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Lentejuelas, traumas y una cárcel de olvido: El misterioso laberinto emocional detrás del mito de Juan Gabriel

La historia de la música popular en español se divide en un antes y un después de Juan Gabriel. Para el público, era una deidad de la cultura pop, un torbellino de energía que vestía de rosa, morado y dorado, capaz de sostener un concierto durante seis horas seguidas mientras bebía tequila y hacía llorar a miles de personas. Sin embargo, cuando los reflectores se apagaban y el eco de los aplausos se desvanecía, el ídolo se desvanecía para dar paso a Alberto Aguilera Valadez, un hombre atrapado en un laberinto de traumas infantiles, desconfianza crónica y un hermetismo infranqueable.

El carácter del “Divo de Juárez” no nació de la comodidad, sino de los golpes más brutales de la vida. Siendo apenas un niño, sufrió el abandono de su padre, quien fue declarado demente. Ante la falta de recursos, su madre, doña Victoria Valadez, se mudó a Ciudad Juárez para trabajar como sirvienta, un empleo que la obligó a dejar al pequeño Alberto en un internado conocido como El Tribunal cuando solo tenía cinco años. Fue en ese aislamiento donde comenzó su historia. Lejos del calor familiar, el niño descubrió la música como un refugio, cantando en cada festival con la ilusión de que su madre apareciera entre el público, un milagro que nunca ocurrió. Esta herida de abandono provocó en él una profunda inseguridad y un trastorno de apego que arrastraría hasta la edad adulta, llevándolo a terminar sus relaciones de forma abrupta antes de que los demás tuvieran la oportunidad de dejarlo.

A los trece años, Alberto escapó del internado aprovechando un descuido mientras tiraba la basura. En la calle encontró la guía de Juan Contreras

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