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Nam Phương: La Última Emperatriz que Perdió un Imperio, un Esposo y un País

Septiembre de 1963. Un pueblo perdido en el centro de Francia, en la región de Corz, apenas 400 almas. Campos de vacas, un campanario, una sola calle principal donde casi nunca pasa nada. Y en una casa grande, rodeada de 160 haáreas de tierra, una mujer de 49 años se está muriendo. Es de noche.

A su lado no hay ningún hijo, no hay ningún esposo, no hay ni un solo familiar, solo dos sirvientes que no terminan de entender lo que está pasando y que llamaron al médico demasiado tarde. Esa mujer fue alguna vez una de las criaturas más admiradas de toda Asia. Nació en una de las familias más ricas del mundo. Llevó sobre la cabeza una corona que ninguna otra mujer de su dinastía había llevado en vida.

fue emperatriz, la última emperatriz de un imperio que ya no existe y va a morir aquí en un pueblo francés donde casi nadie sabe pronunciar su nombre sin que nadie pueda encontrar a su marido para avisarle que su esposa acaba de dejar de respirar. Su nombre era Nam Fium, significa en su idioma algo así como perfum del sur.

Y esta es la historia de cómo una de las mujeres más deslumbrantes del siglo XX terminó completamente sola. Quédate porque para entender el peso de esta noche, primero hay que entender todo lo que esta mujer tuvo. Y lo que tuvo fue literalmente casi todo lo que un ser humano puede desear.

Volvamos a esa última noche, porque la forma en que termina una vida muchas veces dice más que la forma en que empieza. Ese día, según contarían después quienes la rodeaban, la emperatriz había salido a caminar por sus tierras, como hacía casi todas las tardes. Volvió a casa, se dio un baño y poco después empezó a sentir dolor de garganta, algo de fiebre, nada que pareciera grave.

Llamaron al médico del pueblo. El hombre la examinó. Dijo que era una simple inflamación de garganta. Recetó unas medicinas y se fue tranquilo. Le aseguró que en pocos días estaría bien, pero apenas unas horas después de que el médico cruzara la puerta, la emperatriz empezó a tener dificultad para respirar. El aire no le entraba. Llamaron a un segundo médico.

No llegó a tiempo. Namfuan murió esa misma noche. Tenía 49 años. En el momento exacto en que se apagó, la última emperatriz de Vietnam no tenía a su lado a ninguno de sus cinco hijos. Estaban todos lejos estudiando o trabajando en París. Su marido, el antiguo emperador, estaba en el sur de Francia y, según varios testimonios, nadie sabía con certeza dónde encontrarlo.

La enterraron pocos días después en el pequeño cementerio católico del pueblo. Una tumba sencilla, tan sencilla de hecho, que era más modesta que muchas de las que la rodeaban. Sobre la lápida en francés, una sola frase, aquí descansa la emperatriz Nam Fuen y detrás, grabado en caracteres chinos, su título imperial, el último eco de un mundo que ya se había hundido para siempre.

Nadie lloró a gritos, no hubo discursos, no hubo multitudes, solo el silencio de un pueblo francés y unos pocos parientes alrededor de un ataúd. Y aquí está el verdadero misterio de esta historia. ¿Cómo es posible? Como una mujer que nació rodeada de oro, que fue coronada emperatriz, que fue admirada por todo un país, termina muriendo así en el anonimato más absoluto en un rincón de Francia donde nadie sabía quién había sido.

Para responder esa pregunta hay que rebobinar casi medio siglo hasta una tierra de ríos y arrozales al otro lado del planeta, donde nació la niña más rica de toda la Indochina. Para entender esta muerte, hay que volver al principio, a un nacimiento rodeado de oro. Año 1914 en Go Kong, una pequeña ciudad del delta del río Meong, en el sur de lo que entonces era la indochina francesa, nace una niña en una de las familias más ricas que ese rincón del mundo había visto jamás.

Su nombre de nacimiento es largo y vietnamita, pero la bautizan también con un nombre cristiano, porque su familia es algo poco común en aquella tierra, una familia católica profundamente devota en un país de mayoría budista y confusiana. En casa la llaman Mariet. Para que entiendas la dimensión de esa fortuna, hay que mirar atrás una generación más.

Su bisabuelo había sido uno de los hombres más ricos de todo el sur de Vietnam. Tan rico que su nombre todavía se recuerda hoy. Su padre, un comerciante que había nacido en una familia humilde, había escalado hasta lo más alto de la sociedad. Se convirtió en secretario de uno de los grandes magnates de la región.

Terminó casándose con la hija de su patrón y heredó la fortuna y el título de duque. Así que la pequeña Mariet no nace simplemente rica, nace en la cima de la pirámide económica de toda una colonia. Tierras, arrozales, propiedades, dinero, más dinero del que la mayoría de la gente de su país vería en 1000 vidas. Pero el dinero por sí solo no hace una leyenda.

Lo que va a marcar a esta niña es otra cosa. Es una decisión que toman sus padres cuando ella tiene apenas 12 años. La envían a Francia. Imagínate la escena. Una niña de 12 años subida a un barco que tarda semanas en cruzar el océano, dejando atrás el calor húmedo del delta del Mecón para llegar a las afueras frías y grises de París. La inscriben en un internado católico exclusivo reservado para hijas de la aristocracia europea, un lugar donde se educa a las futuras grandes damas del continente.

Piensa en lo que significa eso. Una niña pequeña sola. en la otra punta del mundo, aprendiendo a vivir entre costumbres que no son las suyas, sin su familia cerca, sin su idioma, sin su tierra. Los inviernos europeos, fríos y grises, no se parecían en nada al sol perpetuo del delta. Las caras a su alrededor no se parecían a la suya.

las comidas, las oraciones, los horarios, todo era distinto. Y sin embargo, esa niña no se quiebra, se adapta, aprende, observa y poco a poco se convierte en algo nuevo, en alguien que no termina de ser ni de aquí ni de allá. Pasará casi una década entera de su vida en aquel internado, una década completa lejos de su familia, lejos de su país, una década en la que aprende a ser dos personas al mismo tiempo y aprende algo más, algo que no estaba en el programa de estudios. Aprende a callar lo que duele.

En un internado así, una niña extranjera no podía permitirse llorar en público, ni quejarse, ni mostrar debilidad. Tenía que sonreír, comportarse, mantener la compostura, pasara lo que pasara. Sin saberlo, en esos pasillos fríos se estaba forjando la mujer que décadas más tarde sería capaz de soportar la peor de las humillaciones sin que se le moviera un músculo de la cara.

La elegancia que todos admirarían en ella no era solo belleza, era sobre todo disciplina. Era el resultado de años aprendiendo a guardarse el dolor por dentro. Ahí esa niña asiática aprende a hablar un francés impecable. Aprende modales, idiomas, música, pintura, religión. Aprende a montar a caballo. Se convierte con los años en ciudadana francesa.

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