nadie, se presentaba a concursos de radio cantando flamenco y se inventaba nombres artísticos para hacerlo.

Ella primero se hizo llamar Rocío Benamejí, después Rocío Fiestas, una niña de barrio buscándose un nombre, probándose identidades, como quien se prueba vestidos prestados, ensayando frente al espejo un futuro que todavía no existía para ella. Lo que esa niña no podía imaginar es que el nombre con el que el mundo la recordaría aún no había llegado y que llegaría de la forma más extraña posible.

Tenía 15 años cuando todo empezó a moverse de verdad. Corría el año 1959. La televisión española era una novedad, un aparato casi mágico que muy pocas casas podían permitirse. Existía un programa hoy desaparecido, llamado Primer Aplauso, una especie de concurso de jóvenes promesas. Con permiso de sus padres, Marieta se presentó, cantó y allá afuera, no muy lejos de los estudios, un hombre llamado Luis Sans, estaba viendo el programa desde su casa.

Sans era casatalentos, un buscador profesional de futuras estrellas y lo que vio en aquella pantalla pequeña lo dejó clavado en el sillón. No era solo la voz, era algo en la cara, algo en la forma de pararse frente a la cámara, de mirar de frente, una mezcla rarísima de inocencia y de fuerza, que no se puede enseñar ni comprar en ningún lado.

San supo, en ese mismo instante que esa adolescente del montón podía convertirse en algo enorme y no perdió ni un minuto. se acercó a la familia, habló con los padres, les explicó que su hija tenía algo que no se ve dos veces en la vida y que él podía abrirle las puertas de un mundo con el que ellos ni siquiera se atrevían a soñar.

Para una familia que contaba las monedas, aquella conversación debió de sonar a milagro y a vértigo, porque entregar a una hija de 15 años a la maquinaria del espectáculo no era una decisión pequeña. Dijeron que sí y con ese sí, la vida de Marieta cambió de raí para siempre. Lo que vino después cambiaría todo. Los productores de cine se la pelearon.

La España de los años 60 vivía enamorada de sus niños prodigio, de criaturas que cantaban y actuaban como ángeles y que le devolvían a un país gris un poco de luz y de esperanza. Marisol era una de ellas, Joselito otro. Y ahora aparecía esta chica de cuatro caminos con una voz de metos soprano que llenaba la sala entera.

Faltaba solo una cosa, un nombre. María de las Heras no servía para una marquesina luminosa. Y entonces ocurrió algo que parece salido de una película, pero que ella misma contaría muchas veces a lo largo de su vida. Le pusieron delante un mapa de España, le vendaron los ojos y le pidieron que apuntara con el dedo al azar donde cayera.

Su dedo aterrizó sobre un pueblo pequeño de la provincia de Granada. Un nombre breve, sonoro, fácil de recordar. Durcal. Así, con los ojos tapados y la pura suerte de un mapa, nació Rocío Durcal. La estrella que conquistaría dos continentes, acababa de recibir su nombre de manos del azar, como si el destino esa misma tarde hubiera querido firmar el contrato con su propia letra.

Antes de seguir, queremos preguntarte una cosa. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Su primera película llegó en 1962. Se llamó Canción de juventud. Era todavía una adolescente y le pagaron 75,000 pesetas, una cifra que para una familia humilde de aquella España sonaba a fortuna.

La hija mayor, la niña del barrio, de pronto ganaba más dinero que su propio padre y se lo entregaba a su familia sin pensarlo dos veces. Hay que imaginar lo que fue aquello dentro de aquella casa humilde. La niña que cantaba en el patio ahora salía en las pantallas de los cines. Los vecinos hacían cola para verla. Hay que imaginar lo que fue aquello dentro de aquella casa humilde.

La niña que cantaba en el patio, ahora salía en las pantallas de los cines. El apellido de la familia de pronto sonaba en toda España. Para los padres debió de ser una mezcla extraña de orgullo y de miedo. Su hija ya no les pertenecía solo a ellos, ahora era de todos. Pero ella seguía siendo Marieta puertas adentro.

La misma que ayudaba en casa. la misma que cuidaba de sus hermanos menores. El estrellato no se le subió a la cabeza, quizá porque venía de donde venía, quizá porque su abuelo le había enseñado que la voz era un regalo y que los regalos no vuelven soberbio a nadie que tenga el corazón en su sitio. La cámara la amó desde el primer fotograma.

Rocío tenía algo raro, algo difícil de explicar. Sabía actuar, sabía cantar y sabía bailar. Todo a la vez con una naturalidad que desarmaba a los técnicos más veteranos del plató. Los relatos de la época cuentan que se transformaba delante de las cámaras, que la chica tímida y educada se convertía de pronto en una presencia luminosa que se comía la pantalla.

Vinieron más películas, muchas más, una detrás de otra, casi sin respiro, más bonita que ninguna, en 1965. Acompáñame. En 1966, amor en el aire y buenos días, Condesita. En 1967. Su rostro empezó a aparecer en las revistas, en los carteles pegados en las paredes, en los sueños de toda una generación de españoles que crecían viéndola crecer a ella.

se convirtió en la novia de España, la chica buena, la voz dulce, la cara limpia que toda madre quería para su hijo y que toda jovencita quería imitar frente al espejo. Las películas se sucedían a un ritmo que hoy costaría creer. Apenas terminaba una, ya estaba rodando la siguiente. Las jornadas eran larguísimas. Cantaba, bailaba, memorizaba diálogos, posaba para las revistas.

viajaba de una ciudad a otra, una adolescente sosteniendo sobre sus hombros una industria entera que ganaba dinero a costa de su cara y de su voz, y sin embargo, no se quejaba. Trabajaba con una disciplina de hierro, llegaba puntual, se sabía su parte, no daba problemas. Los que trabajaron con ella en aquellos años hablaban de una profesional seria, educada, sin caprichos de diva, una chica de barrio que no había olvidado de dónde venía y que sabía lo que costaba ganarse el pan.

Read More